_Robert_.»

Ni más, ni menos. Ambos soltaron la carcajada. El mirlo a su vez hizo

estallar la jaula en una explosión de gritos musicales.

La caja había llegado, una caja de regular tamaño, llena de marchamos,

de números y de letras negras que decían y daban a entender que el

contenido era muy frágil. Cuando la caja se abrió apareció el misterio.

Era un fino busto de porcelana, un admirable busto de mujer sonriente,

pálido y encantador. En la base tenía tres inscripciones, una en

caracteres chinescos, otra en inglés y otra en francés: _La emperatriz

de la China_, ¡La emperatriz de la China! ¿Qué manos de artista asiático

habían modelado aquellas formas atrayentes de misterio? Era una

cabellera recogida y apretada, una faz enigmática, ojos bajos y

extraños, de princesa celeste, sonrisa de esfinge, cuello erguido sobre

los hombros columbinos, cubiertos por una honda de seda bordada de

dragones, todo dando magia a la porcelana blanca, con tonos de cera,

inmaculada y cándida. ¡La emperatriz de la China! Suzette pasaba sus

dedos de rosa sobre los ojos de aquella graciosa soberana, un tanto

inclinados, con sus curvos epicantus bajo los puros y nobles arcos de

las cejas. Estaba contenta. Y Recaredo sentía orgullo de poseer su

porcelana.--Le haría un gabinete especial, para que viviese y reinase

sola, como en el Louvre la Venus de Milo, triunfadora, cobijada

imperialmente por el plafón de su recinto sagrado.

Así lo hizo. En un extremo del taller, formó un gabinete minúsculo, con

biombos cubiertos de arrozales y de grullas. Predominaba la nota

amarilla. Toda la gama, oro, fuego, ocre de oriente, hoja de otoño,

hasta el pálido que agoniza fundido en la blancura. En el centro, sobre

un pedestal dorado y negro, se alzaba riendo la exótica imperial.

Alrededor de ella había colocado Recaredo todas sus japonerías y

curiosidades chinas. La cubría un gran quitasol nipón, pintado de

camelias y de anchas rosas sangrientas. Era cosa de risa, cuando el

artista soñador, después de dejar la pipa y los cinceles, llegaba frente

a la emperatriz, con las manos cruzadas sobre el pecho, a hacer zalemas.

Una, dos, diez, veinte veces la visitaba. Era una pasión. En un plato de

laca yokoamesa le ponía flores frescas todos los días. Tenía en

momentos, verdaderos arrobos delante del busto asiático que le conmovía

en su deleitable e inmóvil majestad. Estudiaba sus menores detalles, el

caracol de la oreja, el arco del labio, la nariz pulida, el epicantus

del párpado. ¡Un ídolo, la famosa emperatriz! Suzette le llamaba de

lejos:--¡Recaredo!

--¡Voy!--Y seguía en la contemplación de su obra de arte. Hasta que

Suzette llegaba a llevárselo a rastras y a besos.

Un día, las flores del plato de laca desaparecieron como por encanto.

--¿Quién ha quitado las flores?--gritó el artista desde el taller.

--Yo--dijo una voz vibradora.

Era Suzette que entreabría una cortina, toda sonrosada y haciendo

relampaguear sus ojos negros.

* * * * *

Allá en lo hondo de su cerebro se decía el señor Recaredo, artista

escultor:--¿Qué tendrá mi mujercita? No comía casi. Aquellos buenos

libros desflorados por su espátula de marfil, estaban en el pequeño

estante negro, con sus hojas cerradas sufriendo la nostalgia de las

blandas manos de rosa, y del tibio regazo perfumado. El señor Recaredo

la veía triste. ¿Qué tendrá mi mujercita? En la mesa no quería comer.

Estaba seria: ¡qué seria! La miraba a veces con el rabo del ojo, y el

marido veía aquellas pupilas obscuras, húmedas, como si quisieran

llorar. Y ella al responder, hablaba como los niños a quienes se ha

negado un dulce. ¿Qué tendrá mi mujercita? ¡Nada! Aquel «nada» lo decía

ella con voz de queja, y entre sílaba y sílaba había lágrimas.

