[Illustration: S]ENTADO en un rincón de la estancia, y medio oculto
entre un diván y una silla, gozando de la última ráfaga de la luz que se
iba, y entregado á la dulce voluptuosidad de no pensar en nada, he visto
una vez penetrar con sonora planta en la galería de retratos del Ateneo
á uno de los patricios y notables que en ella figuran. Le he visto
dirigirse, sin vacilar, hacia su efigie, y permanecer ante ella en
atenta contemplación, un tiempo que no me fué posible medir. Y, sin
quererlo, algunos pensamientos pérfidos y traviesos, y vestidos de
encarnado, cual pequeños Mefistófeles, acudieron á mi desocupado
cerebro, y entornaron mi vista hacia aquella muda, pero elocuente
escena. El patricio contemplaba el retrato. El retrato contemplaba al
patricio. Y yo, silencioso, muy silencioso, los contemplaba á ambos.
Parecíame asistir á extraña y misteriosa ceremonia de una religión
perdida. El patricio rendía con la mirada un tierno y fervoroso culto al
retrato; lanzábale con los ojos todo el incienso de su alma, y hasta se
me figuró que sus rodillas se doblaban, buscando con ansia el duro
pavimento.
El retrato, con impasible y frío continente, dejábase adorar sin dar
muestras de que aquel incienso se le subiera á la cabeza; antes bien,
parecía un poco molestado. Yo guardaba silencio, mucho silencio, pero de
mis ojos debía partir un río de ironía, un Mississipí de sarcasmos,
porque el patricio separó, con trabajo, su vista del retrato, la volvió
hacia mí, y ¡oh, pudor santo y adorable! cual tímida doncella, que
imprudente cazador sorprende en el baño, las tintas de un rojo carmín
tiñeron sus mejillas. Giró sobre los talones, y salió con breve, pero
cortado paso de la sala. Y yo quedé á merced de mis pérfidos y traviesos
pensamientos.
¡Ay! pensé; _¡anch'io son pictore!_ ¡También yo he dibujado con mano
torpe el perfil de muchos de esos señores! ¡Mas á mi pobre galería no
vendrán coronados de pámpanos á celebrar festejos en su propio honor,
como el ilustre patricio que acababa de salir, porque se respira en ella
un ambiente de franqueza y desenfado que los asfixiaría!
Y sin embargo, y á pesar de cuantas quejas voy recibiendo, estoy bien
convencido de que no he lastimado á nadie. Yo no puedo lastimar á
aquellos á quienes admiro. Tan sólo me he permitido sonreir alguna vez
con el borde de los labios, y volviendo la cara, á fin de que el público
no se diera por enterado. Mas si estas mis sonrisas pudieran
molestarles, protesto una y mil veces de su inmaculada inocencia. ¡Son
cándidas y puras, sí, como la oración de un niño ó un exordio de Perier!
¿Quién es D. Gabriel Rodríguez? Vamos á verlo.
Acababa yo de llegar á Madrid de mi insigne cuanto remoto villorrio, y
no hay para qué decir que traía almacenado en el pecho un buen
cargamento de admiración, del cual he derrochado ya bastante, hasta el
punto de que á la hora presente sólo me queda un poco, que procuro
gastar con la mayor prudencia. Pues bien, hallábame cierta noche de
sesión en la cátedra del Ateneo, cuando acertó á entrar por ella una
persona de fisonomía noble y expresiva, que llamó desde luego mi
atención. Y ya me disponía á preguntar su nombre al vecino, cuando sobre
un leve rumor que se produjo en torno mío creí percibir el nombre de
Rodríguez. Y no sólo percibí el nombre, sino también algunas frases
dialogadas que me impresionaron vivamente:
«Ahí está Rodríguez.--¿Rodríguez?--Sí; Rodríguez, el que no ha querido
ser ministro.--Eso no puede ser, amigo.» Y un eco que se produjo en las
sillas, repitió varias veces: «No puede ser, no puede ser, no puede
ser.--Esas cosas es necesario verlas para creerlas.» El eco volvió á
decir: «para creerlas, para creerlas, para creerlas». ¿Pero ustedes
entienden, señores, que el hombre que no acepta una cartera debe ser
mostrado al público á peseta la entrada como un objeto curioso? Aquí se
me figura que el interlocutor era yo. Toqué la fibra sensible, y
entonces todo se volvió patas arriba. «Nada me parece más natural, dijo
uno.--Si para aceptar hoy una cartera se necesita un valor...--Métase
usted entre esa balumba de expedientes.--Y luego el descrédito... y la
agitación...» En fin, todos convinimos en que no había en el mundo papel
más ridículo y desairado que el de un ministro.
