Llegóse el día, y tomaron los peregrinos el #_camino_# de Valencia;
los cuales, otro día, al salir de la aurora, que por los balcones de
Oriente se asomaba, barriendo el cielo de las estrellas y aderezando
el camino por donde el sol había de hacer su acostumbrada carrera,
Bartolomé, que así creo se llamaba el guiador del bagaje, viendo salir
el sol tan alegre y regocijado, bordando las nubes de los cielos con
diversas colores, de manera que no se podía ofrecer otra cosa más
alegre y más hermosa a la vista, y con rústica discreción dijo:
---Verdad debió de decir el predicador que predicaba los días pasados
en nuestro pueblo cuando dijo que los cielos y la tierra anunciaban y
declaraban las grandezas del Señor. Pardiez que, si yo no conociera a
Dios por lo que me han enseñado mis padres y los sacerdotes y ancianos
de mi lugar, le viniera a rastrear y conocer viendo la inmensa
grandeza destos cielos, que me dicen que son muchos, o, a lo menos,
que llegan a once, y por la grandeza deste sol que nos alumbra, que,
con no parecer mayor que una rodela, es muchas veces mayor que toda la
tierra, y más que, con ser tan grande, afirman que es tan ligero que
camina en venticuatro horas más de trecientas mil leguas. La verdad
que sea, yo no creo nada desto; pero dícenlo tantos hombres de bien,
que, aunque hago fuerza al entendimiento, lo creo. Pero de lo que más
me admiro es que debajo de nosotros hay otras gentes, a quien llaman
antípodas, sobre cuyas cabezas, los que andamos acá arriba, traemos
puestos los pies, cosa que me parece imposible; que, para tan gran
carga como la nuestra, fuera menester que tuvieran ellos las cabezas
de bronce.
Rióse Periandro de la rústica astrología del mozo, y díjole:
--Buscar querría razones acomodadas ¡oh Bartolomé! para darte a
entender el error en que estás y la verdadera postura del mundo, para
lo cual era menester tomar muy de atrás sus principios; pero
acomodándome con tu ingenio, habré de coartar el mío y decirte sola
una cosa: y es que quiero que entiendas por verdad infalible que la
tierra es centro del cielo; llamo centro un punto indivisible a quien
todas las líneas de su circunferencia van a parar; tampoco me parece
que has de entender esto; y así, dejando estos términos, quiero que te
contentes con saber que toda la tierra tiene por alto el cielo, y en
cualquier parte della donde los hombres estén han de estar cubiertos
con el cielo; así que, como a nosotros el cielo que ves nos cubre,
asimismo cubre a los antípodas que dicen, sin estorbo alguno, y como,
naturalmente, lo ordenó la Naturaleza, mayordoma del verdadero Dios,
criador del cielo y de la tierra.
No se descontentó el mozo de oír las razones de Periandro, que también
dieron gusto a Auristela, a la condesa y a su hermano. Con estas y
otras cosas iba enseñando y entreteniendo el camino Periandro.
De allí a algunos días, llegó nuestro hermoso escuadrón a un lugar de
moriscos, que estaba puesto como una legua de la marina, en el reino
de Valencia. Hallaron en él, no mesón en que albergarse, sino todas
las casas del lugar con agradable hospicio los convidaban; viendo lo
cual, Antonio dijo:
--Yo no sé quién dice mal desta gente, que todos me parecen unos
santos.
--Con palmas--dijo Periandro--recibieron al Señor en Jerusalén los
mismos que de allí a pocos días le pusieron en una cruz. Agora bien: a
Dios y a la ventura, como decirse suele, acetemos el convite que nos
hace este buen viejo, que con su casa nos convida.
Y era así verdad, que un anciano morisco, casi por fuerza, asiéndolos
por las esclavinas, los metió en casa, y dio muestras de agasajarlos
no morisca, sino cristianamente. Salió a servirlos una hija suya,
vestida en traje morisco, y en él tan hermosa, que las más gallardas
cristianas tuvieran a ventura el parecería: que en las gracias que
Naturaleza reparte, también suele favorecer a las bárbaras de Citia,
como a las ciudadanas de Toledo. Esta, pues, hermosa y mora, en lengua
aljamiada, asiendo a Costanza y a Auristela de las manos, se encerró
con ellas en una sala baja, y, estando solas, sin soltarles las manos,
recatadamente miró a todas partes, temerosa de ser escuchada, y,
después que hubo asegurado el miedo que mostraba, les dijo:
--¡Ay, señoras, y cómo habéis venido como mansas y simples ovejas al
matadero! ¿Veis este viejo, que con vergüenza digo que es mi padre,
véisle tan agasajador vuestro? Pues sabed que no pretende otra cosa
sino ser vuestro verdugo. Esta noche se han de llevar en peso, si así
se puede decir, diez y seis bajeles de cosarios berberiscos, a toda la
gente de este lugar, con todas sus haciendas, sin dejar en él cosa que
les mueva a volver a buscarla. Piensan estos desventurados que en
Berbería está el gusto de sus cuerpos y la salvación de sus almas, sin
advertir que, de muchos pueblos que allá se han pasado casi enteros,
ninguno hay que dé otras nuevas sino de arrepentimiento, el cual les
viene juntamente con las quejas de su daño. Los moros de Berbería
pregonan glorias de aquella tierra, al sabor de las cuales corren los
moriscos de ésta, y dan en los lazos de su desventura. Si queréis
estorbar la vuestra y conservar la libertad en que vuestros padres os
engendraron, salid luego de esta casa y acogedos a la iglesia, que en
ella hallaréis quien os ampare, que es el cura, que sólo él y el
escribano son en este lugar cristianos viejos. Hallaréis también allí
al jadraque Jarife, que es un tío mío, moro sólo en el nombre, y en
las obras cristiano. Contaldes lo que pasa, y decid que os lo dijo
Rafala, que con esto seréis creídos y amparados; y no lo echéis en
burla, si no queréis que las veras os desengañen a vuestra costa: que
no hay mayor engaño que venir el desengaño tarde.
