[Illustration: L]A muerte, que todo la quebranta, también ha quebrantado
un propósito que había concebido al inaugurar esta galería de oradores.
Pensé que siendo los jóvenes de suyo sobrado inquietos para hallarse
bien entre personas de tal gravedad y discreción como las que aquí han
venido, era prudente no dar cabida en ella á los oradores noveles.
Por otra parte, el carácter de éstos ofrece tal vaguedad en los
contornos y están sus tendencias tan borrosas y confusas, que la pluma
nada acierta á definir con claridad en ellos. Al convertirse en hombres,
acaso mostrarían mi semblanza como una de esas fotografías envejecidas y
arrinconadas en álbum añoso que despiertan siempre la risa de los amigos
de la casa.
Pero la muerte envejece más que los años. El que muere queda en un todo
definido, y sus rasgos fijados por una eternidad. Es un joven muerto de
quien os voy á hablar.
Poco más de un mes hace todavía que un puñado de yeso cerró para siempre
en tétrica estancia el cadáver de Javier Galvete, y ¡cuántos le han
olvidado ya! Tal vez á alguno le parezca demasiado tarde para hablar de
él. ¿Haré mal en entregar á su indiferencia con este recuerdo el nombre
de un amigo querido? ¡Decídmelo los que escuchasteis por última vez
aquella palabra vigorosa y acerada que hacía vibrar las conciencias!
¡Decídmelo los que visteis aquel rostro, lívido por el dolor y por la
duda, mirando por vez postrera hacia vuestros escaños, con los ojos
opacos y ansiosos del gladiador que muere en la arena! ¡Sí! murió el
atleta del espíritu, y el olvido fué la losa que cerró su tumba. Mas yo
tengo motivos poderosos, motivos del corazón, para no asociarme á tal
olvido, y quiero rendir á Galvete con estas líneas un triste y fraternal
homenaje.
Javier Galvete había alcanzado una madurez de entendimiento fatalmente
prematura. Como ciertos frutos que ostentan desde muy temprano su dorada
corteza entre las verdes hojas del estío, Galvete ocultaba una
inteligencia de gran alcance, bajo una frente de niño. Pero los frutos
prematuros no pueden resistir el ímpetu del vendaval ni las tempestades
del verano, y caen y se corrompen en el suelo. Así cayó Galvete del
árbol de la vida.
De aquellos dos grupos de temperamentos que se reparten el linaje
humano, el uno soñador, místico, entusiasta; el otro, práctico, sereno,
impasible, Galvete pertenecía al primero. El mundo indiferente y egoísta
en que vivimos era pobre escenario para un espíritu tan ardiente y
turbulento como el suyo. Mejor le cuadrara aquel otro de tensión
extrema, de fiebre, que recibe el nombre de Edad Media. En sus locas
empresas, en sus férreos dogmas, en sus intensas emociones, conseguiría
tal vez apagar la sed que lo devoraba. Este afán ansioso que sentía de
llenar su alma de ideas para engrandecerla, llevóle harto temprano, sin
auxilio de nadie y sin medios de fortuna, al país donde hoy se forjan
los más altos pensamientos, á la tierra insigne de Alemania. ¡Cómo se
repitió con mi infeliz amigo el viejo cuento germano! La pérfida
Loreley, la virgen de los cabellos de oro, disfrazada ahora con el manto
inmaculado de la filosofía, le atrajo con sus cánticos suaves para
hacerle morir traidoramente.
Los que hemos conocido á Galvete nunca dudamos de su mérito y sabíamos
bien que no tardaría en hacerse la luz sobre su nombre. Mas él
mostrábase indiferente y hasta esquivo á las seducciones de la gloria,
tal vez porque reclamaba toda su atención la cruel batalla que se reñía
en su conciencia. La idea religiosa llenó completamente su breve
existencia. Al nacer á la vida de la razón sintióse acometido de esa
terrible enfermedad que azota nuestro siglo y que amarga todos nuestros
placeres. La duda impía alojóse en su cerebro. Muchos estudios, muchas
vigilias, muchas torturas consiguieron al cabo lanzarla fuera, pero al
salir dejó atrás un cuerpo marchito y agotado, propio para servir de
presa á la tisis.
