NOVELA Y COLOQUIO

QUE PASO ENTRE CIPION Y BERGANZA, PERROS DEL HOSPITAL DE LA

RESURRECCIÓN, QUE ESTÁ EN LA CIUDAD DE VALLADOLID, FUERA DE LA PUERTA

DEL CAMPO, A QUIEN COMÚNMENTE LLAMAN LOS PERROS DE MAHUDES

CIPIÓN.--Berganza, amigo, dejemos esta noche el Hospital en guarda de

la confianza y retirémonos a esta soledad y entre esas esteras, donde

podremos gozar sin ser sentidos desta no vista merced que el cielo en

un mismo punto a los dos nos ha hecho.

BERGANZA.--Cipión hermano, óyote hablar, y sé que te hablo, y no puedo

creerlo, por parecerme que el hablar nosotros pasa de los términos de

naturaleza.

CIPIÓN.--Así es la verdad, Berganza, y viene a ser mayor este milagro

en que no solamente hablamos, sino en que hablamos con discurso, como

si fuéramos capaces de razón, estando tan sin ella, que la diferencia

que hay del animal bruto al hombre, es ser el hombre animal racional,

y el bruto, irracional.

BERGANZA.--Todo lo que dices, Cipión, entiendo, y el decirlo tú y

entenderlo yo me causa nueva admiración y nueva maravilla. Bien es

verdad que en el discurso de mi vida diversas y muchas veces he oído

decir grandes prerrogativas nuestras; tanto, que parece que algunos

han querido sentir que tenemos un natural distinto, tan vivo y tan

agudo en muchas cosas, que da indicios y señales de faltar poco para

mostrar que tenemos un no sé qué de entendimiento, capaz de discurso.

CIPIÓN.--Lo que yo he oído alabar y encarecer es nuestra mucha

memoria, el agradecimiento y gran fidelidad nuestra; tanto, que nos

suelen pintar por símbolo de la amistad.

BERGANZA.--Bien sé que ha habido perros tan agradecidos, que se han

arrojado con los cuerpos difuntos de sus amos en la misma sepultura.

Otros han estado sobre las sepulturas donde estaban enterrados sus

señores, sin apartarse dellas, sin comer, hasta que se les acababa la

vida. Sé también que después del elefante, el perro tiene el primer

lugar de parecer que tiene entendimiento; luego, el caballo, y el

último, la jimia.

CIPIÓN.--Ansí es; pero bien confesarás que ni has visto ni oído decir

jamás que haya hablado ningún elefante, perro, caballo o mona; por

donde me doy a entender que este nuestro hablar tan de improviso cae

debajo del número de aquellas cosas que llaman portentos. Pero sea lo

que fuere, nosotros hablamos, sea portento o no; que lo que el cielo

tiene ordenado que suceda, no hay diligencia ni sabiduría humana que

lo pueda prevenir; no sabemos cuánto durará esta nuestra ventura,

sepamos aprovecharnos della, y hablemos toda esta noche, sin dar lugar

al sueño que nos impida este gusto, de mí por largos tiempos deseado.

BERGANZA.--Y aun de mí, que desde que tuve fuerzas para roer un hueso,

tuve deseo de hablar, para decir cosas que depositaba en la memoria, y

allí, de antiguas y muchas, o se enmohecían o se me olvidaban. Empero

ahora, que tan sin pensado me veo enriquecido deste divino don de la

habla, pienso gozarle y aprovecharme dél lo más que pudiere, dándome

priesa a decir todo aquello que se me acordare, aunque sea atropellada

y confusamente, porque no sé cuándo me volverán a pedir este bien, que

por prestado tengo.

CIPIÓN.--Sea ésta la manera, Berganza amigo: que esta noche me cuentes

tu vida y los trances por donde has venido al punto en que ahora te

hallas, y si mañana en la noche estuviéremos con habla, yo te contairé

la mía; porque mejor será gastar el tiempo en contar las propias que

en procurar saber las ajenas vidas.

BERGANZA.--Siempre, Cipión, te he tenido por discreto y por amigo, y

ahora más que nunca, pues como amigo quieres decirme tus sucesos y

saber los míos, y como discreto has repartido el tiempo, donde podamos

manifestallos.

CIPIÓN.--Habla hasta que amanezca, o hasta que seamos sentidos; que yo

te escucharé de muy buena gana, sin impedirte sino cuando viere ser

necesario.

BERGANZA.--Paréceme que la primera vez que vi el sol fué en Sevilla, y

en su matadero, que está fuera de la Puerta de la Carne; por donde

imaginara (si no fuera por lo que después te diré) que mis padres

debieron de ser alanos de aquellos que crían los ministros de aquella

confusión, a quien llaman jiferos. El primero que conocí por amo fué

uno llamado Nicolás el Romo, mozo robusto, doblado y colérico, como lo

son todos aquellos que ejercitan la jifería: este tal Nicolás me

enseñaba a mí y a otros cachorros a que, en compañía de alanos viejos

arremetiésemos a los toros y les hiciésemos presa de las orejas. Con

mucha facilidad salí un águila en esto. #_Un día_# puse pies en

polvorosa, y tomando el camino en las manos y en los pies, por detrás

de San Bernardo, me fuí por aquellos campos de Dios, adonde la fortuna

quisiese llevarme. Aquella noche dormí al cielo abierto, y otro día me

deparó la suerte un hato o rebaño de ovejas y carneros. Así como le

vi, creí que había hallado en él el centro de mi reposo, pareciéndome

ser propio y natural oficio de los perros guardar ganado, que es obra

donde se encierra una virtud grande, como es amparar y defender de los

poderosos y soberbios los humildes y los que poco pueden. Apenas me

hubo visto uno de tres pastores que el ganado guardaban cuando

diciendo: "¡To, to!" me llamó, y yo, que otra cosa no deseaba, me

llegué a él, bajando da cabeza y meneando la cola. Trújome la mano por

el lomo, abrióme la boca, escupióme en ella, miróme las presas,

conoció mi edad, y dijo a otros pastores que yo tenía todas las

señales de ser perro de casta. Llegó a este instante el señor del

ganado sobre una yegua rucia a la jineta, con lanza y adarga, que más

parecía atajador de la costa que señor de ganado. Preguntó al pastor:

