CAPITULO X

_#En#_ un lugar, no muy pequeño ni muy grande, de cuyo nombre no me

acuerdo, y en mitad de la plaza dél, _#había#_ mucha gente junta,

todos atentos mirando y escuchando a dos mancebos que, en traje de

recién rescatados de cautivos, estaban declarando las figuras de un

pintado lienzo que tenían tendido en el suelo; parecía que se habían

descargado de dos pesadas cadenas que tenían junto a sí, insignias y

relatoras de su pesada desventura; y uno dellos, que debía de ser de

hasta veinticuatro años, con voz clara y en todo extremo experta

lengua, crujiendo de cuando en cuando un corbacho, o, por mejor decir,

azote que en la mano tenía, le sacudía de manera que penetraba los

oídos y ponía los estallidos en el cielo, bien así como hace el

cochero, que, castigando o amenazando sus caballos, hace resonar su

látigo por los aires.

Entre los que la larga plática escuchaban, estaban los dos alcaldes

del pueblo, ambos ancianos, pero no tanto el uno como el otro. Por

donde comenzó su arenga el libre cautivo, fué diciendo:

--Esta, señores, que aquí veis pintada, es la ciudad de Argel, gomia y

tarasca de todas las riberas del mar Mediterráneo, puerto universal de

cosarios, y amparo y refugio de ladrones, que, deste pequeñuelo puerto

que aquí va pintado, salen con sus bajeles a inquietar el mundo, pues

se atreven a pasar el plus ultra de las colunas de Hércules, y a

acometer y robar las apartadas islas, que, por estar rodeadas del

inmenso mar Océano, pensaban estar seguras, a lo menos de los bajeles

turquescos. Este bajel que aquí veis reducido a pequeño, porque lo

pide así la pintura, es una galeota de ventidós bancos, cuyo dueño y

capitán es el turco que en la crujía va en pie, con un brazo en la

mano, que cortó a aquel cristiano que allí veis, para que le sirva de

rebenque y azote a los demás cristianos que van amarrados a sus

bancos, temeroso no le alcancen estas cuatro galeras que aquí veis,

que le van entrando y dando caza. Aquel cautivo primero del primer

banco, cuyo rostro le disfigura la sangre que se le ha pegado de los

golpes del brazo muerto, soy yo, que servía de espalder en esta

galeota; y el otro que está junto a mí es éste mi compañero, no tan

sangriento, porque fué menos apaleado. Escuchad, señores, y estad

atentos: quizá la aprehensión deste lastimero cuento os llevará a los

oídos las amenazadoras y vituperosas voces que ha dado este perro de

Dragut, que así se llamaba el arráez de la galeota, cosario tan famoso

como cruel, y tan cruel como Falaris o Busiris, tiranos de Sicilia; a

lo menos, a mí me suena agora el _rospeni_, el _manahora_ y el

_denimaniyoc_, que, con coraje endiablado, va diciendo que todas éstas

son palabras y razones turquescas, encaminadas a la deshonra y

vituperio de los cautivos cristianos: llámanlos de judíos, hombres de

poco valor, de fee negra y de pensamientos viles, y, para mayor horror

y espanto, con los brazos muertos azotan los cuerpos vivos.

Parece ser que uno de los dos alcaldes había estado cautivo en Argel

mucho tiempo, el cual, con baja voz, dijo a su compañero:

--Este cautivo, hasta agora, parece que va diciendo verdad, y que en

lo general no es cautivo falso; pero yo le examinaré en lo particular,

y veremos cómo da la cuerda; porque quiero que sepáis que yo iba

dentro desta galeota, y no me acuerdo de haberle conocido por espalder

de ella, si no fué a un Alonso Moclin, natural de Vélez-Málaga.

Y volviéndose al cautivo, le dijo:

--Decidme, amigo, cúyas eran las galeras que os daban caza, y si

conseguistes por ella la libertad deseada.

--Las galeras--respondió el cautivo--eran de don Sancho de Leyva; la

libertad no la conseguimos, porque no nos alcanzaron; tuvímosla

después, porque nos alzamos con una galeota que desde Sargel iba a

Argel cargada de trigo; venimos a Orán con ella, y desde allí a

Málaga, de donde mi compañero y yo nos pusimos en camino de Italia,

con intención de servir a su majestad, que Dios guarde, en el

ejercicio de la guerra.

