[Illustration: N]O es tarea tan fácil como á primera vista parece
trasladar al papel los rasgos salientes de un orador. Unos, como el Sr.
Perier, están siempre traspuestos ó adormecidos, y es fuerza copiar su
semblante con la ausencia de vida que caracteriza al sueño. Otros, de
espíritu agitado y sutil, como el Sr. Valera, se niegan á estarse
quietos, y con sus desordenados movimientos hacen imposible el buen
desempeño de la obra.
Siento aprensión inusitada al tocar con mis torpes dedos la delicada, la
culta, la espiritual figura del señor Valera. Inútilmente trataré de
imitar, haciendo su semblanza, al acreditado pintor que ha enriquecido
la galería del Ateneo con su retrato. Confieso humildemente que no me
siento con fuerzas para reproducir embellecida la imagen del ilustre
escritor. Harto haré si consigo no empañar su mucho brillo.
Principio por suponer al Sr. Valera bastante sensato para no abrigar las
pretensiones de orador grandilocuente. Corto es el número de los que ven
ceñidas sus sienes con una corona legítimamente alcanzada; más corto aún
el de los que pueden soportar el peso de dos ó más. Y el renombre que el
Sr. Valera tiene adquirido como escritor brilla con luz demasiado clara
para no eclipsar el de otros astros de segunda magnitud que alguna vez
se dejan ver en el cielo de su gloria. El escritor y el orador se
confunden en el Sr. Valera, y como las condiciones exigidas para uno y
otro son muy distintas, el escritor tiene sofocado bajo su gran
pesadumbre al orador. En el Sr. Castelar encontramos un ejemplo de lo
contrario. El orador puede y debe ser exuberante en la frase, armonioso
hasta con detrimento de la precisión, siempre rico, fácil y sonoro. El
prosista debe proceder con cierto rigor en el empleo de las formas
métricas, y huir con tacto de las asociaciones de palabras que tienen su
verdadero lugar en la oratoria. De aquí la inferioridad del Sr. Valera
como orador. Posee todo el donaire, ingenio y flexibilidad de un
consumado prosista, pero es necesario afirmar que no tiene la afluencia,
ni la armonía, ni la fluidez que deben adornar al orador. Es un hablador
delicioso á quien se escucha con más gusto en conversación familiar que
sobre la tribuna. Es el rey de los pasillos. Discurriendo en aquella
atmósfera más ardiente y menos hipócrita que la de la cátedra, no tiene
rival. Allí vierte el Sr. Valera el manantial inagotable de su gracejo.
Los jóvenes expresan ruidosamente su alborozo; los viejos hacen el
sacrificio de su paseo: todos forman círculo en torno suyo y escuchan
regocijados la palabra breve, incisa y modulada por un acento andaluz
que se escapa como aguda saeta de los labios del ilustre novelista. Las
exigencias de la tribuna le embarazan sobremanera: así que ha optado con
buen acuerdo por no satisfacerlas y convertir el discurso en sabrosa
plática.
Entro á hablar ahora del espíritu del Sr. Valera, que, como he indicado,
no tiene poco de inextricable y enmarañado. Las puertas de este espíritu
me causan cierto temor supersticioso como las de un alcázar encantado.
Tanto pienso que hay en él de misterioso y laberíntico. Desde fuera se
escuchan ruidos que unas veces semejan risas, otras lamentos.
Después que oigo hablar al Sr. Valera, no me preocupa tanto lo que ha
dicho como lo que dejó por decir; de suerte que cuando ha expresado un
juicio sobre alguna cuestión, nunca dejo de preguntarme: ¿Qué pensará el
Sr. Valera sobre esta cuestión? ¡Quién puede saberlo!
El carácter del Sr. Valera no puede reconocerse en su manera de escribir
ó de hablar, porque no pertenece al número de aquellos que siguen la
inspiración del momento, que obedecen á la palabra y no la gobiernan.
Sólo los espíritus superficiales se abren sin inconveniente para que la
mirada del observador penetre en ellos. La multitud los comprende y los
aplaude; pero esta facilidad con que son comprendidos significa, en
último término, que pagan tributo servil á la inspiración del momento,
que carecen de esa plástica necesidad propia de los grandes artistas. La
multitud no puede medir jamás el horizonte en que se mueven los grandes
espíritus. Considérese por qué el Sr. Valera jamás será un escritor
popular. El pueblo jamás verá al través de las nieblas que flotan sobre
su espíritu, jamás llegará á descifrar la charada de su carácter, jamás
entenderá esos refinamientos ó _tiquis miquis_ (como él los llamaría)
psicológicos con que se complace en amasar sus novelas. Son muy pocas
las mujeres que han podido dar fin á la lectura de su _Pepita Jiménez_.
