CAPITULO XII

--"La fiesta de mis pescadores, tan regocijada como pobre, excedió a

las de los triunfos romanos: que tal vez en la llaneza y en la

humildad suelen esconderse los regocijos más aventajados. Pero como

las venturas humanas estén por la mayor parte pendientes de hilos

delgados, y los de la mudanza fácilmente se quiebran y desbaratan,

como se quebraron las de mis pescadores, y se retorcieron y

fortificaron mis desgracias, aquella noche la pasamos todos en una

isla pequeña que en la mitad del río se hacía, convidados del verde

sitio y apacible lugar. Holgábanse los desposados, y ordenaron que en

aquella isla del río se renovasen las fiestas y se continuasen por

tres días. La sazón del tiempo, que era la del verano, la comodidad

del sitio, el resplandor de la luna, el susurro de las fuentes, la

fruta de los árboles, el olor de las flores, cada cosa déstas de por

sí, y todas juntas, convidaban a tener por acertado el parecer de que

allí estuviésemos el tiempo que las fiestas durasen.

"Pero apenas nos habíamos reducido a la isla, cuando, de entre un

pedazo de bosque que en ella estaba, salieron hasta cincuenta

salteadores armados a la ligera, bien como aquellos que quieren robar

y huír, todo a un mismo punto; y como los descuidados acometidos

suelen ser vencidos con su mismo descuido, casi sin ponernos en

defensa, turbados con el sobresalto, antes nos pusimos a mirar que

acometer a los ladrones, los cuales, como hambrientos lobos,

arremetieron al rebaño de las simples ovejas, y se llevaron, si no en

la boca, en los brazos, a mi hermana Auristela, a Cloelia, su ama, y a

Selviana y a Leoncia, como si solamente vinieran a ofendellas, porque

se dejaron muchas otras mujeres a quien la naturaleza había dotado de

singular hermosura. Yo, a quien el extraño caso más colérico que

suspenso me puso, me arrojé tras los salteadores, los seguí con los

ojos y con las voces, afrentándolos, como si ellos fueran capaces de

sentir afrentas, solamente para irritarlos a que mis injurias les

moviesen a volver a tomar venganza de ellas: pero ellos, atentos a

salir con su intento, o no oyeron, o no quisieron vengarse, y así se

desaparecieron; y luego los desposados y yo, con algunos de los

principales pescadores, nos juntamos, como suele decirse, a consejo,

sobre qué haríamos para enmendar nuestro yerro y cobrar nuestras

prendas. Uno dijo: "No es posible sino que alguna nave de salteadores

está en la mar, y en parte donde con facilidad ha echado esta gente en

tierra, quizá sabidores de nuestra junta y de nuestras fiestas. Si

esto es ansí, como sin duda lo imagino, el mejor remedio es que salgan

algunos barcos de los nuestros, y les ofrezcan todo el rescate que por

la presa quisieren, sin detenerse en él, tanto más cuanto que las

prendas de esposas, hasta las mismas vidas de sus mismos esposos

merecen en rescate." "Yo seré--dije entonces--el que haré esa

diligencia: que, para conmigo, tanto vale la prenda de mi hermana como

si fuera la vida de todos los del mundo." Lo mismo dijeron Carino y

Solercio, ellos llorando en público, y yo muriendo en secreto.

"Cuando tomamos esta resolución, comenzaba anochecer; pero, con todo

eso, nos entramos en un barco los desposados y yo, con seis remeros;

pero, cuando salimos al mar descubierto, había acabado de cerrar la

noche, por cuya escuridad no vimos bajel alguno. Determinamos de

esperar el venidero día, por ver si con la claridad descubríamos algún

navío, y quiso la suerte que descubriésemos dos, el uno que salía del

abrigo de la tierra, y el otro que venía a tomarla; conocí que el que

dejaba la tierra era el mismo de quien habíamos salido a la isla, así

en las banderas como en las velas, que venían cruzadas con una cruz

roja; los que venían de fuera las traían verdes, y los unos y los

otros eran cosarios. Pues como yo imaginé que el navío que salía de la

isla era el de los salteadores de la presa, hice poner en una lanza

una bandera blanca de seguro; vine arrimando al costado del navío,

para tratar del rescate, llevando cuidado de que no me prendiese.

Asomóse el capitán al borde, y cuando quise alzar la voz para

hablarle, puedo decir que me la turbó y suspendió y cortó en la mitad

del camino un espantoso trueno que formó el disparar de un tiro de

artillería de la nave de fuera, en señal de que desafiaba a la batalla

al navío de tierra. Al mismo punto le fué respondido con otro no menos

poderoso, y, en un instante, se comenzaron a cañonear las dos naves,

como si fueran de dos conocidos y irritados enemigos. Desvióse nuestro

barco de en mitad de la furia, y desde lejos estuvimos mirando la

batalla; y habiendo jugado la artillería casi una hora, se aferraron

los dos navíos con una no vista furia. Los del navío de fuera, o más

venturosos, o, por mejor decir, más valientes, saltaron en el navío de

tierra, y en un instante desembarazaron toda la cubierta, quitando la

vida a sus enemigos, sin dejar a ninguno con ella.

"Viéndose, pues, libres de sus ofensores, se dieron a saquear el navío

de las cosas más preciosas que tenía, que por ser de cosarios no era

mucho, aunque en mi estimación eran las mejores del mundo, porque se

llevaron de las primeras a mi hermana, a Selviana, a Leoncia y a

Cloelia, con que enriquecieron su nave, pareciéndoles que en la

hermosura de Auristela llevaban un precioso y nunca visto rescate.