Desde aquella noche concebí el propósito de trazar el perfil del Sr.
Rodríguez. Es un hombre tan franco, tan sencillo, tan amable, que no
dudo se alegrarán mis lectores de haberle conocido, y hasta llegarán á
ofrecerle cordialmente su casa.
Rodríguez ha llegado á ser en nuestra sociedad un personaje
aristocrático, pero en el sentido etimológico de la palabra, esto es,
uno de los mejores. Es un digno representante de esa aristocracia
democrática, si fuera lícito expresarme así, que tiene por únicos
blasones, en campo azul--es mi color predilecto, como ya tuve el honor
de advertir,--virtud y talento. En la vida pública ha sido un caballero
sin tacha y sin miedo, una especie de Bayardo político, siempre
dispuesto á romper lanzas con toda suerte de iniquidades. Por eso ha
merecido que debajo de su efigie, repartida á todos los vientos por la
fotografía, se lean sus famosas palabras sobre la esclavitud, las más
bellas que nunca se hayan pronunciado en lengua castellana. En la vida
privada... Pero yo no tengo derecho á entrar en la vida privada,
siquiera sea para dejar afirmado que nuestro orador pasa con justicia
por un modelo de integridad, de modestia y de laboriosidad. En la vida
científica hay de todo y de todo voy á decir, contando con un perdón que
humildemente demando, y que noble y generosamente me otorga el Sr.
Rodríguez.
La inmovilidad es, á mi entender, la cualidad más hermosa de un
carácter. Después de las pirámides de Egipto, lo que más admiro en este
mundo son esos hombres que, encastillados en sus principios morales,
mantienen el alma intacta en medio de las borrascas de la vida. Nadie
puede dudar de mi amor á la solidez. Y, sin embargo, repugno bastante
los sabios sólidos. La inmovilidad, que tanto me place en los principios
morales, me parece cosa extraña y hasta ridícula tratándose de escuelas
científicas. Flotar á merced de todos los sistemas y señalar exactamente
como alta veleta los vientos que reinan en la región de la ciencia, me
parece pueril; pero dejar pasar en raudo vuelo por delante de los ojos
las escuelas y los sistemas en actitud indiferente, suponiéndolos á
todos descarriados, lo juzgo insensato.
He aquí por qué siento que el Sr. Rodríguez haya arrojado el áncora
sobre la escuela económico-individualista y aún esté fondeado
tranquilamente en su estrecha bahía. No soy de los que desconocen los
altos merecimientos de esta escuela, ni pretendo de ninguna suerte
menguarlos. Tengo siempre en la memoria el denuedo con que riñó
batallas, combates y escaramuzas contra ese socialismo de baja estofa,
que hoy también ha encontrado intérpretes en los debates del Ateneo,
contra ese socialismo que empieza pidiendo herramientas de trabajo, y
concluye negando á Dios. Sé que la debo muchos y buenos oficios. ¡Oh!,
sí, es mucho lo que debe mi pobre entendimiento á la escuela de los
Smith, Say y Bastiat. Cuando ahora cae de nuevo un libro economista en
mis manos, se me figura que recibo la visita de mi buena y anciana
nodriza. Á ésta la estrecho entre mis brazos, pensando en el amante
esmero con que en otro tiempo puso en mis labios el jugo de la vida. Á
aquél le tiendo una mirada cariñosa, busco y leo con placer algún
capítulo, cuya huella no se haya borrado de mi espíritu, y torno á
colocarlo con el mayor cuidado en su estante, recordando que en otro
tiempo ha provisto mi carcaj de escolar con firmes y aguzadas saetas.