¡Oh, señor Recaredo! lo que tiene vuestra mujercita es que sois un

hombre abominable. ¿No habéis notado que desde que esa buena de la

emperatriz de la China ha llegado a vuestra casa, el saloncito azul se

ha entristecido, y el mirlo no canta ni ríe con su risa perlada? Suzette

despierta a Chopin, y lentamente, hace brotar la melodía enferma y

melancólica del negro piano sonoro. ¡Tiene celos, señor Recaredo! Tiene

el mal de los celos, ahogador y quemante, como una serpiente encendida

que aprieta el alma. ¡Celos! Quizá él lo comprendía, porque una tarde

dijo a la muchachita de su corazón estas palabras, frente a frente, a

través del humo de una taza de café:--Eres demasiado injusta. ¿Acaso no

te amo con toda mi alma; acaso no sabes leer en mis ojos lo que hay

dentro de mi corazón?

Suzette rompió a llorar. ¡Que la amaba! No, ya no la amaba. Habían huído

las buenas y radiantes horas, y los besos que chasqueaban también eran

idos, como pájaros en fuga. Ya no la quería. Y a ella, a la que él veía

su religión, su delicia, su sueño, su rey, a ella, a Suzette, la había

dejado por la otra.

¡La otra! Recaredo dió un salto. Estaba engañada. ¿Lo diría por la rubia

Eulogia, a quien en un tiempo había dirigido madrigales?

Ella movió la cabeza:--No. ¿Por la ricachona Gabriela, de largos

cabellos negros, blanca como un alabastro y cuyo busto había hecho? ¿O

por aquella Luisa, la danzarina, que tenía una cintura de avispa, un

seno de buena nodriza y unos ojos incendiarios? ¿O por la viudita

Andrea, que al reir sacaba la punta de la lengua, roja y felina, entre

sus dientes brillantes y amarfilados?

No, no era ninguna de esas. Recaredo se quedó con gran asombro.--Mira,

chiquilla, dime la verdad. ¿Quién es ella? Sabes cuánto te adoro, mi

Elsa, mi Julieta, amor mío...

Temblaba tanta verdad de amor en aquellas palabras entrecortadas y

trémulas, que Suzette, con los ojos enrojecidos, secos ya de lágrimas,

se levantó irguiendo su linda cabeza heráldica.

--¿Me amas?

--¡Bien lo sabes!

--Deja, pues, que me vengue de mi rival. Ella o yo, escoge. Si es cierto

que me adoras, ¿querrás permitir que la aparte para siempre de tu

camino, que quede yo sola, confiada en tu pasión?

--Sea--dijo Recaredo--. Y viendo irse a su avecita celosa y terca,

prosiguió sorbiendo el café, tan negro como la tinta.

No había tomado tres sorbos, cuando oyó un gran ruido de fracaso en el

recinto de su taller.

Fué: ¿Qué miraron sus ojos? El busto había desaparecido del pedestal de

negro y oro, y entre minúsculos mandarines caídos y descolgados

abanicos, se veían por el suelo pedazos de porcelana que crujían bajo

los pequeños zapatos de Suzette, quien toda encendida y con el cabello

suelto, aguardando los besos, decía entre carcajadas argentinas al

maridito asustado:--Estoy vengada. ¡Ha muerto ya para ti la emperatriz

de la China!

Y cuando comenzó la ardiente reconciliación de los labios, en el

saloncito azul, todo lleno de regocijo, el mirlo, en su jaula, se moría

de risa.

[Illustration: ¡Princesa del divino imperio azul, quién besara tus

labios luminosos!]

A UNA ESTRELLA

(ROMANZA EN PROSA)

¡Princesa del divino imperio azul, quién besara tus labios luminosos!