"¿Qué perro es éste, que tiene señales de ser bueno?" "Bien lo puede

vuesa merced creer--respondió el pastor--, que yo le he cotejado bien,

y no hay señal en él que no muestre y prometa que ha de ser un gran

perro. Agora se llegó aquí, y no sé cúyo sea, aunque sé que no es de

los rebaños de la redonda." "Pues así es--respondió el señor--, ponle

luego el collar de Leoncillo, el perro que se murió, y denle la ración

que a los demás, y acaríciale porque tome cariño al hato y se quede en

él." En diciendo esto se fué, y el pastor me puso luego al cuello unas

carlancas llenas de puntas de acero, habiéndome dado primero en un

dornajo gran cantidad de sopas en leche. Y asimismo me puso nombre y

me llamó _Barcino_. Vime harto y contento con el segundo amo y con el

nuevo oficio; mostréme solícito y diligente en la guarda del rebaño,

sin apartarme dél sino las siestas, que me iba a pasarlas, o ya a la

sombra de algún árbol, o de algún ribazo o peña, o a la de alguna

mata, a la margen de algún arroyo de los muchos que por allí corrían.

Y estas horas de mi sosiego no las pasaba ociosas, porque en ellas

ocupaba la memoria en acordarme de muchas cosas, especialmente en la

vida que había tenido en el Matadero. Pero habrélas de callar, porque

no me tengáis por largo y por murmurador.

CIPIÓN.--Por haber oído decir que dijo un gran poeta de los antiguos

que era difícil cosa el no escribir sátiras, consentiré que murmures

un poco de luz, y no de sangre; quiero decir que señales, y no hieras

ni des mate a ninguno en cosa señalada; que no es buena la

murmuración, aunque haga reír a muchos, si mata a uno; y si puedes

agradar sin ella, te tendré por muy discreto.

BERGANZA.--Yo tomaré tu consejo, y esperaré con gran deseo que llegue

el tiempo en que me cuentes tus sucesos; que de quien tan bien sabe

conocer y enmendar los defetos que tengo en contar los míos, bien se

puede esperar que contará los suyos de manera que enseñen y deleiten a

un mismo punto. Digo, pues, que yo me hallaba bien con el oficio de

guardar ganado, por parecerme que comía el pan de mi sudor y trabajo,

y que la ociosidad, raíz y madre de todos los vicios, no tenía que ver

conmigo, a causa que si los días holgaba, las noches no dormía,

dándonos asaltos a menudo y tocándonos a arma los lobos; y apenas me

habían dicho los pastores: "¡Al lobo, Barcino!", cuando acudía,

primero que los otros perros, a la parte que me señalaban que estaba

el lobo; corría los valles, escudriñaba los montes, desentrañaba las

selvas, saltaba barrancos, cruzaba caminos, y a la mañana volvía al

hato, sin haber hallado lobo ni rastro dél, anhelando, cansado, hecho

pedazos y los pies abiertos de los garranchos, y hallaba en el hato, o

ya una oveja muerta, o un carnero degollado y medio comido del lobo.

Desesperábame de ver de cuán poco servía mi mucho cuidado y

diligencia. Venía el señor del ganado; salían los pastores a recebirle

con las pieles de la res muerta; culpaba a los pastores par

negligentes, y mandaba castigar a los perros por perezosos; llovían

sobre nosotros palos, y sobre ellos reprehensiones; y así, viéndome un

día castigado sin culpa, y que mi cuidado, ligereza y braveza no eran

de provecho para coger el lobo, determiné de mudar estilo, no

desviándome a buscarle, como tenía de costumbre, lejos del rebaño,

sino estarme junto a él; que pues el lobo allí venía allí sería más

cierta la presa. Cada semana nos tocaban a rebato, y en una escurísima

noche tuve yo vista para ver los lobos, de quien era imposible que el

ganado se guardase. Agácheme detrás de una mata, pasaron los perros,

mis compañeros, adelante, y desde allí oteé, y vi que dos pastores

asieron de un carnero de los mejores del aprisco y le mataron, de

manera que verdaderamente pareció a la mañana que había sido su

verdugo d lobo. Pasméme, quedé suspenso cuando vi que los pastores

eran los lobos, y que despedazaban el ganado los mismos que le habían

de guardar. Al punto hacían saber a su amo la presa del lobo, dábanle

el pellejo y parte de la carne, y comíanse ellos lo más y lo mejor.

Volvía a reñirles el señor, y volvía también el castigo de los perros.

No había lobos; menguaba el rebaño; quisiera yo descubrillo; hallábame

mudo; todo lo cual me traía lleno de admiración y de congoja. "¡Válame

Dios!--decía entre mí--. ¿Quién podrá remediar esta maldad? ¿Quién

será poderoso a dar a entender que la defensa ofende, que las

centinelas duermen, que la confianza roba y el que os guarda os mata?"

CIPIÓN.--Y decías muy bien, Berganza; porque no hay mayor ni más sotil

ladrón que el doméstico, y así, mueren muchos más de los confiados que

de los recatados; pero el daño está en que es imposible que puedan

pasar bien las gentes en el mundo si no se fía y se confía. Mas

quédese aquí esto, que no quiero que parezcamos predicadores. Pasa

adelante.

