--"En tanto que los míos andaban escudriñando y tanteando los
bastimentos que había en el empedrado navío, a deshora, y de
improviso, de la parte de tierra descubrimos que sobre los hielos
caminaba un escuadrón de armada gente, de más de cuatro mil personas
formado. Dejónos más helados que el mismo mar vista semejante,
aprestando las armas, más por muestra de ser hombres que con
pensamiento de defenderse. Caminaban sobre sólo un pie, dándose con el
derecho sobre el calcaño izquierdo, con que se impelían y resbalaban
sobre el mar grandísimo trecho, y luego, volviendo a reiterar el
golpe, tornaban a resbalar otra gran pieza de camino; y desta suerte,
en un instante fueron con nosotros y nos rodearon por todas partes, y
uno de ellos, que, como después supe, era el capitán de todos,
llegándose cerca de nuestro navío, a trecho que pudo ser oído,
asegurando la paz con un paño blanco que volteaba sobre el brazo, en
lengua polaca, con voz clara, dijo: "Cratilo, rey de Bituania y señor
destos mares, tiene por costumbre de requerirlos con gente armada, y
sacar de ellos los navíos que del hielo están detenidos, a lo menos la
gente y la mercancía que tuvieren, por cuyo beneficio se paga con
tomarla por suya. Si vosotros gustáredes de acetar este partido, sin
defenderos, gozaréis de las vidas y de la libertad, que no se os ha de
cautivar en ningún modo; miradlo, y si no, aparejaos a defenderos de
nuestras armas, continuo vencedoras."
"Contentóme la brevedad y la resolución del que nos hablaba.
Respondíle que me dejase tomar parecer con nosotros mismos, y fué el
que mis pescadores me dieron, decir que el fin de todos los males, y
el mayor de ellos, era el acabar la vida, la cual se había de
sustentar por todos los medios posibles, como no fuesen por los de la
infamia; y que, pues en los partidos que nos ofrecían no intervenía
ninguna, y del perder la vida estábamos tan ciertos, como dudosos de
la defensa, sería bien rendirnos y dar lugar a la mala fortuna que
entonces nos perseguía, pues podría ser que nos guardase para mejor
ocasión. Casi esta misma respuesta di al capitán del escuadrón, y al
punto, más con apariencia de guerra que con muestras de paz,
arremetieron al navío, y en un instante le desvalijaron todo, y
trasladaron cuanto en él había, hasta la misma artillería y jarcias, a
unos cueros de bueyes que sobre el hielo tendieron; liándolos por
encima, aseguraron poderlos llevar tirándolos con cuerdas, sin que se
perdiese cosa alguna. Robaron ansimismo lo que hallaron en el otro
nuestro navío, y, poniéndonos a nosotros sobre otras pieles, alzando
una alegre vocería, nos tiraron y nos llevaron a tierra, que debía de
estar desde el lugar del navío como veinte millas. Paréceme a mí que
debía de ser cosa de ver caminar tanta gente por cima de las aguas a
pie enjuto, sin usar allí el cielo alguno de sus milagros.
"En fin, aquella noche llegamos a la ribera, de la cual no salimos
hasta otro día por la mañana, que la vimos coronada de infinito número
de gente, que a ver la presa de los helados y yertos habían venido.
Venía entre ellos, sobre un hermoso caballo, el rey Cratilo, que, por
las insignias reales con que se adornaba, conocimos ser quien era;
venía a su lado, asimismo a caballo, una hermosísima mujer, armada de
unas armas blancas, a quien no podían acabar de encubrir un velo negro
con que venían cubiertas. Llevóme tras sí la vista, tanto su buen
parecer como la gallardía del rey Cratilo, y, mirándola con atención,
conocí ser la hermosa Sulpicia, a quien la cortesía de mis compañeros
pocos días #_antes_# habían dado la libertad que entonces gozaba.
Acudió el rey a ver los rendidos, y, llevándome el capitán asido de la
mano, le dijo: "En este solo mancebo ¡oh valeroso rey Cratilo! me
parece que te presento la más rica presa que en razón de persona
humana hasta agora humanos ojos han visto." "¡Santos cielos!--dijo a
esta sazón la hermosa Sulpicia, arrojándose del caballo al suelo--. O
yo no tengo vista en los ojos, o es éste mi libertador, Periandro." Y
el decir esto y añudarme el cuello con sus brazos, fué todo uno, cuyas
extrañas y amorosas muestras obligaron también a Cratilo a que del
caballo se arrojase y con las mismas señales de alegría me recibiese.
Entonces la desmayada esperanza de algún buen suceso estaba lejos de
los pechos de mis pescadores; pero cobrando aliento en las muestras
alegres con que vieron recebirme, les hizo brotar por los ojos el
contento y por las bocas las gracias que dieron a Dios del no esperado
beneficio: que ya le contaban, no por beneficio, sino por singular y
conocida merced. Sulpicia dijo a Cratilo: "Este mancebo es un sujeto
donde tiene su asiento la suma cortesía y su albergue la misma
liberalidad; y aunque yo tengo hecha esta experiencia, quiero que tu
discreción la acredite, sacando por su gallarda presencia--y en esto
bien se vee que hablaba como agradecida, y aun como engañada--en
limpio esta verdad que te digo. Este fué el que me dió libertad
después de la muerte de mi marido; éste el que no despreció mis
tesoros, sino el que no los quiso; éste fué el que, después de
recebidas mis dádivas, me las volvió mejoradas, con el deseo de
dármelas mayores, si pudiera; éste fué, en fin, el que, acomodándose,
o, por mejor decir, haciendo acomodar a su gusto el de sus soldados,
dándome doce que me acompañasen, me tiene ahora en tu presencia." Yo,
entonces, a lo que creo, rojo el rostro con las alabanzas, o ya
aduladoras o demasiadas, que de mí oía, no supe más que hincarme de
rodillas ante Cratilo, pidiéndole las manos, que no me las dió para
besárselas, sino para levantarme del suelo. En este entretanto, los
doce pescadores que habían venido en guarda de Sulpicia, andaban entre
la demás gente buscando a sus compañeros, abrazándose unos a otros, y,
llenos de contento y regocijo, se contaban sus buenas y malas suertes:
los del mar, exageraban su yelo, y los de la tierra, sus riquezas. "A
mí--decía el uno--me ha dado Sulpicia esta cadena de oro." "A
mí--decía otro--esta joya, que vale por dos de esas cadenas." "A
mí--replicaba éste--me dió tanto dinero." Y aquél repetía: "Más me ha
dado a mí en este solo anillo de diamantes que a todos vosotros
juntos."
"A todas estas pláticas puso silencio un gran rumor que se levantó
entre la gente, causado del que hacia un poderosísimo caballo bárbaro,
a quien dos valientes lacayos traían del freno, sin poderse averiguar
con él. Era de color morcillo, pintado todo de moscas blancas, que
sobremanera le hacían hermoso; venía en pelo, porque no consentía
ensillarse del mismo rey; pero no le guardaba este respeto después de
puesto encima, no siendo bastantes a detenerle mil montes de embarazos
que ante él se pusieran, de lo que el rey estaba tan pesaroso, que
diera una ciudad a quien sus malos siniestros le quitara. Todo esto me
contó el rey breve y sucintamente.