PROEMIO

[Illustration: E]L Ateneo Científico y Literario de Madrid ha

manifestado en los últimos cursos una vida y animación á que no

estábamos acostumbrados los que tristemente discurríamos en años

anteriores por sus desiertos pasillos. Casi diariamente resuenan las

voces de sus oradores por los ámbitos del espacioso, aunque irregular,

salón consagrado á la cátedra, y trasformado ahora en candente arena de

estos palenques científicos. La discusión no queda encerrada tampoco en

el ceremonial de las formas académicas, sino que, desencadenada y movida

por los huracanes de la pasión, sale á los pasillos consiguiendo

arrebatar los cerebros de aquellos que, por carecer de facundia ó por

modestia, no tercian en el público certamen. En privado, así como en

público, líbranse formidables batallas, en las cuales se combate con

todo el entusiasmo de la idea, aunque algunas veces, fuerza es decirlo,

se sustituye éste por otro menos noble, el de los bandos políticos ó el

que origina las heridas del amor propio. Esparcidos aquí y allá por los

divanes y butacas del establecimiento, suele verse á última hora

empolvados, deshechos, aporreados y casi sangrientos á los campeones de

la noche, sorbiendo con ansia el agua fresca, mientras alguno que otro,

de pulmón más robusto, manteniéndose aún en pie frente á estos

desgraciados, descarga sobre ellos con extraña ferocidad los golpes de

remate. No pocas veces demandé gracia para algunos cuya inflamada pupila

nos anunciaba la nube de argumentos que por su cabeza corría, sin que

esta temerosa nube lograse rociar con algunas gotas sus exhaustos

gaznates, y les pusiera en condiciones de revolverse contra su duro

adversario.

Debátense en esta culta Sociedad los más arduos é interesantes problemas

de la ciencia; pero obsérvase el, á primera vista, extraño fenómeno de

que todas sus discusiones, previamente anunciadas en un tema concreto,

vienen precipitadamente á parar en puro asunto teológico ó político.

Fuertemente impresionado por estas singulares corrientes que en breve

plazo conducen siempre el tema á su disolución, traté de inquirir la

causa, y no cifrando gran confianza en el dictamen de mi pobre razón,

busqué el parecer de los más doctos. La mayoría se inclinó á creer

noblemente que la trascendencia de tales temas, la irresistible

atracción que ejercen sobre el espíritu en estos críticos tiempos y su

actualidad, sobre todo en nuestra España, donde á la hora presente

teología y política andan sobradamente confundidas, son parte bastante á

explicar los extravíos de nuestro pensamiento. Los menos y con peor

intención, quisieron ver en ello pruebas claras de nuestra insuficiencia

para ahondar con profundo y delicado análisis en un determinado punto de

la ciencia. Nuestros lectores optarán entre las dos contrarias teorías,

aunque á mi ver no sería difícil hallar elementos de verdad en ambas.

Lo cierto de todo es, como digo, que las discusiones marchan en completo

y general desorden. Cada cual, sin preocuparse de nada del tema

discutido, verdadero náufrago en estas borrascosas sesiones, teje como

puede un discurso y encomienda á la Providencia la convicción de sus

oyentes. Dudo que exista país en el mundo donde se hable tanto y tan

bien como en España, pero seguro me encuentro de que en ninguno se

recaba menos de tanta oratoria. Consiste esto en que la forma, el

aspecto artístico de la oratoria española, absorbe y avasalla su fondo

científico, el cual se halla primorosamente velado, pero velado al fin,

por las hermosas galas de una retórica desenfrenada.

En ningún otro país más que en España, y para encarecer á los

representantes de la Nación la conveniencia de votar un impuesto sobre

el aguardiente, trae el orador á cuento, flotando en un mar de rizadas

ondas, las primitivas construcciones pelásgicas, el monoteísmo de la

raza semítica ó los cuadros del Correggio. Los oradores españoles no

hacen obras de ciencia, sino obras de arte, y como artistas deben ser

juzgados. De este modo nos explicamos el deleite con que hemos asistido

estos cursos á las sesiones del Ateneo, y á la par el insignificante

ardor científico que lograron despertar en nosotros. El público, artista

también como los oradores, aplaude con frenesí los períodos tersos, las

brillantes imágenes, la mímica fogosa; en cambio repugna el argumento

recto y descarnado y el análisis detenido del asunto. Hay una derecha y

hay una izquierda. Sentada la una enfrente de la otra, se miran con

recelosa antipatía, y tienen por costumbre aplaudir tan sólo á sus

respectivos oradores. Excusado será advertir que los años de las

personas que en la derecha se sientan suman bastante más que los de

aquellos que tienen su asiento en la izquierda. Esto no obstante, el

ardor, el entusiasmo y aun la intransigencia es igual por ambas partes.

Y cuenta que esto no lo decimos á modo de censura, porque estamos bien

convencidos de que estos fuegos y arrebatos salen del fondo mismo del

carácter nacional, de cuyas grandezas participan muchos, de cuyos

defectos y pequeñeces todos participamos. No creemos posible, según lo

expuesto, que la ciencia gane mucho en las sesiones del Ateneo, donde

sus más intrincadas cuestiones se discuten; pero en cambio suponemos

que el arte, ese fantasma divino que logró arrastrar siempre con

predominio los deseos y las fuerzas de nuestra patria, tendrá que

agradecer á este centro literario un culto desinteresado y devotísimo.

En buen hora que se nos hagan ver los peligros sin cuento que la verdad

corre entre tanta magnificencia y suntuosidad; por cima de todo flotarán

siempre las bellezas reales que hemos sabido crear.

Nuestra oratoria recorre en toda su extensión la colosal escala trazada

para esta manifestación artística. Oradores, cuya sutil ironía asuela y

abrasa, tenemos, y también poseemos esos grandes artistas, verdaderos

magos de la palabra, que en todas ocasiones saben rodearse de hermosas y

nunca pensadas imágenes que encantan y transportan el alma. El

instrumento que exterioriza los vuelos de esta fantasía con su

majestuosa dulzura y sonoridad, realza la obra del orador, y la coloca á

la par ó por encima de los más acabados modelos del arte clásico.

Fijo en estas consideraciones, pienso mostrar en las páginas siguientes

algunas observaciones sobre varios de los oradores que han terciado

durante los últimos cursos en los debates del Ateneo. No aspiro á hacer

retratos, que harto difícil lo considero para mi humilde pluma. Busco

tan sólo el medio de echar á volar algunos pensamientos que me

ocurrieron al escuchar los discursos pronunciados en las veladas del

Ateneo. Excusado parecerá añadir, después de lo expresado, que mi punto

de vista será principalmente artístico. Esto no obstante, trataré,

hasta donde me sea posible, de hacer ver, á la par que los méritos

artísticos de cada orador, las tendencias más caracterizadas de su

inteligencia, ó sea el rumbo que actualmente sigue en el océano del

pensamiento humano. Bajo uno y bajo otro aspecto, aunque mucho pueda

aplaudir, algo tendré también que censurar; mas haré de modo que estas

censuras, ni tengan su raíz en la pasión, ni se presenten tan agrias que

puedan herir ninguna susceptibilidad.

[Illustration]

[Illustration]

Semblanzas literarias · 第 29 / 93 题