BERGANZA.--Paso adelante, y digo que determiné dejar aquel oficio,

aunque parecía tan bueno, y escoger otro, donde por hacerle bien, ya

que no fuese remunerado, no fuese castigado. Volvíme a Sevilla, que es

amparo de pobres y refugio de desechados; que en su grandeza no sólo

caben los pequeños, pero no se echan de ver los grandes. Arriméme a la

puerta de una gran casa de un mercader, hice mis acostumbradas

diligencias, y a pocos lances me quedé en ella. Recibiéronme para

tenerme atado detrás de la puerta de día, y suelto de noche; servía

con gran cuidado y diligencia; ladraba a los forasteros y gruñía a los

que no eran muy conocidos; no dormía de noche, visitando los corrales,

subiendo a los terrados, hecho universal centinela de la mía y de las

cosas ajenas. Agradóse tanto mi amo de mi buen servicio, que mandó que

me tratasen bien y me diesen ración de pan y los huesos que se

levantasen o arrojasen de su mesa, con las sobras de la cocina, a lo

que yo me mostraba agradecido, dando infinitos saltos cuando veía a mi

amo, especialmente cuando venía de fuera; que eran tantas las muestras

de regocijo que daba, y tantos los saltos, que mi amo ordenó que me

desatasen y me dejasen andar suelto de día y de noche. Como me vi

suelto, corrí a él, rodéele todo, sin osar llegarte con las manos,

acordándome de la fábula de Isopo, cuando aquel asno tan asno, que

quiso hacer a su señor las mismas caricias que le hacía una perrilla

regalada suya, que le granjearon ser molido a palos. Parecióme que en

esta fábula se nos dio a entender que las gracias y donaires de

algunos no están bien en otros. Este mercader, pues, tenía dos hijos,

el uno de doce y el otro de hasta catorce años, los cuales estudiaban

gramática en el estudio de la Compañía de Jesús; iban con autoridad,

con ayo y con pajes que les llevaban los libros y aquel que llaman

_vademecum_. El verlos ir con tanto aparato, en sillas si hacía sol,

en coche si llovía, me hizo considerar y reparar en la mucha llaneza

con que su padre iba a la Lonja a negociar sus negocios, porque no

llevaba otro criado que un negro, y algunas veces se desmandaba a ir

en un machuelo aun no bien aderezado.

CIPIÓN.--Hais de saber, Berganza, que es costumbre y condición de los

mercaderes de Sevilla, y aun de las otras ciudades, mostrar su

autoridad y riqueza, no en sus personas, sino en las de sus hijos;

porque los mercaderes son mayores en su sombra que en sí mismos. Y

como ellos por maravilla atienden a otra cosa que a sus tratos y

contratos, trátanse modestamente; y como la ambición y la riqueza

muere por manifestarse, revienta por sus hijos, y así los tratan y

autorizan como si fuesen hijos de algún príncipe; y algunos hay que

les procuran títulos, y ponerles en el pecho la marca que tanto

distingue la gente principal de la plebeya.

BERGANZA.--Ambición es, pero ambición generosa, la de aquel que

pretende mejorar su estado sin perjuicio de tercero.

CIPIÓN.--Pocas o ninguna vez se cumple con la ambición que no sea con

daño de tercero.

BERGANZA.--Ya hemos dicho que no hemos de murmurar.

CIPIÓN.--Sí, que yo no murmuro de nadie.

BERGANZA.--Ahora acabo de confirmar por verdad lo que muchas veces he

oído decir. Acaba un maldiciente murmurador de echar a perder diez

linajes y de caluniar veinte buenos, y si alguno le reprehende por lo

que ha dicho, responde que él no ha dicho nada; y que si ha dicho

algo, no lo ha dicho por tanto; y que si pensara que alguno se había

de agraviar, no lo dijera.

CIPIÓN.--Así es verdad, y yo confieso mi yerro, y quiero que me le

perdones, pues te he perdonado tantos; echemos pelillos a la mar, como

dicen los muchachos, y no murmuremos de aquí adelante; y sigue tu

cuento, que le dejaste en la autoridad con que los hijos del mercader

tu amo iban al estudio de la Compañía de Jesús.

BERGANZA.--Digo que los hijos de mi amo se dejaron un día un

cartapacio en el patio, donde yo a la sazón estaba; así del

_vademecum_ y fuíme tras ellos, con intención de no soltalle hasta el

estudio. Sucedióme todo como lo deseaba: que mis amos, que me vieron

venir con el _vademecum_ en la boca, asido sotilmente de las cintas,

mandaron a un paje me le quitase; mas yo no lo consentí, ni le solté

hasta que entré en el aula con él, cosa que causó risa a todos los

estudiantes. Lleguéme al mayor de mis amos, y, a mi parecer, con mucha

crianza, se le puse en las manos, y quedéme sentado en cuclillas a la

puerta del aula, mirando de hito en hito al maestro que en la cátedra

leía. No sé qué tiene la virtud, que, con alcanzárseme a mí tan poco,

o nada, della, luego recibí gusto de ver el amor, el término, la

solicitud y la industria con que aquellos benditos padres y maestros

enseñaban a aquellos niños, enderezando las tiernas varas de su

juventud, porque no torciesen ni tomasen mal siniestro en el camino de

la virtud, que juntamente con las letras les mostraban. Consideraba

cómo los reñían con suavidad, los castigaban con misericordia, los

animaban con ejemplos, los incitaban con premios y los sobrellevaban

con cordura, y, finalmente, cómo les pintaban la fealdad y horror de

los vicios, y les dibujaban la hermosura de las virtudes, para que,

aborrecidos ellos y amadas ellas, consiguiesen el fin para que fueron

criados. Mis amos gustaron de que les llevase siempre el _vademecum_,

lo que hice de muy buena voluntad; con lo cual tenía una vida de rey,

y aun mejor, porque era descansada, a causa que los estudiantes dieron

en burlarse conmigo, y domestiquéme con ellos de tal manera, que me

metían la mano en la boca y los más chiquillos subían sobre mí;

