[Illustration: C]OMO soy un sí es no es escrupuloso, me asaltan ciertos
temores de no ajustar mi crítica á la «constante y perpetua voluntad de
dar á cada uno su derecho». Todo el mundo sabe que el Sr. Alarcón se ha
cortado la coleta, para dedicarse á reaccionario. Y yo, que en punto á
reaccionarios me atengo á Perier y al Padre Sánchez, y no deseo conocer
ni tropezar con otros, me veo ahora en un aprieto al dar con mi pluma
sobre otro de la misma camada.
Cualquiera creerá, si digo algo malo del Sr. Alarcón, que me impulsa á
ello la pasión política. Pongo por caso: figúrense ustedes que afirmo
que Alarcón es elocuentísimo cuando describe los _arremangados brazos_ y
la _soberana pierna_ de la señá Frasquita, y torpe y descolorido al
pintar la faz pálida y enjuta del Padre Manrique. ¡Qué apasionado! ¡qué
injusto! Y con este anatema sobre la cabeza no hay medio de que un
hombre de bien emita su juicio sobre otro hombre de bien y de orden.
Y no obstante, yo estoy firmemente convencido, no sólo de las anteriores
afirmaciones, sino de que el Sr. Alarcón, en el santuario de su
conciencia, sigue más aficionado á los brazos y á las piernas de la señá
Frasquita que á la carne de momia del Padre Manrique.
¿Pero qué tiene que ver esto con la política?
¡Ay! cuando llegue á Pérez Escrich, verán ustedes cómo no le pregunto si
es cantonal ó retrógrado.
Fué en un viaje cuando trabé conocimiento con el Sr. Alarcón. Iba desde
Palencia á Valladolid. Por cierto que en este trayecto el paisaje y la
tarifa de ferrocarriles son á cual más despiadados. No concibo cómo
nuestros Alfonsos y Fernandos hicieron verter tanta sangre por adquirir
algunos palmos de esta tierra, mejor dicho de este polvo.
Así, que huyendo aquella vista aflictiva cerré los ojos y me dispuse á
dormir. En el espacio de media hora tres veces cogí el sueño y tres
veces me lo arrebató de entre las cejas la presencia de un empleado, que
sacudiéndome con delicadeza, eso sí, me demandó el billete para hacerle
unos agujeros cabalísticos. ¿Se quiere usted quedar con él? dije yo al
fin esperando salvar mi cuarto sueño. No, señor. Pues entonces déme
usted cualquier libro, ó haga por que descarrile el tren á ver si logro
no aburrirme tanto. El empleado de la empresa sonrió con benevolencia y
sacó de la faltriquera dos ó tres librillos muy sobados que decían sobre
el forro: «Biblioteca de viaje». Le di las gracias. Contenían varias
novelas de Alarcón, _¿Por qué era rubia? Coro de Ángeles, El final de
Norma_ y algunas otras.
Las devoré como pan bendito, y el autor que las confeccionara se
introdujo por derecho propio en mi estimación. Son animadas, picarescas,
llenas de color y donaire. En verdad que al recordarlas deploro
amargamente la austeridad que sombrea su última producción romancesca.
Se conoce que el Padre Manrique le tiene aterrado con sus lucubraciones
de ultratumba.
Me agradaron y contribuyeron en casi todo á hacerme soportable el mundo
gris que se percibía por las ventanillas del carruaje. En efecto, son
frescas, risueñas, campechanas. Bien se echa de ver que no han pasado
todavía por la sacristía. Son pequeñitas, vivarachas, bien torneadas
como las niñas de Guadix, y sobre todo ¡tan poco mojigatas! ¡Oh, Dios!
¡cómo me gustan á mí las niñas de Guadix! Pero no confundamos lo
abstracto con lo concreto. Debo afirmar que sus formas son inmejorables
(las de las novelas, no las de las niñas), que están escritas con
lenguaje castizo y flúido y salpimentadas feliz y largamente.
Paso por alto un tomo de poesías, que bien mereciera pasarse por bajo, y
hago merced también del _Diario de un testigo de la guerra de África_,
de las _Cosas que fueron_ y de alguna otra producción literaria del
autor, para convertir mi atención y mi crítica al _Sombrero de tres
picos_.
Si yo le dijese al Sr. Alarcón que el _Sombrero de tres picos_ es lo
mejor que ha hecho en su vida, tal vez mostrase mal talante y se doliese
de que tomara por obra maestra lo que sólo aparece como fruto del
esparcimiento y no de la meditación. Sin embargo, cuando los ocios del
ingenio dan por resultado obras como la ya mencionada y la actividad
exquisita del espíritu engendra producciones como _El escándalo_, yo, á
despecho del Padre Astete, me declaro campeón de la pereza y lucho en
campo abierto contra la diligencia.
Y es que en las obras de arte juega la espontaneidad un gran papel, y
entiendo que es más cordura en un autor consultar primero al poder que á
los deseos. El que ejecuta aquello para lo que sirve ó se siente
llamado, es mil veces superior al mayor ingenio si éste, desconociendo
su vocación, se empeña en tareas imposibles y absurdas. Mas no
anticipemos los comentarios.