Pesada é incomprensible les parece, ó cuando más, sólo advierten en ella
los rasgos vulgares con que se disfraza el pensamiento.
Sin que yo trate de escudriñar lo que pasa en el cerebro del Sr. Valera,
pienso que es un espíritu engendrado por la civilización helénica más
que un producto del movimiento cristiano. Tiene una naturaleza demasiado
realista, y se entrega sobradamente á las alegrías y dulzuras de la
vida, para que le seduzcan las tendencias ascéticas, iconoclásticas y
espiritualistas que caracterizan al cristiano. Ama y se penetra de todo
lo que vale la existencia, y goza con esa majestad propia del que tiene
conciencia de su divinidad. Tengo entendido que nuestro orador no se
macera como el padre Sánchez, privándose del tabaco, del café y de
otros productos ultramarinos. En cuanto á aquellos otros que el sol de
Andalucía sazona y torna tan dulces, tampoco juzgo que sienta demasiado
horror por ellos, recordando el último capítulo de _Pepita Jiménez_. Y
no se me enoje el Sr. Valera porque no le tenga por un San Antonio, pues
á tiempo está para serlo si le place seguir sus huellas y desea ver,
como la de aquél, su imagen de madera honestamente vestida con muchos
pliegues adornando bajo un fanal la celda de alguna devota. Nada más
fácil que el Sr. Valera enderece el día menos pensado sus torcidos
pensamientos y los incline hacia el padre Sánchez, y por el padre
Sánchez consiga la bienaventuranza, desde donde tal vez en recuerdo de
estas líneas me dispense la merced de un milagro que estoy necesitando
hace tiempo. ¡Lástima es que el Sr. Valera no crea en los milagros! Pero
¿qué acabo de decir? Advierto que el insigne novelista se ha ruborizado
hasta las orejas y me hace señas para que calle. ¡Si soy más
indiscreto!... ¡Qué necesidad tenía de saber la elevada sociedad donde
el Sr. Valera se agita que no cree en la eficacia del agua de Lourdes!
El comercio con una sociedad distinguida, culta y espiritual, el trato
íntimo con hermosas y aristocráticas damas que nos celebran y nos
aplauden, que nos sonríen al vernos aparecer y nos estrechan dulcemente
la mano al partir, merece bien que alguna vez reservemos y hasta
sacrifiquemos nuestra opinión. «¡París bien vale una misa!»
Transijo, pues, con que el Sr. Valera sea un hombre de orden entre las
damas, y después de dar á luz á D. Luis de Vargas, vaya á rezar con
ellas novenas á San Luis Gonzaga, porque son cosas éstas que nacen y
mueren con el individuo; pero que tan esclarecido ingenio tenga el mal
gusto de entonar loas á la Inquisición y al fanatismo religioso del
siglo XVI en plena Academia Española, le digo á usted, señor D. Juan,
que esto me ha conturbado penosamente. Usted y el Sr. Núñez de Arce, á
quien muy de veras aprecio, son dos sabios de primera fuerza, como diría
_La Correspondencia_. Son ustedes tan eruditos, tienen tanto talento y
son tan liberales, que cuando de ustedes hablo, no puedo remediarlo, se
me cae la baba como si les hubiera enseñado algo. ¡Imagínese usted ahora
la rabieta que habré tenido al ver la dureza con que atacaba usted al
Sr. Núñez de Arce, que es tan buena persona, para defender al bribón de
Torquemada! ¡Es mucho afán de llevar la contraria!
He dicho que transigía con la devoción aristocrática del Sr. Valera
porque me parece de todo punto inofensiva. Yo no soy de los que
excomulgan á un demócrata por haberle hallado besando la mano de una
dama encopetada. Goethe suponía que la mano más digna de ser besada el
domingo era la que había cogido la escoba el sábado. Me adhiero con toda
el alma á esta delicada lisonja que el gran poeta dedica á las hijas del
pueblo. Mas para que la verdad quede en su punto, es necesario hacer
constar que la escoba no tiene el privilegio de embellecer las manos,
antes por el contrario las torna duras y acrece sus dimensiones. Por lo
que no es gran maravilla que el Sr. Valera, y con él otros muchos, sean
más dados á adorar manos aristocráticas que plebeyas.
Pero estos instintos que alejan á ciertos escritores y oradores
demócratas de lo que ha dado en llamarse cuarto estado y los arrastran á
las doradas mansiones de los nobles, responden además á una verdadera y
plausible disposición del espíritu, que detesta lo vulgar y lo
adocenado, que ama lo brillante y lo distinguido.
