CAPITULO XVI

--"Dos meses anduvimos por el mar sin que nos sucediese cosa de

consideración alguna, puesto que le escombramos de más de sesenta

navíos de cosarios que, por serlo verdaderos, adjudicamos sus robos a

nuestro navío y le llenamos de innumerables despojos, con que mis

compañeros iban alegres, y no les pesaba de haber trocado el oficio de

pescadores en el de piratas, porque ellos no eran ladrones sino de

ladrones, ni robaban sino lo robado.

"Sucedió, pues, que un porfiado viento nos salteó una noche, que, sin

dar lugar a que amainásemos algún tanto o templásemos las velas, en

aquel término que las halló, las tendió y acosó, de modo que, como he

dicho, más de un mes navegamos por una misma derrota; tanto, que,

tomando mi piloto el altura del polo donde nos tomó el viento, y

tanteando las leguas que hacíamos por hora, y los días que habíamos

navegado, hallamos ser cuatrocientas leguas, poco más o menos. Volvió

el piloto a tomar la altura, y vió que estaba debajo del norte, en el

paraje de Noruega, y con voz grande y mayor tristeza dijo:

"Desdichados de nosotros, que si el viento no nos concede a dar la

vuelta para seguir otro camino, en éste se acabará el de nuestra vida,

porque estamos en el mar glacial, digo, en el mar helado; y si aquí

nos saltea el hielo, quedaremos empedrados en estas aguas." Apenas

hubo dicho esto, cuando sentimos que el navío tocaba por los lados y

por la quilla como en movibles peñas, por donde se conoció que ya el

mar se comenzaba a helar, cuyos montes de hielo, que por dentro se

formaban, impedían el movimiento del navío. Amainamos de golpe,

porque, topando en ellos, no se abriese, y en todo aquel día y aquella

noche se congelaron las aguas tan duramente y se apretaron de modo

que, cogiéndonos en medio, dejaron al navío engastado en ellas, como

lo suele estar la piedra en el anillo. Casi como en un instante

comenzó el hielo a entumecer los cuerpos ya entristecer nuestras

almas, y haciendo el miedo su oficio, considerando el manifiesto

peligro, no nos dimos más días de vida que los que pudiese sustentar

el bastimento que en el navío hubiese, en el cual bastimento desde

aquel punto se puso tasa y se repartió por orden, tan miserable y

estrechamente, que desde luego comenzó a matarnos la hambre. Tendimos

la vista por todas partes, y no topamos con ella en cosa que pudiese

alentar nuestra esperanza, si no fué con un bulto negro que, a nuestro

parecer, estaría de nosotros seis o ocho millas; pero luego imaginamos

que debía de ser algún navío a quien la común desgracia de hielo tenía

aprisionado. Este peligro sobrepuja y se adelanta a los infinitos en

que de perder la vida me he visto, porque un miedo dilatado y un temor

no vencido fatiga más el alma que una repentina muerte: que en el

acabar súbito se ahorran los miedos y los temores que la muerte trae

consigo, que suelen ser tan malos como la misma muerte. Esta, pues,

que nos amenazaba, tan hambrienta como larga, nos hizo tomar una

resolución, si no desesperada, temeraria, por lo menos, y fué que

consideramos que, si los bastimentos se nos acababan, el morir de

hambre era la más rabiosa muerte que puede caber en la imaginación

humana; y así, determinamos de salirnos del navío y caminar por encima

del yelo, y ir a ver si en el que se parecía habría alguna cosa de que

aprovecharnos, o ya de grado, o ya por fuerza.

"Púsose en obra nuestro pensamiento, y en un instante vieron las aguas

sobre sí formado, con pies enjutos, un escuadrón pequeño, pero de

valentísimos soldados, y siendo yo la guía, resbalando, cayendo y

levantando, llegamos al otro navío, que lo era casi tan grande como el

nuestro. Había gente él que, puesta sobre el borde, adevinando la

intención de nuestra venida, a voces comenzó uno a decirnos: "¿A qué

venís, gente desesperada? ¿Qué buscáis? ¿Venís, por ventura, a

apresurar nuestra muerte y a morir con nosotros? Volveos a vuestro

navío, y si os faltan bastimentos, roed las jarcias y encerrad en

vuestros estómagos los embreados leños, si es posible, porque pensar

que os hemos de dar acogida será pensamiento vano y contra los

preceptos de la caridad, que ha de comenzar de sí mismo. Dos meses

dicen que suele durar este yelo que nos detiene; para quince días

tenemos sustento; si es bien que le repartamos con vosotros, a vuestra

consideración lo dejo." A lo que yo le respondí: "En los apretados

peligros toda razón se atropella; no hay respeto que valga ni buen

término que se guarde. Acogednos en vuestro navío de grado, y

juntaremos en él el bastimento que en el nuestro queda, y comámoslo

amigablemente, antes que la precisa necesidad nos haga mover las armas

y usar de la fuerza." Esto le respondí yo, creyendo no decían verdad

en la cantidad del bastimento que señalaban; pero ellos, viéndose

superiores y aventajados en el puesto, no temieron nuestras amenazas

ni admitieron nuestros ruegos; antes arremetieron a las armas y se

pusieron en orden de defenderse. Los nuestros, a quien la

desesperación, de valientes, hizo valentísimos, añadiendo a la

temeridad nuevos bríos, arremetieron al navío y casi sin recebir

herida le entraron y le ganaron, y alzóse una voz entre nosotros que a

todos les quitásemos la vida por ahorrar de balas y de estómagos por

donde se fuese el bastimento que en el navío hallásemos. Yo fuí de

parecer contrario, y, quizá por tenerle bueno, en esto nos socorrió el

cielo, como después diré, aunque primero quiero deciros que este navío

era el de los cosarios que habían robado a mi hermana y a las dos

recién desposadas pescadoras. Apenas le hube reconocido, cuando dije a

voces: "¿Adónde tenéis, ladrones, nuestras almas? ¿Adónde están las

vidas que nos robastes? ¿Qué habéis hecho de mi hermana Auristela y de

las dos, Selviana y Leoncia, partes, mitades de los corazones de mis

buenos amigos Carino y Solercio?" A lo que uno me respondió: "Esas

mujeres pescadoras que dices las vendió nuestro capitán, que ya es

muerto, a Arnaldo, príncipe de Dinamarca."

Novelas y teatro · 第 11 / 33 题