Quise llegar con mi barca a hablar con el capitán de los vencedores;

pero como mi ventura andaba siempre en los aires, uno de tierra sopló

y hizo apartar el navío. No pude llegar a él ni ofrecer imposibles por

el rescate de la presa, y así fué forzoso el volvernos, sin ninguna

esperanza de cobrar nuestra pérdida; y, por no ser otra la derrota que

el navío llevaba que aquella que el viento le permitía, no podimos por

entonces juzgar el camino que haría, ni señal que nos diese a entender

quiénes fuesen los vencedores, para juzgar siquiera, sabiendo su

patria, las esperanzas de nuestro remedio. El voló, en fin, por el mar

adelante, y nosotros, desmayados y tristes, nos entramos en el río,

donde todos los barcos de los pescadores nos estaban esperando. No sé

si os diga, señores, lo que es forzoso deciros: un cierto espíritu se

entró entonces en mi pecho, que, sin mudarme el ser, me pareció que le

tenía más que de hombre, y así, levantándome en pie sobre la barca,

hice que la rodeasen todas las demás y estuviesen atentos a éstas o

otras semejantes razones que les dije: "La baja fortuna jamás se

enmendó con la ociosidad ni con la pereza; en los ánimos encogidos

nunca tuvo lugar la buena dicha; nosotros mismos nos fabricamos

nuestra ventura, y no hay alma que no sea capaz de levantarse a su

asiento; los cobardes, aunque nazcan ricos, siempre son pobres, como

los avaros mendigos. Esto os digo ¡oh amigos míos! para moveros y

incitaros a que mejoréis vuestra suerte y a que dejéis el pobre ajuar

de unas redes y de unos estrechos barcos, y busquéis los tesoros que

tiene en sí encerrados el generoso trabajo: llamo generoso al trabajo

del que se ocupa en cosas grandes. Si suda el cavador rompiendo la

tierra, y apenas saca premio que le sustente más que un día, sin ganar

fama alguna, ¿por qué no tomará, en lugar de la azada, una lanza, y,

sin temor del sol ni de todas las inclemencias del cielo, procurará

ganar con el sustento fama que le engrandezca sobre los demás hombres?

La guerra, así como es madrastra de los cobardes, es madre de los

valientes, y los premios que por ella se alcanzan se pueden llamar

ultramundanos. ¡Ea, pues, amigos, juventud valerosa, poned los ojos en

aquel navío que se lleva las caras prendas de vuestros parientes,

encerrándonos en estotro que en la ribera nos dejaron, casi, a lo que

creo, por ordenación del cielo! Vamos tras él, y hagámonos piratas, no

codiciosos, como son los demás, sino justicieros, como lo seremos

nosotros. A todos se nos entiende el arte de la marinería; bastimentos

hallaremos en el navío, con todo lo necesario a la navegación, porque

sus contrarios no le despojaron más que de las mujeres; y si es grande

el agravio que hemos recebido, grandísima es la ocasión que para

vengarle se nos ofrece. Sígame, pues, el que quisiere, que yo os

suplico, y Carino y Solercio os lo ruegan, que bien sé que no me han

de dejar en esta valerosa empresa."

"Apenas hube acabado de decir estas razones, cuando se oyó el murmureo

por todas las barcas, procedido de que unos con otros se aconsejaban

de lo que harían, y entre todos salió una voz que dijo: "Embárcate,

generoso huésped, y sé nuestro capitán y nuestra guía, que todos te

seguiremos." Esta tan improvisa resolución de todos me sirvió de

felice auspicio, y, por temer que la dilación de poner en obra mi buen

pensamiento no les diese ocasión de madurar su discurso, me adelanté

con mi barco, al cual siguieron otros casi cuarenta; llegué a

reconocer el navío: entré dentro, escudriñéle todo, miré lo que tenía

y lo que le faltaba, y hallé todo lo que me pudo pedir el deseo que

fuese necesario para el viaje. Aconsejéles que ninguno volviese a

tierra, por quitar la ocasión de que el llanto de las mujeres y el de

los queridos hijos no fuese parte para dejar de poner en efeto

resolución tan gallarda. Todos lo hicieron así, y desde allí se

despidieron con la imaginación de sus padres, hijos y mujeres. ¡Caso

extraño, y que ha menester que la cortesía ayude a darle crédito!

Ninguno volvió a tierra, ni se acomodó de más vestidos de aquellos con

que había entrado en el navío, en el cual, sin repartir los oficios,

todos servían de marineros y de pilotos, excepto yo, que fuí nombrado

por capitán por gusto de todos. Y, encomendándome a Dios, comencé

luego a ejercer mi oficio, y lo primero que mandé fué desembarazar el

navío de los muertos que habían sido en la pasada refriega, y

limpiarle de la sangre de que estaba lleno; ordené que se buscasen

todas las armas, ansí ofensivas como defensivas, que en él había, y,

repartiéndolas entre todos, di a cada uno la que, a mi parecer, mejor

le estaba; requerí los bastimentos, y, conforme a la gente, tanteé

para cuántos días serían bastantes, poco más o menos. Hecho esto, y

hecha oración al cielo, suplicándole encaminase nuestro viaje y

favoreciese nuestros tan honrados pensamientos, mandé izar las velas,

que aún se estaban atadas a las entenas, y que las diéramos al viento,

que, como se ha dicho, soplaba de la tierra, y, tan alegres como

atrevidos, y tan atrevidos como confiados, comenzamos a navegar por la

misma derrota que nos pareció que llevaba el navío de la presa.

"Veisme aquí, señores que me estáis escuchando, hecho pescador y

casamentero rico con mi querida hermana, y pobre sin ella, robado de

salteadores y subido al grado de capitán contra ellos: que las vueltas

de mi fortuna no tienen un punto donde paren ni términos que las

encierren.

Novelas y teatro · 第 10 / 33 题