[Illustration: S]UAVES ondas que besáis las playas de la Italia, tibias
auras que mecéis los cedros del Líbano, gentiles corderillos que
triscáis en la pradera, aroma de las flores, perfume de los campos,
venid! Vengan los elementos todos de la bucólica, y mójese mi pluma en
la rica miel de Chío y en los lagos azules de la Helvecia. No tardéis.
Ved que el orador se encuentra en pie, y yo impaciente por dar comienzo
á la semblanza.
La voz llega ya á nuestros oídos.
Sentados bajo la frondosa y secular encina, en esas horas ardientes del
mediodía en que el ruido de los humanos se apaga casi por completo y el
de los insectos toma proporciones sofocantes; cuando todo dormita
buscando con anhelo la sombra deleitosa, ¿no escuchasteis los errantes
sonidos de la flauta? Las cadencias se prolongan de un modo indefinido,
la misma frase se repite sin cesar, pero sus notas llegan unas veces
puras y vibrantes, otras, cuando atraviesan por los juncos que crecen á
orillas del arroyo, melancólicas y vagas, estremeciendo el aire con
dulzura y cerrando blandamente vuestros ojos. Os halláis dormidos, y
todavía percibís los mismos sones. Despertáis, y los seguís oyendo.
Después de algún tiempo, la flauta llega á ser uno de tantos insectos y
forma coro con los cantos penetrantes del grillo y la cigarra.
Trasladaos al Ateneo de Madrid, y, si no os inspira algún temor, sentaos
en una de esas butacas de color de cielo--¡á tal punto es cierto que el
hábito no hace al monje![1].--El Sr. Perier se levanta y da comienzo la
sinfonía. La flauta entona con dulzura una melodía delicada que regalará
vuestros oídos; mas ya se viene repitiendo cinco veces, y el artista no
piensa en buscar un nuevo tema. Después de algún tiempo quedaréis
dormidos. Cuando abráis los ojos, las cosas se encontrarán probablemente
en el mismo ser y estado, esto es, las auras que vienen de la derecha
traerán á vuestros oídos la misma melodía. Acontece que el artista
pretende introducir algunas variaciones en la frase; pero no me engaña,
la percibo tan clara y tan distinta como si por vez primera saliera de
la flauta.
El Sr. Perier es, pues, un orador, pero orador de una sola cuerda, y
sobre ella nos da luengos conciertos. Orador de exordio interminable,
aunque hemos de advertir que jamás empleará el conocido en la retórica
con el nombre de exabrupto: se lo veda su exquisita cortesía.
Que en el horizonte de las discusiones del Ateneo se deje ver un tema
por fas ó por nefas relacionado con la religión, la familia ó la
propiedad, y ya tienen ustedes á mi orador con verdadera comezón de
acudir á la muralla de estas instituciones, para que ninguna reforma
clave en ella su bandera. Quizá sea el más constante de los sitiados,
pero es carabina de chispa la que empuña y sus fuegos no son mortíferos.
Avezado el enemigo á contemplarlo derecho sobre el muro, le dispara
saetas sin veneno, porque ni su actitud es arrogante, ni son muchas las
bajas que causa.
Esfuérzase en pedir respeto y gracia para las sagradas instituciones que
defiende, y no demanda la muerte y el exterminio para las que combate.
Mis plácemes por ello. Poco hay tan destemplado y ponzoñoso como el
lenguaje de los que toman por oficio la defensa incondicional de
nuestras tradiciones. El Sr. Perier, al separarse totalmente de esta
forma, merece con justicia los elogios de todas las personas sensatas é
imparciales, porque en ello revela comprender que las instituciones de
orden y de paz, pacífica y ordenadamente necesitan defenderse, y deja
ver, además de esto, una buena fe que en vano han de alardear los que
adoptan otros modos de polémica.
Muy lejos, pues, de erizarlo con argumentos de mala ley, sabe envolver
con gran esmero el proyectil entre algodón y seda, barnizándolo después
bonitamente de aceites olorosos antes de enviarlo al enemigo. Es tan
manso y sosegado el juego de su palabra, que ésta fluye de sus labios,
como dice Homero que fluía de los del prudente Nestor, dulce cual la
miel de las abejas.
Acabáis de entrar en una de nuestras góticas basílicas, y es la hora en
que con toda pompa se oficia ante los fieles. Los cánticos sagrados y
las plegarias fervorosas adquieren resonancia en los ángulos del templo.
Las flores silvestres esparcidas por todo el pavimento «ofrecen mil
olores al sentido». El incienso que arde en los pebeteros del altar
suspende por algunos instantes vuestro pensamiento, y os pone en deseo
de reclinar la cabeza para recibir en plácido desmayo las tristes y
graves melodías del órgano. Todo es paz y sosiego. Los ruidos mundanales
no quieren vibrar en aquella atmósfera seráfica.
Si oís al orador de que ahora estoy tratando, experimentaréis
sensaciones análogas. Parece que no vive en medio de la lucha de
creencias y doctrinas cuyo fragor conturba nuestros ánimos, y su
oratoria es, pudiéramos decir, extramundana. En los momentos más
críticos de la contienda, cuando el coraje inyecta de sangre los ojos de
los héroes y la muerte cierne sus alas sobre el campo de batalla,
levántase un orador con severo continente, saca del bolsillo una
encíclica romana, y da comienzo á su lectura, que impasible y tranquilo
hace prolongar un buen lapso de tiempo. ¡Quién lo diría! Esta lectura es
la lluvia copiosa y refrescante que apaga los ardores de la tierra. En
adelante, los oradores se levantan á hablar entumecidos, y la sesión
figura padecer de reumatismos.
Sigamos con el agua. No escucháis los ruidos medrosos y solemnes de
poderosa catarata que se despeña, sino el susurro monótono del arroyo
que serpea entre yerbas aromáticas, y al cual acompaña el no menos
triste y monótono rumor que el viento produce en los árboles. En vano
anheláis nuevas y variadas emociones. El orador, como la Naturaleza,
languidece sin morir jamás. Navegamos por el mar Muerto, sin que un
soplo de la brisa hinche nuestras velas.
Muchas veces me he preguntado: ¿qué actitud pensaría tomar el Sr. Perier
dentro de la Convención francesa? Después de las enrojecidas palabras de
Marat, ¿cómo sonarían sus discretas disertaciones? De aquella Montaña
partían torrentes espumosos y violentos huracanes. ¡Qué cefirillos tan
suaves llegarían si el Sr. Perier se viera en ella!
Las distancias que de su homónimo Casimiro Perier le separan son
inmensas. Aquel orador, cuya energía borrascosa tiranizaba á todas las
fracciones de la Cámara, se hubiera visto en grave aprieto ante la
cristiana mansedumbre de su tocayo. ¡Bienaventurados los mansos, porque
ellos poseerán la tierra!
Para figurarse con cierta exactitud á este orador, es indispensable
haber contemplado mucho tiempo un cielo siempre límpido, que si primero
serena y dulcifica nuestro espíritu, luego empezará á causarnos tedio y
concluirá por abrumarnos. ¡Con qué ansia pedimos entonces á ese cielo
que en sus senos profundos condense los vapores que recibe y un momento
nos cubra al astro del día! ¡Ay! ¡en el cielo del pensamiento del Sr.
Perier jamás ha estallado tempestad alguna!
La dicción es correcta y el ademán sosegado; pero le falta color y
animación.
[Illustration]
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