[Illustration: C]UANDO oigo decir que en España abunda el talento, mi
pensamiento va á parar sin saber cómo al Sr. Canalejas. Cuando me dicen
que escasean la diligencia y el carácter, sin saber cómo también pienso
en el docto presidente de la sección de Literatura. Por más que no acabe
de convencerme de que el talento busca puerto en nuestra patria con
preferencia á otros puntos del globo, no cabe duda que el Supremo
Hacedor mostróse pródigo y hasta rumbón, como acá decimos, y aun se le
fué la mano con alguno de mis compatriotas.
¡Excelente cosa es el talento! Que lo diga, si no, el Sr. Perier, que en
esta materia es testigo de mayor excepción. ¡Cuántas cosas buenas se
pueden hacer con talento! Entre ellas, una semblanza de gracioso corte
que agrade á los lectores y no disguste al orador. Lo cual es mucho más
difícil que inflar un perro.
Para mí, el talento del Sr. Canalejas es materia de dogma. Aparte de que
mi entendimiento así me lo dice, tengo otro motivo para creerlo. Es un
motivo fantástico. Han de saber ustedes que allá en los tenebrosos
laberintos de mi cerebro, he dado en representarme, sin que tenga
fuerzas para huir esta insensata imaginación, las ideas y las cualidades
del espíritu por los colores de la materia. Así que al amor me lo figuro
blanco, á la simpleza rosada, al talento azul, al país rojo y á los
constitucionales verdes. El Sr. Canalejas lleva siempre delante de sus
ojos unos espejuelos azules. No me cabe duda, tiene talento.
Creo haber dicho ya, y si no lo he dicho lo digo ahora, que el talento
del Sr. Canalejas está contrarrestado por un carácter enteco y
tornadizo. Esto al menos se dice de público, y esto debemos creer
pensando mal, que es la mejor y más fácil manera de acertar. En el
espíritu del Sr. Canalejas han contraído matrimonio un talento macho y
un carácter hembra. Y como este matrimonio no se ha verificado como el
Santo Concilio de Trento lo dispone, para los buenos creyentes es un
nefando concubinato.
La voz del pueblo (_vox Dei_) acusa, además, al señor Canalejas del feo
pecado de holgazanería. Confesemos que en esta ocasión la voz de Dios ha
dado un gallo. Para mí el Sr. Canalejas es un prodigio de actividad.
Sólo con actividad, y con mucha actividad, se alcanza un nombre
esclarecido en la literatura, en el foro y en la filosofía. Pero nuestro
presidente sostiene lucha desigual, que agotará sus fuerzas, con un
enemigo terrible: el tiempo. El tiempo es la materia primera de todo
sabio, y sin ella no es posible laborar ciencia. Así se explica que el
señor Canalejas aborde con denuedo todos los problemas del pensamiento
humano y los abandone cuando aún no está bastante saturado de ellos. Yo
hubiera deseado más verle ahondar en la ciencia de la estética, que
tanto contribuyó á propagar en nuestra patria, que hallarle cual frívolo
mancebo requebrando de amores, ora á los estudios de erudición
literaria, ora al derecho, ora á la filosofía. Necesito hacer una
salvedad. Si el Sr. Canalejas se ha dedicado al estudio del
Derecho--incompatible, á mi juicio, con otros de distinta índole--por
pura afición ó deseo de saber, merece que le censuremos acremente. Mas
si ha dedicado sus talentos á la jurisprudencia tan sólo para alcanzar
por su intercesión lo que no ha podido recabar por vías más amables,
entonces sólo nos resta lamentarnos amargamente de que en nuestro país
necesite un literato insigne sacrificar su vocación en aras de las
necesidades físicas.
He dicho que el Sr. Canalejas tenía talento, y no me vuelvo atrás. Sobre
que sería igual que me volviera, pues no dejaría por eso de tenerlo.
Conviene que determine ahora de qué clase es su talento. Acerca de esto
no puede existir duda alguna: el talento del Sr. Canalejas es
esencialmente crítico. Como crítico no tiene rival hoy en España. Vaya
usted á averiguar ahora por qué un hombre que posee dotes
extraordinarias de crítico no piensa en criticar nada. Para la
resolución de este problema recuérdese lo que he dicho en el comienzo de
este artículo. De todos modos, es imperdonable que el Sr. Canalejas
abandone el campo de la crítica, principalmente de la crítica dramática,
á la impotencia petulante é insufrible de los literatos menores que hoy
la tienen monopolizada para baldón de las españolas letras.
