[Illustration: P]ENETRAMOS en el florido vergel de la poesía, en el
recinto deleitable y ameno donde se albergan los genios seductores de la
elocuencia. Llegamos al más suave y armonioso de nuestros oradores.
No es águila soberbia que lanza su vuelo impetuoso por las regiones del
aire; no es el rayo de sol ardiente que abrasa los tiernos pétalos de la
flor; no es la ola gigantesca que forja el mar en su embravecido seno y
brinca espumosa sobre el inmoble escollo. Es el malvís alirrojo que
entona su cántico dulce y monótono, oculto entre las frondas de un tilo;
es el rayo tenue de la luna que esparce sosiego por el valle; es la onda
cristalina que expira sin estrépito en la playa.
¿De dónde viene? De la libertad. ¿Quién no recuerda aquel grupo de
jóvenes inteligentes que en los albores de una revolución rodeaba el
estandarte de la libertad? Uno de estos jóvenes, por la distinción de su
figura, singularmente interesante, por el encanto que sabía comunicar á
su palabra, siempre florida y persuasiva, arrastraba hacia sí todas las
miradas y todos los entusiasmos. ¿Quién es entre nosotros el que no le
ha visto subir á la tribuna acompañado de ese murmullo lisonjero con que
la simpatía impone silencio á la atención? Su cabeza, delicadamente
bella, irradiaba inteligencia; su mirada, un poco vaga y soñadora,
buscaba instintivamente la luz que entraba por el medio punto del salón
como para suplicarla que iluminase su pensamiento. Su palabra, confiada
y vibrante, corría sobre los abismos temerosos de la política como un
incauto niño que no percibe el peligro que le cerca.
Moret no es un orador parlamentario. Fáltale malicia, sóbrale fantasía y
elevación para terciar en esas peleas nobles muchas veces, á veces
también indignas, en que se agitan los intereses políticos. Carece en
absoluto de esa decantada habilidad, que mejor llamaríamos astucia, con
que, á guisa de ganzúa, consiguen abrir hoy nuestros políticos las
puertas del alcázar gubernamental. Si ha entrado en él algún día, fué
deslumbrando con el brillo de su palabra á los astutos enanos que lo
guardaban. Arrojáronle de allí más tarde explotando malignamente su
candidez. Tampoco posee esa energía y firmeza que en el fragor de la
lucha pone en suspensión á los contendientes, ni con fogosos arrestos
tritura y despolvorea las doctrinas de sus contrarios. Es un tribuno
aristocrático que sólo produce efecto entre los espíritus cultos y un
tanto iniciados en los refinamientos del lenguaje. Y en verdad que éste
responde con solicitud tan primorosa á los soplos más leves de su
pensamiento, á sus matices más desvaídos, como las cuerdas del arpa
contestan exhalando dulces notas á la blanca mano que las hiere.
La oratoria del Sr. Moret no tiene trascendencia en el sentido de que
despierte el pensamiento para nuevas y más profundas concepciones.
Limítase á recoger del suelo una idea generosa para arrojar sobre ella
la luz de su inteligencia y ofrecérnosla adornada con todos los colores
del iris y todas las magias del arte. De este modo, mejor que con
profundas y sabias disquisiciones, sirve á las ideas haciéndolas amables
y simpáticas para todos. Su claro pensamiento tiene la virtud de disipar
las nieblas con que la malicia y el error las cubren. La libertad es la
musa que inspira todas sus oraciones. Esta musa, que por capricho
inescrutable se ofrece las más de las veces á la vista de sus oradores
como deidad sangrienta y vengativa, como ángel exterminador y ministro
de la voluntad del pueblo destinado á dar muerte á los primogénitos del
privilegio y de la fortuna, se presenta á los ojos del joven tribuno y á
los de aquellos que la gala de su elocuencia encadena, como ángel de
ventura que trae en su mano, no la tea del exterminio, sino el olivo de
la paz.
¡Grande y poderoso influjo el de la elocuencia! Á su poder no se allanan
los peñascos ni se aplacan los irritados mares, pero hay algo que se
mitiga y se aplaca más duro que los peñascos y más irritado que los
mares: el corazón del hombre!
El Sr. Moret es un gran orador; pero nada más que un orador. Ha tenido
la desgracia de nacer á la vida de la inteligencia en una época en que
las aspiraciones más nobles del espíritu moderno se hallaban
representadas por la escuela que tomó el nombre de economista. Y digo
desgracia, porque no es mucha fortuna ciertamente para nuestra juventud
el que haya de percibir la luz de la ciencia siempre de reflejo y al
través de los cristales que el curso de las circunstancias le
interponen. En los comienzos del siglo los jóvenes que en nuestra patria
amaban la cultura y ocupaban su espíritu con los problemas que arrastra
consigo eran cándidos descreídos y reformadores ilusos. Miraban por el
cristal de la Enciclopedia y no alcanzaban á ver más que negaciones en
el vasto campo de la naturaleza. Más tarde llegó hasta aquí la ola de la
escuela economista y arrastró consigo á la flor de nuestros pensadores
que navegaron incautos sobre su turgente espalda, sin comprender á qué
abismo de anarquía y egoísmo nos conducían sus falaces armonías.