--Decidme, amigos--replicó el alcalde--: ¿cautivastes juntos?

¿Llevaron os a Argel del primer boleo, o a otra parte de Berbería?

--No cautivamos juntos--respondió el otro cautivo--, porque yo cautivé

junto a Alicante, en un navío de lanas que pasaba a Génova; mi

compañero en los Percheles de Málaga, adonde era pescador. Conocímonos

en Tetuán, dentro de una mazmorra; hemos sido amigos, y corrido una

misma fortuna mucho tiempo; y, para diez o doce cuartos que apenas nos

han ofrecido de limosna sobre el lienzo, mucho nos aprieta el señor

alcalde.

--No mucho, señor galán--replicó el alcalde--, que aún no están dadas

todas las vueltas de la mancuerda; escúcheme y dígame: ¿Cuántas

puertas tiene Argel, y cuántas fuentes, y cuántos pozos de agua dulce?

--¡La pregunta es boba!--respondió el primer cautivo--; tantas puertas

tiene como tiene casas, y tantas fuentes, que yo no las sé, y tantos

pozos que no los he visto, y los trabajos que yo en él he pasado me

han quitado la memoria de mí mismo; y si el señor alcalde quiere ir

contra la caridad cristiana, recogeremos los cuartos y alzaremos la

tienda, y a Dios aho, que tan buen pan hacen aquí como en Francia.

Entonces el alcalde llamó a un hombre de los que estaban en el corro,

que al parecer servía de pregonero en el lugar, y tal vez de verdugo

cuando se ofrecía, y dijóle:

--Gil Berrueco, id a la plaza, y traedme aquí luego los primeros dos

asnos que topáredes; que, por vida del rey nuestro señor, que han de

pasear las calles en ellos estos dos señores cautivos, que con tanta

libertad quieren usurpar la limosna de los verdaderos pobres,

contándonos mentiras y embelecos, estando sanos como una manzana y con

más fuerzas para tomar una azada en la mano, que no un corbacho para

dar estallidos en seco. Yo he estado en Argel cinco años esclavo, y sé

que no me dais señas dél en ninguna cosa de cuantas habéis dicho.

--¡Cuerpo del mundo!--respondió el cautivo--. ¿Es posible que ha de

querer el señor alcalde que seamos ricos de memoria, siendo tan pobres

de dineros, y que, por una niñería que no importa tres ardites, quiera

quitar la honra a dos tan insignes estudiantes como nosotros, y

juntamente quitar a su majestad dos valientes soldados, que íbamos a

esas Italias y a esos Flandes a romper, a destrozar, a herir y a matar

los enemigos de la santa fe católica que topáramos? Porque, si va a

decir verdad, que en fin es hija de Dios, quiero que sepa el señor

alcalde que nosotros no somos cautivos, sino estudiantes de Salamanca,

y, en la mitad y en lo mejor de nuestros estudios, nos vino gana de

ver mundo y de saber a qué sabía la vida de la guerra, como sabíamos

el gusto de la vida de la paz. Para facilitar y poner en obra este

deseo, acertaron a pasar por allí unos cautivos, que también lo debían

de ser falsos como nosotros agora; les compramos este lienzo y nos

informamos de algunas cosas de las de Argel, que nos pareció ser

bastantes y necesarias para acreditar nuestro embeleco; vendimos

nuestros libros y nuestras alhajas a menosprecio, y, cargados con esta

mercadería, hemos llegado hasta aquí; pensamos pasar adelante, si es

que el señor alcalde no manda otra cosa.

--Lo que pienso hacer es--replicó el alcalde--daros cada cien azotes,

y, en lugar de la pica que vais a arrastrar en Flandes, poneros un

remo en las manos que le cimbréis en el agua en las galeras, con quien

quizá haréis más servicio a su majestad que con la pica.

