D. JUAN VALERA

[Illustration: N]O es tarea tan fácil como á primera vista parece

trasladar al papel los rasgos salientes de un orador. Unos, como el Sr.

Perier, están siempre traspuestos ó adormecidos, y es fuerza copiar su

semblante con la ausencia de vida que caracteriza al sueño. Otros, de

espíritu agitado y sutil, como el Sr. Valera, se niegan á estarse

quietos, y con sus desordenados movimientos hacen imposible el buen

desempeño de la obra.

Siento aprensión inusitada al tocar con mis torpes dedos la delicada, la

culta, la espiritual figura del señor Valera. Inútilmente trataré de

imitar, haciendo su semblanza, al acreditado pintor que ha enriquecido

la galería del Ateneo con su retrato. Confieso humildemente que no me

siento con fuerzas para reproducir embellecida la imagen del ilustre

escritor. Harto haré si consigo no empañar su mucho brillo.

Principio por suponer al Sr. Valera bastante sensato para no abrigar las

pretensiones de orador grandilocuente. Corto es el número de los que ven

ceñidas sus sienes con una corona legítimamente alcanzada; más corto aún

el de los que pueden soportar el peso de dos ó más. Y el renombre que el

Sr. Valera tiene adquirido como escritor brilla con luz demasiado clara

para no eclipsar el de otros astros de segunda magnitud que alguna vez

se dejan ver en el cielo de su gloria. El escritor y el orador se

confunden en el Sr. Valera, y como las condiciones exigidas para uno y

otro son muy distintas, el escritor tiene sofocado bajo su gran

pesadumbre al orador. En el Sr. Castelar encontramos un ejemplo de lo

contrario. El orador puede y debe ser exuberante en la frase, armonioso

hasta con detrimento de la precisión, siempre rico, fácil y sonoro. El

prosista debe proceder con cierto rigor en el empleo de las formas

métricas, y huir con tacto de las asociaciones de palabras que tienen su

verdadero lugar en la oratoria. De aquí la inferioridad del Sr. Valera

como orador. Posee todo el donaire, ingenio y flexibilidad de un

consumado prosista, pero es necesario afirmar que no tiene la afluencia,

ni la armonía, ni la fluidez que deben adornar al orador. Es un hablador

delicioso á quien se escucha con más gusto en conversación familiar que

sobre la tribuna. Es el rey de los pasillos. Discurriendo en aquella

atmósfera más ardiente y menos hipócrita que la de la cátedra, no tiene

rival. Allí vierte el Sr. Valera el manantial inagotable de su gracejo.

Los jóvenes expresan ruidosamente su alborozo; los viejos hacen el

sacrificio de su paseo: todos forman círculo en torno suyo y escuchan

regocijados la palabra breve, incisa y modulada por un acento andaluz

que se escapa como aguda saeta de los labios del ilustre novelista. Las

exigencias de la tribuna le embarazan sobremanera: así que ha optado con

buen acuerdo por no satisfacerlas y convertir el discurso en sabrosa

plática.

Entro á hablar ahora del espíritu del Sr. Valera, que, como he indicado,

no tiene poco de inextricable y enmarañado. Las puertas de este espíritu

me causan cierto temor supersticioso como las de un alcázar encantado.

Tanto pienso que hay en él de misterioso y laberíntico. Desde fuera se

escuchan ruidos que unas veces semejan risas, otras lamentos.

Después que oigo hablar al Sr. Valera, no me preocupa tanto lo que ha

dicho como lo que dejó por decir; de suerte que cuando ha expresado un

juicio sobre alguna cuestión, nunca dejo de preguntarme: ¿Qué pensará el

Sr. Valera sobre esta cuestión? ¡Quién puede saberlo!

El carácter del Sr. Valera no puede reconocerse en su manera de escribir

ó de hablar, porque no pertenece al número de aquellos que siguen la

inspiración del momento, que obedecen á la palabra y no la gobiernan.

Sólo los espíritus superficiales se abren sin inconveniente para que la

mirada del observador penetre en ellos. La multitud los comprende y los

aplaude; pero esta facilidad con que son comprendidos significa, en

último término, que pagan tributo servil á la inspiración del momento,

que carecen de esa plástica necesidad propia de los grandes artistas. La

multitud no puede medir jamás el horizonte en que se mueven los grandes

espíritus. Considérese por qué el Sr. Valera jamás será un escritor

popular. El pueblo jamás verá al través de las nieblas que flotan sobre

su espíritu, jamás llegará á descifrar la charada de su carácter, jamás

entenderá esos refinamientos ó _tiquis miquis_ (como él los llamaría)

psicológicos con que se complace en amasar sus novelas. Son muy pocas

las mujeres que han podido dar fin á la lectura de su _Pepita Jiménez_.

