D. SEGISMUNDO MORET Y PRENDERGAST

[Illustration: P]ENETRAMOS en el florido vergel de la poesía, en el

recinto deleitable y ameno donde se albergan los genios seductores de la

elocuencia. Llegamos al más suave y armonioso de nuestros oradores.

No es águila soberbia que lanza su vuelo impetuoso por las regiones del

aire; no es el rayo de sol ardiente que abrasa los tiernos pétalos de la

flor; no es la ola gigantesca que forja el mar en su embravecido seno y

brinca espumosa sobre el inmoble escollo. Es el malvís alirrojo que

entona su cántico dulce y monótono, oculto entre las frondas de un tilo;

es el rayo tenue de la luna que esparce sosiego por el valle; es la onda

cristalina que expira sin estrépito en la playa.

¿De dónde viene? De la libertad. ¿Quién no recuerda aquel grupo de

jóvenes inteligentes que en los albores de una revolución rodeaba el

estandarte de la libertad? Uno de estos jóvenes, por la distinción de su

figura, singularmente interesante, por el encanto que sabía comunicar á

su palabra, siempre florida y persuasiva, arrastraba hacia sí todas las

miradas y todos los entusiasmos. ¿Quién es entre nosotros el que no le

ha visto subir á la tribuna acompañado de ese murmullo lisonjero con que

la simpatía impone silencio á la atención? Su cabeza, delicadamente

bella, irradiaba inteligencia; su mirada, un poco vaga y soñadora,

buscaba instintivamente la luz que entraba por el medio punto del salón

como para suplicarla que iluminase su pensamiento. Su palabra, confiada

y vibrante, corría sobre los abismos temerosos de la política como un

incauto niño que no percibe el peligro que le cerca.

Moret no es un orador parlamentario. Fáltale malicia, sóbrale fantasía y

elevación para terciar en esas peleas nobles muchas veces, á veces

también indignas, en que se agitan los intereses políticos. Carece en

absoluto de esa decantada habilidad, que mejor llamaríamos astucia, con

que, á guisa de ganzúa, consiguen abrir hoy nuestros políticos las

puertas del alcázar gubernamental. Si ha entrado en él algún día, fué

deslumbrando con el brillo de su palabra á los astutos enanos que lo

guardaban. Arrojáronle de allí más tarde explotando malignamente su

candidez. Tampoco posee esa energía y firmeza que en el fragor de la

lucha pone en suspensión á los contendientes, ni con fogosos arrestos

tritura y despolvorea las doctrinas de sus contrarios. Es un tribuno

aristocrático que sólo produce efecto entre los espíritus cultos y un

tanto iniciados en los refinamientos del lenguaje. Y en verdad que éste

responde con solicitud tan primorosa á los soplos más leves de su

pensamiento, á sus matices más desvaídos, como las cuerdas del arpa

contestan exhalando dulces notas á la blanca mano que las hiere.

La oratoria del Sr. Moret no tiene trascendencia en el sentido de que

despierte el pensamiento para nuevas y más profundas concepciones.

Limítase á recoger del suelo una idea generosa para arrojar sobre ella

la luz de su inteligencia y ofrecérnosla adornada con todos los colores

del iris y todas las magias del arte. De este modo, mejor que con

profundas y sabias disquisiciones, sirve á las ideas haciéndolas amables

y simpáticas para todos. Su claro pensamiento tiene la virtud de disipar

las nieblas con que la malicia y el error las cubren. La libertad es la

musa que inspira todas sus oraciones. Esta musa, que por capricho

inescrutable se ofrece las más de las veces á la vista de sus oradores

como deidad sangrienta y vengativa, como ángel exterminador y ministro

de la voluntad del pueblo destinado á dar muerte á los primogénitos del

privilegio y de la fortuna, se presenta á los ojos del joven tribuno y á

los de aquellos que la gala de su elocuencia encadena, como ángel de

ventura que trae en su mano, no la tea del exterminio, sino el olivo de

la paz.

¡Grande y poderoso influjo el de la elocuencia! Á su poder no se allanan

los peñascos ni se aplacan los irritados mares, pero hay algo que se

mitiga y se aplaca más duro que los peñascos y más irritado que los

mares: el corazón del hombre!

El Sr. Moret es un gran orador; pero nada más que un orador. Ha tenido

la desgracia de nacer á la vida de la inteligencia en una época en que

las aspiraciones más nobles del espíritu moderno se hallaban

representadas por la escuela que tomó el nombre de economista. Y digo

desgracia, porque no es mucha fortuna ciertamente para nuestra juventud

el que haya de percibir la luz de la ciencia siempre de reflejo y al

través de los cristales que el curso de las circunstancias le

interponen. En los comienzos del siglo los jóvenes que en nuestra patria

amaban la cultura y ocupaban su espíritu con los problemas que arrastra

consigo eran cándidos descreídos y reformadores ilusos. Miraban por el

cristal de la Enciclopedia y no alcanzaban á ver más que negaciones en

el vasto campo de la naturaleza. Más tarde llegó hasta aquí la ola de la

escuela economista y arrastró consigo á la flor de nuestros pensadores

que navegaron incautos sobre su turgente espalda, sin comprender á qué

abismo de anarquía y egoísmo nos conducían sus falaces armonías.