arrojaban los bonetes o sombreros, y yo se los volvía a la mano

limpiamente y con muestras de grande regocijo. Dieron en darme de

comer cuanto ellos podían, y gustaban de ver que cuando me daban

nueces o avellanas, las partía como mona, dejando las cáscaras y

comiendo lo tierno. Tal hubo que, por hacer prueba de mi habilidad, me

trujo en un pañuelo gran cantidad de ensalada, la cual comí como si

fuera persona. Era tiempo de invierno, cuando campean en Sevilla los

molletes y mantequillas, de quien era tan bien servido, que más de dos

_Antonios_ se empeñaron o vendieron para que yo almorzase, Finalmente,

yo pasaba una vida de estudiante sin hambre y sin sarna, que es lo que

más se puede encarecer para decir que era buena. Desta gloria y desta

quietud me vino a quitar una señora que, a mi parecer, llaman por ahí

razón de estado, que cuando con ella se cumple se ha de descumplir con

otras razones muchas. Es el caso que a aquellos señores maestros les

pareció que la media hora que hay de lición a lición la ocupaban los

estudiantes, no en repasar las liciones, sino en holgarse conmigo; y

así, ordenaron a mis amos que no me llevasen más al estudio;

obedecieron, volviéronme a casa y a la antigua guarda de la puerta, y,

sin acordarse señor el viejo de la merced que me habían hecho de que

de día y de noche anduviese suelto, volví a entregar el cuello a la

cadena y el cuerpo a una esterilla que detrás de la puerta me

pusieron. ¡Ay, amigo Cipión, si supieses cuán dura cosa es de sufrir

el pasar de un estado felice a un desdichado! Mira: cuando las

miserias y desdichas tienen larga la corriente y son continuas, o se

acaban presto con la muerte, o la continuación dellas hace un hábito y

costumbre en padecellas, que suele en su mayor rigor servir de alivio;

mas cuando de la suerte desdichada y calamitosa, sin pensarlo y de

improviso, se sale a gozar de otra suerte próspera, venturosa y

alegre, y de allí a poco se vuelve a padecer la suerte primera, y a

los primeros trabajos y desdichas, es un dolor tan riguroso, que si no

acaba la vida es por atormentarla más viviendo. Digo, en fin, que

volví a mi ración perruna, y a los huesos que una negra de casa me

arrojaba, y aun éstos me dezmaban dos gatos romanos; que, como sueltos

y ligeros, érales fácil quitarme lo que no caía debajo del distrito

que alcanzaba mi cadena. Cipión hermano, así el Cielo te conceda el

bien que deseas, que, sin que te enfades, me dejes ahora filosofar un

poco; porque si dejase de decir las cosas que en este instante me han

venido a la memoria de aquellas que entonces me ocurrieron, me parece

que no sería mi historia cabal ni de fruto alguno.

CIPIÓN.--Advierte, Berganza, no sea tentación del demonio esa gana de

filosofar que dices te ha venido; porque no tiene la murmuración mejor

velo para paliar y encubrir su maldad disoluta que darse a entender el

murmurador que todo cuanto dice son sentencias de filósofos, y que el

decir mal es reprehensión, y el descubrir los defetos ajenos, buen

celo. Y no hay vida de ningún murmurante que, si la consideras y

escudriñas, no la halles llena de vicios y de insolencias. Y debajo de

saber esto, filosofea ahora cuanto quisieres.

BERGANZA.--Seguro puedes estar, Cipión, de que más murmure, porque así

lo tengo prosupuesto. Es, pues, el caso, que como me estaba todo el

día ocioso, y la ociosidad sea madre de los pensamientos, di en

repasar por la memoria algunos latines que me quedaron en ella de

muchos que oí cuando fuí con mis amos al estudio, con que, a mi

parecer, me hallé algo más mejorado de entendimiento, y determiné,

como si hablar supiera, aprovecharme dellos en las ocasiones que se me

ofreciesen; pero en manera diferente de la que se suelen aprovechar

algunos ignorantes. Hay algunos romancistas que en las conversaciones

disparan de cuando en cuando con algún latín breve y compendioso,

dando a entender a los que no lo entienden que son grandes latinos, y

apenas saben declinar un nombre ni conjugar un verbo.

CIPIÓN.--Por menor daño tengo ése que el que hacen los que

verdaderamente saben latín, de los cuales hay algunos tan imprudentes,

que hablando con un zapatero o con un sastre arrojan latines como

agua.

BERGANZA.--Deso podemos inferir que tanto peca el que dice latines

delante de quien los ignora como el que los dice ignorándolos.

CIPIÓN.--Para saber callar en romance y hablar en latín, discreción es

menester, hermano Berganza.

BERGANZA.--Así es, porque también se puede decir una necedad en latín

como en romance.

CIPIÓN.--Dejemos esto, y comienza a decir tus filosofías.

BERGANZA.--Ya las he dicho: éstas son que acabo de decir.

CIPIÓN.--¿Cuáles?

BERGANZA.--Estas de los latines y romances, que yo comencé y tú

acabaste.

CIPIÓN.--¿Al murmurar llamas filosofar? ¡Así va ello! Canoniza,

canoniza, Berganza, a la maldita plaga de la murmuración, y dale el

nombre que quisieres; que ella dará a nosotros el de cínicos, que

quiere decir perros murmuradores; y por tu vida que calles ya y sigas

tu historia.

BERGANZA.--¿Cómo la tengo de seguir si callo?

CIPIÓN.--Quiero decir que la sigas de golpe, sin que la hagas que

parezca pulpo, según la vas añadiendo colas.

BERGANZA.--Habla con propiedad; que no se llaman colas las del pulpo.

Y digo que, no contenta mi fortuna de haberme quitado de mis estudios

y de la vida que en ellos pasaba, tan regocijada y compuesta, y

haberme puesto atraillado tras de una puerta, y de haber trocado la

liberalidad de los estudiantes en la mezquinidad de la negra, ordenó

de sobresaltarme en lo que ya por quietud y descanso tenía. Mira,

Cipión, ten por cierto y averiguado, como yo lo tengo, que al

desdichado las desdichas le buscan y le hallan, aunque se esconda en

los últimos rincones de la tierra. Dígolo porque la negra de casa, una

vez, me trujo una esponja frita con manteca; conocí #_su_# maldad; vi

que era peor que comer zarazas, porque a quien la come se le hincha el

estómago y no sale dél sin llevarse tras sí la vida; y acordé de poner

tierra en medio. Halléme un día suelto, y sin decir a Dios a ninguno

de casa, me puse en la calle; por un agujero de la muralla salí al

campo, y antes que amaneciese me puse en Mairena, que es un lugar que

está cuatro leguas de Sevilla. Quiso mi buena suerte que hallé allí

una compañía de soldados, que, según oí decir, se iban a embarcar a

Cartagena. Estaban en ella cuatro rufianes, y el atambor era uno que

había sido corchete, y gran chocarrero, como lo suelen ser los más

atambores. Determiné de acomodarme con él, si él quisiese, y seguir

aquella jornada, aunque me llevase a Italia o a Flandes; porque me

parece a mí, y aun a ti te debe parecer lo mismo, que puesto que dice

el refrán: "Quien necio es en su villa, necio es en Castilla", el

andar tierras y comunicar con diversas gentes hace a los hombres

discretos.

