II

La religión, cosa muy santa y muy digna de que los hombres la tomen por

lo grave, puede ser trasformada, merced á ilusiones fantásticas y

quiméricas imaginaciones propias de la edad juvenil, en un verdadero

libro de caballerías. Así como en la edad madura el hombre se aplica á

convertir en sustancia cuanto se halla dentro del radio de su horizonte

moral y sensible, solidificando, por decirlo así, el ambiente que le

rodea, del mismo modo el joven cifra su empeño en convertir en flúido

imponderable, en humo, en nada, cuanta sustancia miran sus ojos y tocan

sus manos.

El mundo gaseoso que todos hemos habitado por mayor ó menor lapso de

tiempo, está impregnado de una pasión omnipotente, pero oscura y arcana

aun para el mismo que padece sus efectos. La naturaleza, la religión, el

arte no nos hablan más que un lenguaje indefinible y dulce. El alma no

toca á la alegría y la tristeza, sino que alternativamente se anega y se

revuelve en ellas con extraña violencia. Un vapor sutil é interno sube

del corazón al rostro movido por una palabra, por un soplo, y lo

enrojece. El sacrificio nos causa dulzuras inexplicables, la soledad nos

arrastra con poder irresistible, la meditación es sueño, el sueño es

alucinación.

Todo es furtivo y vago en esta edad, pero ardoroso y excéntrico. Los

sentimientos dentro de nuestro ser se dilatan y amenazan romper su

molde. El fuego de nuestra alma va haciendo presa en ellos y

devorándolos todos hasta que llega á uno ante el cual se detiene. ¿Qué

sentimiento es éste cuyo poder reconoce nuestro espíritu al cabo, y al

cual ofrece en holocausto todos sus pretéritos sueños y fantasías?

Esperad un poco; Valera nos lo va á decir.

Era D. Luis de Vargas un joven de veintidós años de edad, «muy salado,

con mucho ángel y con unos ojos muy pícaros», aunque seminarista.

Confieso que éste _aunque_ que acabo de estampar tiene cierto sabor

herético. Estoy admirado de lo fácilmente que se cae en la herejía

cuando no está uno prevenido.

A los veintidós años, como ya tuve el honor de indicar, se tiene siempre

algún romanticismo en la cabeza. Este _siempre_ me parece ahora algo

benévolo, pero lo dejo porque no me gusta andar en distinciones. El

romanticismo de D. Luis era el _amor divino_, con su cortejo de

trasportes místicos, escrúpulos, desprecio de los bienes terrenales,

conversión de infieles, etc., etc.

Era un niño muy teólogo que rezaba y pensaba mucho y que lloraba en el

silencio de la noche al oir los acordes de la guitarra rasgueada por un

campesino enamorado.

D. Luis, que había ido por algunos días á su pueblo antes de recibir las

órdenes mayores, á las cuales se avecinaba, escribía luengas cartas á su

tío el deán de la catedral de..... En tales cartas desahogaba el

tonsurado mancebo con gran discreción los profundos y sutiles afectos

que bullían en su alma. Levanta suavemente á vista del lector la cortina

á un mundo de pensamientos vagos y aéreos, á una serie de cavilaciones

laberínticas y exageradas que muestran bien en claro el estado de

confusión de su espíritu. Sin embargo, una frase tenue, casi

imperceptible se añade pronto á esta sinfonía ascética que D. Luis hace

sonar en sus epístolas; el nombre de una mujer. Esta frase se oye más

clara y más distinta en cada nueva carta; va _crescendo, crescendo_,

hasta que se convierte en tema principal. ¡Qué arte tan admirable

despliega aquí Valera! No es posible mayor delicadeza ni un conocimiento

más perfecto del corazón humano.

El deán advierte la nueva fase que presenta la mística de su sobrino, y

le aconseja que se aparte del peligro si no quiere caer en él, ó lo que

es igual, que pierda de vista cuanto más antes á Pepita Jiménez. Son de

leer entonces los intrincados razonamientos y agudezas del mancebo para

convencer á su tío y convencerse á sí propio de que la corriente de sus

ideas marcha siempre por el cauce del amor divino. Aunque no fuese más

que para aguzar el ingenio, convendría que todos estudiásemos un poco de

teología. Mas ¡ay! que la teología, _fuerte contra Dios_, como Israel,

es débil contra una viuda de veinte años. Toda la teología de D. Luis de

Vargas viene al suelo reducida á cenizas, como una momia que se sacude,

al estrechar la mano de Pepita Jiménez. El sobrino de su tío siente

discurrir por sus venas una idea dulce y heterodoxa. Todavía habla de

áspides y serpientes que es preciso aplastar; todavía cita textos de la

Escritura y se compara á Holofernes y al corzo sediento, y exhala quejas

como el Salmista, pero utiliza la Biblia también para llamar á su amante

fuente sellada, huerto cerrado, flor del valle, lirio de los campos,

paloma mía y hermana.

Cuando el atribulado joven pide á Dios con acento lastimero que separe

de sus labios el cáliz de la amargura (Pepita Jiménez), los del lector

no pueden menos de contraerse con una sonrisa de asombro, de tristeza y

de burla.

Concluyen las cartas de D. Luis y con ellas la primera parte de la

novela.

