[Illustration: L]ARGOS años hace que el Ateneo de Madrid guarda en su
seno como precioso tesoro un hombre estudioso, modesto y elocuente.
Cuando este hombre, arrobado por el canto de la sirena política, ha
querido lanzarse en sus revueltas aguas, se le ha visto, como el que
después de un plácido sueño abre los ojos en lúbrica estancia donde el
vicio desentona con procaz algarabía, llevarse á ellos las manos,
vacilar y estremecerse como si le doliera aquel contacto, é inclinando
de nuevo la cabeza, sumergirse en el éter de los gratos sueños.
¡Silencio! No le despertemos.
Este hombre, moviéndose con embarazo por las sinuosidades y asperezas de
la política, es el ruiseñor que bate sus alas y mueve su lengua en medio
de los buitres.
Todo consiste en que no es hábil, según dicen.
Acaso consista en que no sabe arrastrarse, pensamos nosotros. De todas
suertes, poco nos importa la personalidad política del Sr. Moreno Nieto,
puesto que se halla eclipsada totalmente por la del orador y la del
sabio. Vamos á decir algunas palabras sobre la oratoria del Sr. Moreno
Nieto, en cumplimiento del compromiso formal que con el público hemos
contraído.
El Sr. Moreno Nieto estudia mucho, acaso más de lo que fuera menester, y
escribe poco, casi nada. Esto produce un doble resultado: primero, una
asombrosa erudición en las ciencias á que predominantemente se consagra,
que son las llamadas morales y políticas; después, cierta vaguedad é
indisciplina en el pensamiento, que le hacen aparecer á los ojos de sus
adversarios como desprovisto de convicción y de firmeza en sus
opiniones. Cualesquiera que sean las mudanzas á que el Sr. Moreno Nieto
haya cedido en el curso de su laboriosa vida, yo sé con toda certeza,
sin embargo, y así lo declaro paladinamente, que no responden ni al
cálculo ni á la ligereza; fruto son del examen y el estudio.
El Sr. Moreno Nieto no escribe, volvemos á decir; pero habla, y habla
con pasmosa facilidad. Con mayor, jamás hemos oído hablar á nadie. Esos
soplos débiles y fugaces del pensamiento, que en los demás no bastan á
despertar la lengua, en él son chispas que le abrasan y retuercen; esos
inefables sentimientos que en el fondo del corazón duermen, sin
definirse, se hablan y definen por su boca; los vagos y tenues rumores
que se escuchan apenas en los profundos abismos del alma llegan á su
oído distintos y atronadores. Pudiera decirse que el señor Moreno Nieto
cuando habla pone un cristal en su pecho para que todos, grandes y
pequeños, vayamos á contemplar las alegrías y las tristezas, los
triunfos y los desmayos, las luchas y los dolores de un corazón elevado
y generoso. El resultado de esto es que, á pesar del ímpetu y violencia
con que salen las palabras de su boca, verdadera lava que va á caer
derretida sobre las cabezas de sus adversarios, le miren éstos con
particular cariño, contentándose con sonreir maliciosamente mientras
habla, y con exponer alguna de las contradicciones en que incurre,
después que cesa. ¡Maravilloso poder de la ingenuidad! Los mismos que
levantan murmullos de protesta cuando algún orador atusado y relamido
empuña la bandera de la tradición, acogen con salvas de aplausos las
descargas cerradas del señor Moreno Nieto. Y en esto puede reconocerse
con toda precisión la antigüedad que cada cual goza en la casa. Los que
por primera vez acuden al Ateneo para sentarse en los bancos de la
izquierda, véseles alterados é impacientes al escuchar aquella granizada
de denuestos con que el Sr. Moreno Nieto salpica sin cesar las doctrinas
que combate, y es indispensable que los veteranos, para evitar
conflictos, los sujeten por los faldones, diciéndoles al oído al propio
tiempo: «Sosiéguese usted, compañero; ya verá usted cómo no es nada».
La facundia de este orador es imponderable. Después de hablar dos horas
y media, sale sigilosamente del salón con ánimo de engullir un sorbete,
célebre ya en los fastos del Ateneo. ¡Desdichado! Los sabuesos que dejó
malparados en la contienda le siguen de cerca y le alcanzan en la puerta
de la Biblioteca. Acorralado allí, se defiende siempre hasta quemar el
último cartucho, que es la postrera palabra que expira de sus labios.
El palenque está abierto. La voz de los ujieres, á guisa de clarín,
acaba de anunciarlo. Todos presurosos acudimos á colocarnos en aquellos
potros, verdadero baldón del ramo de ebanistería que reciben el nombre
inverosímil de butacas. La izquierda ostenta sus ojos brillantes y
negros cabellos. La derecha exhibe su frente venerable y la grave
rigidez de sus modales. El leal caballero se presenta. Pero ¿qué es lo
que acontece? El caballero acaba de lanzar su bridón á la carrera.
¡Virgen de las tormentas, qué acometida!