CIPIÓN.--Es eso tan verdad, que me acuerdo haber oído decir a un amo

que tuve de bonísimo ingenio, que al famoso griego llamado Ulises le

dieron renombre de prudente por sólo haber andado muchas tierras y

comunicado con diversas gentes y varias naciones; y así, alabo la

intención que tuviste de irte donde te llevasen.

BERGANZA.--Es, pues, el caso que el atambor, por tener con qué mostrar

más sus chacorrerías, comenzó a enseñarme a bailar al son del atambor

y a hacer otras monerías, tan ajenas de poder aprenderlas otro perro

que no fuera yo, como las oirás cuando te las diga. En menos de quince

días, con mi buen ingenio y con la diligencia que puso el que había

escogido por patrón, supe saltar por el Rey de Francia y no saltar por

la mala tabernera; enseñóme a hacer corvetas como caballo napolitano,

y a andar a la redonda como mula de atahona, con otras cosas que, si

yo no tuviera cuenta en no adelantarme a mostrarlas, pusiera en duda

si era algún demonio en figura de perro el que las hacía. Púsome

nombre del _perro sabio_ y no habíamos llegado al alojamiento cuando,

tocando su atambor, andaba por todo el lugar pregonando que todas las

personas que quisiesen venir a ver las maravillosas gracias y

habilidades del perro sabio, en tal casa, o en tal hospital, las

mostraban, a ocho, o a cuatro maravedís, según era el pueblo, grande o

chico. Con estos encarecimientos no quedaba persona en todo el lugar

que no me fuese a ver, y ninguno había que no saliese admirado y

contento de haberme visto. Triunfaba mi amo con la mucha ganancia; y

viendo cuán bien sabía imitar el corcel napolitano, hízome unas

cubiertas de guadamací y una silla pequeña, que me acomodó en las

espaldas, y sobre ella puso una figura liviana de un hombre, con una

lancilla de correr sortija, y enseñóme a correr derechamente a una

sortija que entre dos palos ponía; y el día que había de correrla

pregonaba que aquel día corría sortija el perro sabio, y hacía otras

nuevas y nunca vistas galanterías, las cuales de mi santiscario, como

dicen, las hacía, por no sacar mentiroso a mi amo. Llegamos, pues, por

nuestras jornadas contadas a Montilla, villa del famoso y gran

cristiano Marqués de Priego, señor de la casa de Aguilar y de

Montilla. Alojaron a mi amo, porque él lo procuró, en un hospital,

echó luego el ordinario bando, y como ya la fama se había adelantado a

llevar las nuevas de las habilidades y gracias del perro sabio, en

menos de una hora se llenó el patio de gente. Alegróse mi amo viendo

que la cosecha iba de guilla, y mostróse aquel día chacorrero en

demasía. Lo primero en que comenzaba la fiesta era en los saltos que

yo daba por un aro de cedazo, que parecía de cuba; conjurábame por las

ordinarias preguntas, y cuando él bajaba una varilla de membrillo que

en la mano tenía, era señal del salto; y cuando la tenía alta, de que

me estuviese quedo. El primer conjuro deste día--memorable entre todos

los de mi vida--fué decirme: "Ea, Gavilán amigo, salta por la pompa y

aparato de doña Pimpinela de Plafagonia. ¿No te cuadra el conjuro,

hijo Gavilán? Pues salta por el bachiller Pasillas, que se firma

licenciado sin tener grado alguno. ¡Oh, perezoso estás! ¿Por qué no

saltas? Pero ya entiendo y alcanzo tus marrullerías: ahora salta por

el licor de Esquivias, famoso al par del de Ciudad Real, San Martín y

Ribadavia." Bajó la varilla y salté yo, y noté sus malicias y malas

entrañas. Volvióse luego al pueblo, y en voz alta dijo: "No piense

vuesa merced, senado valeroso, que es cosa de burla lo que este perro

sabe; veinte y cuatro piezas He tengo enseñadas, que por la menor

dellas volaría un gavilán; quiero decir que por ver la menor se pueden

caminar treinta leguas. Sabe bailar la zarabanda y chacona mejor que

su inventora misma; bébese una azumbre de vino sin dejar gota; entona

un _sol fa mi re_ tan bien como un sacristán; todas estas cosas, y

otras muchas que me quedan por decir, las irán viendo vuesas mercedes

en los días que estuviere aquí la compañía; y por ahora dé otro salto

nuestro sabio, y luego entraremos en lo grueso. Con esto suspendió el

auditorio que había llamado senado, y les encendió el deseo de no

dejar de ver todo lo que yo sabía. Volvióse a mí mi amo, y dijo:

"Volved, hijo Gavilán, y con gentil agilidad y destreza deshaced los

saltos que habéis hecho; pero ha de ser a devoción de la famosa

hechicera que dicen que hubo en este lugar." Apenas hubo dicho esto,

cuando alzó la voz la hospitalera, que era una vieja, al parecer, de

más de sesenta años, diciendo: "¡Bellaco, charlatán, embaidor, aquí no

hay hechicera alguna! Si lo decís por la Camacha, ya ella pagó su

pecado, y está donde Dios se sabe; si lo decís por mí, chacorrero, ni

yo soy ni he sido hechicera en mi vida; y si he tenido fama de haberlo

sido, merced a los testigos falsos, y a la ley del encaje, y al juez

arrojadizo y mal informado, ya sabe todo di mundo la vida que hago, en

penitencia, no de los hechizos que no hice, sino de otros muchos

pecados, otros que, como pecadora, he cometido. Así que, socarrón

tamborilero, salid del hospital; si no, por vida de mi santiguada que

os haga salir más que de paso." Y con esto comenzó a dar tantos gritos

y a decir tantas y tan atropelladas injurias a mi amo que #_le_# puso

en confusión y sobresalto; finalmente, no dejó que pasase adelante la

fiesta en ningún modo. No le pesó a mi amo del alboroto, porque se

quedó con los dineros, y aplazó para otro día y en otro hospital lo

que en aquél había faltado. Fuése la gente maldiciendo a la vieja,

añadiendo al nombre de hechicera el de bruja. Con todo esto, nos

quedamos en el hospital aquella noche; y encontrándome la vieja en el

corral solo, me dijo: "¿Eres tú, hijo Montiel? ¿Eres tú, por ventura,

hijo?" Alcé la cabeza y miréla muy de espacio; lo cual, visto por

ella, con lágrimas en los ojos se vino a mí, y me echó los brazos al

cuello. Esto que ahora te quiero contar te lo había de haber dicho al

principio de mi cuento, y así excusáramos la admiración que nos causó

el vernos con habla. Porque has de saber que la vieja me dijo: "Hijo

Montiel, vente tras mí, y sabrás mi aposento, y procura que esta noche

nos veamos a solas en él, que yo dejaré abierta la puerta; y sabe que

tengo muchas cosas que decirte de tu vida y para tu provecho." Bajé yo

la cabeza en señal de obedecerla, por lo cual ella se acabó de enterar

en que yo era el perro Montiel que buscaba, según después me lo dijo.

Quedé atónito y confuso, esperando la noche, por ver en lo que paraba

aquel misterio o prodigio de haberme hablado la vieja; y como había

oído llamarla de hechicera, esperaba de su vista y habla grandes

cosas. Llegóse, en fin, el punto de verme con ella en su aposento, que

era escuro, estrecho y bajo, y solamente claro con la débil luz de un

candil de barro que en él estaba; atizóle la vieja y sentóse sobre una

arquilla, y llegóme junto a sí, y, sin hablar palabra, me volvió a

abrazar. Lo primero que me dijo fué:

"Bien esperaba yo en el Cielo que antes que estos mis ojos se cerrasen

con el último sueño te había de ver, hijo mío, y ya que te he visto,

venga la muerte y lléveme desta cansada vida. Has de saber, hijo, que

en esta villa vivió la más famosa hechicera que hubo en el mundo, a

quien llamaron _la Camacha de Montilla_; tuvo fama que convertía los

hombres en animales, lo que yo nunca he podido alcanzar cómo se haga.

Sea lo que fuere, lo que me pesa es que yo ni tu madre, que fuimos

discípulas de la buena Camacha, nunca llegamos a saber tanto como

ella.

"Tu madre, hijo, se llamó _la Montiela_, que después de la Camacha fué

famosa; yo me llamo _la Cañizares_, si ya no tan sabia como las dos, a

lo menos de tan buenos deseos como cualquiera dellas. Tu madre no

murió de enfermedad alguna, sino de dolor de que supo que la Camacha,

su maestra, de envidia que la tuvo porque se le iba subiendo a las

barbas en saber tanto como ella, o por otra pendenzuela de celos, que

nunca pude averiguar, _#un día, convirtió a sus tres hijos en

perros#_. La Camacha se fué y se llevó los cachorros; yo me quedé con

tu madre, la cual no podía creer lo que le había sucedido. Llegóse el

fin de la Camacha, y estando en la última hora de su vida llamó a tu

madre y le dijo que no tuviese pena: que ellos volverían a su ser

cuando menos lo pensasen. Tomólo tu madre de memoria, y yo lo fijé en

la mía para si sucediese tiempo de poderlo decir a alguno de vosotros;

y para poder conoceros, a todos los perros que veo de tu color los

llamo con el nombre de tu madre, no por pensar que los perros han de

saber el nombre, sino por ver si respondían a ser llamados tan

diferentemente como se llaman los otros perros. Y esta tarde, como te

vi hacer tantas cosas, y que te llaman _el perro sabio_, y, también,

como alzaste la cabeza a mirarme cuando te llamé en el corral, he

creído que tú eres hijo de la Montiela, a quien con grandísimo gusto

doy noticia de tus sucesos. Lo que has de hacer, hijo, es encomendarte

a Dios allá en tu corazón, y espera que éstas, que no quiero llamarlas

profecías, sino adivinanzas, han de suceder presto y prósperamente;

que, pues la buena de la Camacha las dijo, sucederán, sin duda alguna,

y tú y tu hermano, si es vivo, os veréis como deseáis.

"De lo que a mí me pesa es que estoy tan cerca de mi acabamiento que

no tendré lugar de verlo."

Finalmente, me dijo que aquella noche pensaba untarse para ir a uno de

sus usados convites, y que cuando allá estuviese, pensaba preguntar a

su dueño algo de lo que estaba por sucederme.

Levantóse y tomando el candil se entró en otro aposentillo más

estrecho; seguíla, combatido de mil varios pensamientos y admirado de

lo que había oído y de lo que esperaba ver. Colgó la Cañizares el

candil de la pared, y con mucha priesa, sacando de un rincón una olla

vidriada, metió en ella la mano, y murmurando entre dientes, se untó

desde los pies a la cabeza, que tenía sin toca. Antes que se acabase

de untar me dijo que, ora se quedase su cuerpo en aquel aposento sin

sentido; ora desapareciese dél, que no me espantase, ni dejase de

aguardar allí hasta la mañana, porque sabría las nuevas de lo que me

quedaba por pasar hasta ser hombre. Díjele bajando la cabeza que sí

haría, y con esto acabó su untura, y se tendió en el suelo como

muerta. Llegué mi boca a la suya, y vi que no respiraba poco ni mucho.