En la segunda, titulada _Paralipómenos_, se narra con cierto

intencionado ensañamiento la tremenda caída de D. Luis desde la cumbre

de su imaginario ascetismo. Pepita se prenda frenéticamente del

seminarista y le da á entender su amor por todos los medios conocidos

hasta lo presente. D. Luis vacila como un santo llevado sobre andas en

día de procesión. El amor divino y el amor humano riñen encarnizada

batalla dentro de su alma. Toman parte por el amor divino ciertas

consideraciones sociales, á saber: la reputación de santo ganada por D.

Luis, y de la cual, como de todas las reputaciones, cuesta mucho trabajo

desprenderse; la sorpresa dolorosa del deán al saber su repentina caída,

ídem la del obispo que había recomendado con mucho encarecimiento la

solicitud de dispensa, ídem la del Sumo Pontífice, que la había

concedido en gracia de las relevantes cualidades del candidato.

Favorecen al amor humano, su padre D. Pedro, que se hallaba enterado de

todo por su hermano el deán; Antoñona, servidora leal y habilidosa de

Pepita, y la desesperación de ésta, que no comía, ni dormía, ni sosegaba

por culpa del arisco teólogo. Las fuerzas de entrambos contendientes,

como se ve, están equilibradas.

¡Pero qué desalmado y maquiavélico es el Sr. Valera!

Sin más ni más se pone de parte del amor humano, y prepara al

infortunado D. Luis una emboscada tan cargada de lazos y peligros que no

hay santo en el Calendario que supiera escapar á ella. Antoñona,

pintando y aun exagerando á D. Luis el estado de tristeza de Pepita, le

arranca la promesa de ir á verla antes de su partida, decretada por él

mismo para el día siguiente.

Y el Sr. Valera, digo Antoñona, señala para la cita la hora más

comprometida del mundo; las diez de la noche. Era una noche serena y

perfumada de Andalucía. Brillaban en lo alto las estrellas; sonaban en

lo bajo, formando un concierto dulcísimo, las castañuelas, las

guitarras, los ruiseñores y los grillos. Celebrábase en el lugar de D.

Luis la verbena de San Juan. La luna, el aire, los arroyos, las yerbas y

las flores todo lo arregla el Sr. Valera á su gusto, para perder al

mísero D. Luis. Pero lo arregla tan admirablemente, que repito lo que

antes dije: quisiera ver allí á muchos santos del Calendario.

D. Luis penetra en la casa de Pepita, donde previamente el Sr. Valera,

como Mefistófeles, había evocado á los demonios de la voluptuosidad,

encargándoles mucho celo y discreción.

La visita comienza _grave y ceremoniosa_ hasta que entran en materia.

Una vez entrados, voy á dirigir al autor una sentida queja. ¿Por qué ha

dado usted tan poco movimiento al diálogo, y hace que Pepita y D. Luis,

en vez de hablar como Dios manda en tales casos, pronuncien esos

discursos tan metafísicos y tan indigestos?

Afortunadamente D. Luis, con todo aquello de la luna, el aire diáfano,

los ruiseñores, los grillos y las estrellas, venía de buen temple. La

pasión triunfa de la metafísica, y sucede lo que ustedes pueden ver

leyendo á _Pepita Jiménez_.

Esta escena y todo lo demás que acontece hasta la conclusión de la

novela (que ya no es mucho) lo premiaría yo con la inmortalidad si en mi

mano la tuviera. Al ver la resignación con que D. Luis se acomoda á

beber el cáliz de la amargura por los ojos de Pepita Jiménez y la

filosofía positiva terrenal y tangible que de pronto le acomete,

expresada por un sin fin de reflexiones y silogismos á cual más

graciosos, no hay labios que no sonrían, no hay ojos que no brillen.

Dicen que el fondo de _Pepita Jiménez_ es _satánico_, pero ya pueden

ustedes suponer quiénes lo dicen. Es más difícil que estos críticos

lleguen á entender ciertas cosas que el que un camello pase por el ojo

de una aguja.

El fondo de la novela del Sr. Valera es _humano_, y porque es humano nos

interesa. Cierto que algo tiene de Satán D. Luis de Vargas. Se desploma

como él por virtud de fuerza mayor; pero Satán cae trágicamente de los

cielos herido por el rayo y don Luis sólo cae de su asno. Las ansias y

los arrebatos de su ardiente corazón, enderezados merced á

circunstancias de su vida hacia el ideal religioso, eran indicios

seguros de que aquel corazón esperaba, como la noche al día, la visión

de un misterio inefable, la revelación de una mujer. Sus sueños y sus

ilusiones no se disipan, porque son privilegio dichoso de la juventud;

sólo cambian de rumbo y van á libar de la vida real el dulce néctar de

la voluptuosidad. ¡Oh si la realidad nos arrancara siempre de la región

de los sueños con mano tan delicada como á D. Luis de Vargas!

Por su forma es _Pepita Jiménez_ la obra más perfecta de Valera y una de

las más esmeradas y primorosas de la literatura española. La acción, que

no puede ser más sencilla, está presentada con mucho orden y

originalidad. Los caracteres trazados con más delicadeza que brío, pero

vivos y correctos. Las descripciones de un colorido inimitable y

exornadas por las galas de ese estilo mágico que sólo posee Valera. El

diálogo un tanto oscuro y alambicado.

¡Lástima de metafísica!

Semblanzas literarias · 第 47 / 93 题