D. JUAN VALERA

I

[Illustration: A]TRÁS, sueños regalados de la edad romántica, visiones

placenteras ó terribles de fantasías enfermas, mundo fulgurante de

bellezas inmarcesibles, de heroínas impalpables, de caballeros

indómitos! Huíd por siempre, forjadores calenturientos de aventuras. Ya

no queremos penetrar por puentes levadizos en castillos encantados, ni

tañer la cítara al pie de ninguna reja, ni darnos de estocadas en ningún

callejón hediondo, ni comerciar con astrólogos fingidos, con rodrigones

ásperos ó con ascetas idiotas. Marchad á sepultaros en vuestras

profundas cavernas, enanos y gigantes, gnomos, grifos y vestiglos.

Los rayos de luna nos hastían, las ventanas ojivales nos apestan y ya

por nada en el mundo asistiríamos otra vez á una caza de jabalí con el

señor feudal.

Necesitamos un género romancesco más positivo y más serio. ¿No veis qué

positivos son nuestros paletós? ¿Qué grave y metafísico nuestro sombrero

de copa? Lo que hemos perdido en garbo, lo ganamos en discreción y en

mesura.

El novelista que hoy nos quiera deleitar, ha de ser observador, sagaz é

inteligente, ha de pintarnos la vida real con acierto y con verdad, nos

ha de presentar en relieve caracteres y tipos morales, ha de ser

novelista y psicólogo, y además un poco metafísico.

La metafísica es nuestra pasión más decidida. Troya se perdió por

Helena; Cánovas por la Constitución interna; nosotros nos perderemos por

la metafísica. Cuando digo nosotros, quiero decir el Sr. Valera[5].

La novela ha sido hasta ahora en España, dejando á salvo los eternos

modelos clásicos, una joven bastante ligera de cascos, muy predispuesta

á marcharse con el primer forastero que sonase en los pies lucientes

espuelas, que arrebujase su rostro con blanco y flotante albornoz, que

hiciese temblar al compás de sus pasos airosa pluma en el sombrero.

Galdós ha hecho de ella una mujer discreta y hermosa. Valera la ha

convertido en profesor de la Institución Libre de Enseñanza.

No diré yo que no me gusten las obras de Valera. Me encantan

sobremanera. Pero siento que ese barniz metafísico que sobre ellas

extiende las haga impenetrables para la mayoría de los lectores.

Todo es asunto de dosis en este mundo. La metafísica en las obras de

arte es preciso administrarla con mucho cuidado. Debe ser acción más que

discurso y fruto de la intuición más que del estudio.

El procedimiento artístico que Valera emplea en sus novelas es el mismo

que han adoptado todos los novelistas psicólogos. Poner frente á frente

la vida ideal y la real, para que de este contraste resulte una

enseñanza, una elegía ó una sátira. En las obras de Valera resulta

siempre una sátira. Mas el pensador hace enmudecer hartas veces al

artista. Se observa esto en el vagar con que escruta y describe los

misteriosos senderos del alma, lo mismo que en la ligereza con que roza

los trillados caminos de la vida real.

La sátira que resulta de sus novelas, principalmente de _Las ilusiones

del Doctor Faustino_, es el castigo del idealismo, pero aun este castigo

resulta ideal. No parece sino que el autor, en fuerza de estudiar el

espíritu de la víctima en quien va á consumarse el escarmiento, se

enamora de ella. Así que, cuando el castigo se presenta, el lector se

niega á admitirlo como tal, y lo considera como una desgracia fortuita é

inmerecida. A las novelas de Valera, como no son dramáticas no se las

debe pedir un interés vivo, un enredo complicado, ni tampoco esa

brevedad y rapidez que caracterizan al drama. Tal vez por no tener bien

presente esto se han dirigido á Valera reproches inmerecidos que

debieran compartir con él, por hallarse en caso semejante, Cervantes,

Goethe y Juan Pablo. ¿Qué enredo tienen el _Quijote_, el _Wílhelm

Meister_ y el _Maestro de escuela Wutz_? Sólo un enredo moral. El azar

apenas juega papel en estas producciones reflexivas.