Su lanza salta en mil pedazos. Empuña la espada y se revuelve dando
furiosos mandobles. Pero ¿qué es lo que va persiguiendo allá abajo? ¡Ah!
ya lo veo, es la filosofía de Krause. Rechina su armadura y el polvo
enturbia los aires.
Torna y vuelve á arremeter con creciente denuedo. ¡Quién resiste al
diluvio de estos golpes! Huyamos. ¿Tendrá al menos un tendón vulnerable
como Aquiles?
Quizá, y á buscarlo se aplican con ahinco varios campeones.
Muchos años hace que el caballero viene ejercitando su valor y bizarría
en estas contiendas, y la experiencia no le ha enseñado á preparar
traidoras emboscadas ni á tejer insidiosas asechanzas. Lucha con
bravura, pero siempre de frente y alzada la visera.
Como la pitonisa que asciende sobre el trípode, y al recibir en su
frente los vapores pestilentes de la cisterna, siente el fuego de
misteriosa llama, y se agita y se retuerce presa de fatal impulso, así
el Sr. Moreno Nieto, subiendo á la tribuna y al aspirar los húmedos
vapores de la pelea, se ve poseído de un calor desconocido que forja sin
cesar pensamientos cada vez más luminosos y frases cada vez más
hermosas. El alma sube entonces á los ojos y quiere salir al exterior.
El orador vive para leer, como la sibila, los secretos inextricables del
porvenir, y llora también con sublime emoción sobre las ruinas poéticas
del pasado. Espíritu generoso, escruta con ansia los lazos invisibles
que unen las aspiraciones del presente con la historia, y los presenta á
nuestros ojos con vigorosa elocuencia.
Algunas veces se vislumbra que su alma, poseída de espanto ante las
recias y fragosas contiendas del pensamiento filosófico, se aferra con
más ansia que absoluta convicción á una creencia. Esto, no puedo menos
de confesarlo, me inspira hacia él profunda simpatía. Los dolores que
sufre nuestro cuerpo son tan crueles, que nos hacen exhalar agudos
gritos. Pero ¿qué me decís de esas luchas invisibles en que el alma se
tortura y se abrasa día y noche, latiendo sin cesar dentro del pecho
como si albergáramos en él pequeña bestia? ¿No veis con qué ardor lima
ese cautivo las rejas de su cárcel? ¿No le veis caer rendido y jadeante,
con el llanto y la angustia en los ojos? ¡Qué cosas tan tristes volarán
por su pensamiento! Respetemos este dolor y amemos á los hombres que
trabajan por abrirnos las puertas del infinito.
Dicen que los árabes, forzados en sus largos paseos por el desierto á un
ayuno continuado de palabras, si la ocasión se presenta, saben darse
harturas más que regulares de plática. El Sr. Moreno Nieto, después de
peregrinar largamente de un cabo á otro de la Biblioteca durante varios
días, se dirige á la sección, y con tal apetito entra en el debate, que
no le bastan para saciarlo varias horas. Nos hace recorrer con velocidad
que causa vértigo todo el panorama de las cuestiones vitales, y saltando
de astro en astro, visitamos en corto tiempo todos los puntos luminosos
que brillan en el cielo del pensamiento. ¿Quién se atreverá á censurar
las metamórfosis de sus ideas? ¿Por acaso no hay hermosuras en todos los
parajes del camino recorrido? ¿No hay también en todos ellos
indignidades y torpezas? Son muchas las flores de donde su inteligencia
podrá extraer la miel sabrosa. Mucho también es el cieno donde sus alas
corren peligro de mancharse. Si la humanidad muda diariamente de
creencias y opiniones, ¡qué podrá ser la individual firmeza!
Jamás emplea la chanza ó la burla para atacar las doctrinas que tiene
enfrente. Cuando es objeto de ellas, su indignación sube de punto y se
irrita y exaspera, pero la rabia de que se siente poseído á nadie
infunde pavor ni miedo. Tiene un dejo de infantil inocencia que la hace
simpática más que repugnante.
El conocimiento que del auditorio tiene es, si la paradoja valiera,
inconsciente; sabe apreciar en globo los efectos, pero no llega su
penetración á graduar los últimos registros. El período sale terso casi
siempre, pero el ímpetu que trae lo prolonga á menudo más de lo
conveniente, rebajando un poco su belleza.
Aunque la palabra es fogosa y la entonación acalorada, apenas se vale de
imágenes para expresar su pensamiento. Cuando las emplea, son animadas y
del mejor gusto.
Resumamos el carácter del Sr. Moreno Nieto.
Elocuente y un poco más impetuoso de lo que fuera necesario. Carece de
los recursos del orador experto, porque en el Sr. Moreno Nieto nada
pende de la experiencia, y todo de su genio vigoroso y espontáneo. Es en
el ademán arrebatado, pero noble y simpático. Por último, en la
incontestable vacilación que se observa en sus ideas, creemos ver
reflejada esa lucha sorda, pero profunda, en que viven los
entendimientos de este siglo ¡tan grande y tan desgraciado!
[Illustration]