Quise morderla, por ver si volvía en sí, y no hallé parte en toda ella

que el asco no me lo estorbase; pero, con todo esto, la así de un

carcaño y la saqué arrastrando al patio; mas ni por esto dió muestras

de tener sentido. Allí, con mirar al cielo y verme en parte ancha, se

me quitó el temor; a lo menos se templó de manera que tuve ánimo de

esperar a ver en lo que paraba la ida y vuelta de aquella mala hembra

y lo que me contaba de mis sucesos. Se pasó la noche y se vino d día,

que nos halló a los dos en mitad del patio, ella no vuelta en sí, y a

mí junto a ella, en cuclillas, atento, mirando su espantosa y fea

catadura. Acudió la gente del hospital, y viendo aquel retablo, unos

decían: "Ya la bendita Cañizares es muerta; mirad cuán desfigurada y

flaca la tenía la penitencia"; otros, más considerados, la tomaron el

pulso, y vieron que le tenía, y que no era muerta, por do se dieron a

entender que estaba en éxtasis y arrobada, de puro buena. Otros hubo

que dijeron: "Esta vieja, sin duda, debe de ser bruja, y debe de estar

untada; que entre los que la conocemos, más fama tiene de bruja que de

santa." Curiosos hubo que se llegaron a hincarle alfileres por las

carnes, desde la punta hasta la cabeza; ni por eso recordaba la

dormilona, ni volvió en sí hasta las siete del día; y como se sintió

acribada de los alfileres y mordida de los carcañares, y magullada del

arrastramiento fuera de su aposento, y a vista de tantos ojos que la

estaban mirando, creyó, y creyó la verdad, que yo había sido el autor

de su deshonra; y así, arremetió a mí, y echándome ambas manos a la

garganta, procuraba ahogarme, diciendo: "¡Oh, bellaco, desagradecido,

ignorante y malicioso! Y ¿es este el pago que merecen las buenas obras

que a tu madre hice y de las que te pensaba hacer a ti?" Yo, que me vi

en peligro de perder la vida entre las uñas de aquella fiera arpía,

sacudíme, y asiéndola la zamarreé y arrastré por todo el patio; y ella

daba voces, que la librasen de los dientes de aquel maligno espíritu.

Con estas razones de la mala vieja creyeron los más que yo debía de

ser algún demonio de los que tienen ojeriza continua con los buenos

cristianos, y unos acudieron a echarme agua bendita, otros no osaban

llegar a quitarme, otros daban voces que me conjurasen; la vieja

gruñía; yo apretaba los dientes; crecía la confusión, y mi amo, que ya

había llegado al ruido, se desesperaba, oyendo decir que yo era

demonio. Otros, que no sabían de exorcismos, acudieron a tres o cuatro

garrotes, con los cuales comenzaron a santiguarme los lomos; escocióme

la burla, solté la vieja, y en tres saltos me puse en la calle y en

pocos más salí de la villa, perseguido de una infinidad de muchachos,

que iban a grandes voces diciendo: "¡Apártense, que rabia el perro

sabio!" Otros decían: "¡No rabia, sino que es demonio en figura de

perro!" Con este molimiento, a campana herida salí del pueblo,

siguiéndome muchos que indubitablemente creyeron que era demonio, así

por las cosas que me habían visto hacer como por las palabras que la

vieja dijo cuando despertó de su maldito sueño. Dime tanta priesa a

huir y a quitarme delante de sus ojos, que creyeron que me había

desaparecido como demonio; en seis horas anduve doce leguas, y llegué

a un rancho de gitanos, que estaba en un campo junto a Granada; allí

me reparé un poco, porque algunos de los gitanos me conocieron por el

perro sabio, y con no pequeño gozo me acogieron y escondieron en una

cueva, porque no me hallasen si fuese buscado, con intención, a lo que

después entendí, de ganar conmigo, como lo hacía el atambor mi amo.

Veinte días estuve con ellos.

CIPIÓN.--Antes, Berganza, que pases adelante, es bien que reparemos en

lo que te dijo la bruja, y averigüemos si puede ser verdad la grande

mentira a quien das crédito. Mira, Berganza, grandísimo disparate

sería creer que la Camacha mudase los hombres en bestias; todas estas

cosas y las semejantes son embelecos, mentiras o apariencias del

demonio; y si a nosotros nos parece ahora que tenemos algún

entendimiento y razón, pues hablamos siendo verdaderamente perros, o

estando en su figura, ya hemos dicho que éste es caso portentoso y

jamás visto, y que aunque le tocamos con las manos no le habernos de

dar crédito, hasta tanto que el suceso dél nos muestre lo que conviene

que creamos. ¿Quiéreslo ver más claro? La Camacha fué burladora falsa,

y la Cañizares embustera, y la Montiela tonta, maliciosa y bellaca,

con perdón sea dicho, si acaso es nuestra madre, de entrambos o tuya;

que yo no la quiero tener por madre.

BERGANZA.--Digo que tienes razón, Cipión hermano, y que eres más

discreto de lo que pensaba; y vengo a pensar y creer que todo lo que

hasta aquí hemos pasado, y lo que estamos pasando, es sueño, y que

somos perros; pero no por esto dejemos de gozar deste bien de la habla

que tenemos y de la excelencia tan grande de tener discurso humano

todo el tiempo que pudiéremos.

CIPIÓN.--De buena gana te escucho, por obligarte a que me escuches

cuando te cuente, si el cielo fuere servido, los sucesos de mi vida.

BERGANZA.--Al cabo de veinte días los #_gitanos_# me quisieron llevar

a Murcia. No me pareció bien el viaje que llevaban, y así, determiné

soltarme, como lo hice, y saliéndome de Granada di en una huerta de un

morisco, que me acogió de buena voluntad, y yo quedé con mejor,

pareciéndome que no me querría para más de para guardarle la huerta,

oficio, a mi cuenta, de menos trabajo que el de guardar ganado; y como

no había allí altercar sobre tanto más cuanto al salario, fué cosa

fácil hallar el morisco criado a quien mandar y yo amo a quien servir.