Nada hay más horrible que esos gritos desesperados del pensamiento que á
toda costa quiere ser acción. Galvete los sintió siempre tronar en sus
oídos. Apenas nacidos, ya le atormentaban demandándole una instantánea
realización, y su alma y su cuerpo se esforzaban en vano por
concedérsela. Esta lucha le producía fiebre y la fiebre le mataba lenta,
pero seguramente.
La enfermedad es antigua. El espíritu del hombre vive en perpetua
agitación como las aguas del Océano, sube como sus olas hasta los cielos
y baja también á los más negros abismos. Y así, entre el dolor, la duda
y la esperanza se mueve eternamente el mundo de los seres humanos. Feliz
el hombre cuya vista no penetra la región de los sueños y de las
ambiciones. Su vida ignorada, apacible, monótona, es mil veces más dulce
que la de aquellos cuyo cerebro pudiera tomarse por guarida de
fantasmas.
¡Feliz aquel que trata á sus nervios como viles lacayos! ¡Plegue á Dios
que jamás se le rebelen ni promuevan algaradas en su organismo! Porque
si la lucha del hogar doméstico está pintada con tan sombríos colores
por los moralistas, ¿qué debemos pensar de la que existe en el fondo de
la conciencia? Sí, hombres que sufrís los excesos del pensamiento,
¡guerra á muerte por díscolo y traidor al sistema nervioso
cerebro-espinal! ¡Loor eterno al prudente tejido muscular! Él sólo es
fuerte y á la par sensato y honesto.
El mal se ha recrudecido de un modo alarmante en nuestros días. El
vértigo se ha apoderado de todas las cabezas, quiero decir, de casi
todas. Todo se piensa, todo se medita, todo se proyecta, pero nada se
deja sazonar. El minuto mata al minuto y el pensamiento al pensamiento,
y en esta desenfrenada actividad intelectual se rompe la armonía del
espíritu y se disipa el encanto de la vida. Y es lo peor que cada hombre
no se resigna á ocupar el sitio que le corresponde en la obra de las
generaciones, no quiere limitarse á cultivar con paciencia el suelo que
pisa, sino que aspira, en los breves días que se le otorgan sobre la
tierra, á resolver todos los problemas, á someter los imperios del cielo
y de la tierra á su dominación.
Yo no sé si Galvete era un hombre religioso ó un impío. Los hombres
religiosos que me han hecho conocer desde muy temprano, respiran sosiego
y alegría por todos los poros de sus mejillas frescas y rosadas por
punto general: su marcha es reposada y firme: están siempre en guardia
contra su pensamiento, y hablan sin escrúpulo de todas las cosas que no
se relacionan directa ni indirectamente con el dogma. La Providencia,
pero una Providencia regocijada y próvida, parece habitar en su alma.
¡Cuán diferente de ellos era Javier Galvete, tan brusco, tan flaco, tan
triste, tan inquieto!
Yo he oído decir, sin embargo, que la meditación sobre la naturaleza de
Dios es un verdadero culto. Nuestra alma se desprende de lo que es
perecedero y finito, y marcha hacia lo absoluto é infinito en alas de la
razón, penetrándose del amor eterno y de la armonía del universo. Acaso
sean éstas huecas palabras de una filosofía revolucionaria y atea.
Lo cierto es que nuestro joven orador no iba á la moda en materia de
religiosidad, sin comprender que á todo el que pretende romper con la
moda se le levanta una cruz en este mundo.
Como escritor tuvo también este ilustre joven la mala ventura de no ver
aprovechadas sus notables aptitudes por la prensa política afín á sus
ideas, necesitando poner su pluma, para subsistir, al servicio de otra
menos liberal.
