La religión, cosa muy santa y muy digna de que los hombres la tomen por
lo grave, puede ser trasformada, merced á ilusiones fantásticas y
quiméricas imaginaciones propias de la edad juvenil, en un verdadero
libro de caballerías. Así como en la edad madura el hombre se aplica á
convertir en sustancia cuanto se halla dentro del radio de su horizonte
moral y sensible, solidificando, por decirlo así, el ambiente que le
rodea, del mismo modo el joven cifra su empeño en convertir en flúido
imponderable, en humo, en nada, cuanta sustancia miran sus ojos y tocan
sus manos.
El mundo gaseoso que todos hemos habitado por mayor ó menor lapso de
tiempo, está impregnado de una pasión omnipotente, pero oscura y arcana
aun para el mismo que padece sus efectos. La naturaleza, la religión, el
arte no nos hablan más que un lenguaje indefinible y dulce. El alma no
toca á la alegría y la tristeza, sino que alternativamente se anega y se
revuelve en ellas con extraña violencia. Un vapor sutil é interno sube
del corazón al rostro movido por una palabra, por un soplo, y lo
enrojece. El sacrificio nos causa dulzuras inexplicables, la soledad nos
arrastra con poder irresistible, la meditación es sueño, el sueño es
alucinación.
Todo es furtivo y vago en esta edad, pero ardoroso y excéntrico. Los
sentimientos dentro de nuestro ser se dilatan y amenazan romper su
molde. El fuego de nuestra alma va haciendo presa en ellos y
devorándolos todos hasta que llega á uno ante el cual se detiene. ¿Qué
sentimiento es éste cuyo poder reconoce nuestro espíritu al cabo, y al
cual ofrece en holocausto todos sus pretéritos sueños y fantasías?
Esperad un poco; Valera nos lo va á decir.
Era D. Luis de Vargas un joven de veintidós años de edad, «muy salado,
con mucho ángel y con unos ojos muy pícaros», aunque seminarista.
Confieso que éste _aunque_ que acabo de estampar tiene cierto sabor
herético. Estoy admirado de lo fácilmente que se cae en la herejía
cuando no está uno prevenido.
A los veintidós años, como ya tuve el honor de indicar, se tiene siempre
algún romanticismo en la cabeza. Este _siempre_ me parece ahora algo
benévolo, pero lo dejo porque no me gusta andar en distinciones. El
romanticismo de D. Luis era el _amor divino_, con su cortejo de
trasportes místicos, escrúpulos, desprecio de los bienes terrenales,
conversión de infieles, etc., etc.
Era un niño muy teólogo que rezaba y pensaba mucho y que lloraba en el
silencio de la noche al oir los acordes de la guitarra rasgueada por un
campesino enamorado.
D. Luis, que había ido por algunos días á su pueblo antes de recibir las
órdenes mayores, á las cuales se avecinaba, escribía luengas cartas á su
tío el deán de la catedral de..... En tales cartas desahogaba el
tonsurado mancebo con gran discreción los profundos y sutiles afectos
que bullían en su alma. Levanta suavemente á vista del lector la cortina
á un mundo de pensamientos vagos y aéreos, á una serie de cavilaciones
laberínticas y exageradas que muestran bien en claro el estado de
confusión de su espíritu. Sin embargo, una frase tenue, casi
imperceptible se añade pronto á esta sinfonía ascética que D. Luis hace
sonar en sus epístolas; el nombre de una mujer. Esta frase se oye más
clara y más distinta en cada nueva carta; va _crescendo, crescendo_,
hasta que se convierte en tema principal. ¡Qué arte tan admirable
despliega aquí Valera! No es posible mayor delicadeza ni un conocimiento
más perfecto del corazón humano.
El deán advierte la nueva fase que presenta la mística de su sobrino, y
le aconseja que se aparte del peligro si no quiere caer en él, ó lo que
es igual, que pierda de vista cuanto más antes á Pepita Jiménez. Son de
leer entonces los intrincados razonamientos y agudezas del mancebo para
convencer á su tío y convencerse á sí propio de que la corriente de sus
ideas marcha siempre por el cauce del amor divino. Aunque no fuese más
que para aguzar el ingenio, convendría que todos estudiásemos un poco de
teología. Mas ¡ay! que la teología, _fuerte contra Dios_, como Israel,
es débil contra una viuda de veinte años. Toda la teología de D. Luis de
Vargas viene al suelo reducida á cenizas, como una momia que se sacude,
al estrechar la mano de Pepita Jiménez. El sobrino de su tío siente
discurrir por sus venas una idea dulce y heterodoxa. Todavía habla de
áspides y serpientes que es preciso aplastar; todavía cita textos de la
Escritura y se compara á Holofernes y al corzo sediento, y exhala quejas
como el Salmista, pero utiliza la Biblia también para llamar á su amante
fuente sellada, huerto cerrado, flor del valle, lirio de los campos,
paloma mía y hermana.
Cuando el atribulado joven pide á Dios con acento lastimero que separe
de sus labios el cáliz de la amargura (Pepita Jiménez), los del lector
no pueden menos de contraerse con una sonrisa de asombro, de tristeza y
de burla.
Concluyen las cartas de D. Luis y con ellas la primera parte de la
novela.