¡Yo soy el enamorado estático que soñando mi sueño de amor, estoy de

rodillas, con los ojos fijos en tu inefable claridad, estrella mía, que

estás tan lejos! ¡Oh, cómo ardo en celos, cómo tiembla mi alma cuando

pienso que tú, cándida hija de la Aurora, puedes fijar tus miradas en el

hermoso Príncipe Sol que viene de Oriente, gallardo y bello en su carro

de oro, celeste flechero triunfador, de coraza adamantina, que trae a la

espalda el carcaj brillante lleno de flechas de fuego! Pero no, tú me

has sonreído bajo tu palio, y tu sonrisa era dulce como la esperanza.

¡Cuántas veces mi espíritu quiso volar hacia ti y quedó desalentado!

¡Está tan lejano tu alcázar! He cantado en mis sonetos y en mis

madrigales tu místico florecimiento, tus cabellos de luz, tu alba

vestidura. Te he visto como una pálida Beatriz del firmamento, lírica y

amorosa en tu sublime resplandor. ¡Princesa del divino imperio azul,

quién besara tus labios luminosos!

* * * * *

Recuerdo aquella negra noche ¡oh genio Desaliento! en que visitaste mi

cuarto de trabajo para darme tortura, para dejarme casi desolado el

pobre jardín de mi ilusión, donde me segaste tantos frescos ideales en

flor. Tu voz me sonó a hierro y te escuché temblando, porque tu palabra

era cortante y fría y caía como un hacha. Me hablaste del camino de la

Gloria, donde hay que andar descalzo sobre cambroneras y abrojos; y

desnudo, bajo una eterna granizada; y a obscuras, cerca de hondos

abismos, llenos de sombra como la muerte. Me hablaste del vergel Amor,

donde es casi imposible cortar una rosa sin morir, porque es rara la

flor en que no anida un áspid. Y me dijiste de la terrible y muda

esfinge de bronce que está a la entrada de la tumba. Y yo estaba

espantado, porque la gloria me había atraído, con su hermosa palma en la

mano, y el Amor me llenaba con su embriaguez, y la vida era para mí

encantadora y alegre como la ven las flores y los pájaros. Y ya presa de

mi desesperanza, esclavo tuyo, obscuro genio Desaliento, huí de mi

triste lugar de labor--donde entre una corte de bardos antiguos y de

poetas modernos, resplandecía el dios Hugo, en la edición de Hetzel--y

busqué el aire libre bajo el cielo de la noche. Entonces fué, adorable y

blanca princesa, cuando tuviste compasión de aquel pobre poeta, y le

miraste con tu mirada inefable y le sonreiste, y de tu sonrisa emergía

el divino verso de la esperanza! ¡Estrella mía que estás tan lejos,

quién besara tus labios luminosos!

* * * * *

Quería contarte un poema sideral que tú pudieras oir, quería ser tu

amante ruiseñor, y darte mi apasionado ritornelo, mi etérea y rubia

soñadora. Y así desde la tierra donde caminamos sobre el limo, enviarte

mi ofrenda de armonía a tu región en que deslumbra la apoteosis y reina

sin cesar el prodigio.

Tu diadema asombra a los astros y tu luz hace cantar a los poetas, perla

en el Océano infinito, flor de lis del oriflama inmenso del gran Dios.

Te he visto una noche aparecer en el horizonte sobre el mar, y el

gigantesco viejo, ebrio de sal, te saludó con las salvas de sus olas

sonantes y roncas. Tú caminabas con un manto tenue y dorado; tus

reflejos alegraban las vastas aguas palpitantes.

Otra vez era en una selva obscura, donde poblaban el aire los grillos

monótonos, con las notas chillonas de sus nocturnos y rudos violines. A

través de un ramaje te contemplé en tu deleitable serenidad, y vi sobre

los árboles negros, trémulos hilos de luz como si hubiesen caído de la

altura, hebras de tu cabellera. Princesa del divino imperio azul, ¡quién

besara tus labios luminosos!

* * * * *

Te canta y vuela a ti la alondra matinal en el alba de la primavera, en

que el viento lleva vibraciones de liras eólicas, y el eco de los

tímpanos de plata que suenan los silfos. Desde tu región derrama las

perlas armónicas y cristalinas de su buche, que caen y se juntan a la

universal y grandiosa sinfonía que llena la despierta tierra.

