D. FRANCISCO DE PAULA CANALEJAS

[Illustration: C]UANDO oigo decir que en España abunda el talento, mi

pensamiento va á parar sin saber cómo al Sr. Canalejas. Cuando me dicen

que escasean la diligencia y el carácter, sin saber cómo también pienso

en el docto presidente de la sección de Literatura. Por más que no acabe

de convencerme de que el talento busca puerto en nuestra patria con

preferencia á otros puntos del globo, no cabe duda que el Supremo

Hacedor mostróse pródigo y hasta rumbón, como acá decimos, y aun se le

fué la mano con alguno de mis compatriotas.

¡Excelente cosa es el talento! Que lo diga, si no, el Sr. Perier, que en

esta materia es testigo de mayor excepción. ¡Cuántas cosas buenas se

pueden hacer con talento! Entre ellas, una semblanza de gracioso corte

que agrade á los lectores y no disguste al orador. Lo cual es mucho más

difícil que inflar un perro.

Para mí, el talento del Sr. Canalejas es materia de dogma. Aparte de que

mi entendimiento así me lo dice, tengo otro motivo para creerlo. Es un

motivo fantástico. Han de saber ustedes que allá en los tenebrosos

laberintos de mi cerebro, he dado en representarme, sin que tenga

fuerzas para huir esta insensata imaginación, las ideas y las cualidades

del espíritu por los colores de la materia. Así que al amor me lo figuro

blanco, á la simpleza rosada, al talento azul, al país rojo y á los

constitucionales verdes. El Sr. Canalejas lleva siempre delante de sus

ojos unos espejuelos azules. No me cabe duda, tiene talento.

Creo haber dicho ya, y si no lo he dicho lo digo ahora, que el talento

del Sr. Canalejas está contrarrestado por un carácter enteco y

tornadizo. Esto al menos se dice de público, y esto debemos creer

pensando mal, que es la mejor y más fácil manera de acertar. En el

espíritu del Sr. Canalejas han contraído matrimonio un talento macho y

un carácter hembra. Y como este matrimonio no se ha verificado como el

Santo Concilio de Trento lo dispone, para los buenos creyentes es un

nefando concubinato.

La voz del pueblo (_vox Dei_) acusa, además, al señor Canalejas del feo

pecado de holgazanería. Confesemos que en esta ocasión la voz de Dios ha

dado un gallo. Para mí el Sr. Canalejas es un prodigio de actividad.

Sólo con actividad, y con mucha actividad, se alcanza un nombre

esclarecido en la literatura, en el foro y en la filosofía. Pero nuestro

presidente sostiene lucha desigual, que agotará sus fuerzas, con un

enemigo terrible: el tiempo. El tiempo es la materia primera de todo

sabio, y sin ella no es posible laborar ciencia. Así se explica que el

señor Canalejas aborde con denuedo todos los problemas del pensamiento

humano y los abandone cuando aún no está bastante saturado de ellos. Yo

hubiera deseado más verle ahondar en la ciencia de la estética, que

tanto contribuyó á propagar en nuestra patria, que hallarle cual frívolo

mancebo requebrando de amores, ora á los estudios de erudición

literaria, ora al derecho, ora á la filosofía. Necesito hacer una

salvedad. Si el Sr. Canalejas se ha dedicado al estudio del

Derecho--incompatible, á mi juicio, con otros de distinta índole--por

pura afición ó deseo de saber, merece que le censuremos acremente. Mas

si ha dedicado sus talentos á la jurisprudencia tan sólo para alcanzar

por su intercesión lo que no ha podido recabar por vías más amables,

entonces sólo nos resta lamentarnos amargamente de que en nuestro país

necesite un literato insigne sacrificar su vocación en aras de las

necesidades físicas.

He dicho que el Sr. Canalejas tenía talento, y no me vuelvo atrás. Sobre

que sería igual que me volviera, pues no dejaría por eso de tenerlo.

Conviene que determine ahora de qué clase es su talento. Acerca de esto

no puede existir duda alguna: el talento del Sr. Canalejas es

esencialmente crítico. Como crítico no tiene rival hoy en España. Vaya

usted á averiguar ahora por qué un hombre que posee dotes

extraordinarias de crítico no piensa en criticar nada. Para la

resolución de este problema recuérdese lo que he dicho en el comienzo de

este artículo. De todos modos, es imperdonable que el Sr. Canalejas

abandone el campo de la crítica, principalmente de la crítica dramática,

á la impotencia petulante é insufrible de los literatos menores que hoy

la tienen monopolizada para baldón de las españolas letras.

