--"La fiesta de mis pescadores, tan regocijada como pobre, excedió a
las de los triunfos romanos: que tal vez en la llaneza y en la
humildad suelen esconderse los regocijos más aventajados. Pero como
las venturas humanas estén por la mayor parte pendientes de hilos
delgados, y los de la mudanza fácilmente se quiebran y desbaratan,
como se quebraron las de mis pescadores, y se retorcieron y
fortificaron mis desgracias, aquella noche la pasamos todos en una
isla pequeña que en la mitad del río se hacía, convidados del verde
sitio y apacible lugar. Holgábanse los desposados, y ordenaron que en
aquella isla del río se renovasen las fiestas y se continuasen por
tres días. La sazón del tiempo, que era la del verano, la comodidad
del sitio, el resplandor de la luna, el susurro de las fuentes, la
fruta de los árboles, el olor de las flores, cada cosa déstas de por
sí, y todas juntas, convidaban a tener por acertado el parecer de que
allí estuviésemos el tiempo que las fiestas durasen.
"Pero apenas nos habíamos reducido a la isla, cuando, de entre un
pedazo de bosque que en ella estaba, salieron hasta cincuenta
salteadores armados a la ligera, bien como aquellos que quieren robar
y huír, todo a un mismo punto; y como los descuidados acometidos
suelen ser vencidos con su mismo descuido, casi sin ponernos en
defensa, turbados con el sobresalto, antes nos pusimos a mirar que
acometer a los ladrones, los cuales, como hambrientos lobos,
arremetieron al rebaño de las simples ovejas, y se llevaron, si no en
la boca, en los brazos, a mi hermana Auristela, a Cloelia, su ama, y a
Selviana y a Leoncia, como si solamente vinieran a ofendellas, porque
se dejaron muchas otras mujeres a quien la naturaleza había dotado de
singular hermosura. Yo, a quien el extraño caso más colérico que
suspenso me puso, me arrojé tras los salteadores, los seguí con los
ojos y con las voces, afrentándolos, como si ellos fueran capaces de
sentir afrentas, solamente para irritarlos a que mis injurias les
moviesen a volver a tomar venganza de ellas: pero ellos, atentos a
salir con su intento, o no oyeron, o no quisieron vengarse, y así se
desaparecieron; y luego los desposados y yo, con algunos de los
principales pescadores, nos juntamos, como suele decirse, a consejo,
sobre qué haríamos para enmendar nuestro yerro y cobrar nuestras
prendas. Uno dijo: "No es posible sino que alguna nave de salteadores
está en la mar, y en parte donde con facilidad ha echado esta gente en
tierra, quizá sabidores de nuestra junta y de nuestras fiestas. Si
esto es ansí, como sin duda lo imagino, el mejor remedio es que salgan
algunos barcos de los nuestros, y les ofrezcan todo el rescate que por
la presa quisieren, sin detenerse en él, tanto más cuanto que las
prendas de esposas, hasta las mismas vidas de sus mismos esposos
merecen en rescate." "Yo seré--dije entonces--el que haré esa
diligencia: que, para conmigo, tanto vale la prenda de mi hermana como
si fuera la vida de todos los del mundo." Lo mismo dijeron Carino y
Solercio, ellos llorando en público, y yo muriendo en secreto.
"Cuando tomamos esta resolución, comenzaba anochecer; pero, con todo
eso, nos entramos en un barco los desposados y yo, con seis remeros;
pero, cuando salimos al mar descubierto, había acabado de cerrar la
noche, por cuya escuridad no vimos bajel alguno. Determinamos de
esperar el venidero día, por ver si con la claridad descubríamos algún
navío, y quiso la suerte que descubriésemos dos, el uno que salía del
abrigo de la tierra, y el otro que venía a tomarla; conocí que el que
dejaba la tierra era el mismo de quien habíamos salido a la isla, así
en las banderas como en las velas, que venían cruzadas con una cruz
roja; los que venían de fuera las traían verdes, y los unos y los
otros eran cosarios. Pues como yo imaginé que el navío que salía de la
isla era el de los salteadores de la presa, hice poner en una lanza
una bandera blanca de seguro; vine arrimando al costado del navío,
para tratar del rescate, llevando cuidado de que no me prendiese.
Asomóse el capitán al borde, y cuando quise alzar la voz para
hablarle, puedo decir que me la turbó y suspendió y cortó en la mitad
del camino un espantoso trueno que formó el disparar de un tiro de
artillería de la nave de fuera, en señal de que desafiaba a la batalla
al navío de tierra. Al mismo punto le fué respondido con otro no menos
poderoso, y, en un instante, se comenzaron a cañonear las dos naves,
como si fueran de dos conocidos y irritados enemigos. Desvióse nuestro
barco de en mitad de la furia, y desde lejos estuvimos mirando la
batalla; y habiendo jugado la artillería casi una hora, se aferraron
los dos navíos con una no vista furia. Los del navío de fuera, o más
venturosos, o, por mejor decir, más valientes, saltaron en el navío de
tierra, y en un instante desembarazaron toda la cubierta, quitando la
vida a sus enemigos, sin dejar a ninguno con ella.
"Viéndose, pues, libres de sus ofensores, se dieron a saquear el navío
de las cosas más preciosas que tenía, que por ser de cosarios no era
mucho, aunque en mi estimación eran las mejores del mundo, porque se
llevaron de las primeras a mi hermana, a Selviana, a Leoncia y a
Cloelia, con que enriquecieron su nave, pareciéndoles que en la
hermosura de Auristela llevaban un precioso y nunca visto rescate.