¡Y en esa hora pienso en ti, porque es la hora de supremas citas en el

profundo cielo y de ocultos y ardorosos oarystis en los tibios parajes

del bosque donde florece el citiso que alegra la égogla! ¡Estrella mía,

que estás tan lejos, quién besara tus labios luminosos!

[Illustration: EL AÑO LÍRICO]

PRIMAVERAL

Mes de rosas. Van mis rimas

en ronda, a la vasta selva,

a recoger miel y aromas

en las flores entreabiertas.

Amada, ven. El gran bosque

es nuestro templo; allí ondea

y flota un santo perfume

de amor. El pájaro vuela

de un árbol a otro y saluda

tu frente rosada y bella

como a un alba; y las encinas

robustas, altas, soberbias,

cuando tú pasas agitan

sus hojas verdes y trémulas,

y enarcan sus ramas como

para que pase una reina.

¡Oh, amada mía! Es el dulce

tiempo de la primavera.

* * * * *

Mira: en tus ojos los míos:

da al viento la cabellera,

y que bañe el sol ese aro

de luz salvaje y espléndida.

Dame que aprieten mis manos

las tuyas de rosa y seda,

y ríe, y muestren tus labios

su púrpura húmeda y fresca.

Yo voy a decirte rimas,

tú vas a escuchar risueña;

si acaso algún ruiseñor

viniese a posarse cerca

y a contar alguna historia

de ninfa, rosas o estrellas,

tú no oirás notas ni trinos,

sino enamorada y regia,

escucharás mis canciones

fija en mis labios que tiemblan.

¡Oh, amada mía! Es el dulce

tiempo de la primavera.

* * * * *

Allá hay una clara fuente

que brota de una caverna,

donde se bañan desnudas

las blancas ninfas que juegan.

Ríen al son de la espuma,

hienden la linfa serena;

entre polvo cristalino

esponjan sus cabelleras;

y saben himnos de amores

en hermosa lengua griega,

que en glorioso tiempo antiguo

Pan inventó en las florestas.

Amada, pondré en mis rimas

la palabra más soberbia

de las frases de los versos

de los himnos de esa lengua;

y te diré esa palabra

empapada en miel hiblea...

¡oh, amada mía! en el dulce

tiempo de la primavera.

* * * * *

Van en sus grupos vibrantes

revolando las abejas

como un áureo torbellino

que la blanca luz alegra;

y sobre el agua sonora

pasan radiantes, ligeras,

con sus alas cristalinas

las irisadas libélulas.

Oye: canta la cigarra

porque ama al sol, que en la selva

su polvo de oro tamiza,

entre las hojas espesas.

Su aliento nos da en un soplo

fecundo la madre tierra,

con el alma de los cálices

y el aroma de las yerbas.

* * * * *

¿Ves aquel nido? Hay un ave.

Son dos: el macho y la hembra.

Ella tiene el buche blanco,

él tiene las plumas negras.

En la garganta el gorjeo,

las alas blancas y trémulas;

y los picos que se chocan

como labios que se besan.

El nido es cántico. El ave

incuba el trino, ¡oh, poetas!

de la lira universal

el ave pulsa una cuerda.

Bendito el calor sagrado

que hizo reventar las yemas,

¡oh, amada mía, en el dulce

tiempo de la primavera!

* * * * *

Mi dulce musa Delicia

me trajo un ánfora griega

cincelada en alabastro,

de vino de Naxos llena;

y una hermosa copa de oro,

la base henchida de perlas,

para que bebiese el vino

que es propicio a los poetas.

En la ánfora está Diana,

real, orgullosa y esbelta,

con su desnudez divina

y en su actitud cinegética.

Y en la copa luminosa

está Venus Citerea

tendida cerca de Adonis

que sus caricias desdeña.

No quiero el vino de Naxos

ni el ánfora de ansas bellas,

ni la copa donde Cipria

al gallardo Adonis ruega.