Pesada é incomprensible les parece, ó cuando más, sólo advierten en ella

los rasgos vulgares con que se disfraza el pensamiento.

Sin que yo trate de escudriñar lo que pasa en el cerebro del Sr. Valera,

pienso que es un espíritu engendrado por la civilización helénica más

que un producto del movimiento cristiano. Tiene una naturaleza demasiado

realista, y se entrega sobradamente á las alegrías y dulzuras de la

vida, para que le seduzcan las tendencias ascéticas, iconoclásticas y

espiritualistas que caracterizan al cristiano. Ama y se penetra de todo

lo que vale la existencia, y goza con esa majestad propia del que tiene

conciencia de su divinidad. Tengo entendido que nuestro orador no se

macera como el padre Sánchez, privándose del tabaco, del café y de

otros productos ultramarinos. En cuanto á aquellos otros que el sol de

Andalucía sazona y torna tan dulces, tampoco juzgo que sienta demasiado

horror por ellos, recordando el último capítulo de _Pepita Jiménez_. Y

no se me enoje el Sr. Valera porque no le tenga por un San Antonio, pues

á tiempo está para serlo si le place seguir sus huellas y desea ver,

como la de aquél, su imagen de madera honestamente vestida con muchos

pliegues adornando bajo un fanal la celda de alguna devota. Nada más

fácil que el Sr. Valera enderece el día menos pensado sus torcidos

pensamientos y los incline hacia el padre Sánchez, y por el padre

Sánchez consiga la bienaventuranza, desde donde tal vez en recuerdo de

estas líneas me dispense la merced de un milagro que estoy necesitando

hace tiempo. ¡Lástima es que el Sr. Valera no crea en los milagros! Pero

¿qué acabo de decir? Advierto que el insigne novelista se ha ruborizado

hasta las orejas y me hace señas para que calle. ¡Si soy más

indiscreto!... ¡Qué necesidad tenía de saber la elevada sociedad donde

el Sr. Valera se agita que no cree en la eficacia del agua de Lourdes!

El comercio con una sociedad distinguida, culta y espiritual, el trato

íntimo con hermosas y aristocráticas damas que nos celebran y nos

aplauden, que nos sonríen al vernos aparecer y nos estrechan dulcemente

la mano al partir, merece bien que alguna vez reservemos y hasta

sacrifiquemos nuestra opinión. «¡París bien vale una misa!»

Transijo, pues, con que el Sr. Valera sea un hombre de orden entre las

damas, y después de dar á luz á D. Luis de Vargas, vaya á rezar con

ellas novenas á San Luis Gonzaga, porque son cosas éstas que nacen y

mueren con el individuo; pero que tan esclarecido ingenio tenga el mal

gusto de entonar loas á la Inquisición y al fanatismo religioso del

siglo XVI en plena Academia Española, le digo á usted, señor D. Juan,

que esto me ha conturbado penosamente. Usted y el Sr. Núñez de Arce, á

quien muy de veras aprecio, son dos sabios de primera fuerza, como diría

_La Correspondencia_. Son ustedes tan eruditos, tienen tanto talento y

son tan liberales, que cuando de ustedes hablo, no puedo remediarlo, se

me cae la baba como si les hubiera enseñado algo. ¡Imagínese usted ahora

la rabieta que habré tenido al ver la dureza con que atacaba usted al

Sr. Núñez de Arce, que es tan buena persona, para defender al bribón de

Torquemada! ¡Es mucho afán de llevar la contraria!

He dicho que transigía con la devoción aristocrática del Sr. Valera

porque me parece de todo punto inofensiva. Yo no soy de los que

excomulgan á un demócrata por haberle hallado besando la mano de una

dama encopetada. Goethe suponía que la mano más digna de ser besada el

domingo era la que había cogido la escoba el sábado. Me adhiero con toda

el alma á esta delicada lisonja que el gran poeta dedica á las hijas del

pueblo. Mas para que la verdad quede en su punto, es necesario hacer

constar que la escoba no tiene el privilegio de embellecer las manos,

antes por el contrario las torna duras y acrece sus dimensiones. Por lo

que no es gran maravilla que el Sr. Valera, y con él otros muchos, sean

más dados á adorar manos aristocráticas que plebeyas.

Pero estos instintos que alejan á ciertos escritores y oradores

demócratas de lo que ha dado en llamarse cuarto estado y los arrastran á

las doradas mansiones de los nobles, responden además á una verdadera y

plausible disposición del espíritu, que detesta lo vulgar y lo

adocenado, que ama lo brillante y lo distinguido.

