[Illustration: H]E aquí que el Sr. Revilla surge ante mis ojos y ya
adopta la figura más graciosa para ser retratado. No le hagamos esperar.
Tiene fama de impaciente, y pudiera marcharse dejando á mis lectores
defraudados, y á mí corrido y boquiabierto con la pluma tras la oreja.
Todo el mundo ha puesto las manos sobre el señor Revilla. Y por si estas
metafóricas manos le hacen cosquillas, me apresuro á explicar el tropo
diciendo que el Sr. Revilla ha dado ya mucho que decir en el curso de su
vida. Yo mismo, que soy una especialidad en no decir nada, sobre todo
cuando no me preguntan, confieso que he murmurado de este orador un
poco, en cierto número de _La Política_, que no recuerdo en qué mes ni
en qué año vió la luz. Algo de lo que entonces dije habré de repetir
ahora. Mas no será poco lo que necesite callar, pues la fisonomía moral,
como la física, sufre por virtud de los años grande y atendible mudanza.
Al hablar del Sr. Revilla, juzgo necesario despojarme de aquella
simpatía personal que pudiera conducirme á un entusiasmo sobrado
ruidoso, para manifestar, con toda imparcialidad, mi serio y leal
entender sobre su persona. Ninguna prueba más clara de aprecio puede
darse á un grande espíritu que presentar sus defectos al lado de los
méritos que lo realzan. Porque de esta suerte asegura su reputación
contra la malevolencia, y la guarda también de una vil y funesta
lisonja.
Una de las cualidades que la opinión se empeña en señalar con más
insistencia al carácter de nuestro orador, es la de ser profundamente
escéptico. Sobre tal escepticismo, fuerza es que discurramos brevemente.
El Sr. Revilla no es un escéptico de pura sangre, de aquellos que salen
al mundo haciendo muecas al cura que los bautiza y lo dejan con una
helada sonrisa de desdén; almas provistas de concha como la tortuga, en
las cuales el sol de la religión no consigue hacer entrar sus rayos, ni
el amor humano logra introducir su elixir de vida. No; el Sr. Revilla es
un escéptico de ayer, un escéptico novicio, y por eso incurre en todas
las imprudencias y sinrazones del neófito. Más que escéptico, es un
creyente avergonzado, que perdió su fe en la verdad porque la halló
ridícula. Si la verdad se ostentase siempre bella ó fuese de buen tono,
como ahora se dice, nunca dejaría de contar al Sr. Revilla entre sus
adeptos. Mas aquélla afecta en ocasiones formas rudas y desgraciadas, y
el Sr. Revilla ama demasiado á la estética para consentir en privarse,
ni por un instante, de sus tiernos halagos. De aquí que se preocupe más
por seguir con escrupulosa exactitud los vaivenes de la moda en el mundo
científico que de aquilatar con paciencia la verdad ó el error de cada
nueva teoría. Su inteligencia, un tanto impresionable, le arrastra todos
los días por distintos y peregrinos senderos. Y hago observar que así
como el escepticismo corriente se caracteriza por no creer nada, el del
Sr. Revilla, más original, consiste en creerlo todo por etapas. Su
viajero pensamiento se columpia como una oropéndola y discurre con
increíble agilidad por todos los sistemas religiosos ó sociales haciendo
noche fatigado en los yermos de la duda. ¡La duda! La duda no es para el
Sr. Revilla la llave de la sabiduría, sino una deidad misteriosa é
incitante á quien su confundido entendimiento rinde fervoroso culto.
No soy de los que creen en la absoluta necesidad de afiliarse á una
secta filosófica ó política; pero sí abrigo la convicción de que urge
para todo pensador el crearse un sistema de verdades, sin el cual
pensamiento y conducta marcharán siempre vacilantes. Por lo mismo no
reprocho al Sr. Revilla sus geniales deserciones, sus transacciones ó
sus intransigencias. Lo que me atrevo á censurar con todas mis fuerzas
es que por mostrar discreción, ó á guisa de solaz, haga frente á cada
escuela con las doctrinas de su contraria, sin que alcance á recabar de
estos conflictos su poderosa inteligencia otra conclusión que la que
deducen los espíritus vulgares del choque de los sistemas, esto es, que
todos por igual son falsos y mentidos.