Ernesto Renan ha convertido en sistema lo que no pasaba de vergonzante
inclinación, pretendiendo sustituir á la aristocracia de la sangre, que
ya no tiene ninguna significación positiva en nuestra época, otra más
verdadera y respetable: la del talento.
En efecto, ya estamos cansados de que por un palo más ó menos oportuno y
fecundo en consecuencias, aplicado en tiempo del rey que rabió, llamemos
hoy todavía á un descendiente del ínclito apaleador «Marqués del
Real-Trancazo». ¿Cuánta mayor razón existe para expedir títulos de
nobleza á los que han dado á la humanidad una obra imperecedera? ¿Por
qué no habría de titularse el señor Castelar «Príncipe de la
Elocuencia», el Sr. Valera «Barón de Pepita Jiménez», el Sr. Revilla
«Marqués de las Dudas y Conde de las Tristezas?»
Lo dicho basta para comprender que, si bien el Sr. Valera es un bravo
campeón de la idea democrática, no se juzga obligado por esto á comer
callos y caracoles. Ama la atmósfera perfumada de los salones y se aleja
del pueblo que no se lava con jabón de olor. Ó lo que es igual, algunos
sienten al pueblo en el corazón; el Sr. Valera lo siente en la nariz.
Doy de mano al carácter del Sr. Valera, porque me siento sin fuerzas
para llevar adelante mi exploración. Temo llegar á ser indiscreto (si es
que ya no lo he sido) levantando un poco más la punta de la cortina.
Veamos si para terminar logro dar mayor precisión al género de su
oratoria.
Es una elocuencia original la del Sr. Valera. Procede en sus discursos
con un tan ameno desorden, que nadie echa de menos la ausencia de
proporciones y la excesiva copia de incisos y paréntesis. Es una
conversación que el Sr. Valera sostiene con el público, sin que nadie le
interrumpa. Dice todo cuanto le viene bien; pero por un extraño capricho
quiere hacer pasar por pueriles indiscreciones las más acerbas de sus
diatribas. Es regla general que yo entrego á la delicada observación de
mis lectores; cuando el Sr. Valera hace una salvedad, es que nada deja á
salvo; cuando vacila, es que está muy decidido; cuando su intención era
otra, no lo duden ustedes, era la misma.
Pero esto es llamarle embustero, me dirá alguno. Distingo, digo yo
siguiendo el ejemplo del padre Sánchez. Cuando Moisés, por encargo
divino, escribió las tablas de la ley, prohibió en absoluto la mentira,
pero lo hizo sin contar con el Sr. Valera. Al lado de la regla debió
establecer, á mi juicio, la excepción y conceder carta blanca á nuestro
orador para decir cuanto se le ocurriese, fuese verdad ó no. Pues qué,
¿no valen más las mentiras del Sr. Valera que las verdades de todos los
demás? ¿Cuánto más chistoso es el Sr. Valera que Pero Grullo, con ser
éste el hombre de más verdad que se ha conocido? Además, nuestro orador
sabe desenterrar con mucha oportunidad verdades que yacen en el polvo
injustamente olvidadas. Cuando alguno de esos señores que pasan la vida
sobando manuscritos, echa sobre los tiempos pasados todo el color rosa
de su paleta, ¡con qué alegría veo al Sr. Valera tomar el pincel y
arrojar sobre el rosado cuadro unas docenas de manchas rojas ó negras!
¿Sale un orador lamentándose de la inmoralidad del teatro moderno? Pues
ahí tienen ustedes al Sr. Valera demostrándole inmediatamente que no
sabe lo que se dice, porque nuestro teatro de los siglos XVI y XVII es
bastante más inmoral que el presente. ¿Quiere algún otro ensalzar el
fervor religioso de otras épocas? Pues el Sr. Valera pone con presteza
de relieve cuanto había de brutal é irrespetuoso en este fervor. Todo
sazonado con tan graciosos y picantes ejemplos, que ordinariamente el
inadvertido reaccionario vuelve á su guarida maltrecho y amoscado para
no salir más de ella.
Doy fin á estos renglones haciendo presente á mis lectores que cuando
sientan impulsos de ahuyentar por algún tiempo sus pesares sin menoscabo
de la pureza del espíritu, dirijan sus pasos al Ateneo de Madrid, y si
el Sr. Valera está hablando, siéntense para escuchar humildemente la
palabra más culta, más ingeniosa y más chispeante de nuestra patria.
[Illustration]
[Illustration]