[Illustration: Y]O he leído muchas novelas; todas cuantas hube á mano en
los felices tiempos en que con la mayor inhumanidad me obligaban á
estudiar humanidades. Mi profesor de latín, una especie de arcaísmo
semoviente que nos traducía con espasmos de regocijo la descripción de
Venus Cyterea en la Eneida, y con lágrimas en los ojos las quejas de
Ariadna abandonada, me tiene sorprendido no pocas veces enfrascado en la
lectura de _Juan Palomo_. Esta lectura, llevada á cabo en los momentos
mismos en que se volvía por activa y por pasiva á la diosa más amable y
despreocupada del paganismo, constituía un verdadero desacato á la
mitología, y como tal era castigado. Pero esto no impedía que yo
siguiera simpatizando con todos los engendros de Ponson du Terrail, Paul
Feval, Sue, Fernández y González, Dumas y tantos otros. Mi cerebro
parecía el salón donde se hubiera dado cita la sociedad más escogida de
París y Sierra Morena. _Juan Palomo_, _Juan Valjean_, _Juan Lanas_, _La
Dama de las Camelias_, _Los Siete Niños de Écija_, _El Caballero del
Águila_, _Candelas_, _Manolito Caparrota_, y muchos otros de igual jaez,
á todos los recibía yo en mis salones con la amabilidad más exquisita,
como diría _La Correspondencia_.
Estas recepciones, que me hacían trasnochar en demasía, redundaban por
lo mismo en perjuicio de mi humanidad y _humanidades_, porque me tornaba
cada vez más flaco y amarillo, al paso que ignoraba por redondo hasta el
más insignificante supino. Ni siquiera, pues, podía decirse que era
supina mi ignorancia. Mas en cambio de una ciencia que yo miraba con el
más cómico desdén desde el Chimborazo de mi entusiasmo, iba criando una
imaginación encendida y melenuda capaz de dar al traste con el poco
sentido común que me quedaba. Así lo comprendieron mis deudos y amigos,
y así hube también de comprenderlo yo á la postre, por lo cual traté de
ir apartándome paulatinamente de tan brava compañía. Desde luego me
decidí á dedicar sólo un día á la semana, los viernes, á la lectura de
novelas y á ser un poco más cauto en su elección. Acudieron entonces á
mi tertulia una porción de personajes más simpáticos y finos que los
anteriores. Veíanse allí á Werter, Ivanohe, Atala, Eugenia Grandet,
Wilhelm Meister y muchos otros que no recuerdo. Fernán-Caballero surtía
también de amables personajes esta tertulia.
No cabía duda que _los viernes_ del Sr. Palacio Valdés eran de lo más
ameno que por entonces existía. Así y todo mi profesor seguía
considerándome como un bárbaro escyta indigno de toda relación con los
héroes de la Eneida y hasta con los animales de las Geórgicas.
Al llegar á la edad en que ya no se le pregunta á uno lo que lee, sino
lo que gana, me he visto obligado, con profundo dolor de mi alma, á
poner de patitas en la calle á todos mis románticos amigos. Y los
momentos en que mis ocupaciones me dan tregua, en vez de leer novelas,
me dedico á escribirlas. Pero las escribo para adentro, porque hoy por
hoy tengo la fantasía al servicio de mi corazón y tejo cada pocas horas,
para mi uso particular, unos cuentos tan fantásticos y patéticos que á
todos parecerían increíbles. Ésta es la costumbre de las cosas
inverosímiles.
Sin embargo, como siempre fui bastante amigo de pasar con la mía (¿quién
no es amigo de pasar con la suya?) me he empeñado en demostrar á mi
viejo maestro que aquellas lecturas anticlásicas que con tanto ardor
persiguió en otro tiempo no fueron tan inútiles, ¿qué digo inútiles? tan
perniciosas como él suponía, puesto que hoy me permiten cumplir con el
deber que he contraído de escribir para el público.