Conste, pues, que me duele profundamente el ver al Sr. Rodríguez tan
individualista. Sería muy largo el asunto, y no tengo en este instante
tiempo ni oportunidad para dar explicaciones sobre este mi metafísico
dolor. Día y ocasión llegarán tal vez en que sea más pertinente el
hacerlo.
Mas el Sr. Rodríguez es un individualista que ha puesto siempre su
palabra y su pluma al servicio de todas las grandes causas sociales. Con
esto y con la afición que de poco acá se le ha despertado al estudio del
Derecho, todavía puede esperarse que rectifique y temple algún tanto su
espíritu intransigente. De un hombre de talento se puede esperar mucho;
pero de un hombre de talento y sincero, debe esperarse todo.
Como no acostumbro á ocultar nada, tampoco quiero ocultar al Sr.
Rodríguez uno de los efectos que me produce. He pensado muchas veces que
el señor Rodríguez es el único que entre nuestros políticos conserva
pura la tradición progresista. Creo ver en él el único ejemplar que hoy
nos queda de aquella insigne raza de hombres fervorosos y resueltos,
exagerados quizá en su odio á las instituciones del pasado, como en su
amor á la libertad, pero firmes y generosos en sus pensamientos y en su
conducta. El señor Rodríguez es, como si dijéramos, el último
Abencerraje del progresismo. Si algún día tienen mis semblanzas el honor
de pasar á la categoría de zarzuelas, pido al ilustre compositor que
lleve á cabo tan meritoria empresa no deje de poner á ésta por música el
himno de Riego.
No rías, mancebo presuntuoso, tú que apellidas cándidos á los hombres
del progreso y reservas tus frases más ingeniosas y sarcásticas para el
momento en que percibes los acordes del himno de Riego. Recuerda que al
son candencioso de este himno derramaron tus padres mucha sangre por
darte la libertad, que acaso tú no sabrías conquistar. Recuerda que
vibró cual música de esperanza en los oídos de muchos moribundos
mártires de la libertad y sonó aterrador en los alcázares de los
tiranos. Quiero confesarte una debilidad, joven imberbe. Yo, cuando es
cucho el himno de Riego, creo oir entre sus notas agudas y enérgicas los
gritos triunfales de los héroes que lucharon hasta morir por la madre
patria y por la santa libertad, y derramo lágrimas de gratitud y de
alegría. ¡Lloro, joven escéptico, lloro como un cursi!
La oratoria del Sr. Rodríguez es genial y espontánea. No busca ni
esquiva el efecto; esto es, no se entretiene en limar esmeradamente los
períodos, pero tampoco llega su austeridad científica, y por ello le
felicito, á despojarlos torpemente de sus galas cuando acuden ataviados
á su lengua. Toda idea, por abstrusa que sea, puede expresarse en un
período castizo, sonoro y terso, y no necesita, como algunos suponen,
andar á tajos, barbarismos y mandobles con la gramática para darse á
luz. Es flúido sin dejar de ser sencillo, castizo sin pedantería y
enérgico sin afectación. Tampoco deja de poseer todo el donaire y
gracejo que caben dentro de los límites que le impone la nunca
desmentida y tradicional gravedad de su partido. No echemos en olvido
que, ante todo, es el progresista, es decir, la imagen perfecta de la
aguja imantada que sólo abandona por breves instantes la idea que
señala. Pero es el progresista que guarda en su pecho, como precioso
tesoro de padres á hijos trasmitido, toda la fe, todo el aliento y toda
la inocencia de aquel memorable partido. No sé quién ha dicho que el
partido progresista vivió durante algunos años con una idea y una
cebolla. Yo creo que el Sr. Rodríguez sería capaz hasta de prescindir de
la cebolla.
[Illustration]