Últimamente la amplitud que de poco á esta parte han tomado los estudios
de medicina introdujeron aquí de soslayo la gallina del positivismo,
que con tal extraña fecundidad va empollando en nuestras tierras, como
se advierte por el número de pollos que en el día hacen profesión de
incrédulos.
Todas estas direcciones, imposible fuera negarlo, corresponden en la
esfera del conocimiento á otros tantos puntos de la realidad. Pero
tienen la desdichada ocurrencia de aspirar al monopolio de toda ella,
por lo mismo que en España van campeando sucesivamente sin mantener las
luchas incesantes á que otras escuelas rivales las provocan en los demás
países, y consiguen de esta suerte hacerse insoportables y odiosas para
los espíritus que buscan imparcial y seriamente la verdad.
El Sr. Moret puso al servicio del individualismo las prodigiosas
aptitudes con que la Providencia le dotara, cuando el individualismo era
el único pan que se ofrecía á los hambrientos de la inteligencia.
Sintióse vencido por aquella serie de hermosos sofismas con que el
optimismo individualista nos llevaba á la felicidad sin movernos del
sitio, sin hacer otra cosa que presenciar inmóviles el desenvolvimiento
de las leyes que llamaban naturales. Parodiando á la inversa la frase de
Mahoma, decían: «No vayáis á la felicidad; dejad que la felicidad venga
á vosotros». Y, no obstante, ninguna de las cualidades morales del Sr.
Moret acusa un individualista. Un espíritu como el suyo, generoso y
armónico, más apto parece para la iniciativa de algún noble y
filantrópico proyecto que para la expectación fría y calculada que la
antigua escuela económica imponía á sus afiliados.
Escuchad á ese orador ameno y elegante, saboread la ambrosía de su
dicción, extasiaos ante ese conjunto de hermosas imágenes que surgen
bullidoras al conjuro de su encantada fantasía, y sabed después que ese
orador tan delicado, ese espíritu tan poético es... un hacendista.
Sí; el Sr. Moret se ha consagrado á la ciencia financiera, ha sido su
intérprete en la Universidad de Madrid y su ministro en las esferas del
poder. ¡Podrá darse mayor desdicha para la poesía, quiero decir, para la
Hacienda!
¿Por qué es el Sr. Moret un financiero? Preguntad á la más fragante de
las flores, á la suave madreselva, por qué despide su perfumado aroma
entre las aguzadas espinas de una zarza; preguntad á la perla por qué
oculta sus bellezas en el fondo de un molusco repugnante; preguntad por
qué de un matemático profundo se forma de súbito un poeta dramático.
Arcanos y paradojas son éstos con que la naturaleza nos quiere
sorprender algunas veces.
El Sr. Moret nació orador y se hizo financiero ó, lo que es lo mismo,
nació ruiseñor y quiso ser gorrión. Para gorrión es demasiado fino y
atildado.
Queremos, pues, al Sr. Moret ruiseñor; queremos escuchar su voz
elocuente siempre que no nos hable de deuda flotante ó de emisión de
bonos. Queremos también contemplarle desempeñando en la escena de la
oratoria papeles de víctima, porque su frase, siempre melódica y
regalada, no se hizo para expresar los acentos ásperos y arrebatados del
tribuno batallador, ni mucho menos para engolfarse en el laberíntico
juego de la ironía y la sátira.
Nada hay que nos disguste tanto como el gracejo del Sr. Moret cuando
graceja. Con aquel rostro afeminado, con aquellos ojos que, aun
queriendo reflejar malicia, siguen expresando la misma amable inocencia,
con aquel aire soñador, con aquella voz conmovida y temblorosa que
frecuentemente se anuda en la garganta, produciendo un movimiento de
simpatía en el auditorio, ¿aspira el Sr. Moret á ser zumbón? ¿No
comprende que el chiste que sale de su boca suena como un suspiro?
Abandone el ilustre orador esa forma, que se hizo para almas más
revueltas y tempestuosas que la suya; no vuelva á introducirse
incautamente en los matorrales de la hacienda, donde su espíritu dejará
el rico vellón de la poesía y de la elocuencia, y siga el glorioso
camino que su naturaleza le tiene trazado. Es nuestro respetuoso
consejo.
[Illustration]
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