Voy á describir, por tanto, cual viajero que se sienta á descansar
después de un largo viaje, las extrañas y rientes comarcas por donde
anduve. Voy á lanzar á los vientos de la publicidad impresiones,
juicios, observaciones sobre mis lecturas atrasadas. Público amigo, no
des la razón á mi viejo maestro. Dígnate recogerlas del suelo, aunque
después las arrojes como frutos desabridos á los que falta la madurez de
la experiencia.
He dicho que Fernán-Caballero perteneció á mi segunda época. Por cierto
que me eran tan simpáticas sus creaciones y tan amables sus cuadros, que
con ser yo muy devoto de la época presente y muy admirador de sus
progresos, más de una gana me asaltaba de volver casaca y hacerme
servilón, tan sólo por el placer de ocupar un puesto en sus escenas de
familia y tratar personalmente á la mística _Elia_ y á la sensible
_Lágrimas_. Mas pronto reflexionaba que no podía ser tal mi fuerza de
disimulo que no asomara la oreja de _negro_ en la ocasión menos
prevista, y entonces tendría que pasar por el bochorno de ser arrojado
de aquellos santos hogares y despreciado por aquellas lindas mujeres.
¡Quién me dijera entonces que yo, su admirador, su enamorado, haría,
tiempo andando, el papel de amiga envidiosa, poniéndome á buscarles con
la mayor sangre fría sus más pequeños defectos! El papel de crítico es
en verdad muy desairado, á veces odioso, pero como acontece también con
ciertos otros en las obras dramáticas, es absolutamente necesario para
el buen orden y progreso de la literatura.
Bien que las novelas de Fernán-Caballero me encantasen siempre, no
dejaba por eso de pensar vagamente aun en los tiempos de mayor
entusiasmo que en ellas sobraba mucho. Ahora entiendo que falta no poco.
Para comprender bien á Fernán-Caballero, es preciso tener presente, en
primer término, que sus obras no son la expresión pura y sencilla de una
fantasía que gusta de presentar al público la turba de imágenes que en
ella flotan; sino más bien la labor viva y apasionada de un pensamiento
batallador. La novela es para él un arma con que asalta las conciencias
y las somete á su imperio. Y ciertamente no he ser yo quien repruebe tal
uso, cuando responde perfectamente á la naturaleza de este género
literario, y no rompe con sus constantes tradiciones. La novela puede
servir y ha servido siempre para un fin social. Mas debo advertir, para
satisfacción de ciertos escrúpulos literarios, que antes que nada, la
novela es una obra de arte, y que como tal, su fin primero es realizar
belleza. Lo demás se le otorga por añadidura. La novela, como tal obra
de arte, puede, aunque no debe por necesidad, enseñar algo. De hecho
constituye un verdadero poder en nuestra sociedad, ejerce una influencia
legítima en nuestras costumbres, y en ocasiones ha buscado y hallado
arraigo para alguna idea peregrina. La tarea del crítico sobre este
punto consiste en observar de qué modo se ha llevado á cabo todo esto.
Nunca debe olvidarse de que es el defensor del arte contra los excesos
de la pasión ó las invasiones del espíritu didáctico.
¿Cuál es la idea que agita el corazón femenil de Fernán-Caballero, que
mueve su pluma y se encarna en sus novelas? La idea del pasado. Por él
combate cuerpo á cuerpo, sin que le rinda jamás el sueño ó la fatiga,
manejando con febril entusiasmo una daga tenue y afilada, la sola arma
que puede sostener su delicada mano. Sus novelas, no son más, es decir,
son además de obras muy bellas, un diluvio de alfilerazos á nuestra
filosofía, á nuestras costumbres, á nuestra política. Son pequeños
cuadros de antaño, que por la suavidad del color, por su dibujo
primoroso y por su ambiente diáfano, quiere que contrasten con los
licenciosos cromos de hogaño.
Espera que el lector, al contemplarlos, eche de menos aquellos
sabihondos frailes, aquellos severos padres, sumisos hijos y servidores
fieles, comprenda la santidad de aquellos respetuosos besos en la mano,
y la solemnidad de aquellos chocolates al amor del brasero. Todo lo cual
gozaron nuestros abuelos dentro de la sana moral y del temor de Dios.