El susto, las acciones con que Rafala esto decía, se asentó en las
almas de Auristela y de Constanza, de manera que fué creída, y no le
respondieron otra cosa que fuese más que agradecimientos. Llamaron
luego a Periandro y a Antonio, y, contándoles lo que pasaba, sin tomar
ocasión aparente, se salieron de la casa con todo lo que tenían.
Bartolomé, que quisiera más descansar que mudar de posada, pesóle de
la mudanza; pero, en efeto, obedeció a sus señores. Llegaron a la
iglesia, donde fueron bien recebidos del cura y del jadraque, a quien
contaron lo que Rafala les había dicho. El cura dijo:
--Muchos días ha, señores, que nos dan sobresalto con la venida de
esos bajeles de Berbería; y aunque es costumbre suya hacer estas
entradas, la tardanza de ésta me tenía ya algo descuidado. Entrad,
hijos, que buena torre tenemos, y buenas y ferradas puertas la
iglesia, que, si no es muy de propósito, no pueden ser derribadas ni
abrasadas.
--¡Ay--dijo a esta sazón el jadraque--, si han de ver mis ojos, antes
que se cierren, libre esta tierra destas espinas y malezas que la
oprimen! ¡Ay, cuándo llegará el tiempo que tiene profetizado un abuelo
mío, famoso en la astrología, donde se verá España de todas partes
entera y maciza en la religión cristiana, que ella sola es el rincón
del mundo donde está recogida y venerada la verdadera verdad de
Cristo! Morisco soy, señores, y ojalá que negarlo pudiera; pero no por
esto dejo de ser cristiano: que las divinas gracias las da Dios a
quien él es servido, el cual tiene por costumbre, como vosotros mejor
sabéis, de hacer salir su sol sobre los buenos y los malos, y llover
sobre los justos y los injustos. Digo, pues, que este mi abuelo dejó
dicho que, cerca de estos tiempos, reinaría en España un rey de la
Casa de Austria, en cuyo ánimo cabría la dificultosa resolución de
desterrar los moriscos de ella, bien así como el que arroja de su seno
la serpiente que le está royendo las entrañas, o bien así como quien
aparta la neguilla del trigo, o escarda o arranca la mala yerba de los
sembrados. Ven ya, ¡oh venturoso mozo, y rey prudente!, y pon en
ejecución el gallardo decreto de este destierro, sin que se te oponga
el temor que ha de quedar esta tierra desierta y sin gente, y el de
que no será bien la que en efeto está en ella bautizada; que, aunque
éstos sean temores de consideración, el efeto de tan grande obra los
hará vanos, mostrando la experiencia, dentro de poco tiempo, que, con
los nuevos cristianos viejos que esta tierra se poblare, se volverá a
fertilizar y a poner en mucho mejor punto que agora tiene. Tendrán sus
señores, si no tantos y tan humildes vasallos, serán los que tuvieren
católicos, con cuyo amparo estarán estos caminos seguros, y la paz
podrá llevar en las manos las riquezas, sin que los salteadores se las
lleven.
