D. FRANCISCO JAVIER GALVETE

[Illustration: L]A muerte, que todo la quebranta, también ha quebrantado

un propósito que había concebido al inaugurar esta galería de oradores.

Pensé que siendo los jóvenes de suyo sobrado inquietos para hallarse

bien entre personas de tal gravedad y discreción como las que aquí han

venido, era prudente no dar cabida en ella á los oradores noveles.

Por otra parte, el carácter de éstos ofrece tal vaguedad en los

contornos y están sus tendencias tan borrosas y confusas, que la pluma

nada acierta á definir con claridad en ellos. Al convertirse en hombres,

acaso mostrarían mi semblanza como una de esas fotografías envejecidas y

arrinconadas en álbum añoso que despiertan siempre la risa de los amigos

de la casa.

Pero la muerte envejece más que los años. El que muere queda en un todo

definido, y sus rasgos fijados por una eternidad. Es un joven muerto de

quien os voy á hablar.

Poco más de un mes hace todavía que un puñado de yeso cerró para siempre

en tétrica estancia el cadáver de Javier Galvete, y ¡cuántos le han

olvidado ya! Tal vez á alguno le parezca demasiado tarde para hablar de

él. ¿Haré mal en entregar á su indiferencia con este recuerdo el nombre

de un amigo querido? ¡Decídmelo los que escuchasteis por última vez

aquella palabra vigorosa y acerada que hacía vibrar las conciencias!

¡Decídmelo los que visteis aquel rostro, lívido por el dolor y por la

duda, mirando por vez postrera hacia vuestros escaños, con los ojos

opacos y ansiosos del gladiador que muere en la arena! ¡Sí! murió el

atleta del espíritu, y el olvido fué la losa que cerró su tumba. Mas yo

tengo motivos poderosos, motivos del corazón, para no asociarme á tal

olvido, y quiero rendir á Galvete con estas líneas un triste y fraternal

homenaje.

Javier Galvete había alcanzado una madurez de entendimiento fatalmente

prematura. Como ciertos frutos que ostentan desde muy temprano su dorada

corteza entre las verdes hojas del estío, Galvete ocultaba una

inteligencia de gran alcance, bajo una frente de niño. Pero los frutos

prematuros no pueden resistir el ímpetu del vendaval ni las tempestades

del verano, y caen y se corrompen en el suelo. Así cayó Galvete del

árbol de la vida.

De aquellos dos grupos de temperamentos que se reparten el linaje

humano, el uno soñador, místico, entusiasta; el otro, práctico, sereno,

impasible, Galvete pertenecía al primero. El mundo indiferente y egoísta

en que vivimos era pobre escenario para un espíritu tan ardiente y

turbulento como el suyo. Mejor le cuadrara aquel otro de tensión

extrema, de fiebre, que recibe el nombre de Edad Media. En sus locas

empresas, en sus férreos dogmas, en sus intensas emociones, conseguiría

tal vez apagar la sed que lo devoraba. Este afán ansioso que sentía de

llenar su alma de ideas para engrandecerla, llevóle harto temprano, sin

auxilio de nadie y sin medios de fortuna, al país donde hoy se forjan

los más altos pensamientos, á la tierra insigne de Alemania. ¡Cómo se

repitió con mi infeliz amigo el viejo cuento germano! La pérfida

Loreley, la virgen de los cabellos de oro, disfrazada ahora con el manto

inmaculado de la filosofía, le atrajo con sus cánticos suaves para

hacerle morir traidoramente.

Los que hemos conocido á Galvete nunca dudamos de su mérito y sabíamos

bien que no tardaría en hacerse la luz sobre su nombre. Mas él

mostrábase indiferente y hasta esquivo á las seducciones de la gloria,

tal vez porque reclamaba toda su atención la cruel batalla que se reñía

en su conciencia. La idea religiosa llenó completamente su breve

existencia. Al nacer á la vida de la razón sintióse acometido de esa

terrible enfermedad que azota nuestro siglo y que amarga todos nuestros

placeres. La duda impía alojóse en su cerebro. Muchos estudios, muchas

vigilias, muchas torturas consiguieron al cabo lanzarla fuera, pero al

salir dejó atrás un cuerpo marchito y agotado, propio para servir de

presa á la tisis.