Últimamente la amplitud que de poco á esta parte han tomado los estudios

de medicina introdujeron aquí de soslayo la gallina del positivismo,

que con tal extraña fecundidad va empollando en nuestras tierras, como

se advierte por el número de pollos que en el día hacen profesión de

incrédulos.

Todas estas direcciones, imposible fuera negarlo, corresponden en la

esfera del conocimiento á otros tantos puntos de la realidad. Pero

tienen la desdichada ocurrencia de aspirar al monopolio de toda ella,

por lo mismo que en España van campeando sucesivamente sin mantener las

luchas incesantes á que otras escuelas rivales las provocan en los demás

países, y consiguen de esta suerte hacerse insoportables y odiosas para

los espíritus que buscan imparcial y seriamente la verdad.

El Sr. Moret puso al servicio del individualismo las prodigiosas

aptitudes con que la Providencia le dotara, cuando el individualismo era

el único pan que se ofrecía á los hambrientos de la inteligencia.

Sintióse vencido por aquella serie de hermosos sofismas con que el

optimismo individualista nos llevaba á la felicidad sin movernos del

sitio, sin hacer otra cosa que presenciar inmóviles el desenvolvimiento

de las leyes que llamaban naturales. Parodiando á la inversa la frase de

Mahoma, decían: «No vayáis á la felicidad; dejad que la felicidad venga

á vosotros». Y, no obstante, ninguna de las cualidades morales del Sr.

Moret acusa un individualista. Un espíritu como el suyo, generoso y

armónico, más apto parece para la iniciativa de algún noble y

filantrópico proyecto que para la expectación fría y calculada que la

antigua escuela económica imponía á sus afiliados.

Escuchad á ese orador ameno y elegante, saboread la ambrosía de su

dicción, extasiaos ante ese conjunto de hermosas imágenes que surgen

bullidoras al conjuro de su encantada fantasía, y sabed después que ese

orador tan delicado, ese espíritu tan poético es... un hacendista.

Sí; el Sr. Moret se ha consagrado á la ciencia financiera, ha sido su

intérprete en la Universidad de Madrid y su ministro en las esferas del

poder. ¡Podrá darse mayor desdicha para la poesía, quiero decir, para la

Hacienda!

¿Por qué es el Sr. Moret un financiero? Preguntad á la más fragante de

las flores, á la suave madreselva, por qué despide su perfumado aroma

entre las aguzadas espinas de una zarza; preguntad á la perla por qué

oculta sus bellezas en el fondo de un molusco repugnante; preguntad por

qué de un matemático profundo se forma de súbito un poeta dramático.

Arcanos y paradojas son éstos con que la naturaleza nos quiere

sorprender algunas veces.

El Sr. Moret nació orador y se hizo financiero ó, lo que es lo mismo,

nació ruiseñor y quiso ser gorrión. Para gorrión es demasiado fino y

atildado.

Queremos, pues, al Sr. Moret ruiseñor; queremos escuchar su voz

elocuente siempre que no nos hable de deuda flotante ó de emisión de

bonos. Queremos también contemplarle desempeñando en la escena de la

oratoria papeles de víctima, porque su frase, siempre melódica y

regalada, no se hizo para expresar los acentos ásperos y arrebatados del

tribuno batallador, ni mucho menos para engolfarse en el laberíntico

juego de la ironía y la sátira.

Nada hay que nos disguste tanto como el gracejo del Sr. Moret cuando

graceja. Con aquel rostro afeminado, con aquellos ojos que, aun

queriendo reflejar malicia, siguen expresando la misma amable inocencia,

con aquel aire soñador, con aquella voz conmovida y temblorosa que

frecuentemente se anuda en la garganta, produciendo un movimiento de

simpatía en el auditorio, ¿aspira el Sr. Moret á ser zumbón? ¿No

comprende que el chiste que sale de su boca suena como un suspiro?

Abandone el ilustre orador esa forma, que se hizo para almas más

revueltas y tempestuosas que la suya; no vuelva á introducirse

incautamente en los matorrales de la hacienda, donde su espíritu dejará

el rico vellón de la poesía y de la elocuencia, y siga el glorioso

camino que su naturaleza le tiene trazado. Es nuestro respetuoso

consejo.

[Illustration]

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Semblanzas literarias · 第 31 / 93 题