Y en verdad que el lector no deja de tener por ciertas las proposiciones
de Fernán-Caballero y de extasiarse con las tiernas escenas que nos
representa en sus cuadros. Mas como la funesta manía de pensar se ha
introducido en todas las cabezas y es un mal que no tiene cura, doy en
cavilar y da también el lector, pariente cercano mío, que para mudar de
vida y volver á las usanzas de nuestros progenitores es de toda
necesidad que Fernán-Caballero nos garantice: que los frailes serán
siempre sabihondos y mesurados, y no cicateros intrigantes, amigos de
darse buena vida y de revolver por solaz la ajena; los padres, siempre
comedidos, incapaces de contrariar la legítima vocación de sus hijos ni
de abusar de su poder por ningún concepto; los nobles, protectores
generosos de la debilidad, no insolentes disipadores de sus caudales. Y
después que todo esto nos garantice, es menester también que nos indique
los medios de volver este pícaro mundo al estado que apetece. Aunque
presumo que sólo se podrá dar cima á la empresa convocando una magna
reunión de los humanos y conviniendo entre nosotros, después de haber
estudiado minuciosamente cada una de las épocas históricas, cuál es la
que debemos preferir. Con esto, y con encargar á París que en vez de
sombreros de copa se fabriquen en adelante bonetes y chambergos y que
apaguen á toda prisa sus endiabladas luces eléctricas, podríamos tal vez
inaugurar de nuevo los tiempos de Mari-Castaña.
¿Pero y el espíritu? ¿Pondríamos también bonete al espíritu?
Las novelas de Fernán-Caballero son de las que un notario, que vive en
el cuarto segundo de mi casa, llama morales. Debo advertir que, según la
estética singular del infrascrito, las novelas no tienen otra división
que en morales ó inmorales. Y ningunas, con mejores títulos, pueden
incluirse en el primero de los grupos que las de nuestro ortodoxo
escritor. La moral entra por mucho, por casi todo, en sus obras; pero es
justo que haga una observación capital sobre este punto. La moral de
Fernán-Caballero no surge en la escena, engrandecida por el dolor y por
el combate, prestando eficaz respuesta y solución al sombrío
interrogatorio de la conciencia, disipando como un soplo de esperanza
las nubes siniestras que se agrupan en la frente del hombre de este
siglo. Es una moral de cortísimo vuelo destinada á colegialas de quince
años y á jóvenes que no hayan pasado en sus estudios de la segunda
enseñanza. No resuelve más cuestiones que las de la obediencia á los
padres, respeto á los mayores, castidad en las obras, palabras y
pensamientos, dulzura con los inferiores y misericordia con los
menesterosos. Es una moral de primera comunión.
Mas aunque así sea, sacan ventaja y no poca sus novelas por más de un
concepto á la multitud de bastardas producciones difundidas por la
sociedad francesa de nuestros días. Ya que por su insignificante
trascendencia no dirijan el pensamiento hacia un ideal de perfección y
grandeza, abstiénense de perturbar los corazones y corromper las
costumbres como aquéllas. Pueden caer sin peligro en las manos de una
virgen. Son libros de misa un poco romancescos. En cierta ocasión
tropecé con un amigo mío, joven de gran inteligencia y muy conocido
entre nosotros por sus ideas radicalmente anticatólicas. Llevaba debajo
del brazo algunos libros que yo con poca discreción tomé en la mano sin
pedirle permiso. Eran dos novelas de Fernán-Caballero, y mi querido ateo
me confesó, con un ligero rubor, que iban destinadas á su prometida.
No tenía por qué ruborizarse mi joven amigo. Á un estado de perfecta
inocencia (entendiendo que es un estado transitorio, imposible de
sostener como definitivo en la vida humana), convienen en un todo estas
novelas escritas con una pluma delicada y sumisa. Predicar la rebelión á
los jóvenes y muy particularmente al sexo femenino, sin justificar
plenamente esta lucha insensata con la sociedad; deslizar entre los
arrebatos de la pasión una multitud de dudas cuyo examen no puede
llevarse á cabo seriamente en los laberintos de una fábula, es, á mi
entender, uno de los caracteres que más afean y hacen peligrosa la
moderna literatura romancesca de Francia.
