[Illustration: C]IERTA noche, y en ocasión que el señor Sánchez pedía la
palabra, oímos decir á nuestro lado: «Este señor cura padece una
equivocación; se dirigía á San Luis y entró distraído en el Ateneo».
No es exacto, sin embargo, lo que el mordaz interlocutor trataba de
significar. El Sr. Sánchez (ó el Padre Sánchez, que así es como
generalmente se le conoce) nada tiene de orador sagrado, si no es cierta
pastosidad de voz y melifluidad de tono, y el empleo de algunas frases,
como las de mansedumbre por humildad, misericordia por compasión, y
otras tales que trascienden de una legua á púlpito.
Por lo demás, ¿quién podrá dudar que el Sr. Sánchez abandonó totalmente
las formas arcaicas de la Cátedra Santa para aceptar con amor la nueva
fase de la apologética católica? No se trata ya de hinchadas é
indigestas pláticas, sembradas de místicos ejemplos donde Satanás juega
por lo común papeles de melodrama, de símiles bíblicos y latines
macarrónicos, no; la moda, que todo lo invade, como me propongo
demostrar en ocasión propicia, se ha introducido por la mohosa cancela
de las catedrales y ha sugerido á los defensores de la verdad católica
nuevas y radicales reformas en su piadosa estrategia. La Iglesia había
poseído hasta ahora santos padres, doctores y mártires; pero carecía de
guerrilleros de la palabra, y los tiempos actuales se los han
suministrado.
Los modernos paladines del Catolicismo no se aperciben á la batalla,
como los antiguos, demandando al cielo fuerzas en medio de fervorosas
oraciones y áspera penitencia, sino que afilan su lengua en las peleas
del _meteeng_, y adiestran su pluma en las turbulencias del periodismo
candente. Los apóstoles é iluminados de otros días, son actualmente
polemistas irascibles y batalladores. Los que fecundaban antes con su
preciosa sangre los campos de la religión, riegan con bilis ahora la
arena del debate. Los apologistas católicos se creen en el deber de
aceptar las condiciones en que hoy se les ofrece la lucha, y mantienen
en tensión constantemente el arco que tiene aparejado el dardo del
sarcasmo ó del ultraje.
El Sr. Sánchez ha entrado de lleno en los derroteros de la nueva
apologética. No pertenece á la escuela de San Anselmo y San Bernardo;
pero, en cambio, es discípulo aprovechado de Luis Veuillot. Hace
bastantes años que esgrime su palabra, sutil y revoltosa, en el Ateneo
de Madrid, si bien ha padecido un prolongado mutismo, ocasionado, á lo
que parece, por la suspicacia clerical. No merecen los honores de
batallas las luchas en que interviene, porque no entra en sus miras
presentar el pecho al enemigo, pero sabe preparar con destreza una
emboscada y evitar los más certeros golpes. No para mientes jamás en las
doctrinas, sino en la persona que las representa, y á ella asesta luego
sus malignas estocadas. El Padre Sánchez entiende que la discusión es un
pugilato donde el laurel de la victoria debe adjudicarse al que más
aporrea á su adversario.
Es un polemista escabroso; un defensor audaz del antiguo régimen; tiene
bastante nervio dentro del género especial de su oratoria, y maneja con
éxito ese estilo, ora místico, ora volteriano, que por medio de
intencionadas burlas é incesantes sarcasmos pretende inculcarnos el amor
de Dios y del prójimo.
Cuando escuchamos las picantes alusiones, las sangrientas diatribas con
que el P. Sánchez maltrata á sus adversarios políticos, nuestro
pensamiento se remonta sin darnos cuenta de ello á los primeros tiempos
del Cristianismo. Y contemplamos la figura apacible del Redentor, y
escuchamos la dulce y persuasiva voz que nos ordena amarnos los unos á
los otros; y vemos también sobre el fuste marmóreo de una columna á
aquellos ejemplares varones que salieron del mundo vivos en fuerza de
mirar al cielo. ¡Oh santos Estilitas! ¡Cuántas veces se hubiera
desplomado el P. Sánchez de vuestra memorable columna; él que tan fijos
tiene sus ojos en la tierra!
La verdad de todo es que estos detractores irreconciliables de la
revolución, son en el fondo espíritus revolucionarios. Compárese, si no,
la forma en que el Cristianismo se difundía en sus primeros tiempos con
el método que hoy adoptan sus apóstoles para esparcirlo por el orbe, y
se notará con claridad la profunda revolución que en su modo de ser y de
propagarse se ha operado. Bajo este sentido, el Padre Sánchez es un
demagogo del apostolado, un descamisado del Catolicismo. Su temperamento
no le llevará seguramente al desierto á vivir con raíces y frutas y á
gozar de los inefables misterios de la soledad y del éxtasis, antes
bien, le arrastrará constantemente hacia el choque ruidoso y apasionado
de las ideas, hacia la invectiva, hacia la sátira. Es un fanático del
pasado con instintos y lenguaje democráticos.