De este ultrajante grillete que la necesidad aplicaba á su inteligencia
durante el día, vengábase á la noche lanzando rojas oleadas de una
oratoria vivaz y atrevida sobre las dormilonas cabezas de los
reaccionarios del Ateneo. Nadie como él logró estremecerlos azotando sin
compasión sus invasoras doctrinas, después de arrancar á jirones el
oropel con que se encubren. Aquel rostro pálido y de algún modo
siniestro, aquella palabra audaz, penetrante, fanática, traían á la
memoria las predicaciones de los primeros campeones de la Reforma. Como
en los de ellos, brillaba alternativamente en sus discursos un
entusiasmo ruidoso, un amargo desengaño ó una ansiedad febril. Sin
embargo, aunque exaltado é impetuoso en el debate, era dulce y afable
cuando hacía reposar su espíritu angustiado en el seno de la amistad. Me
complazco en afirmarlo aquí para desvanecer cualquiera duda que acerca
de su carácter pudieran concebir los que no conocieron á Galvete más que
en las discusiones académicas. Se había erigido en apóstol de los
derechos del individuo y del Estado, enfrente de las pretensiones del
tradicionalismo monstruosamente acentuadas en estos últimos años, y
acaso movía su lengua con demasiada sinceridad para la usanza de esta
tierra. Su oratoria era profunda y nerviosa. Hablaba con una facilidad
severa y restringida, como aquel que quiere hacer que prevalezca la idea
sobre la palabra. La acción con que se acompañaba tenía poca variedad;
era monótona, pero se acomodaba bien á ese género de oratoria sin
efectos, serena y clara, donde cada juicio vale una sentencia y cada
palabra un hecho. Era una oratoria interior más que exterior. Los años
hubieran limado las asperezas de su estilo y los arranques de su
misticismo, y entonces pasaría á formar entre los más grandes oradores.
Pero ¿á qué imaginar lo que pudo ser? Acordémonos más bien de lo que ha
sido: un joven que pensó, que sintió con exceso y que pagó con la muerte
el capricho de pensar y de sentir las cosas que tienen sin cuidado á los
demás; un perseguidor infatigable de fantasmas; uno de esos hombres que
en el jardín de la vida se empeñan en coger tan sólo aquellas flores
tristes y simbólicas que la fantasía del pueblo ha llamado
_pasionarias_.
La verdad es que el número de éstas va aumentando de tal modo, que
amenazan cubrir con fúnebre manto los vergeles de la tierra. Todos los
antídotos de la filosofía optimista no bastan ya á convencernos de que
esta vida sea más que una serie dolorosa de tristezas y decepciones. La
muerte va adquiriendo de día en día mayor reputación entre los hombres
razonables. Y es que la vida debe parecerse á una de esas mujeres
coquetas y abominables de las que nos cuesta gran trabajo separarnos,
pero que, después de conseguido, nos admiramos de haber amado tanto. Por
el contrario, la muerte es tranquila, serena, inalterable como la virgen
de los últimos amores. ¿Vale tanto por acaso una vida de dolores y
desengaños como el dulce reposo de lo eterno? ¿Y qué otra clase de vidas
ofrece el destino á los que nacen con talento? El talento es ya por sí
una enfermedad, por más que esta enfermedad, como la de las ostras,
produzca hermosas perlas, y el que lo posee lo arrastra por el mundo con
trabajo. Fuera de los carriles ordinarios de la vida, va tropezando con
todo, chocando con los infinitos obstáculos que la preocupación, el
egoísmo y la rutina oponen á su paso, y cuando llega al término de su
carrera, que es la muerte, ha dejado ya en jirones por el camino todos
los deseos y todas las ilusiones de su alma. El hombre que muere sabe
que deja en pos de sí un universo de desdichas cuyo amargo jugo hubiera
él gustado gota á gota, á prolongarse más su estancia en este suelo. Lo
que nos hace amar la vida es la seguridad que tenemos de perderla. Sin
esa seguridad, no me cabe duda que la miraríamos con desdén, y ¡quién
sabe también si con horror!
He visto morir á algunos de mis amigos cuando habían llegado á la
plenitud de las esperanzas, pero no á la de la razón. Pues bien: creo,
después de considerar atentamente su existencia, que á serles posible,
ninguno volvería de la región de las sombras, ninguno atravesaría de
nuevo la laguna Estigia para mezclarse otra vez con la turba de los
vivos. Galvete menos que todos querría emprender nuevamente su fatigoso
Calvario. Él, que ha descifrado ya el enigma tremendo de lo infinito,
conoce bien lo que vale este mundo finito. Algunos, muy pocos,
atraviesan la tierra de día. Galvete la atravesó en las horas más negras
de la noche. Por eso de los hombres como Galvete no debe decirse que
mueren, sino que hacen dimisión de la vida.
[Illustration]
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