Esto dicho, cerraron bien las puertas, fortaleciéronlas con los bancos
de los asientos, subiéronse a la torre, alzaron una escalera levadiza,
llevóse el cura consigo el Santísimo Sacramento en su relicario,
proveyéronse de piedras, armaron dos escopetas, dejó el bagaje mondo y
desnudo a la puerta de la iglesia Bartolomé el mozo, y encerróse con
sus amos; y todos, con ojo alerta y manos listas, y con ánimos
determinados, estuvieron esperando el asalto, de quien avisados
estaban por la hija del morisco. Pasó la media noche, que la midió por
las estrellas el cura; tendía los ojos por todo el mar que desde allí
se parecía, y no había nube que con la luz de la luna se pareciese,
que no pensase sino que fuesen los bajeles turquescos; y, aguijando a
las campanas, comenzó a repicallas tan apriesa y tan recio, que todos
aquellos valles y todas aquellas riberas retumbaban, a cuyo son los
atajadores de aquellas marinas se juntaron y las corrieron todas; pero
no aprovechó su diligencia para que los bajeles no llegasen a la
ribera y echasen la gente en tierra. La del lugar, que los esperaba,
cargados con sus más ricos y mejores alhajas, adonde fueron recebidos
de los turcos con grande grita y algazara, al son de muchas dulzainas
y de otros instrumentos, que, puesto que eran bélicos, eran
regocijados, pegaron fuego al lugar, y asimismo a las puertas de la
iglesia, no para esperar a entrarla, sino por hacer el mal que
pudiesen; dejaron a Bartolomé a pie, porque le dejarretaron el bagaje;
derribaron una cruz de piedra que estaba a la salida del pueblo,
llamando a grandes voces el nombre de Mahoma; se entregaron a los
turcos, ladrones pacíficos y deshonestos públicos. Desde la lengua del
agua, como dicen, comenzaron a sentir la pobreza que les amenazaba su
mudanza, y la deshonra en que ponían a sus mujeres y a sus hijos.
Muchas veces, y quizá algunas no en vano, dispararon Antonio y
Periandro las escopetas; muchas piedras arrojó Bartolomé, y todas a la
parte donde había dejado el bagaje, y muchas flechas el jadraque; pero
muchas más lágrimas echaron Auristela y Constanza, pidiendo a Dios,
que presente tenían, que de tan manifiesto peligro los librase, y
ansimismo que no ofendiese el fuego a su templo, el cual no ardió, no
por milagro, sino porque las puertas eran de hierro, y porque fué poco
el fuego que se les aplicó. Poco faltaba para llegar el día, cuando
los bajeles, cargados con la presa, se hicieron al mar, alzando
regocijados lilíes, y tocando infinitos atabales y dulzainas, y en
esto vieron venir dos personas corriendo hacia la iglesia, la una de
la parte de la marina, y la otra de la de tierra, que, llegando cerca,
conoció el jadraque que la una era su sobrina Rafala, que, con una
cruz de caña en las manos, venía diciendo a voces:
--Cristiana, cristiana y libre, y libre por la gracia y misericordia
de Dios!
La otra conocieron ser el escribano, que acaso aquella noche estaba
fuera del lugar, y, al son del arma de las campanas, venía a ver el
suceso, que lloró, no por la pérdida de sus hijos y de su mujer, que
allí no los tenía, sino por la de su casa, que halló robada y
abrasada. Dejaron entrar el día y que los bajeles se alargasen, y que
los atajadores tuviesen lugar de asegurar la costa, y entonces bajaron
de la torre y abrieron la iglesia, donde entró Rafala, bañado con
alegres lágrimas el rostro, y acrecentando con su sobresalto su
hermosura, hizo oración a las imágenes y luego se abrazó con su tío,
besando primero las manos al cura. El escribano, ni adoró ni besó las
manos a nadie, porque le tenía ocupada el alma el sentimiento de la
pérdida de su hacienda. Pasó el sobresalto, volvieron los espíritus de
los retraídos a su lugar, y el jadraque, cobrando aliento nuevo,
volviendo a pensar en la profecía de su abuelo, casi como lleno de
celestial espíritu, dijo:
--¡Ea, mancebo generoso; ea, rey invencible; atropella, rompe,
desbarata todo género de inconvenientes, y déjanos a España tersa,
limpia y desembarazada desta mi malla casta, que tanto la asombra y
menoscaba! ¡Ea, consejero tan prudente como ilustre, nuevo Atlante del
peso de esta monarquía, ayuda y facilita con tus consejos a esta
necesaria transmigración; llénense estos mares de tus galeras,
cargadas del inútil peso de la generación agarena; vayan arrojadas a
las contrarias riberas las zarzas, las malezas y las otras yerbas que
estorban el crecimiento de la fertilidad y abundancia cristiana! Que
si los pocos hebreos que pasaron a Egipto multiplicaron tanto, que en
su salida se contaron más de seiscientas mil familias, ¿qué se podrá
temer de éstos, que son más y viven más holgadamente? No los esquilman
las religiones, no los entresacan las Indias, no los quintan las
guerras; todos se casan, todos, o los más, engendran, de do se sigue y
se infiere que su multiplicación y aumento ha de ser innumerable. ¡Ea,
pues, vuelvo a decir; vayan, vayan, señor, y deja la taza de tu reino
resplandeciente como el sol y hermosa como el cielo!
Dos días estuvieron en aquel lugar los peregrinos, volviendo a
enterarse en lo que les faltaba, y Bartolomé se acomodó de bagaje, los
peregrinos agradecieron al cura su buen acogimiento y alabaron los
buenos pensamientos del jadraque, y, abrazando a Rafala, se
despidieron de todos y siguieron su camino.
[Ilustración:--Berganza, amigo, dejemos esta noche el Hospital en
guarda de la confianza...]