Nada hay más horrible que esos gritos desesperados del pensamiento que á

toda costa quiere ser acción. Galvete los sintió siempre tronar en sus

oídos. Apenas nacidos, ya le atormentaban demandándole una instantánea

realización, y su alma y su cuerpo se esforzaban en vano por

concedérsela. Esta lucha le producía fiebre y la fiebre le mataba lenta,

pero seguramente.

La enfermedad es antigua. El espíritu del hombre vive en perpetua

agitación como las aguas del Océano, sube como sus olas hasta los cielos

y baja también á los más negros abismos. Y así, entre el dolor, la duda

y la esperanza se mueve eternamente el mundo de los seres humanos. Feliz

el hombre cuya vista no penetra la región de los sueños y de las

ambiciones. Su vida ignorada, apacible, monótona, es mil veces más dulce

que la de aquellos cuyo cerebro pudiera tomarse por guarida de

fantasmas.

¡Feliz aquel que trata á sus nervios como viles lacayos! ¡Plegue á Dios

que jamás se le rebelen ni promuevan algaradas en su organismo! Porque

si la lucha del hogar doméstico está pintada con tan sombríos colores

por los moralistas, ¿qué debemos pensar de la que existe en el fondo de

la conciencia? Sí, hombres que sufrís los excesos del pensamiento,

¡guerra á muerte por díscolo y traidor al sistema nervioso

cerebro-espinal! ¡Loor eterno al prudente tejido muscular! Él sólo es

fuerte y á la par sensato y honesto.

El mal se ha recrudecido de un modo alarmante en nuestros días. El

vértigo se ha apoderado de todas las cabezas, quiero decir, de casi

todas. Todo se piensa, todo se medita, todo se proyecta, pero nada se

deja sazonar. El minuto mata al minuto y el pensamiento al pensamiento,

y en esta desenfrenada actividad intelectual se rompe la armonía del

espíritu y se disipa el encanto de la vida. Y es lo peor que cada hombre

no se resigna á ocupar el sitio que le corresponde en la obra de las

generaciones, no quiere limitarse á cultivar con paciencia el suelo que

pisa, sino que aspira, en los breves días que se le otorgan sobre la

tierra, á resolver todos los problemas, á someter los imperios del cielo

y de la tierra á su dominación.

Yo no sé si Galvete era un hombre religioso ó un impío. Los hombres

religiosos que me han hecho conocer desde muy temprano, respiran sosiego

y alegría por todos los poros de sus mejillas frescas y rosadas por

punto general: su marcha es reposada y firme: están siempre en guardia

contra su pensamiento, y hablan sin escrúpulo de todas las cosas que no

se relacionan directa ni indirectamente con el dogma. La Providencia,

pero una Providencia regocijada y próvida, parece habitar en su alma.

¡Cuán diferente de ellos era Javier Galvete, tan brusco, tan flaco, tan

triste, tan inquieto!

Yo he oído decir, sin embargo, que la meditación sobre la naturaleza de

Dios es un verdadero culto. Nuestra alma se desprende de lo que es

perecedero y finito, y marcha hacia lo absoluto é infinito en alas de la

razón, penetrándose del amor eterno y de la armonía del universo. Acaso

sean éstas huecas palabras de una filosofía revolucionaria y atea.

Lo cierto es que nuestro joven orador no iba á la moda en materia de

religiosidad, sin comprender que á todo el que pretende romper con la

moda se le levanta una cruz en este mundo.

Como escritor tuvo también este ilustre joven la mala ventura de no ver

aprovechadas sus notables aptitudes por la prensa política afín á sus

ideas, necesitando poner su pluma, para subsistir, al servicio de otra

menos liberal.