Las cualidades que lo realzan como crítico menoscaban su elocuencia, de

la cual tiempo es ya que hablemos. Un crítico es un hombre que necesita

criterio firme, talento analítico, dicción correcta y juicio sereno. No

diré yo que estas aptitudes sean para el orador cosas superfluas, pero

me atrevo á creer que tampoco son de primera necesidad. Tengo para mí

que el docto lector ha enderezado ya su pensamiento hacia un insigne

orador del Ateneo, y lo está desmenuzando sin piedad para comprobar mi

aserto. Caro lector, ten el afilado escalpelo y observa que vas á cortar

la fibra de la pasión y el hermoso tejido de la fantasía.

El Sr. Canalejas pasa por orador de muchas tildes. Con efecto, de tal

modo peina y asea su palabra, que las frases que brotan de sus labios,

por lo afeitadas y relamidas, semejan damas del tiempo de Luis XV. Salen

con el cabello empolvado, las mejillas pintarrajadas y hasta lunares

postizos. El señor Canalejas aspira, por lo visto, á hablar lo mismo

que escribe. Supongamos que lo consigue: tendremos un elegante y castizo

escritor que redacta su prosa con la punta de la lengua, pero no un

orador. La oratoria necesita más de calor y oportunidad que de tildes.

Pero si no es un verdadero orador el Sr. Canalejas, bien puede

considerársele en cambio (un cambio que nadie vacilaría en aceptar) como

el prosista más elegante, más castizo y más flúido que hoy posee el

idioma castellano. Es la prosa del Sr. Canalejas como una de esas

bebidas azucaradas y refrescantes que se toman con delicia en una tarde

calurosa del estío. Si la comparamos con las inmundas pócimas que

diariamente nos hacen gustar las prensas españolas, parece ambrosía de

los dioses. He aquí por qué leo sus discursos con más placer que los

escucho. El Sr. Canalejas no pronuncia discursos, los dicta, ó lo que es

igual, los pronuncia para el día siguiente. Pero al día siguiente son

una obra tan lúcida y primorosa, que merecen llevar á su cabeza el

humeante pebetero de la Academia con la metafórica inscripción: _Limpia,

fija y da esplendor_.

La palabra de este orador sería flúida y expedita si no cuidara tanto de

su aliño. Pero el público tiene que esperar á que cada una haga su

_toilette_ ó tocado, como decimos en romance, y éste se prolonga alguna

vez en demasía. No sé decir si á esta frialdad que advierto en la

oratoria del ilustre presidente contribuyen aquellos supradichos

espejuelos azules. Creo que sí. Los ojos son un poderoso auxiliar para

la lengua, y los del Sr. Canalejas son unos ojos mudos; mudos al menos

para el auditorio, aunque agoten los giros más expresivos detrás de unas

paredes cristalinas. Los ojos ríen, los ojos lloran, los ojos

interrogan, los ojos amenazan. Nada de esto llega á nosotros cuando

habla el orador que nos ocupa. El Sr. Canalejas habla como hablaban con

su boca de sílice los antiguos oráculos egipcios. Se percibe el

movimiento de los labios, se escucha el ruido de la voz, y nada más. Los

ojos no varían el curso de la palabra, pero lo iluminan. Cicerón no

hubiera confundido á Catilina si gastara anteojos azules.

En cambio, estos anteojos prestan á su pensamiento un optimismo que

escandaliza al Sr. Revilla. La tierra para él es un segundo cielo. Los

campos y las ciudades son azules para nuestro orador. Hasta al Sr.

Revilla lo ve de color de cielo.

Se dice que es discípulo de Krause[2]. Distingamos. Si por krausista se

entiende un personaje extravagante y soberbio que, colándose de sopetón

en la morada de la ciencia, pretende dar con la puerta en las narices á

cualquier otra doctrina que no sea la suya; es decir, si el krausista ha

de ser un ultramontano vuelto al revés, el Sr. Canalejas está muy lejos

de recibir con justicia tal denominación. Mas si ésta significa por

ventura la creencia razonada en todas ó en parte de las doctrinas de

aquel filósofo sin constituirse en sectario suyo, bien puede asegurarse

sin temor de calumniarle que es krausista. ¡Que no fueran todos los

krausistas como el Sr. Canalejas, tolerantes, flexibles, y sobre todo

más estéticos en su obrar y decir!

Merced á su talento y á una base metafísica bien asimilada, nuestro

orador habla con lucidez y discreción sobre todo lo que es asunto de la

ciencia y del arte. Prefiero, no obstante, escucharle cuando diserta

sobre el último punto. Entonces adquiere su frase el más alto grado de

perfección y domina en las palabras como en los pensamientos una armonía

que denota la irresistible vocación de su espíritu. No hay duda que el

Sr. Canalejas está formado para amar la verdad por conducto de la

belleza.

[Illustration]

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Semblanzas literarias · 第 37 / 93 题