--"Dos meses anduvimos por el mar sin que nos sucediese cosa de
consideración alguna, puesto que le escombramos de más de sesenta
navíos de cosarios que, por serlo verdaderos, adjudicamos sus robos a
nuestro navío y le llenamos de innumerables despojos, con que mis
compañeros iban alegres, y no les pesaba de haber trocado el oficio de
pescadores en el de piratas, porque ellos no eran ladrones sino de
ladrones, ni robaban sino lo robado.
"Sucedió, pues, que un porfiado viento nos salteó una noche, que, sin
dar lugar a que amainásemos algún tanto o templásemos las velas, en
aquel término que las halló, las tendió y acosó, de modo que, como he
dicho, más de un mes navegamos por una misma derrota; tanto, que,
tomando mi piloto el altura del polo donde nos tomó el viento, y
tanteando las leguas que hacíamos por hora, y los días que habíamos
navegado, hallamos ser cuatrocientas leguas, poco más o menos. Volvió
el piloto a tomar la altura, y vió que estaba debajo del norte, en el
paraje de Noruega, y con voz grande y mayor tristeza dijo:
"Desdichados de nosotros, que si el viento no nos concede a dar la
vuelta para seguir otro camino, en éste se acabará el de nuestra vida,
porque estamos en el mar glacial, digo, en el mar helado; y si aquí
nos saltea el hielo, quedaremos empedrados en estas aguas." Apenas
hubo dicho esto, cuando sentimos que el navío tocaba por los lados y
por la quilla como en movibles peñas, por donde se conoció que ya el
mar se comenzaba a helar, cuyos montes de hielo, que por dentro se
formaban, impedían el movimiento del navío. Amainamos de golpe,
porque, topando en ellos, no se abriese, y en todo aquel día y aquella
noche se congelaron las aguas tan duramente y se apretaron de modo
que, cogiéndonos en medio, dejaron al navío engastado en ellas, como
lo suele estar la piedra en el anillo. Casi como en un instante
comenzó el hielo a entumecer los cuerpos ya entristecer nuestras
almas, y haciendo el miedo su oficio, considerando el manifiesto
peligro, no nos dimos más días de vida que los que pudiese sustentar
el bastimento que en el navío hubiese, en el cual bastimento desde
aquel punto se puso tasa y se repartió por orden, tan miserable y
estrechamente, que desde luego comenzó a matarnos la hambre. Tendimos
la vista por todas partes, y no topamos con ella en cosa que pudiese
alentar nuestra esperanza, si no fué con un bulto negro que, a nuestro
parecer, estaría de nosotros seis o ocho millas; pero luego imaginamos
que debía de ser algún navío a quien la común desgracia de hielo tenía
aprisionado. Este peligro sobrepuja y se adelanta a los infinitos en
que de perder la vida me he visto, porque un miedo dilatado y un temor
no vencido fatiga más el alma que una repentina muerte: que en el
acabar súbito se ahorran los miedos y los temores que la muerte trae
consigo, que suelen ser tan malos como la misma muerte. Esta, pues,
que nos amenazaba, tan hambrienta como larga, nos hizo tomar una
resolución, si no desesperada, temeraria, por lo menos, y fué que
consideramos que, si los bastimentos se nos acababan, el morir de
hambre era la más rabiosa muerte que puede caber en la imaginación
humana; y así, determinamos de salirnos del navío y caminar por encima
del yelo, y ir a ver si en el que se parecía habría alguna cosa de que
aprovecharnos, o ya de grado, o ya por fuerza.
"Púsose en obra nuestro pensamiento, y en un instante vieron las aguas
sobre sí formado, con pies enjutos, un escuadrón pequeño, pero de
valentísimos soldados, y siendo yo la guía, resbalando, cayendo y
levantando, llegamos al otro navío, que lo era casi tan grande como el
nuestro. Había gente él que, puesta sobre el borde, adevinando la
intención de nuestra venida, a voces comenzó uno a decirnos: "¿A qué
venís, gente desesperada? ¿Qué buscáis? ¿Venís, por ventura, a
apresurar nuestra muerte y a morir con nosotros? Volveos a vuestro
navío, y si os faltan bastimentos, roed las jarcias y encerrad en
vuestros estómagos los embreados leños, si es posible, porque pensar
que os hemos de dar acogida será pensamiento vano y contra los
preceptos de la caridad, que ha de comenzar de sí mismo. Dos meses
dicen que suele durar este yelo que nos detiene; para quince días
tenemos sustento; si es bien que le repartamos con vosotros, a vuestra
consideración lo dejo." A lo que yo le respondí: "En los apretados
peligros toda razón se atropella; no hay respeto que valga ni buen
término que se guarde. Acogednos en vuestro navío de grado, y
juntaremos en él el bastimento que en el nuestro queda, y comámoslo
amigablemente, antes que la precisa necesidad nos haga mover las armas
y usar de la fuerza." Esto le respondí yo, creyendo no decían verdad
en la cantidad del bastimento que señalaban; pero ellos, viéndose
superiores y aventajados en el puesto, no temieron nuestras amenazas
ni admitieron nuestros ruegos; antes arremetieron a las armas y se
pusieron en orden de defenderse. Los nuestros, a quien la
desesperación, de valientes, hizo valentísimos, añadiendo a la
temeridad nuevos bríos, arremetieron al navío y casi sin recebir
herida le entraron y le ganaron, y alzóse una voz entre nosotros que a
todos les quitásemos la vida por ahorrar de balas y de estómagos por
donde se fuese el bastimento que en el navío hallásemos. Yo fuí de
parecer contrario, y, quizá por tenerle bueno, en esto nos socorrió el
cielo, como después diré, aunque primero quiero deciros que este navío
era el de los cosarios que habían robado a mi hermana y a las dos
recién desposadas pescadoras. Apenas le hube reconocido, cuando dije a
voces: "¿Adónde tenéis, ladrones, nuestras almas? ¿Adónde están las
vidas que nos robastes? ¿Qué habéis hecho de mi hermana Auristela y de
las dos, Selviana y Leoncia, partes, mitades de los corazones de mis
buenos amigos Carino y Solercio?" A lo que uno me respondió: "Esas
mujeres pescadoras que dices las vendió nuestro capitán, que ya es
muerto, a Arnaldo, príncipe de Dinamarca."