CAPITULO XVIII

--"En tanto que los míos andaban escudriñando y tanteando los

bastimentos que había en el empedrado navío, a deshora, y de

improviso, de la parte de tierra descubrimos que sobre los hielos

caminaba un escuadrón de armada gente, de más de cuatro mil personas

formado. Dejónos más helados que el mismo mar vista semejante,

aprestando las armas, más por muestra de ser hombres que con

pensamiento de defenderse. Caminaban sobre sólo un pie, dándose con el

derecho sobre el calcaño izquierdo, con que se impelían y resbalaban

sobre el mar grandísimo trecho, y luego, volviendo a reiterar el

golpe, tornaban a resbalar otra gran pieza de camino; y desta suerte,

en un instante fueron con nosotros y nos rodearon por todas partes, y

uno de ellos, que, como después supe, era el capitán de todos,

llegándose cerca de nuestro navío, a trecho que pudo ser oído,

asegurando la paz con un paño blanco que volteaba sobre el brazo, en

lengua polaca, con voz clara, dijo: "Cratilo, rey de Bituania y señor

destos mares, tiene por costumbre de requerirlos con gente armada, y

sacar de ellos los navíos que del hielo están detenidos, a lo menos la

gente y la mercancía que tuvieren, por cuyo beneficio se paga con

tomarla por suya. Si vosotros gustáredes de acetar este partido, sin

defenderos, gozaréis de las vidas y de la libertad, que no se os ha de

cautivar en ningún modo; miradlo, y si no, aparejaos a defenderos de

nuestras armas, continuo vencedoras."

"Contentóme la brevedad y la resolución del que nos hablaba.

Respondíle que me dejase tomar parecer con nosotros mismos, y fué el

que mis pescadores me dieron, decir que el fin de todos los males, y

el mayor de ellos, era el acabar la vida, la cual se había de

sustentar por todos los medios posibles, como no fuesen por los de la

infamia; y que, pues en los partidos que nos ofrecían no intervenía

ninguna, y del perder la vida estábamos tan ciertos, como dudosos de

la defensa, sería bien rendirnos y dar lugar a la mala fortuna que

entonces nos perseguía, pues podría ser que nos guardase para mejor

ocasión. Casi esta misma respuesta di al capitán del escuadrón, y al

punto, más con apariencia de guerra que con muestras de paz,

arremetieron al navío, y en un instante le desvalijaron todo, y

trasladaron cuanto en él había, hasta la misma artillería y jarcias, a

unos cueros de bueyes que sobre el hielo tendieron; liándolos por

encima, aseguraron poderlos llevar tirándolos con cuerdas, sin que se

perdiese cosa alguna. Robaron ansimismo lo que hallaron en el otro

nuestro navío, y, poniéndonos a nosotros sobre otras pieles, alzando

una alegre vocería, nos tiraron y nos llevaron a tierra, que debía de

estar desde el lugar del navío como veinte millas. Paréceme a mí que

debía de ser cosa de ver caminar tanta gente por cima de las aguas a

pie enjuto, sin usar allí el cielo alguno de sus milagros.

"En fin, aquella noche llegamos a la ribera, de la cual no salimos

hasta otro día por la mañana, que la vimos coronada de infinito número

de gente, que a ver la presa de los helados y yertos habían venido.

Venía entre ellos, sobre un hermoso caballo, el rey Cratilo, que, por

las insignias reales con que se adornaba, conocimos ser quien era;

venía a su lado, asimismo a caballo, una hermosísima mujer, armada de

unas armas blancas, a quien no podían acabar de encubrir un velo negro

con que venían cubiertas. Llevóme tras sí la vista, tanto su buen

parecer como la gallardía del rey Cratilo, y, mirándola con atención,

conocí ser la hermosa Sulpicia, a quien la cortesía de mis compañeros

pocos días #_antes_# habían dado la libertad que entonces gozaba.

Acudió el rey a ver los rendidos, y, llevándome el capitán asido de la

mano, le dijo: "En este solo mancebo ¡oh valeroso rey Cratilo! me

parece que te presento la más rica presa que en razón de persona

humana hasta agora humanos ojos han visto." "¡Santos cielos!--dijo a

esta sazón la hermosa Sulpicia, arrojándose del caballo al suelo--. O

yo no tengo vista en los ojos, o es éste mi libertador, Periandro." Y

el decir esto y añudarme el cuello con sus brazos, fué todo uno, cuyas

extrañas y amorosas muestras obligaron también a Cratilo a que del

caballo se arrojase y con las mismas señales de alegría me recibiese.

Entonces la desmayada esperanza de algún buen suceso estaba lejos de

los pechos de mis pescadores; pero cobrando aliento en las muestras

alegres con que vieron recebirme, les hizo brotar por los ojos el

contento y por las bocas las gracias que dieron a Dios del no esperado

beneficio: que ya le contaban, no por beneficio, sino por singular y

conocida merced. Sulpicia dijo a Cratilo: "Este mancebo es un sujeto

donde tiene su asiento la suma cortesía y su albergue la misma

liberalidad; y aunque yo tengo hecha esta experiencia, quiero que tu

discreción la acredite, sacando por su gallarda presencia--y en esto

bien se vee que hablaba como agradecida, y aun como engañada--en

limpio esta verdad que te digo. Este fué el que me dió libertad

después de la muerte de mi marido; éste el que no despreció mis

tesoros, sino el que no los quiso; éste fué el que, después de

recebidas mis dádivas, me las volvió mejoradas, con el deseo de

dármelas mayores, si pudiera; éste fué, en fin, el que, acomodándose,

o, por mejor decir, haciendo acomodar a su gusto el de sus soldados,

dándome doce que me acompañasen, me tiene ahora en tu presencia." Yo,

entonces, a lo que creo, rojo el rostro con las alabanzas, o ya

aduladoras o demasiadas, que de mí oía, no supe más que hincarme de

rodillas ante Cratilo, pidiéndole las manos, que no me las dió para

besárselas, sino para levantarme del suelo. En este entretanto, los

doce pescadores que habían venido en guarda de Sulpicia, andaban entre

la demás gente buscando a sus compañeros, abrazándose unos a otros, y,

llenos de contento y regocijo, se contaban sus buenas y malas suertes:

los del mar, exageraban su yelo, y los de la tierra, sus riquezas. "A

mí--decía el uno--me ha dado Sulpicia esta cadena de oro." "A

mí--decía otro--esta joya, que vale por dos de esas cadenas." "A

mí--replicaba éste--me dió tanto dinero." Y aquél repetía: "Más me ha

dado a mí en este solo anillo de diamantes que a todos vosotros

juntos."

"A todas estas pláticas puso silencio un gran rumor que se levantó

entre la gente, causado del que hacia un poderosísimo caballo bárbaro,

a quien dos valientes lacayos traían del freno, sin poderse averiguar

con él. Era de color morcillo, pintado todo de moscas blancas, que

sobremanera le hacían hermoso; venía en pelo, porque no consentía

ensillarse del mismo rey; pero no le guardaba este respeto después de

puesto encima, no siendo bastantes a detenerle mil montes de embarazos

que ante él se pusieran, de lo que el rey estaba tan pesaroso, que

diera una ciudad a quien sus malos siniestros le quitara. Todo esto me

contó el rey breve y sucintamente.

Novelas y teatro · 第 12 / 33 题