No tiene fundamento, pues, á mi entender, la censura de pobreza en la

acción que se dirige á las obras de Valera. Su acción es más interior

que exterior, y camina en esa lentitud propia de un género tan cercano á

la epopeya.

Mas si no demandamos á estas obras lo que siendo fieles á su índole no

pueden otorgarnos, sí podemos exigirles ciertas cualidades que les son

propias. El carácter, que expresa el elemento espiritual, tan

preponderante en las obras que examinamos, no será jamás una entidad

abstracta, debe formar en las filas de la humanidad como individuo, por

más que la exprese toda por la grandeza del pensamiento ó la energía de

la voluntad. La descripción ha de ser viva, fiel y acalorada. La

digresión filosófica, lo mismo que la episódica, que son obligado

acompañamiento de este género de novelas, deben ser oportunas y poco

disertas. Sobre todo téngase presente que si el lector las admite y las

goza al principio y al medio de la obra, cuando ésta toca á su fin, le

turban sobremanera. Conviene también que el desenlace no sea, por ningún

concepto, obra del azar, sino efecto y resultado del pensamiento

generador de la obra, manifestándose por un rasgo peculiar del carácter

principal ó por otro medio cualquiera.

Ahora bien, estas cualidades que Cervantes llevó al más alto grado de

perfección, creo verlas otra vez en _Pepita Jiménez_, la obra más

primorosa del señor Valera.

Las novelas de Valera son fruto de la inspiración, pero van

poderosamente auxiliadas, como las de Goethe, por el estudio. Hay

quien supone que el estudio perturba la inspiración. Yo no creo que la

cultura del espíritu entorpezca poco ni mucho los vuelos de la fantasía.

Cuando la inspiración es robusta, lleva con facilidad sobre sí el fardo

de la ciencia, y de inspiraciones que no sean robustas ¡líbranos, Señor!

Figurémonos á un poeta encajonado en su inspiración y aprestándose á

emprender su vuelo por las regiones del arte. ¿Qué podréis añadir á su

equipaje que no le estorbe? Añadidle unos agujeritos al cajón por donde

pueda ver más claramente los parajes que va á recorrer. ¿No es verdad

que no le pesarán cosa? El hombre de ciencia, como el Sr. Valera, puede

pintar más, porque ha visto más. Entiendo yo (como diría un orador del

Ateneo) que para hacerse cargo de lo que es la oscuridad, basta cerrar

los ojos. Pero ¿quién puede comprender la luz sin haberla visto?

Si hemos de penetrar ahora en el fondo de sus novelas, no dejaré de

gritar antes que está muy turbio. De este modo el lector, si yo no pongo

en claro el asunto, ¡es claro! echará la culpa al autor.

Pues como iba diciendo, el Sr. Valera es un conservador que hace novelas

de oposición. Una vez he leído en Aristóteles que al hombre se le puede

conocer por sus dioses. ¿Por qué no hemos de conocer al novelista por

sus héroes? Los héroes del Sr. Valera tienen mucho talento, son

espirituales, discretos, hablan correctamente; en fin, no son

conservadores. _No tienen de ellos más, si bien se mira_, que la afición

á la holgura y al regalo.

Porque, eso sí, los héroes del Sr. Valera discurren mucho y bien, pero

siempre sobre el modo de pasarlo mejor en este pícaro mundo. Confieso

que el hombre, lo mismo que el reaccionario, tiende por su misma

naturaleza á no separar los ojos de la tierra, pero es conveniente que

en las obras de arte se les muestre alguna vez el cielo. En las obras

del señor Valera no hay cielo. Debo establecerlo así, aunque comprometa

la dicha que le espera como ferviente constitucional. Pero esto no

infiere detrimento alguno á su condición de novelista. Si el hombre es

libre, como manda la Santa madre Iglesia, puede pensar lo que mejor le

parezca. Lo único que rogaría á todo hombre es que, si le fuera posible,

pensara con la profundidad y con la gracia que el señor Valera. ¡Pero

quién va á rogar esto á Pérez Escrich!