Estuve con él más de un mes, no por el gusto de la vida que tenía,

sino por el que me daba saber la de mi amo, y por ella la de todos

cuantos moriscos viven en España. ¡Oh, cuántas y cuáles cosas te

pudiera decir, Cipión amigo, desta morisca canalla, si no temiera no

poderlas dar fin en dos semanas! Como mi amo era mezquino, como lo son

todos los de su casta, sustentábame con pan de mijo y con algunas

sobras de zahinas, común sustento suyo; pero esta miseria me ayudó a

llevar el Cielo por un modo tan extraño como el que ahora oirás. Cada

mañana, juntamente con el alba, amanecía sentado al pie de un granado,

de muchos que en la huerta había, un mancebo, al parecer estudiante,

vestido de bayeta, no tan negra ni tan peluda, que no pareciese parda

y tundida. Ocupábase en escribir en un cartapacio, y de cuando en

cuando se daba palmadas en la frente y se mordía las uñas, estando

mirando al cielo; y otras veces se ponía tan imaginativo que no movía

pie ni mano, ni aun las pestañas: tal era su embelesamiento. Una vez

me llegué junto a él sin que me echase de ver; oíle murmurar entre

dientes, y al cabo de un buen espacio dió una gran voz, diciendo:

"¡Vive el Señor que es la mejor octava que he hecho en todos los días

de mi vida!" Y escribiendo apriesa en su cartapacio, daba muestras de

gran contento; todo lo cual me dio a entender que el desdichado era

poeta. Hícele mis acostumbradas caricias, por asegurarle de mi

mansedumbre; écheme a sus pies, y él, con esta seguridad, prosiguió en

sus pensamientos y tornó a rascarse la cabeza y a sus arrobos, y a

volver a escribir lo que había pensado. Después de haber escrito

algunas coplas de #_una_# comedia, con mucho sosiego y espacio sacó de

la faldriquera algunos mendrugos de pan y obra de veinte pasas, que, a

mi parecer, entiendo que se las conté, y aun estoy en duda si eran

tantas, porque juntamente con ellas hacían bulto ciertas migajas de

pan que las acompañaban. Sopló y apartó las migajas, y una a una se

comió las pasas y los palillos, porque no le vi arrojar ninguno,

ayudándolas con los mendrugos, que, morados con la borra de la

faldriquera, parecían mohosos, y eran tan duros de condición, que

aunque él procuró enternecerlos paseándolos por la boca una y muchas

veces, no fué posible moverlos de su terquedad; todo lo cual redundó

en mi provecho, porque me los arrojó, diciendo: "¡To, to! Toma, que

buen provecho te hagan." "¡Mirad--dije entre mí--qué néctar o

ambrosía me da este poeta, de los que ellos dicen que se mantienen los

dioses y su Apolo allá en el cielo!" En fin, por la mayor parte,

grande es la miseria de los poetas; pero mayor era mi necesidad, pues

me obligó a comer lo que él desechaba. En tanto que duró la

composición de su comedia, no dejó de venir a la huerta, ni a mí me

faltaron mendrugos, porque los repartía conmigo con mucha liberalidad,

y luego nos íbamos a la noria, donde, yo de bruces y él con un

canjilón satisfacíamos la sed como unos monarcas. Pero faltó el poeta,

y sobró en mí la hambre, tanto, que determiné dejar al morisco y

entrarme en la ciudad a buscar ventura, que la halla el que se muda.

Al entrar de la ciudad vi que salía del famoso monasterio de San

Jerónimo, mi poeta, que, como me vio, se vino a mí con los brazos

abiertos, y yo me fuí a él con nuevas muestras de regocijo por haberle

hallado. Luego al instante comenzó a desembaular pedazos de pan, más

tiernos que los que solía llevar a la huerta, y a entregarlos a mis

dientes sin repasarlos por los suyos, merced que con nuevo gusto

satisfizo mi hambre. Los tiernos mendrugos y el haber visto salir a mi

poeta del monasterio dicho me pusieron en sospecha de que tenía las

musas vergonzantes, como otros muchos las tienen. Encaminóse a la

ciudad, y yo le seguí, con determinación de tenerle por amo, si él

quisiese, imaginando que de las sobras de su castillo se podía

mantener mi real. De lance en lance #_vine a parar en casa de un autor

de comedías_# y con una compañía llegué a esta ciudad de Valladolid,

donde en un entremés me dieron una herida que me llegó casi al fin de

la vida; no pude vengarme, por estar enfrenado entonces, y después, a

sangre fría, no quise; que la venganza pensada arguye crueldad y mal

ánimo. Cansóme aquel ejercicio, no por ser trabajo, sino porque veía

en él cosas que juntamente pedían enmienda y castigo; y como a mí

estaba más el sentillo que el remediallo, acordé de no verlo, y así,

me acogí a sagrado, como hacen aquellos que dejan los vicios cuando no

pueden ejercitallos, aunque más vale tarde que nunca. Digo, pues, que

viéndote una noche llevar la linterna con el buen cristiano Mahudes,

te consideré contento y justa y santamente ocupado; y lleno de buena

envidia quise seguir tus pasos, y con esta loable intención me puse

delante de Mahudes, que luego me eligió para tu compañero y me trujo a

este hospital. ¿Ves cuan larga ha sido mi plática? ¿Ves mis muchos y

diversos sucesos? ¿Consideras mis caminos y mis amos tantos? Pues todo

lo que has oído es nada, comparado a lo que te pudiera contar.

CIPIÓN.--Y con esto pongamos fin a esta plática; que la luz que entra

por estos resquicios muestra que es muy entrado el día, y esta noche

que viene, si no nos ha dejado este grande beneficio de la habla, será

la mía, para contarte mi vida.

BERGANZA.--Sea ansí, y mira que acudas a este mismo puesto.

Novelas y teatro · 第 17 / 33 题