Quise llegar con mi barca a hablar con el capitán de los vencedores;
pero como mi ventura andaba siempre en los aires, uno de tierra sopló
y hizo apartar el navío. No pude llegar a él ni ofrecer imposibles por
el rescate de la presa, y así fué forzoso el volvernos, sin ninguna
esperanza de cobrar nuestra pérdida; y, por no ser otra la derrota que
el navío llevaba que aquella que el viento le permitía, no podimos por
entonces juzgar el camino que haría, ni señal que nos diese a entender
quiénes fuesen los vencedores, para juzgar siquiera, sabiendo su
patria, las esperanzas de nuestro remedio. El voló, en fin, por el mar
adelante, y nosotros, desmayados y tristes, nos entramos en el río,
donde todos los barcos de los pescadores nos estaban esperando. No sé
si os diga, señores, lo que es forzoso deciros: un cierto espíritu se
entró entonces en mi pecho, que, sin mudarme el ser, me pareció que le
tenía más que de hombre, y así, levantándome en pie sobre la barca,
hice que la rodeasen todas las demás y estuviesen atentos a éstas o
otras semejantes razones que les dije: "La baja fortuna jamás se
enmendó con la ociosidad ni con la pereza; en los ánimos encogidos
nunca tuvo lugar la buena dicha; nosotros mismos nos fabricamos
nuestra ventura, y no hay alma que no sea capaz de levantarse a su
asiento; los cobardes, aunque nazcan ricos, siempre son pobres, como
los avaros mendigos. Esto os digo ¡oh amigos míos! para moveros y
incitaros a que mejoréis vuestra suerte y a que dejéis el pobre ajuar
de unas redes y de unos estrechos barcos, y busquéis los tesoros que
tiene en sí encerrados el generoso trabajo: llamo generoso al trabajo
del que se ocupa en cosas grandes. Si suda el cavador rompiendo la
tierra, y apenas saca premio que le sustente más que un día, sin ganar
fama alguna, ¿por qué no tomará, en lugar de la azada, una lanza, y,
sin temor del sol ni de todas las inclemencias del cielo, procurará
ganar con el sustento fama que le engrandezca sobre los demás hombres?
La guerra, así como es madrastra de los cobardes, es madre de los
valientes, y los premios que por ella se alcanzan se pueden llamar
ultramundanos. ¡Ea, pues, amigos, juventud valerosa, poned los ojos en
aquel navío que se lleva las caras prendas de vuestros parientes,
encerrándonos en estotro que en la ribera nos dejaron, casi, a lo que
creo, por ordenación del cielo! Vamos tras él, y hagámonos piratas, no
codiciosos, como son los demás, sino justicieros, como lo seremos
nosotros. A todos se nos entiende el arte de la marinería; bastimentos
hallaremos en el navío, con todo lo necesario a la navegación, porque
sus contrarios no le despojaron más que de las mujeres; y si es grande
el agravio que hemos recebido, grandísima es la ocasión que para
vengarle se nos ofrece. Sígame, pues, el que quisiere, que yo os
suplico, y Carino y Solercio os lo ruegan, que bien sé que no me han
de dejar en esta valerosa empresa."
"Apenas hube acabado de decir estas razones, cuando se oyó el murmureo
por todas las barcas, procedido de que unos con otros se aconsejaban
de lo que harían, y entre todos salió una voz que dijo: "Embárcate,
generoso huésped, y sé nuestro capitán y nuestra guía, que todos te
seguiremos." Esta tan improvisa resolución de todos me sirvió de
felice auspicio, y, por temer que la dilación de poner en obra mi buen
pensamiento no les diese ocasión de madurar su discurso, me adelanté
con mi barco, al cual siguieron otros casi cuarenta; llegué a
reconocer el navío: entré dentro, escudriñéle todo, miré lo que tenía
y lo que le faltaba, y hallé todo lo que me pudo pedir el deseo que
fuese necesario para el viaje. Aconsejéles que ninguno volviese a
tierra, por quitar la ocasión de que el llanto de las mujeres y el de
los queridos hijos no fuese parte para dejar de poner en efeto
resolución tan gallarda. Todos lo hicieron así, y desde allí se
despidieron con la imaginación de sus padres, hijos y mujeres. ¡Caso
extraño, y que ha menester que la cortesía ayude a darle crédito!
Ninguno volvió a tierra, ni se acomodó de más vestidos de aquellos con
que había entrado en el navío, en el cual, sin repartir los oficios,
todos servían de marineros y de pilotos, excepto yo, que fuí nombrado
por capitán por gusto de todos. Y, encomendándome a Dios, comencé
luego a ejercer mi oficio, y lo primero que mandé fué desembarazar el
navío de los muertos que habían sido en la pasada refriega, y
limpiarle de la sangre de que estaba lleno; ordené que se buscasen
todas las armas, ansí ofensivas como defensivas, que en él había, y,
repartiéndolas entre todos, di a cada uno la que, a mi parecer, mejor
le estaba; requerí los bastimentos, y, conforme a la gente, tanteé
para cuántos días serían bastantes, poco más o menos. Hecho esto, y
hecha oración al cielo, suplicándole encaminase nuestro viaje y
favoreciese nuestros tan honrados pensamientos, mandé izar las velas,
que aún se estaban atadas a las entenas, y que las diéramos al viento,
que, como se ha dicho, soplaba de la tierra, y, tan alegres como
atrevidos, y tan atrevidos como confiados, comenzamos a navegar por la
misma derrota que nos pareció que llevaba el navío de la presa.
"Veisme aquí, señores que me estáis escuchando, hecho pescador y
casamentero rico con mi querida hermana, y pobre sin ella, robado de
salteadores y subido al grado de capitán contra ellos: que las vueltas
de mi fortuna no tienen un punto donde paren ni términos que las
encierren.