Ernesto Renan ha convertido en sistema lo que no pasaba de vergonzante

inclinación, pretendiendo sustituir á la aristocracia de la sangre, que

ya no tiene ninguna significación positiva en nuestra época, otra más

verdadera y respetable: la del talento.

En efecto, ya estamos cansados de que por un palo más ó menos oportuno y

fecundo en consecuencias, aplicado en tiempo del rey que rabió, llamemos

hoy todavía á un descendiente del ínclito apaleador «Marqués del

Real-Trancazo». ¿Cuánta mayor razón existe para expedir títulos de

nobleza á los que han dado á la humanidad una obra imperecedera? ¿Por

qué no habría de titularse el señor Castelar «Príncipe de la

Elocuencia», el Sr. Valera «Barón de Pepita Jiménez», el Sr. Revilla

«Marqués de las Dudas y Conde de las Tristezas?»

Lo dicho basta para comprender que, si bien el Sr. Valera es un bravo

campeón de la idea democrática, no se juzga obligado por esto á comer

callos y caracoles. Ama la atmósfera perfumada de los salones y se aleja

del pueblo que no se lava con jabón de olor. Ó lo que es igual, algunos

sienten al pueblo en el corazón; el Sr. Valera lo siente en la nariz.

Doy de mano al carácter del Sr. Valera, porque me siento sin fuerzas

para llevar adelante mi exploración. Temo llegar á ser indiscreto (si es

que ya no lo he sido) levantando un poco más la punta de la cortina.

Veamos si para terminar logro dar mayor precisión al género de su

oratoria.

Es una elocuencia original la del Sr. Valera. Procede en sus discursos

con un tan ameno desorden, que nadie echa de menos la ausencia de

proporciones y la excesiva copia de incisos y paréntesis. Es una

conversación que el Sr. Valera sostiene con el público, sin que nadie le

interrumpa. Dice todo cuanto le viene bien; pero por un extraño capricho

quiere hacer pasar por pueriles indiscreciones las más acerbas de sus

diatribas. Es regla general que yo entrego á la delicada observación de

mis lectores; cuando el Sr. Valera hace una salvedad, es que nada deja á

salvo; cuando vacila, es que está muy decidido; cuando su intención era

otra, no lo duden ustedes, era la misma.

Pero esto es llamarle embustero, me dirá alguno. Distingo, digo yo

siguiendo el ejemplo del padre Sánchez. Cuando Moisés, por encargo

divino, escribió las tablas de la ley, prohibió en absoluto la mentira,

pero lo hizo sin contar con el Sr. Valera. Al lado de la regla debió

establecer, á mi juicio, la excepción y conceder carta blanca á nuestro

orador para decir cuanto se le ocurriese, fuese verdad ó no. Pues qué,

¿no valen más las mentiras del Sr. Valera que las verdades de todos los

demás? ¿Cuánto más chistoso es el Sr. Valera que Pero Grullo, con ser

éste el hombre de más verdad que se ha conocido? Además, nuestro orador

sabe desenterrar con mucha oportunidad verdades que yacen en el polvo

injustamente olvidadas. Cuando alguno de esos señores que pasan la vida

sobando manuscritos, echa sobre los tiempos pasados todo el color rosa

de su paleta, ¡con qué alegría veo al Sr. Valera tomar el pincel y

arrojar sobre el rosado cuadro unas docenas de manchas rojas ó negras!

¿Sale un orador lamentándose de la inmoralidad del teatro moderno? Pues

ahí tienen ustedes al Sr. Valera demostrándole inmediatamente que no

sabe lo que se dice, porque nuestro teatro de los siglos XVI y XVII es

bastante más inmoral que el presente. ¿Quiere algún otro ensalzar el

fervor religioso de otras épocas? Pues el Sr. Valera pone con presteza

de relieve cuanto había de brutal é irrespetuoso en este fervor. Todo

sazonado con tan graciosos y picantes ejemplos, que ordinariamente el

inadvertido reaccionario vuelve á su guarida maltrecho y amoscado para

no salir más de ella.

Doy fin á estos renglones haciendo presente á mis lectores que cuando

sientan impulsos de ahuyentar por algún tiempo sus pesares sin menoscabo

de la pureza del espíritu, dirijan sus pasos al Ateneo de Madrid, y si

el Sr. Valera está hablando, siéntense para escuchar humildemente la

palabra más culta, más ingeniosa y más chispeante de nuestra patria.

[Illustration]

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Semblanzas literarias · 第 33 / 93 题