Sin embargo, no todos en la sociedad van á la escuela y comulgan por
Pascua florida. Los más de los seres han dejado en los abismos del
tiempo sus quince años, y en los de la nada las puras ilusiones que los
acompañan. Hay muchos en los cuales el sentimiento religioso yace
amortiguado bajo el peso de la sensualidad ó del escepticismo. Las
novelas de Fernán-Caballero y su escuela no tienen poder, no tienen
rasgos bastante enérgicos para despertarlo en estos seres. La duda
amarga y deletérea de _Lelia_ no alcanza á disiparla la cándida y
mística sonrisa de Elia. Jorge Sand ha dado vida á un ser misterioso,
siniestro, imaginario, pero grande, porque expresa con notas desoladoras
la crisis de un alma grande. Fernán-Caballero, quizá con el secreto
intento de oponer la obediencia á la rebelión, la certidumbre á la duda,
el sosiego á la exaltación, ha engendrado un ser inmaculado y tierno,
pero que toca en los confines de la vulgaridad.
Elia, criatura frágil é inocente, se rinde á la pesadumbre de una
preocupación social. Lelia alza su noble, pero asombrada frente, antes
de morir y exhala una blasfema imprecación. Elia muere, no ya sin
maldecir, pero sin comprender siquiera la injusticia que la mata. Lelia
rompe violentamente los moldes de la naturaleza femenina, y se lanza con
vuelo impetuoso en las regiones de la protesta y de la rebelión. Elia no
sale de estos moldes, pero sucumbe aceptando como santo uno de los más
torpes errores que ha engendrado el orgullo humano. Lelia se revuelve
con acento inspirado, aunque colérico, contra los egoísmos y sinrazones
de la sociedad. En Lelia hay un derroche de genio. En Elia hay un
derroche de moral.
La trascendencia que nuestro novelista piensa comunicar á sus obras, no
se deriva de su concepción y desenlace, débiles ó insignificantes las
más de las veces, sino más bien de una multitud de ideas esparcidas sin
gran razón y pertinencia por el curso de ellas. Sus personajes más
simpáticos se pronuncian casi siempre por el antiguo régimen, y baten en
brecha por medio de una argumentación poética ó irónica, todo menos
profunda, á los desdichados ó ignorantes que representan la edad
moderna. Así se da el caso en una de sus obras, de que una cocinera
arrolle discutiendo alta filosofía á un sabio doctor enciclopedista.
Cuando no tiene liberales con quien habérselas, Fernán-Caballero la
emprende con los paganos, y se irrita grandemente porque aquellos ciegos
adoradores de Júpiter grababan sobre sus tumbas el _sit tibi terra
levis_[4], en vez del _requiescat in pace_. De los accidentes más nimios
de la vida quiere sacar razones para la apologética católica. Por todas
partes trata de ir á Roma.
Tiene una sensibilidad religiosa que sabe aspirar lo que de poético hay
en la pompa del culto, y en el ritual de las ceremonias eclesiásticas;
una sensibilidad que algún sacristán llamaría _de rúbrica_. Pero es
intransigente en este punto, como el Breviario, y para no incurrir en
sus iras, es necesario conmoverse á misa mayor. ¡Desgraciados aquellos
que son insensibles al incienso y al órgano! Sobre ellos cae sin piedad
todo el negro de su paleta.
Mas aparte de estas intransigencias y exageraciones, no puedo negar que
me complace más ver una pluma femenina al servicio de la religión, que
sirviendo de intérprete á las vacilaciones y combates de nuestro siglo.
El espíritu de la mujer es esencialmente receptivo, conservador, se
amolda fácilmente á toda realidad, aun la más dolorosa, y extrae de
ella los elementos de belleza y armonía que contiene. La mujer no debe
participar de nuestras dudas y sufrimientos, porque se quebraría como se
quebró _Gloria_. Esperemos para introducirla en el mundo agitado de
nuestra conciencia religiosa á que hayamos conseguido arrancar á la duda
su cabellera de sierpes para ofrecérsela, al modo de los antiguos
guerreros de la América, como trofeo de nuestro combate.