En la segunda, titulada _Paralipómenos_, se narra con cierto
intencionado ensañamiento la tremenda caída de D. Luis desde la cumbre
de su imaginario ascetismo. Pepita se prenda frenéticamente del
seminarista y le da á entender su amor por todos los medios conocidos
hasta lo presente. D. Luis vacila como un santo llevado sobre andas en
día de procesión. El amor divino y el amor humano riñen encarnizada
batalla dentro de su alma. Toman parte por el amor divino ciertas
consideraciones sociales, á saber: la reputación de santo ganada por D.
Luis, y de la cual, como de todas las reputaciones, cuesta mucho trabajo
desprenderse; la sorpresa dolorosa del deán al saber su repentina caída,
ídem la del obispo que había recomendado con mucho encarecimiento la
solicitud de dispensa, ídem la del Sumo Pontífice, que la había
concedido en gracia de las relevantes cualidades del candidato.
Favorecen al amor humano, su padre D. Pedro, que se hallaba enterado de
todo por su hermano el deán; Antoñona, servidora leal y habilidosa de
Pepita, y la desesperación de ésta, que no comía, ni dormía, ni sosegaba
por culpa del arisco teólogo. Las fuerzas de entrambos contendientes,
como se ve, están equilibradas.
¡Pero qué desalmado y maquiavélico es el Sr. Valera!
Sin más ni más se pone de parte del amor humano, y prepara al
infortunado D. Luis una emboscada tan cargada de lazos y peligros que no
hay santo en el Calendario que supiera escapar á ella. Antoñona,
pintando y aun exagerando á D. Luis el estado de tristeza de Pepita, le
arranca la promesa de ir á verla antes de su partida, decretada por él
mismo para el día siguiente.
Y el Sr. Valera, digo Antoñona, señala para la cita la hora más
comprometida del mundo; las diez de la noche. Era una noche serena y
perfumada de Andalucía. Brillaban en lo alto las estrellas; sonaban en
lo bajo, formando un concierto dulcísimo, las castañuelas, las
guitarras, los ruiseñores y los grillos. Celebrábase en el lugar de D.
Luis la verbena de San Juan. La luna, el aire, los arroyos, las yerbas y
las flores todo lo arregla el Sr. Valera á su gusto, para perder al
mísero D. Luis. Pero lo arregla tan admirablemente, que repito lo que
antes dije: quisiera ver allí á muchos santos del Calendario.
D. Luis penetra en la casa de Pepita, donde previamente el Sr. Valera,
como Mefistófeles, había evocado á los demonios de la voluptuosidad,
encargándoles mucho celo y discreción.
La visita comienza _grave y ceremoniosa_ hasta que entran en materia.
Una vez entrados, voy á dirigir al autor una sentida queja. ¿Por qué ha
dado usted tan poco movimiento al diálogo, y hace que Pepita y D. Luis,
en vez de hablar como Dios manda en tales casos, pronuncien esos
discursos tan metafísicos y tan indigestos?
Afortunadamente D. Luis, con todo aquello de la luna, el aire diáfano,
los ruiseñores, los grillos y las estrellas, venía de buen temple. La
pasión triunfa de la metafísica, y sucede lo que ustedes pueden ver
leyendo á _Pepita Jiménez_.
Esta escena y todo lo demás que acontece hasta la conclusión de la
novela (que ya no es mucho) lo premiaría yo con la inmortalidad si en mi
mano la tuviera. Al ver la resignación con que D. Luis se acomoda á
beber el cáliz de la amargura por los ojos de Pepita Jiménez y la
filosofía positiva terrenal y tangible que de pronto le acomete,
expresada por un sin fin de reflexiones y silogismos á cual más
graciosos, no hay labios que no sonrían, no hay ojos que no brillen.
Dicen que el fondo de _Pepita Jiménez_ es _satánico_, pero ya pueden
ustedes suponer quiénes lo dicen. Es más difícil que estos críticos
lleguen á entender ciertas cosas que el que un camello pase por el ojo
de una aguja.
El fondo de la novela del Sr. Valera es _humano_, y porque es humano nos
interesa. Cierto que algo tiene de Satán D. Luis de Vargas. Se desploma
como él por virtud de fuerza mayor; pero Satán cae trágicamente de los
cielos herido por el rayo y don Luis sólo cae de su asno. Las ansias y
los arrebatos de su ardiente corazón, enderezados merced á
circunstancias de su vida hacia el ideal religioso, eran indicios
seguros de que aquel corazón esperaba, como la noche al día, la visión
de un misterio inefable, la revelación de una mujer. Sus sueños y sus
ilusiones no se disipan, porque son privilegio dichoso de la juventud;
sólo cambian de rumbo y van á libar de la vida real el dulce néctar de
la voluptuosidad. ¡Oh si la realidad nos arrancara siempre de la región
de los sueños con mano tan delicada como á D. Luis de Vargas!
Por su forma es _Pepita Jiménez_ la obra más perfecta de Valera y una de
las más esmeradas y primorosas de la literatura española. La acción, que
no puede ser más sencilla, está presentada con mucho orden y
originalidad. Los caracteres trazados con más delicadeza que brío, pero
vivos y correctos. Las descripciones de un colorido inimitable y
exornadas por las galas de ese estilo mágico que sólo posee Valera. El
diálogo un tanto oscuro y alambicado.
¡Lástima de metafísica!