--¿Querráse--replicó el mozo hablador--mostrar agora el señor alcalde

ser un legislador de Atenas, y que la riguridad de su oficio llegue a

los oídos de los señores del Consejo, donde, acreditándole con ellos,

le tengan por severo y justiciero, y le cometan negocios de

importancia, donde muestre su severidad y su justicia? Pues sepa el

señor alcalde que _summum jus, summa injuria_.

--Mirad cómo habláis, hermano--replicó el segundo alcalde--, que aquí

no hay justicia con lujuria: que todos los alcaldes deste lugar han

sido, son y serán limpios y castos como el pelo de la masa; y hablad

menos, que os será sano.

Volvió en esto el pregonero, y dijo:

--Señor alcalde, yo no he topado en la plaza asnos ningunos, sino a

los dos regidores Berrueco y Crespo, que andan en ella paseándose.

--Por asnos os envié yo, majadero, que no por regidores; pero volved y

traeldos acá, por sí o por no, que quiero que se hallen presentes al

pronunciar desta sentencia, que ha de ser, sin embargo, y no ha de

quedar por falta de asnos; que, gracias sean dadas al cielo, hartos

hay en este lugar,

--No le tendrá vuesa merced, señor alcalde, en el cielo--replicó el

mozo--si pasa adelante con esa reguridad. Por quien Dios es, que vuesa

merced considere que no hemos robado tanto que podemos dar a censo ni

fundar ningún mayorazgo; apenas granjeamos el mísero sustento con

nuestra industria, que no deja de ser trabajosa, como lo es la de los

oficiales y jornaleros. Mis padres no nos enseñaron oficio alguno, y

así, nos es forzoso que remitamos a la industria lo que habíamos de

remitir a las manos si tuviéramos oficio. Castíguense los que

cohechan, los escaladores de casas, los salteadores de caminos, los

testigos falsos por dineros, los mal entretenidos en la república, los

ociosos y baldíos en ella, que no sirven de otra cosa que de

acrecentar el número de los perdidos, y dejen a los míseros que van su

camino derecho a servir a su majestad con la fuerza de sus brazos y

con la agudeza de sus ingenios, porque no hay mejores soldados que los

que se trasplantan de la tierra de los estudios en los campos de la

guerra; ninguno salió de estudiante para soldado que no lo fuese por

extremo, porque cuando se avienen y se juntan las fuerzas con el

ingenio, y el ingenio con las fuerzas, hacen un compuesto milagroso,

con quien Marte se alegra, la paz se sustenta y la república se

engrandece.

Admirados estaban todos los circunstantes, así de las razones del

mozo, como de la velocidad con que hablaba, el cual, prosiguiendo,

dijo:

--Espúlguenos el señor alcalde, mírenos y remírenos, y haga escrutinio

de las costuras de nuestros vestidos, y si en todo nuestro poder

hallare seis reales, no sólo nos mande dar ciento, sino seis cuentos

de azotes. Veamos, pues, si la adquisición de tan pequeña cantidad de

interés merece ser castigada con afrentas y martirizada con galeras; y

así, otra vez digo que el señor alcalde se remire en esto, no se

arroje y precipite apasionadamente a hacer lo que, después de hecho,

quizá le causara pesadumbre. Los jueces discretos castigan, pero no

toman venganza de los delitos; los prudentes y los piadosos mezclan la

equidad con la justicia, y, entre el rigor y la clemencia, dan luz de

su buen entendimiento.

--Por Dios--dijo el segundo alcalde--, que este mancebo ha hablado

bien, aunque ha hablado mucho, y que, no solamente no tengo de

consentir que los azoten, sino que los tengo de llevar a mi casa y

ayudarles para su camino, con condición que le lleven derecho, sin

andar surcando la tierra de una en otras partes, porque, si así lo

hiciesen, más parecerían viciosos que necesitados.

Ya el primer alcalde, manso y piadoso, blando y compasivo, dijo:

--No quiero que vayan a vuestra casa, sino a la mía, donde les quiero

dar una lición de las cosas de Argel, tal, que de aquí adelante

ninguno les coja en mal latín en cuanto a su fingida historia.

Los cautivos se lo agradecieron, y los circunstantes alabaron su

honrada determinación.

Novelas y teatro · 第 15 / 33 题