La inspiración de Fernán-Caballero es la que más conviene á su sexo; una
inspiración suave y delicada que reposa dulcemente en el seno de la
religión. Es capaz de describirnos con admirables toques la psicología
simplicísima que se encierra en el pecho de una virgen, pero su pincel
diminuto no tiene fuerza para trasladar los surcos terribles que abre la
pasión en el corazón del hombre. Se advierte en este pincel la falta de
firmeza y costumbre que caracteriza al artista femenino, mas en su lugar
se observa la ternura y sagacidad que también le caracterizan. Se
presenta como paladín de la fe católica, de la política monárquica y de
las costumbres añejas, pero siempre expresando amor apasionado á la
causa que defiende, no con esos refinamientos y artificios hipócritas
que hoy despliegan los que se cobijan bajo la bandera de la tradición.
Con su amor y su entusiasmo quiere infundir el alma en el cadáver del
pasado, como uno de esos soplos de aire tibio que en medio del invierno
vienen resueltos á dar vida á la naturaleza muerta.
La traza y disposición de sus novelas no pueden ser más sencillas. La
sencillez es una hija predilecta de la realidad, aunque la realidad por
sí misma no sea el arte. Para que el arte aparezca, es necesario que en
la realidad penetre la idea, porque lo real sin idea no es más que lo
trivial. Y lo trivial es precisamente el escollo en que tropieza con
frecuencia el esquife de Fernán-Caballero. Sus caracteres no dejan de
tener realidad, pero son casi siempre adocenados y vulgares: no han
recibido el soplo del arte que los trasfigura sin arrancarles su
realidad. Téngase presente, además, que se esfuerza con censurable
empeño en derramar sobre el personaje que encarna las ideas que aborrece
todo el veneno de su pluma, privándole, no sólo de las virtudes más
corrientes, sino hasta de una regular educación. Formar caracteres de
una sola pieza no indica más que ausencia de recursos para obrar con los
que están formados de varias, redunda en grave menoscabo de la verdad y
disminuye en no poco el interés de la novela.
Las situaciones que describe tienen verdad y sentimiento, pero vuelvo á
repetir que esto no basta. El fin de la novela no es conmover el corazón
y hacer derramar lágrimas, sino despertar la emoción estética, la
admiración que produce lo bello. Nunca se hiere en vano la fibra del
sentimiento; nunca se representan cuadros lastimosos de las desdichas
humanas, ya sean estos cuadros en alto grado dignos de lástima, desde el
punto de vista del Arte, sin afectar nuestra sensibilidad. Además, hay
lágrimas que se derraman por el buen parecer, porque _no digan_, sobre
todo viendo dramas. En la representación de uno titulado..... (suprimiré
el título), al morirse el protagonista de una enfermedad no muy bien
diagnosticada, en lo más patético de su discurso, hube de sufrir un tal
ataque de risa, que desperté en torno mío fuertes murmullos de
desaprobación y aun de amenaza. Los padres fruncieron el entrecejo en
manifiesta señal de desagrado; las madres lanzáronme miradas cargadas de
rencor y de odio; las niñas posaban sobre mí sus ojos velados por las
lágrimas con mezcla de indignación y de asombro. Nunca se viera corazón
más empedernido. Y sin embargo, yo presumo de tenerlo blando en demasía.
Cuando niño he salvado muchos gorriones de las manos de mis
condiscípulos. Lo que hay es que soy un poco romano, y cuando un hombre
muere en escena y no en una alcoba de su casa, exijo, como á los
gladiadores, que muera con gracia.
El estilo de nuestro autor es sencillo y poético. Su lenguaje, aunque
padece notables incorrecciones, es, por lo general, franco y animado, en
ocasiones lleno de color y armonía, reflejando la vívida luz, los
argentados celajes de la Bética, repercutiendo los mil rumores de sus
bulliciosas ciudades, devolviéndonos todo el perfume de su embalsamado
ambiente.
¡Triste cosa, por cierto, que un escritor que tan bien siente la
naturaleza, la combata con tal encarnizamiento!
[Illustration]