Mas dejemos al Sr. Revilla, filósofo, entregado á las enervantes
caricias de la duda, y salgamos del océano amargo de la censura para
entrar en las dulces aguas del aplauso. El Sr. Revilla podrá no ser un
filósofo, y de hecho le falta mucho para serlo, pero es fuerza convenir
en que tiene bastante para ser uno de los entendimientos más
privilegiados que hoy posee nuestra patria. Es uno de esos talentos
insinuantes y serenos á propósito para sortear los escollos de la vida,
porque al modo de ciertos metales, es dúctil y maleable. No quiero decir
con esto que carezca de vigor, pero es más audaz que vigoroso. Se ofrece
como uno de esos hombres que nadie sabe de dónde vienen ni á dónde van,
pero que todo el mundo conoce perfectamente dónde se les encuentra. Vive
en la polémica, en la incesante batalla que tienen trabada las escuelas,
y lucha, ya de un lado, ya de otro, con una ó con otra enseña, porque
«_sus_ arreos son las armas,
_su_ descanso el pelear»,
esgrimiendo la lengua con aquel denuedo y bizarría con que Orlando daba
vueltas á su espada.
En la polémica es donde el Sr. Revilla pone de manifiesto lo perspicuo y
lo flexible de su ingenio. Por abstrusa que la cuestión parezca, ó por
lejana que se encuentre de su recto camino (y cuenta que en el Ateneo
las cuestiones son bastante dadas á irse por los cerros de Úbeda), así
que el Sr. Revilla se apodera de ella, se esclarece y depura cual si
entrara en un crisol. Conviene advertir, no obstante, que el Sr. Revilla
ve con asombrosa claridad los aspectos más capitales de todo asunto,
pero acostumbra á dejar en lamentable abandono los detalles. Tratándose
de problemas sociales ó religiosos, este lógico porte antes parece
plausible que vicioso, porque la vaguedad con que las más de las veces
se plantean, lo reclama. Mas en achaques de arte suelen jugar los
detalles un papel principalísimo, alumbrando ú oscureciendo el
pensamiento generador de la obra. De aquí que el Sr. Revilla, como
crítico, no tenga, á mi juicio, aquel puro sentido artístico que en vano
se busca en los tratados de Estética, porque sólo reside en una
naturaleza fina y exquisita socorrida por una larga y atenta
contemplación de obras artísticas. En una palabra, creo que el Sr.
Revilla no tanto posee el sentido como la ciencia del arte.
Pero es ya tiempo de estudiar sus condiciones de orador. Todos los
reproches y censuras que como pensador pueden dirigirse al Sr. Revilla,
deben cesar al tiempo mismo que como orador se le considera. No le dotó
Dios de aquel sublime calor que enrojece el pensamiento del Sr. Moreno
Nieto, merced al cual se consigue inspirar y apasionar al auditorio;
pero concedióle el don señalado de dominar absoluta é incondicionalmente
la palabra. Ésta responde siempre con escrupulosa exactitud á los más
ligeros choques del pensamiento, y camina con gran desembarazo por sus
pliegues más profundos. La inteligencia es viva, y ejercita las
transiciones repentinas con una facilidad que maravilla. Parece que el
orador jamás se encuentra dominado por un pensamiento único que le
dirija y avasalle, sino que todos los evocados por su mente se le
presentan con la misma pureza en las líneas y la misma intensidad en los
colores. Esto me hace presumir que el Sr. Revilla mantendría con la
misma soltura el pro y el contra en todas las cuestiones.
Maneja la ironía con buen éxito, y á esta arma debe muchos de sus
triunfos. Tiene gran perspicacia y ve la situación de un solo golpe,
hiriendo con firmeza á su adversario en los sitios vulnerables, pero
haciendo resbalar con sutileza el cuerpo cuando se siente cogido entre
sus brazos.
Recuerdo que en una ocasión cierto ministro, al entrar en la Cámara,
respondió satisfactoriamente á una compleja interpelación que no había
oído, ganando por esto y otras cosas semejantes fama de diestro.
Pues bien: el Sr. Revilla, tratándose de ciencia (que es algo más frágil
y delicado que la política), sabe discutir con brillantez las cuestiones
que no ha estudiado ni pensado previamente. Es tan formidable
improvisador de teorías como el P. Sánchez de citas. Solicitado el
pensamiento á la continua por una fantasía inquieta y afilada, trabaja
con brío durante la peroración, y cuando llega el momento de reposo,
presumo que muy quedo le dirá: «También por esta vez te he sacado del
aprieto».
No es en la entonación ardiente, como el Sr. Moreno Nieto, sino grave é
insinuante. La dicción es correcta, y repito que la maneja por entero á
su talante. El ademán noble y circunspecto, aunque deja traslucir un
poco al pedagogo.
[Illustration]
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