La historia verdadera ó fingida que se narra en el _Sombrero de tres
picos_ era conocida de todos los españoles. Yo había recibido la
patriótica tradición de los labios autorizados de un sujeto que en otro
tiempo había tenido la debilidad de dar de puñaladas á su legítima
esposa. El hado adverso, en figura de Código penal, quiso que fuera á
pasar una temporada á Ceuta ó al Peñón de la Gomera, no estoy bien
seguro dónde, y de allí nos trajo la historieta cuya relación solía
acompañar con juegos malabares, algunos saltos y no pocas muecas.
Líbreme Dios de hacer ningún cargo al Sr. Alarcón por haber tomado como
fundamento de su novela el antiguo cuento andaluz. Los asuntos son del
que mejor los trata, y es necesario convenir en que este asunto lo ha
tratado mucho mejor Alarcón que Palicio (así se llamaba el sujeto).
En esta novela el autor nos hace la señalada merced de no meterse en
filosofías. Dos cosas son las que no he podido digerir en mi vida: los
langostinos y la filosofía de Alarcón. Sí, es preciso hacer constar que
las arenas de la filosofía no han enturbiado todavía su inmaculada
ignorancia. En esta obra todo es propiedad del Sr. Alarcón. No así en
otra más reciente hecha en colaboración en _El Siglo Futuro_. Créame el
Sr. Alarcón; más vale beber el agua en el hueco de la propia mano que
por un vaso sucio. _El sombrero de tres picos_ está escrito con una
pluma retozona. Yo le perdono de buen grado su travesura. ¿Pues para qué
nos ha dado Dios la pluma? En primer lugar, para decir pestes del
Gobierno, después para manifestar lo que exista dentro de nuestro
espíritu. Soy bien pensado y no creo que en la mente del Sr. Alarcón
haya ningún _escándalo_ y sí muchos _sombreros de tres picos_.
Acerquémonos á los personajes de esta novela. A ninguno de mis lectores
le pesará de que le acerque á la señá Frasquita la molinera. Es todo
una buena moza, según nos asevera el autor. Pero cuidado con ella, que
es arisca cuanto hermosa. Me río yo del ascetismo de la pluma que la
trazó. El tío Lucas, de profesión molinero y por ende consorte de la
escultural molinera, es un hombre, aparte de la joroba, muy recto, muy
firme y muy honrado. La señá Frasquita y él se llevan á las mil
maravillas. Mas hete aquí que estos esposos felices tenían costumbre de
recibir por las tardes en su molino á una porción de conservadores. Uno
de ellos, el corregidor de la ciudad, se enamora de la señá Frasquita;
¡vaya una gracia! Lo que sí tiene gracia y mucha es la escena en que el
corregidor declara su amor á la molinera, mientras el tío Lucas,
cómplice de su mujer en esta broma, la presencia encaramado en una
parra. El jiboso y baboso corregidor prepara, con la ayuda de su
alguacil _Garduña_, una emboscada á la virtud selvática de la señá
Frasquita. Aleja al tío Lucas del molino cierta noche, prevaliéndose de
su autoridad. Esto es muy feo, como ustedes comprenderán. Pero aún más
feo es el papel que el lúbrico gobernador se vió precisado á representar
ante la inexpugnable molinera. Chorreando y tiritando de frío por
haberse caído en la acequia al emprender el asalto del molino, se
presenta el valetudinario galán á la señá Frasquita, que lo recibe con
un trabuco á la cara. El bizarro corregidor se desmaya, no sabemos si de
frío, ó de susto, ó de rabia. La señá Frasquita lo abandona y corre en
busca de su esposo, que debe hallarse aprisionado en el lugar
inmediato. Mas el tío Lucas, que le había dado mucho en que pensar la
extraña detención que sufría, consiguió fugarse y vuelve presuroso á su
molino con la duda y la ansiedad en el corazón. En el camino se cruzan
los dos esposos montados en sendas burras, pero no se reconocen. El tío
Lucas entra en su casa y ve sobre unas sillas las ropas del corregidor
tendidas á secar. Empuña el trabuco que pocos momentos antes había
servido para defender su honra, y sube la escalera que conduce á su
cuarto. Por el agujero de la llave contempla el infeliz esposo la
grotesca figura del corregidor sobre su lecho conyugal. No ve más, pero
da por cierto que su esposa también se encuentra allí y se apercibe á la
venganza. La muerte de los culpables, sin embargo, le parece poco. Mejor
es el sarcasmo, la befa, para castigar tal ofensa. El demonio de la
venganza le sugiere una muy original. El tío Lucas tiene un parecido
notable con el corregidor. Se viste aceleradamente con las ropas de
éste, y balanceándose como él se encamina hacia la ciudad murmurando con
expresión satánica:
¡También la corregidora es guapa!
Este capítulo está admirablemente escrito. Lo digo á boca llena.