Valera concede á la vida un valor absoluto, pero á esta vida terrenal,

porque respecto á la otra parece que ya sabe á qué atenerse. Un

novelista que ama la vida tiene mucho adelantado para hacerse simpático.

Esa literatura de catafalco cultivada por la literatura romántica nos

hace soñar con los difuntos.

Presentadnos la vida apetitosa ¡oh novelistas!, puesto que no tenemos

más en que escoger.

¡Cómo sonríen los cuadros de Valera, haciéndonos guiños, invitándonos á

gozar de lo que hoy se llama actual momento histórico! ¿No veis qué

dichoso ha sido D. Luis de Vargas por haber dado en el clavo, y cuán

infeliz el alcaide perpetuo de la fortaleza de Villabermeja por machacar

tanto en la herradura? Acertar ó no acertar: he aquí la cuestión. Se me

figura que estoy plagiando á Shakspeare. Á pesar de eso no teman ustedes

que le injurie.

Dicho sea entre nosotros, Valera no pinta virtudes, sino pecados; pero

son pecados veniales, de esos que bien sería confesar, aunque no es

necesario, y por los cuales aún vive Campoamor. Escriba usted, Sr.

Valera, que el mundo lee. Esos pecados, que si fuera zagala llamaría de

los hombres, no han perdido nada de su atractivo con el descubrimiento

del vapor y del telégrafo. Aún hay encuentros en el amor y besos en el

bosque, ó al revés si ustedes quieren. Esta generación no es tan

desgraciada como suponen mis amigos los ultramontanos. Le falta fe, pero

todavía hay algún día de fiesta. Todavía se gozan por el mundo fáciles

digestiones, rayos de luna y novelas de Valera. Vean ustedes, yo me

dedico al periodismo, voy sorteando lo mejor que puedo á las patronas, y

no lo paso del todo mal. Pero me alejo del Sr. Valera, por contarles á

ustedes lo que no les importa.

El molde de sus obras es antiguo. Es el mismo que usaran Cervantes,

Quevedo y Diego Hurtado de Mendoza; esa prosa llena de efectos, de

colores, de imágenes, de reflejos que deslumbran.

Confesando que tal estilo es buscado y que palpita bajo sus laberintos

el esfuerzo, para mí es el lenguaje del artista. Con este lenguaje los

objetos no se expresan en su desnuda realidad, sino que por sí tienen

una vida propia, superior, sin ser opuesta, á la que anteriormente

poseían. Cierto que alguna vez el refinamiento de la frase llega á tal

punto que nos muestra el objeto indeciso y tembloroso, como si el humo

azulado del cigarro se esparciera sobre él; pero aun así, prefiero los

excesos del color á la anemia del estilo.

El contenido es moderno. Está constituído por un fondo contradictorio de

filosofía, aspiraciones tradicionales, escepticismo, frivolidad, ironía

y profundidad, caracteres los más extraños y más difíciles de explicar.

Es un ateneo racionalista que discute la existencia del Ser Supremo en

la resonante nave de una catedral gótica.

El Sr. Valera mantiene enhiesto hoy el estandarte de la fantasía

satírica, que con tanto brío empuñaron en nuestra patria Cervantes,

Quevedo, Mateo Alemán y Larra. Esta fantasía no es otra cosa que el

capricho de un espíritu grande, erigido en fuente de inspiración.

Consiste en la sucesión variada y dramática de los cuadros, en el

contraste de las combinaciones de todos los elementos reales, en una

libertad celosa y prevenida contra toda regla, en una mezcla de

sagacidad y gracia, de frivolidad y fuerza, de crueldad y delicadeza.

Mas á esta arpa vibrante y sonorosa, henchida de profundas notas, le

falta, como á la de Quevedo, una cuerda más dulce y armoniosa que

ninguna, la cual acompaña el cántico de sus hermanas con triste y

melancólica voz: la cuerda del sentimiento. Valera carece de

sentimiento, carece de emoción. Detrás de su risa, quizá se esconda un

pensamiento noble, un juicio recto y sereno, nunca se encontrarán

lágrimas.

