CAPITULO XI

Llegóse el día, y tomaron los peregrinos el #_camino_# de Valencia;

los cuales, otro día, al salir de la aurora, que por los balcones de

Oriente se asomaba, barriendo el cielo de las estrellas y aderezando

el camino por donde el sol había de hacer su acostumbrada carrera,

Bartolomé, que así creo se llamaba el guiador del bagaje, viendo salir

el sol tan alegre y regocijado, bordando las nubes de los cielos con

diversas colores, de manera que no se podía ofrecer otra cosa más

alegre y más hermosa a la vista, y con rústica discreción dijo:

---Verdad debió de decir el predicador que predicaba los días pasados

en nuestro pueblo cuando dijo que los cielos y la tierra anunciaban y

declaraban las grandezas del Señor. Pardiez que, si yo no conociera a

Dios por lo que me han enseñado mis padres y los sacerdotes y ancianos

de mi lugar, le viniera a rastrear y conocer viendo la inmensa

grandeza destos cielos, que me dicen que son muchos, o, a lo menos,

que llegan a once, y por la grandeza deste sol que nos alumbra, que,

con no parecer mayor que una rodela, es muchas veces mayor que toda la

tierra, y más que, con ser tan grande, afirman que es tan ligero que

camina en venticuatro horas más de trecientas mil leguas. La verdad

que sea, yo no creo nada desto; pero dícenlo tantos hombres de bien,

que, aunque hago fuerza al entendimiento, lo creo. Pero de lo que más

me admiro es que debajo de nosotros hay otras gentes, a quien llaman

antípodas, sobre cuyas cabezas, los que andamos acá arriba, traemos

puestos los pies, cosa que me parece imposible; que, para tan gran

carga como la nuestra, fuera menester que tuvieran ellos las cabezas

de bronce.

Rióse Periandro de la rústica astrología del mozo, y díjole:

--Buscar querría razones acomodadas ¡oh Bartolomé! para darte a

entender el error en que estás y la verdadera postura del mundo, para

lo cual era menester tomar muy de atrás sus principios; pero

acomodándome con tu ingenio, habré de coartar el mío y decirte sola

una cosa: y es que quiero que entiendas por verdad infalible que la

tierra es centro del cielo; llamo centro un punto indivisible a quien

todas las líneas de su circunferencia van a parar; tampoco me parece

que has de entender esto; y así, dejando estos términos, quiero que te

contentes con saber que toda la tierra tiene por alto el cielo, y en

cualquier parte della donde los hombres estén han de estar cubiertos

con el cielo; así que, como a nosotros el cielo que ves nos cubre,

asimismo cubre a los antípodas que dicen, sin estorbo alguno, y como,

naturalmente, lo ordenó la Naturaleza, mayordoma del verdadero Dios,

criador del cielo y de la tierra.

No se descontentó el mozo de oír las razones de Periandro, que también

dieron gusto a Auristela, a la condesa y a su hermano. Con estas y

otras cosas iba enseñando y entreteniendo el camino Periandro.

De allí a algunos días, llegó nuestro hermoso escuadrón a un lugar de

moriscos, que estaba puesto como una legua de la marina, en el reino

de Valencia. Hallaron en él, no mesón en que albergarse, sino todas

las casas del lugar con agradable hospicio los convidaban; viendo lo

cual, Antonio dijo:

--Yo no sé quién dice mal desta gente, que todos me parecen unos

santos.

--Con palmas--dijo Periandro--recibieron al Señor en Jerusalén los

mismos que de allí a pocos días le pusieron en una cruz. Agora bien: a

Dios y a la ventura, como decirse suele, acetemos el convite que nos

hace este buen viejo, que con su casa nos convida.

Y era así verdad, que un anciano morisco, casi por fuerza, asiéndolos

por las esclavinas, los metió en casa, y dio muestras de agasajarlos

no morisca, sino cristianamente. Salió a servirlos una hija suya,

vestida en traje morisco, y en él tan hermosa, que las más gallardas

cristianas tuvieran a ventura el parecería: que en las gracias que

Naturaleza reparte, también suele favorecer a las bárbaras de Citia,

como a las ciudadanas de Toledo. Esta, pues, hermosa y mora, en lengua

aljamiada, asiendo a Costanza y a Auristela de las manos, se encerró

con ellas en una sala baja, y, estando solas, sin soltarles las manos,

recatadamente miró a todas partes, temerosa de ser escuchada, y,

después que hubo asegurado el miedo que mostraba, les dijo:

--¡Ay, señoras, y cómo habéis venido como mansas y simples ovejas al

matadero! ¿Veis este viejo, que con vergüenza digo que es mi padre,

véisle tan agasajador vuestro? Pues sabed que no pretende otra cosa

sino ser vuestro verdugo. Esta noche se han de llevar en peso, si así

se puede decir, diez y seis bajeles de cosarios berberiscos, a toda la

gente de este lugar, con todas sus haciendas, sin dejar en él cosa que

les mueva a volver a buscarla. Piensan estos desventurados que en

Berbería está el gusto de sus cuerpos y la salvación de sus almas, sin

advertir que, de muchos pueblos que allá se han pasado casi enteros,

ninguno hay que dé otras nuevas sino de arrepentimiento, el cual les

viene juntamente con las quejas de su daño. Los moros de Berbería

pregonan glorias de aquella tierra, al sabor de las cuales corren los

moriscos de ésta, y dan en los lazos de su desventura. Si queréis

estorbar la vuestra y conservar la libertad en que vuestros padres os

engendraron, salid luego de esta casa y acogedos a la iglesia, que en

ella hallaréis quien os ampare, que es el cura, que sólo él y el

escribano son en este lugar cristianos viejos. Hallaréis también allí

al jadraque Jarife, que es un tío mío, moro sólo en el nombre, y en

las obras cristiano. Contaldes lo que pasa, y decid que os lo dijo

Rafala, que con esto seréis creídos y amparados; y no lo echéis en

burla, si no queréis que las veras os desengañen a vuestra costa: que

no hay mayor engaño que venir el desengaño tarde.

El susto, las acciones con que Rafala esto decía, se asentó en las

almas de Auristela y de Constanza, de manera que fué creída, y no le

respondieron otra cosa que fuese más que agradecimientos. Llamaron

luego a Periandro y a Antonio, y, contándoles lo que pasaba, sin tomar

ocasión aparente, se salieron de la casa con todo lo que tenían.

Bartolomé, que quisiera más descansar que mudar de posada, pesóle de

la mudanza; pero, en efeto, obedeció a sus señores. Llegaron a la

iglesia, donde fueron bien recebidos del cura y del jadraque, a quien

contaron lo que Rafala les había dicho. El cura dijo:

--Muchos días ha, señores, que nos dan sobresalto con la venida de

esos bajeles de Berbería; y aunque es costumbre suya hacer estas

entradas, la tardanza de ésta me tenía ya algo descuidado. Entrad,

hijos, que buena torre tenemos, y buenas y ferradas puertas la

iglesia, que, si no es muy de propósito, no pueden ser derribadas ni

abrasadas.

--¡Ay--dijo a esta sazón el jadraque--, si han de ver mis ojos, antes

que se cierren, libre esta tierra destas espinas y malezas que la

oprimen! ¡Ay, cuándo llegará el tiempo que tiene profetizado un abuelo

mío, famoso en la astrología, donde se verá España de todas partes

entera y maciza en la religión cristiana, que ella sola es el rincón

del mundo donde está recogida y venerada la verdadera verdad de

Cristo! Morisco soy, señores, y ojalá que negarlo pudiera; pero no por

esto dejo de ser cristiano: que las divinas gracias las da Dios a

quien él es servido, el cual tiene por costumbre, como vosotros mejor

sabéis, de hacer salir su sol sobre los buenos y los malos, y llover

sobre los justos y los injustos. Digo, pues, que este mi abuelo dejó

dicho que, cerca de estos tiempos, reinaría en España un rey de la

Casa de Austria, en cuyo ánimo cabría la dificultosa resolución de

desterrar los moriscos de ella, bien así como el que arroja de su seno

la serpiente que le está royendo las entrañas, o bien así como quien

aparta la neguilla del trigo, o escarda o arranca la mala yerba de los

sembrados. Ven ya, ¡oh venturoso mozo, y rey prudente!, y pon en

ejecución el gallardo decreto de este destierro, sin que se te oponga

el temor que ha de quedar esta tierra desierta y sin gente, y el de

que no será bien la que en efeto está en ella bautizada; que, aunque

éstos sean temores de consideración, el efeto de tan grande obra los

hará vanos, mostrando la experiencia, dentro de poco tiempo, que, con

los nuevos cristianos viejos que esta tierra se poblare, se volverá a

fertilizar y a poner en mucho mejor punto que agora tiene. Tendrán sus

señores, si no tantos y tan humildes vasallos, serán los que tuvieren

católicos, con cuyo amparo estarán estos caminos seguros, y la paz

podrá llevar en las manos las riquezas, sin que los salteadores se las

lleven.

Esto dicho, cerraron bien las puertas, fortaleciéronlas con los bancos

de los asientos, subiéronse a la torre, alzaron una escalera levadiza,

llevóse el cura consigo el Santísimo Sacramento en su relicario,

proveyéronse de piedras, armaron dos escopetas, dejó el bagaje mondo y

desnudo a la puerta de la iglesia Bartolomé el mozo, y encerróse con

sus amos; y todos, con ojo alerta y manos listas, y con ánimos

determinados, estuvieron esperando el asalto, de quien avisados

estaban por la hija del morisco. Pasó la media noche, que la midió por

las estrellas el cura; tendía los ojos por todo el mar que desde allí

se parecía, y no había nube que con la luz de la luna se pareciese,

que no pensase sino que fuesen los bajeles turquescos; y, aguijando a

las campanas, comenzó a repicallas tan apriesa y tan recio, que todos

aquellos valles y todas aquellas riberas retumbaban, a cuyo son los

atajadores de aquellas marinas se juntaron y las corrieron todas; pero

no aprovechó su diligencia para que los bajeles no llegasen a la

ribera y echasen la gente en tierra. La del lugar, que los esperaba,

cargados con sus más ricos y mejores alhajas, adonde fueron recebidos

de los turcos con grande grita y algazara, al son de muchas dulzainas

y de otros instrumentos, que, puesto que eran bélicos, eran

regocijados, pegaron fuego al lugar, y asimismo a las puertas de la

iglesia, no para esperar a entrarla, sino por hacer el mal que

pudiesen; dejaron a Bartolomé a pie, porque le dejarretaron el bagaje;