En tanto que el tío Lucas se dirige á la ciudad en alas de su venganza,
la señá Frasquita, después de poner en pie á la autoridad municipal del
pueblo donde su esposo debía encontrarse prisionero, y visto que se
había fugado, vuelve con el alcalde á toda prisa hacia el molino
sospechando que el tío Lucas estaría ya en él haciendo lo que su corazón
resentido le dictara. Se encuentran al corregidor disfrazado por
necesidad de molinero, lo cual da lugar á una escena cómica de buen
efecto, y una vez enterados todos de la resolución, puesta ya en vías de
hecho, del tío Lucas, marchan á la ciudad á fin de resolver aquel
conflicto.
Llegan á deshora á las puertas del corregimiento. Al corregidor vestido
de tío Lucas le cuesta muchos sustos y algunos palos el penetrar en su
casa. Una vez dentro, se presenta su esposa y después el tío Lucas y
tiene lugar una escena en que todo se arregla, todo se conjura, no sin
dar motivo antes á muchos y muy graciosos episodios y á algunas frases
felicísimas del narrador.
En este incidente romancesco, fruto genuino de la tierra donde se
escribió, resulta demostrado que Alarcón es un escritor nacional,
ingenioso, castizo y picante.
¡Líbrenos Dios de que se le antoje ser profundo!
Veamos _El escándalo_. Antes de empezar su examen, signémonos en la
frente, en la boca y en los pechos y digamos: _Yo pecador me
confieso..._ El asunto es una confesión, no la _confession d'un enfant
du siècle_, sino la _d'un enfant gatté_. Dura cuatrocientas treinta y
tres páginas en cuarto. Padre Alarcón, yo pecador os confieso que me
habéis levantado un gran dolor de cabeza y me habéis dejado los pies muy
fríos. Tengo además la franqueza de anunciaros que no he comprendido
gran cosa de vuestro pensamiento filosófico. Pésame, señor, de no
haberos entendido y prometo enmendarme así que escribáis más claro.
Fabián Conde, joven, rico, disipado y no muy largo de alcances, tiene un
grave caso de conciencia que solventar. Marcha á proponérselo á un
jesuíta nombrado el Padre Manrique, que habita de paso en esta corte.
Debo advertir, para mayor edificación de mis lectores, que el joven
Fabián no va á confesarse como un penitente vulgar, sino guiando por sí
mismo elegante _charrette_. Una vez en la celda del Padre Manrique,
Fabián cuenta á su merced punto por punto toda su vida y milagros, la de
su papá, la de su novia y la de todos sus amigos. Compadezco de todas
veras á su paternidad; y para no verme en el caso de compadecer también
á mis lectores, me abstendré de reproducirla. Es forzoso, no obstante,
que sepan que Fabián, entregado desde su niñez á los placeres del mundo
y á los desenfrenos del vicio, manteniendo relaciones adúlteras y
enamorado de una niña inocente, era todo un filósofo, un filósofo
escandaloso. Vase á confesar y principia por declarar á su confesor á
boca de jarro que no cree en Dios. El confesor, es natural, no le hace
caso, y en vez de convencerle de que sí lo hay, le endilga un manojo de
preguntas de mucho efecto.
Pero no entremos en teologías. La trama de _El escándalo_ es una madeja
enredada, inverosímil é interesante. Debemos reconocer á este libro el
mérito de mantenerse firme en las manos del lector hasta que se
termina.
Hoy que son tantos los que se doblan tristes y mustios buscando el santo
suelo, mientras se alza de sus virginales párrafos espeso vapor que
entorna la cabeza y cierra los ojos del que se aventura á leerlos, es
grato encontrar uno tan erguido, tan vivo y tan nervioso.
Los caracteres... ¿pero dónde están los caracteres? Figuras toscamente
talladas, arlequines cubiertos de oropel, adefesios literarios, eso son
los personajes de _El escándalo_. Causa verdadero asombro el que Alarcón
haya podido dar interés á su novela con semejante personal.
Fabián Conde es un mancebo de todo punto insignificante, dibujado con
agua fresca para que no se le perciba. En cambio, Diego está pintado con
el rojo más subido de la paleta. El Padre Manrique es un sabio, porque
así lo dice el autor; cualquiera creería otra cosa. Lázaro es la
encarnación más viva de la inopia de Alarcón, de su total ineptitud para
trazar un carácter moral, verdadero y humano. Gabriela y Gregoria son
las figuras más correctas, pero no escapan tampoco á la exageración que
inunda toda la obra.
Queremos terminar estos apuntes, dirigiendo una súplica al Sr. Alarcón.
Suplicámosle de todas veras, con la conciencia limpia de toda prevención
malsana, y por su propio interés más que por otro alguno, que torne, y
torne cuanto antes, á su _antigua manera_ de componer novelas frescas,
animadas, risueñas, sin caracteres y sin filosofía.
Esa filosofía es una calumnia que el Sr. Alarcón se ha levantado á sí
mismo. Yo debo protegerle contra su propia injusticia y pregonar muy
alto, _urbi et orbi_, que en punto á filosofía el Sr. Alarcón se halla
_tanquam tabula rasa_, y que si un día se ha atrevido á escribir una
novela trascendental, fué que el diablo le tentó, y que se le perdone
por esta vez, que no lo volverá á hacer.
[Illustration]
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