No se vislumbra un rayo de fe, de esa fe que engendra el heroísmo, el

amor eterno y el desapego de la vida. Sólo se ve una concepción clara y

positiva de la existencia, un buen sentido inalterable, una realidad

perfecta.

No hallaréis en las obras de Valera expresada la idea de la

trascendencia y de lo absoluto. Todo es relativo, todo es fenomenal,

todo es mundano en sus concepciones. Con cierto menosprecio

aristocrático detesta la vida humilde y popular, la virtud media, las

alegrías y las tristezas de las gentes sencillas. Le cautivan en cambio

los trabajos vivos y apasionados que se realizan en los espíritus más

altos, le preocupan sus vacilaciones, sus luchas y sus desgracias.

Aquí ya encuentro un poco exclusivo al Sr. Valera. No le aconsejaré que

como Zola vaya de taberna en taberna recogiendo malas palabras y peores

acciones; que no son dignos en verdad esos lugares de que un tan

cumplido caballero los visite. Pero sí me atreveré á indicarle que

Goethe, padre natural y legítimo del género que con tan buena fortuna

ha introducido en nuestra patria, ha derramado siempre los tesoros de su

fantasía en las moradas más humildes y en los corazones más sencillos.

No se olvide el ilustre novelista de ponernos en contacto con seres

semejantes á nosotros. Cuanto más semejantes, más nos inflamarán sus

alegrías, más nos enternecerán sus desdichas. Alambicando los

caracteres, como alguna vez lo hace, y separándolos demasiado del común

de las gentes, empezamos á mirarlos con recelo, sospechamos que no

piensan tales cosas como el autor dice, y llegamos á creer que quieren

darse tono. Esa incesante meditación fatiga y seca el alma. Yo creo que

hay algo en este mundo que se debe derramar de cuando en cuando. Sr.

Valera, ¿por qué no nos hace usted derramar alguna lágrima? ¿Por qué

alumbrará usted tanto y calentará tan poco?

Mire usted, Sr. Valera, yo he tenido una novia, aunque me esté mal el

decirlo, y me pidió una novela, y yo le di una de las que usted

escribió, y á los pocos días me la volvió diciéndome que no le había

gustado, lo cual me causó mucho disgusto, porque me di á pensar que el

dueño de mi corazón era tonto. Después reflexioné más, y me convencí de

que el tonto era yo, es decir, usted, que no había sabido darle gusto.

Porque á usted, á quien todo se le alcanza, no debió escapársele que mi

novia iba á leer sus novelas. Y entonces, ¿por qué no las ha escrito de

suerte que le gustasen, vamos á ver, por qué?

No todos me comprenderán, pero usted, que tiene tantísimo talento,

sabrá perfectamente que hay un problema estético detrás de esa pregunta.

Mas si no logra dar solución á este pavoroso problema (como diría un

orador del Ateneo), si no triunfa de las mujeres, en cambio, á todos los

que ceñimos nuestras sienes con el laurel de un título académico, bien

sea el de abogado, farmacéutico, perito agrimensor, etc., etc., nos

tiene materialmente hechizados. Todos, todos convenimos en que Valera es

un novelista profundo, intencionado, ameno y sabroso cual ningún otro en

nuestra patria. Un ingeniero agrónomo que ha viajado mucho, asegura que

no lo hay tampoco mejor en Europa y en América. Cuando hablamos de su

lenguaje, los abogados, ingenieros y farmacéuticos, no encontramos

calificativos bastante lisonjeros. El lenguaje no es, como se dice,

patrimonio del hombre: es patrimonio de Valera. Yo tornaría á describir

nuevamente este lenguaje clásico y romántico á la vez, si tuviera

seguridad de encontrar quien me oyese. Porque lo que es en este momento,

francamente, no se me ocurre más sobre el Sr. Valera.

Semblanzas literarias · 第 46 / 93 题