Quiero beber del amor

sólo en tu boca bermeja,

¡oh, amada mía, en el dulce

tiempo de la primavera!

ESTIVAL

I

La tigre de Bengala,

con su lustrosa piel manchada a trechos,

está alegre y gentil, está de gala.

Salta de los repechos

de un ribazo, al tupido

carrizal de un bambú; luego a la roca

que se yergue a la entrada de su gruta.

Allí lanza un rugido,

se agita como loca

y eriza de placer su piel hirsuta.

* * * * *

La fiera virgen ama.

Es el mes del ardor. Parece el suelo

rescoldo; y en el cielo

el sol inmensa llama.

Por el ramaje obscuro

salta huyendo el kanguro.

El boa se infla, duerme, se calienta

a la tórrida lumbre;

el pájaro se sienta

a reposar sobre la verde cumbre.

* * * * *

Siéntense vahos de horno;

y la selva indiana

en alas del bochorno,

lanza, bajo el sereno

cielo, un soplo de sí. La tigre ufana

respira a pulmón lleno,

y al verse hermosa, altiva, soberana,

le late el corazón, se le hincha el seno.

* * * * *

Contempla su gran zarpa, en ella la uña

de marfil; luego toca

el filo de una roca,

y prueba y lo rasguña.

Mírase luego el flanco

que azota con el rabo puntiagudo

de color negro y blanco,

y móvil y felpudo;

luego el vientre. En seguida

abre las anchas fauces, altanera

como reina que exige vasallaje;

después husmea, busca, va. La fiera

exhala algo a manera

de un suspiro salvaje.

Un rugido callado

escuchó. Con presteza

volvió la vista de uno a otro lado.

Y chispeó su ojo verde y dilatado

cuando miró de un tigre la cabeza

surgir sobre la cima de un collado.

El tigre se acercaba.

* * * * *

Era muy bello.

Gigantesca la talla, el pelo fino,

apretado el ijar, robusto el cuello,

era un don Juan felino

en el bosque. Anda a trancos

callados; ve a la tigre inquieta, sola,

y le muestra los blancos

dientes; y luego arbolada

con donaire la cola.

Al caminar se veía

su cuerpo ondear, con garbo y bizarría.

Se miraban los músculos hinchados

debajo de la piel. Y se diría

ser aquella alimaña

un rudo gladiador de la montaña.

Los pelos erizados

del labio relamía. Cuando andaba,

con su peso chafaba

la yerba verde y muelle;

y el ruido de su aliento semejaba

el resollar de un fuelle.

Él es, él es el rey. Cetro de oro

no, sino la ancha garra

que se hinca recia en el testuz del toro

y las carnes desgarra.

La negra águila enorme, de pupilas

de fuego y corvo pico relumbrante,

tiene a Aquilón; las ondas y tranquilas

aguas, el gran caimán; el elefante,

la cañada y la estepa;

la víbora, los juncos por do trepa;

y su caliente nido

del árbol suspendido,

el ave dulce y tierna

que ama la primer luz.

Él la caverna.

* * * * *

No envidian al león la crin, ni al potro rudo

el casco, ni al membrudo

hipopótamo el lomo corpulento

quien bajo los ramajes de copudo

baobab, ruge al viento.

* * * * *

Así va el orgulloso, llega, halaga;

corresponde la tigre que le espera,

y con caricias las caricias paga

en su salvaje ardor, la carnicera.

* * * * *

Después, el misterioso

tacto, las impulsivas

fuerzas que arrastran con poder pasmoso;

y ¡oh gran Pan! el idilio monstruoso

bajo las vastas selvas primitivas.

No el de las musas de las blandas horas

suaves, expresivas,

las rientes auroras

y las azules noches pensativas;

sino el que todo enciende, anima, exalta,

polen, savia, calor, nervio, corteza,

y en torrentes de vida brota y salta

del seno de la gran Naturaleza.

II

El príncipe de Gales va de caza

por bosques y por cerros,

con su gran servidumbre y con sus perros

de la más fina raza.