De este ultrajante grillete que la necesidad aplicaba á su inteligencia

durante el día, vengábase á la noche lanzando rojas oleadas de una

oratoria vivaz y atrevida sobre las dormilonas cabezas de los

reaccionarios del Ateneo. Nadie como él logró estremecerlos azotando sin

compasión sus invasoras doctrinas, después de arrancar á jirones el

oropel con que se encubren. Aquel rostro pálido y de algún modo

siniestro, aquella palabra audaz, penetrante, fanática, traían á la

memoria las predicaciones de los primeros campeones de la Reforma. Como

en los de ellos, brillaba alternativamente en sus discursos un

entusiasmo ruidoso, un amargo desengaño ó una ansiedad febril. Sin

embargo, aunque exaltado é impetuoso en el debate, era dulce y afable

cuando hacía reposar su espíritu angustiado en el seno de la amistad. Me

complazco en afirmarlo aquí para desvanecer cualquiera duda que acerca

de su carácter pudieran concebir los que no conocieron á Galvete más que

en las discusiones académicas. Se había erigido en apóstol de los

derechos del individuo y del Estado, enfrente de las pretensiones del

tradicionalismo monstruosamente acentuadas en estos últimos años, y

acaso movía su lengua con demasiada sinceridad para la usanza de esta

tierra. Su oratoria era profunda y nerviosa. Hablaba con una facilidad

severa y restringida, como aquel que quiere hacer que prevalezca la idea

sobre la palabra. La acción con que se acompañaba tenía poca variedad;

era monótona, pero se acomodaba bien á ese género de oratoria sin

efectos, serena y clara, donde cada juicio vale una sentencia y cada

palabra un hecho. Era una oratoria interior más que exterior. Los años

hubieran limado las asperezas de su estilo y los arranques de su

misticismo, y entonces pasaría á formar entre los más grandes oradores.

Pero ¿á qué imaginar lo que pudo ser? Acordémonos más bien de lo que ha

sido: un joven que pensó, que sintió con exceso y que pagó con la muerte

el capricho de pensar y de sentir las cosas que tienen sin cuidado á los

demás; un perseguidor infatigable de fantasmas; uno de esos hombres que

en el jardín de la vida se empeñan en coger tan sólo aquellas flores

tristes y simbólicas que la fantasía del pueblo ha llamado

_pasionarias_.

La verdad es que el número de éstas va aumentando de tal modo, que

amenazan cubrir con fúnebre manto los vergeles de la tierra. Todos los

antídotos de la filosofía optimista no bastan ya á convencernos de que

esta vida sea más que una serie dolorosa de tristezas y decepciones. La

muerte va adquiriendo de día en día mayor reputación entre los hombres

razonables. Y es que la vida debe parecerse á una de esas mujeres

coquetas y abominables de las que nos cuesta gran trabajo separarnos,

pero que, después de conseguido, nos admiramos de haber amado tanto. Por

el contrario, la muerte es tranquila, serena, inalterable como la virgen

de los últimos amores. ¿Vale tanto por acaso una vida de dolores y

desengaños como el dulce reposo de lo eterno? ¿Y qué otra clase de vidas

ofrece el destino á los que nacen con talento? El talento es ya por sí

una enfermedad, por más que esta enfermedad, como la de las ostras,

produzca hermosas perlas, y el que lo posee lo arrastra por el mundo con

trabajo. Fuera de los carriles ordinarios de la vida, va tropezando con

todo, chocando con los infinitos obstáculos que la preocupación, el

egoísmo y la rutina oponen á su paso, y cuando llega al término de su

carrera, que es la muerte, ha dejado ya en jirones por el camino todos

los deseos y todas las ilusiones de su alma. El hombre que muere sabe

que deja en pos de sí un universo de desdichas cuyo amargo jugo hubiera

él gustado gota á gota, á prolongarse más su estancia en este suelo. Lo

que nos hace amar la vida es la seguridad que tenemos de perderla. Sin

esa seguridad, no me cabe duda que la miraríamos con desdén, y ¡quién

sabe también si con horror!

He visto morir á algunos de mis amigos cuando habían llegado á la

plenitud de las esperanzas, pero no á la de la razón. Pues bien: creo,

después de considerar atentamente su existencia, que á serles posible,

ninguno volvería de la región de las sombras, ninguno atravesaría de

nuevo la laguna Estigia para mezclarse otra vez con la turba de los

vivos. Galvete menos que todos querría emprender nuevamente su fatigoso

Calvario. Él, que ha descifrado ya el enigma tremendo de lo infinito,

conoce bien lo que vale este mundo finito. Algunos, muy pocos,

atraviesan la tierra de día. Galvete la atravesó en las horas más negras

de la noche. Por eso de los hombres como Galvete no debe decirse que

mueren, sino que hacen dimisión de la vida.

[Illustration]

[Illustration]

Semblanzas literarias · 第 38 / 93 题