Con estos procedimientos irrespetuosos, con esta fecundidad de invectiva
y esta agudeza que le caracterizan, el orador católico logra despertar
en alto grado la curiosidad del auditorio. En España nada hay que nos
regocije tanto como oir en la calle unos tiros ó una desvergüenza:
estamos ávidos de sensaciones fuertes; la monotonía nos causa terror;
queremos, en una palabra, divertirnos. Y hay que convenir en que nada
más divertido que las filípicas con que el P. Sánchez flagela á los
enemigos del absolutismo. No extrañe, pues, que en la sala del Ateneo se
espere un discurso suyo con la risueña impaciencia con que en el teatro
se aguarda en pos de un drama un sainete.
De este modo, con las armas de la ironía, con las donosuras del gracejo,
con los excesos de la pasión, quiere servir nuestro orador al
Catolicismo sin comprender que lo rebaja al nivel de secta tumultuosa y
alborotada. Esto equivale á servirse de la religión como de un
estandarte bajo cuyos pliegues se lanzan al combate todos los ímpetus
del sectario, todas las genialidades del carácter y los rencores todos
del espíritu. Nuestra conciencia nos dice que servir á la religión con
tales armas es desnaturalizarla; y el imponerle una absurda solidaridad
con el ideal absolutista es comprometerla gravemente.
No ofrece duda que en los tiempos en que vivimos, cuando las ideas
chocan con estrépito en medio de una incesante discusión, y se ponen en
tela de juicio las bases fundamentales del Catolicismo, es no tan sólo
un derecho sino también un deber de los creyentes el acudir con presteza
á su defensa. Lo que lamentamos no es que los escritores y oradores
católicos intervengan en la controversia, sino que se mezclen en los
ardores y desmanes que la pasión produce siempre, quedando al mismo
tiempo apartados de los altos y serios debates que ha suscitado la
crítica contemporánea.
El Sr. Sánchez, á pesar de cuanto llevamos dicho, no es un orador
católico á la moderna, en la acepción más completa de la palabra.
Fáltale para esto una condición esencial, la de ser lego, joven y bien
quisto de las damas. No pertenece á esa falange inquieta de fogosos
mancebos que aspiran á ser la policía de la Iglesia, y que, juzgándose
intérpretes únicos de la voluntad divina, vilipendian á cuantos
desconocen su autoridad en materia de fe, de costumbres y de literatura.
Su carácter sacerdotal le impide afectar ese buen tono y exquisita
cortesanía en la intemperancia misma que tanto brillo comunica á los
apóstoles con bigote y rizada cabellera.
Se dice que el paso por el seminario imprime un sello de tal modo
indeleble, que ni el cambio más radical en las opiniones y en los
hábitos alcanzan á borrarlo. Calcúlese, pues, qué claro se verá este
sello en el Sr. Sánchez, cuando ningún cambio se ha operado, ni
esperamos que se opere, en sus concepciones mundanas y extramundanas.
Cuando se le ocurre discutir alguna doctrina (lo cual repetimos que rara
vez acontece), saca todo el arsenal de argucias y sofismas con que le
abastecieron en sus juveniles años los maestros de la escolástica. Si se
le cita un hecho que perjudica á la doctrina que sustenta, lo niega; si
se le demuestra, _distingue_; y cuando los distingos no bastan, replica:
«...más eres tú». Manifiesta gran predilección por la historia, pero la
historia del Padre Sánchez no es historia, sino una especie de cámara
oscura, muy oscura, donde todo se ve cabeza abajo. Á tal ínclito varón,
cuya memoria honra la humanidad desde largo tiempo, se le ve,
terriblemente ataviado con cuernos y rabo, comerse los niños crudos. Á
tal otro bellaco que en su vida ha hecho más que picardías y ruindades,
se le contempla por arte de encantamento trasformado en santo. Profesa,
en cambio, una aversión casi sagrada, por lo inmensa, á la poesía. Se
comprende bien. Los poetas son los profetas de nuestra edad, y el Padre
Sánchez es todo lo contrario de un profeta. Tan lejos lleva nuestro
orador esta aversión, que todo cuanto de malo encuentra en los discursos
de sus contrarios no es más que poesía, pura poesía, como él dice
afectando el más profundo desprecio. Los dedos se le tornan poetas. ¡Un
día se le ocurrió llamar poeta al Sr. Figuerola!
En lo referente á la demostración de las ideas, profesa este orador
ideas muy singulares. La prueba de que una idea es verdadera, no
consiste para él en que sea rigurosamente lógica y se imponga desde
luego al espíritu como cierta. Precisa que vaya acompañada, además, de
un texto donde se apoye, cuyo texto deberá citarse en toda regla, esto
es, con la página, capítulo, libro, edición, archivo, etc. Él así lo
practica; mas oí decir en los pasillos á un sujeto (probablemente aquel
mismo socio mordaz que cierta noche le llamaba señor cura) que el Padre
Sánchez es una verdadera especialidad en la invención de citas. No creo
que esto pase de cuchufleta.
Sea de esto lo que quiera, con tales maneras y otras parecidas, el Padre
Sánchez no convence á nadie, pero logra excitar la hilaridad del
auditorio, y bien conocidas son las deferencias y respetos que en
nuestro país se guardan á quien se da bastante maña para hacernos pasar
un rato divertido.
Una observación para terminar. El género agresivo y picante de la
oratoria del Sr. Sánchez, más que á la condición de su carácter, cuya
nobleza y sinceridad reconocemos, responde á las tradiciones constantes
de la escuela en que milita. Sirva esto de alivio y descargo para lo que
se halle de acerbo en nuestra censura.
[Illustration]
[Illustration]