* * * * *

Acallando el tropel de los vasallos,

deteniendo traíllas y caballos,

con la mirada inquieta,

contempla a los dos tigres, de la gruta

a la entrada. Requiere la escopeta,

y avanza, y no se inmuta.

* * * * *

Las fieras se acarician. No han oído

tropel de cazadores.

A esos terribles seres,

embriagados de amores,

con cadenas de flores

se les hubiera uncido

a la nevada concha de Citeres

o al carro de Cupido.

* * * * *

El príncipe atrevido,

adelanta, se acerca, ya se para;

ya apunta y cierra un ojo; ya dispara;

ya del arma el estruendo

por el espeso bosque ha resonado.

El tigre sale huyendo

y la hembra queda, el vientre desgarrado.

¡Oh, va a morir!... Pero antes, débil, yerta,

chorreando sangre por la herida abierta,

con ojo dolorido

miró a aquel cazador, lanzó un gemido

como un ¡ay! de mujer... y cayó muerta.

III

Aquel macho que huyó, bravo y zahareño

a los rayos ardientes

del sol, en su cubil después dormía.

Entonces tuvo un sueño

que enterraba las garras y los dientes

en vientres sonrosados

y pechos de mujer; y que engullía

por postres delicados

de comidas y cenas,

como tigre goloso entre golosos,

unas cuantas docenas

de niños tiernos, rubios y sabrosos.

AUTUMNAL

_Eros, Vita, Lumen._

En las pálidas tardes

yerran nubes tranquilas

en el azul; en las ardientes manos

se posan las cabezas pensativas.

¡Ah los suspiros! ¡Ah los dulces sueños!

¡Ah las tristezas íntimas!

¡Ah el polvo de oro que en el aire flota,

tras cuyas ondas trémulas se miran

los ojos tiernos y húmedos,

las bocas inundadas de sonrisas,

las crespas cabelleras

y los dedos de rosa que acarician!

* * * * *

En las pálidas tardes

me cuenta un hada amiga

las historias secretas

llenas de poesía;

lo que cantan los pájaros,

lo que llevan las brisas,

lo que vaga en las nieblas

lo que sueñan las niñas.

* * * * *

Una vez sentí el ansia

de una sed infinita.

Dije al hada amorosa:

--Quiero en el alma mía

tener la inspiración honda, profunda,

inmensa: luz, calor, aroma, vida.

Ella me dijo:--¡Ven! con el acento

con que me hablaría un arpa. En él había

un divino idioma de esperanza.

¡Oh sed del ideal!

* * * * *

Sobre la cima

de un monte, a media noche,

me mostró las estrellas encendidas.

Era un jardín de oro

con pétalos de llamas que titilan.

Exclamé:--Más...

* * * * *

La aurora

vino después. La aurora sonreía,

con la luz en la frente,

como la joven tímida

que abre la reja, y la sorprenden luego

ciertas curiosas, mágicas pupilas.

Y dije:--Más...--Sonriendo

la celeste hada amiga

prorrumpió:--¡Y bien! ¡Las flores!

* * * * *

Y las flores

estaban frescas, lindas,

empapadas de olor: la rosa virgen,

la blanca margarita,

la azucena gentil y las volúbiles

que cuelgan de la rama estremecida.

Y dije:-Más...

* * * * *

El viento

arrastraba rumores, ecos, risas,

murmullos misteriosos, aleteos,

músicas nunca oídas.

«El hada entonces me llevó hasta el velo

que nos cubre las ansias infinitas,

la inspiración profunda

y el alma de las liras.

Y lo rasgó. Y allí todo era aurora.»

En el fondo se veía

un bello rostro de mujer.

* * * * *

¡Oh; nunca,

Piérides, diréis las sacras dichas

que en el alma sintiera!

Con su vaga sonrisa:

--¿Más?...--dijo el hada.--Y yo tenía entonces

clavadas las pupilas

en el azul; y en mis ardientes manos

se posó mi cabeza pensativa...