Las cualidades que lo realzan como crítico menoscaban su elocuencia, de
la cual tiempo es ya que hablemos. Un crítico es un hombre que necesita
criterio firme, talento analítico, dicción correcta y juicio sereno. No
diré yo que estas aptitudes sean para el orador cosas superfluas, pero
me atrevo á creer que tampoco son de primera necesidad. Tengo para mí
que el docto lector ha enderezado ya su pensamiento hacia un insigne
orador del Ateneo, y lo está desmenuzando sin piedad para comprobar mi
aserto. Caro lector, ten el afilado escalpelo y observa que vas á cortar
la fibra de la pasión y el hermoso tejido de la fantasía.
El Sr. Canalejas pasa por orador de muchas tildes. Con efecto, de tal
modo peina y asea su palabra, que las frases que brotan de sus labios,
por lo afeitadas y relamidas, semejan damas del tiempo de Luis XV. Salen
con el cabello empolvado, las mejillas pintarrajadas y hasta lunares
postizos. El señor Canalejas aspira, por lo visto, á hablar lo mismo
que escribe. Supongamos que lo consigue: tendremos un elegante y castizo
escritor que redacta su prosa con la punta de la lengua, pero no un
orador. La oratoria necesita más de calor y oportunidad que de tildes.
Pero si no es un verdadero orador el Sr. Canalejas, bien puede
considerársele en cambio (un cambio que nadie vacilaría en aceptar) como
el prosista más elegante, más castizo y más flúido que hoy posee el
idioma castellano. Es la prosa del Sr. Canalejas como una de esas
bebidas azucaradas y refrescantes que se toman con delicia en una tarde
calurosa del estío. Si la comparamos con las inmundas pócimas que
diariamente nos hacen gustar las prensas españolas, parece ambrosía de
los dioses. He aquí por qué leo sus discursos con más placer que los
escucho. El Sr. Canalejas no pronuncia discursos, los dicta, ó lo que es
igual, los pronuncia para el día siguiente. Pero al día siguiente son
una obra tan lúcida y primorosa, que merecen llevar á su cabeza el
humeante pebetero de la Academia con la metafórica inscripción: _Limpia,
fija y da esplendor_.
La palabra de este orador sería flúida y expedita si no cuidara tanto de
su aliño. Pero el público tiene que esperar á que cada una haga su
_toilette_ ó tocado, como decimos en romance, y éste se prolonga alguna
vez en demasía. No sé decir si á esta frialdad que advierto en la
oratoria del ilustre presidente contribuyen aquellos supradichos
espejuelos azules. Creo que sí. Los ojos son un poderoso auxiliar para
la lengua, y los del Sr. Canalejas son unos ojos mudos; mudos al menos
para el auditorio, aunque agoten los giros más expresivos detrás de unas
paredes cristalinas. Los ojos ríen, los ojos lloran, los ojos
interrogan, los ojos amenazan. Nada de esto llega á nosotros cuando
habla el orador que nos ocupa. El Sr. Canalejas habla como hablaban con
su boca de sílice los antiguos oráculos egipcios. Se percibe el
movimiento de los labios, se escucha el ruido de la voz, y nada más. Los
ojos no varían el curso de la palabra, pero lo iluminan. Cicerón no
hubiera confundido á Catilina si gastara anteojos azules.
En cambio, estos anteojos prestan á su pensamiento un optimismo que
escandaliza al Sr. Revilla. La tierra para él es un segundo cielo. Los
campos y las ciudades son azules para nuestro orador. Hasta al Sr.
Revilla lo ve de color de cielo.
Se dice que es discípulo de Krause[2]. Distingamos. Si por krausista se
entiende un personaje extravagante y soberbio que, colándose de sopetón
en la morada de la ciencia, pretende dar con la puerta en las narices á
cualquier otra doctrina que no sea la suya; es decir, si el krausista ha
de ser un ultramontano vuelto al revés, el Sr. Canalejas está muy lejos
de recibir con justicia tal denominación. Mas si ésta significa por
ventura la creencia razonada en todas ó en parte de las doctrinas de
aquel filósofo sin constituirse en sectario suyo, bien puede asegurarse
sin temor de calumniarle que es krausista. ¡Que no fueran todos los
krausistas como el Sr. Canalejas, tolerantes, flexibles, y sobre todo
más estéticos en su obrar y decir!
Merced á su talento y á una base metafísica bien asimilada, nuestro
orador habla con lucidez y discreción sobre todo lo que es asunto de la
ciencia y del arte. Prefiero, no obstante, escucharle cuando diserta
sobre el último punto. Entonces adquiere su frase el más alto grado de
perfección y domina en las palabras como en los pensamientos una armonía
que denota la irresistible vocación de su espíritu. No hay duda que el
Sr. Canalejas está formado para amar la verdad por conducto de la
belleza.
[Illustration]
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