derribaron una cruz de piedra que estaba a la salida del pueblo,

llamando a grandes voces el nombre de Mahoma; se entregaron a los

turcos, ladrones pacíficos y deshonestos públicos. Desde la lengua del

agua, como dicen, comenzaron a sentir la pobreza que les amenazaba su

mudanza, y la deshonra en que ponían a sus mujeres y a sus hijos.

Muchas veces, y quizá algunas no en vano, dispararon Antonio y

Periandro las escopetas; muchas piedras arrojó Bartolomé, y todas a la

parte donde había dejado el bagaje, y muchas flechas el jadraque; pero

muchas más lágrimas echaron Auristela y Constanza, pidiendo a Dios,

que presente tenían, que de tan manifiesto peligro los librase, y

ansimismo que no ofendiese el fuego a su templo, el cual no ardió, no

por milagro, sino porque las puertas eran de hierro, y porque fué poco

el fuego que se les aplicó. Poco faltaba para llegar el día, cuando

los bajeles, cargados con la presa, se hicieron al mar, alzando

regocijados lilíes, y tocando infinitos atabales y dulzainas, y en

esto vieron venir dos personas corriendo hacia la iglesia, la una de

la parte de la marina, y la otra de la de tierra, que, llegando cerca,

conoció el jadraque que la una era su sobrina Rafala, que, con una

cruz de caña en las manos, venía diciendo a voces:

--Cristiana, cristiana y libre, y libre por la gracia y misericordia

de Dios!

La otra conocieron ser el escribano, que acaso aquella noche estaba

fuera del lugar, y, al son del arma de las campanas, venía a ver el

suceso, que lloró, no por la pérdida de sus hijos y de su mujer, que

allí no los tenía, sino por la de su casa, que halló robada y

abrasada. Dejaron entrar el día y que los bajeles se alargasen, y que

los atajadores tuviesen lugar de asegurar la costa, y entonces bajaron

de la torre y abrieron la iglesia, donde entró Rafala, bañado con

alegres lágrimas el rostro, y acrecentando con su sobresalto su

hermosura, hizo oración a las imágenes y luego se abrazó con su tío,

besando primero las manos al cura. El escribano, ni adoró ni besó las

manos a nadie, porque le tenía ocupada el alma el sentimiento de la

pérdida de su hacienda. Pasó el sobresalto, volvieron los espíritus de

los retraídos a su lugar, y el jadraque, cobrando aliento nuevo,

volviendo a pensar en la profecía de su abuelo, casi como lleno de

celestial espíritu, dijo:

--¡Ea, mancebo generoso; ea, rey invencible; atropella, rompe,

desbarata todo género de inconvenientes, y déjanos a España tersa,

limpia y desembarazada desta mi malla casta, que tanto la asombra y

menoscaba! ¡Ea, consejero tan prudente como ilustre, nuevo Atlante del

peso de esta monarquía, ayuda y facilita con tus consejos a esta

necesaria transmigración; llénense estos mares de tus galeras,

cargadas del inútil peso de la generación agarena; vayan arrojadas a

las contrarias riberas las zarzas, las malezas y las otras yerbas que

estorban el crecimiento de la fertilidad y abundancia cristiana! Que

si los pocos hebreos que pasaron a Egipto multiplicaron tanto, que en

su salida se contaron más de seiscientas mil familias, ¿qué se podrá

temer de éstos, que son más y viven más holgadamente? No los esquilman

las religiones, no los entresacan las Indias, no los quintan las

guerras; todos se casan, todos, o los más, engendran, de do se sigue y

se infiere que su multiplicación y aumento ha de ser innumerable. ¡Ea,

pues, vuelvo a decir; vayan, vayan, señor, y deja la taza de tu reino

resplandeciente como el sol y hermosa como el cielo!

Dos días estuvieron en aquel lugar los peregrinos, volviendo a

enterarse en lo que les faltaba, y Bartolomé se acomodó de bagaje, los

peregrinos agradecieron al cura su buen acogimiento y alabaron los

buenos pensamientos del jadraque, y, abrazando a Rafala, se

despidieron de todos y siguieron su camino.

[Ilustración:--Berganza, amigo, dejemos esta noche el Hospital en

guarda de la confianza...]

Novelas y teatro · 第 16 / 33 题