INVERNAL

Noche. Este viento vagabundo lleva

las alas entumidas

y heladas. El gran Andes

yergue al inmenso azul su blanca cima.

La nieve cae en copos,

sus rosas transparentes cristaliza;

en la ciudad, los delicados hombros

y gargantas se abrigan;

ruedan y van los coches,

suenan alegres pianos, el gas brilla;

y, si no hay un fogón que le caliente,

el que es pobre tirita.

* * * * *

Yo estoy con mis radiantes ilusiones

y mis nostalgias íntimas,

junto a la chimenea

bien harta de tizones que crepitan.

Y me pongo a pensar: ¡Oh! ¡si estuviese

ella, la de mis ansias infinitas,

la de mis sueños locos,

y mis azules noches pensativas!

¿Cómo? Mirad:

De la apacible estancia

en la extensión tranquila

vertía la lámpara reflejos

de luces opalinas.

Dentro, el amor que abrasa;

fuera, la noche fría;

el golpe de la lluvia en los cristales,

y el vendedor que grita

su monótona y triste melopea

a las glaciales brisas.

Dentro, la ronda de mis mil delirios,

las canciones de notas cristalinas,

unas manos que toquen mis cabellos,

un aliento que roce mis mejillas,

un perfume de amor, mil conmociones,

mil ardientes caricias;

ella y yo: los dos juntos, los dos solos

la amada y el amado, ¡oh, Poesía!

los besos de sus labios,

la música triunfante de mis rimas

y en la negra y cercana chimenea

el tuero brillador que estalla en chispas.

* * * * *

¡Oh! ¡bien haya el brasero

lleno de pedrería!

Topacios y carbunclos,

rubíes y amatistas

en la ancha copa etrusca

repleta de ceniza.

Los lechos abrigados,

las almohadas mullidas,

las pieles de Astrakán, los besos cálidos

que dan las bocas húmedas y tibias.

¡Oh, viejo Invierno, salve!

puesto que traes con las nieves frígidas

el amor embriagante

y el vino del placer en tu mochila.

* * * * *

Sí, estaría a mi lado,

dándome sus sonrisas,

ella, la que hace falta a mis estrofas,

esa que mi cerebro se imagina;

la que, si estoy en sueños,

se acerca y me visita;

ella que, hermosa, tiene

una carne ideal, grandes pupilas,

algo del mármol, blanca luz de estrella;

nerviosa sensitiva,

muestra el cuello gentil y delicado

de las Hebes antiguas;

bellos gestos de diosa,

tersos brazos de ninfa,

lustrosa cabellera

en la nuca encrespada y recogida

y ojeras que denuncian

ansias profundas y pasiones vivas.

¡Ah, por verla encarnada,

por gozar sus caricias,

por sentir en mis labios,

los besos de su amor, diera la vida!

Entre tanto hace frío.

Yo contemplo las llamas que se agitan,

cantando alegres con sus lenguas de oro,

móviles, caprichosas e intranquilas,

en la negra y cercana chimenea

do el tuero brillador estalla en chispas.

* * * * *

Luego pienso en el coro

de las alegres liras.

En la copa labrada, el vino negro,

la copa hirviente cuyos bordes brillan

con iris temblorosos y cambiantes

como un collar de prismas;

el vino negro que la sangre enciende,

y pone el corazón con alegría,

y hace escribir a los poetas locos

sonetos áureos y flamantes silvas.

El Invierno es beodo.

Cuando soplan sus brisas,

brotan las viejas cubas

la sangre de las viñas.

Sí, yo pintara su cabeza cana

con corona de pámpanos guarnida.

El invierno es galeoto,

porque en las noches frías

Paolo besa a Francesca

en la boca encendida,

mientras su sangre como fuego corre

y el corazón ardiendo le palpita.

¡Oh, crudo Invierno, salve!

puesto que traes con las nieves frígidas

el amor embriagante

y el vino del placer en tu mochila.

* * * * *

Azul... Obras Completas Vol. IV · 第 6 / 7 段