impresiones y en busca de cuadros, volvió la vista.
II
ACUARELA
Había cerca un bello jardín, con más rosas que azaleas y más violetas
que rosas. Un bello y pequeño jardín con jarrones, pero sin estatuas;
con una pila blanca, pero sin surtidores, cerca de una casita como hecha
para un cuento dulce y feliz.
En la pila un cisne chapuzaba revolviendo el agua, sacudiendo las alas
de un blancor de nieve, enarcando el cuello en la forma del brazo de una
lira ó del asa de una ánfora, y moviendo el pico húmedo y con tal lustre
como si fuese labrado en una ágata de color de rosa.
En la puerta de la casa, como extraída de una novela de Dickens, estaba
una de esas viejas inglesas, únicas, solas, clásicas, con la cofia
encintada, los anteojos sobre la nariz, el cuerpo encorvado, las
mejillas arrugadas; mas con color de manzana madura y salud rica. Sobre
la saya obscura, el delantal.
Llamaba:
--¡Mary!
El poeta vió llegar una joven de un rincón del jardín, hermosa,
triunfal, sonriente; y no quiso tener tiempo sino para meditar en que
son adorables los cabellos dorados cuando flotan sobre las nucas
marmóreas y en que hay rostros que valen bien por un alba.
Luego todo era delicioso. Aquellos quince años entre las rosas--; quince
años, sí, los estaban pregonando unas pupilas serenas de niña, un seno
apenas erguido, una frescura primaveral, y una falda hasta el tobillo,
que dejaba ver el comienzo turbador de una media de color de carne--;
aquellos rosales temblorosos que hacían ondular sus arcos verdes;
aquellos durazneros con sus ramilletes alegres donde se detenían al paso
las mariposas errantes llenas de polvo de oro, y las libélulas de alas
cristalinas e irisadas; aquel cisne en la ancha taza, esponjado el
alabastro de sus plumas, y zambulléndose entre espumajeos y burbujas,
con voluptuosidad, en la transparencia del agua; la casita limpia,
pintada, apacible, de donde emergía como una onda de felicidad; y en la
puerta la anciana, un invierno, en medio de toda aquella vida, cerca de
Mary, una virginidad en flor.
Ricardo, poeta lírico que andaba a caza de cuadros, estaba allí con la
satisfacción de un goloso que paladea cosas exquisitas.
Y la anciana y la joven:
--¿Qué traes?
--Flores.
Mostraba Mary su falda llena como de iris hechos trizas, que revolvía
con una de sus manos gráciles de ninfa, mientras sonriendo su linda boca
purpurada, sus ojos abiertos en redondo dejaban ver un color de
lapizlázuli y una humedad radiosa. El poeta siguió adelante.
III
PAISAJE
A poco andar se detuvo.
El sol había roto el velo opaco de las nubes y bañaba de claridad áurea
y perlada un recodo del camino. Allí unos cuantos sauces inclinaban sus
cabelleras verdes hasta rozar el césped. En el fondo se divisaban altos
barrancos y en ellos tierra negra, tierra roja, pedruscos brillantes
como vidrios. Bajo los sauces agobiados ramoneaban sacudiendo sus testas
filosóficas--¡oh, gran maestro Hugo!--unos asnos; y cerca de ellos un
buey gordo, con sus grandes ojos melancólicos y pensativos donde ruedan
miradas y ternuras de éxtasis supremos y desconocidos, mascaba
despacioso y con cierta pereza la pastura. Sobre todo flotaba un vaho
cálido, y el grato olor campestre de las yerbas chafadas. Veíase en lo
profundo un trozo de azul. Un huaso robusto, uno de esos fuertes
campesinos, toscos hércules que detienen un toro, apareció de pronto en
lo más alto de los barrancos. Tenía tras de sí el vasto cielo. Las
piernas, todas músculos, las llevaba desnudas. En uno de sus brazos
traía una cuerda gruesa y arrollada. Sobre su cabeza, como un gorro de
nutria, sus cabellos enmarañados, tupidos, salvajes.
Llegóse al buey en seguida y le echó el lazo a los cuernos. Cerca de él,
un perro con la lengua fuera acezando, movía el rabo y daba brincos.
IV
AGUA FUERTE
De una casa cercana salía un ruido metálico y acompasado.
En un recinto estrecho, entre paredes llenas de hollín, negras, muy
negras, trabajaban unos hombres en la forja. Uno movía el fuelle que
resoplaba, haciendo crepitar el carbón, lanzando torbellinos de chispas
y llamas como lenguas pálidas, áureas, azulejas, resplandecientes. Al
brillo del fuego en que se enrojecían largas barras de hierro, se
miraban los rostros de los obreros con un reflejo trémulo. Tres yunques
ensamblados en toscas armazones resistían el batir de los machos que
aplastaban el metal candente, haciendo saltar una lluvia enrojecida. Los
forjadores vestían camisas de lana de cuellos abiertos, y largos
delantales de cuero. Alcanzábaseles a ver el pescuezo gordo y el
principio del pecho velludo; y salían de las mangas holgadas los brazos
gigantescos, donde, como en los de Amico, parecían los músculos
redondos piedras de las que deslavan y pulen los torrentes. En aquella
negrura de caverna, al resplandor de las llamaradas, tenían tallas de
cíclopes. A un lado, una ventanilla dejaba pasar apenas un haz de rayos
de sol. A la entrada de la forja, como en un marco obscuro, una muchacha
blanca comía uvas. Y sobre aquel fondo de hollín y de carbón, sus
hombros delicados y tersos que estaban desnudos, hacían resaltar su
bello color de lis, con un casi imperceptible tono dorado.
V
LA VIRGEN DE LA PALOMA
Anduvo, anduvo.
Volvía ya a su morada. Dirigíase al ascensor cuando oyó una risa
infantil, armónica, y él, poeta incorregible, buscó los labios de donde
brotaba aquella risa.
Bajo un cortinaje de madreselvas, entre plantas olorosas y maceteros
floridos, estaba una mujer pálida, augusta, madre, con un niño tierno y
risueño. Sosteníale en uno de sus brazos, el otro lo tenía en alto, y en
la mano una paloma, una de esas palomas albísimas que arrullan a sus
pichones de alas tornasoladas, inflando el buche como un seno de virgen,
y abriendo el pico de donde brota la dulce música de su caricia.
La madre mostraba al niño la paloma, y el niño en su afán de cogerla,
abría los ojos, estiraba los bracitos, reía gozoso; y su rostro al sol
tenía como un nimbo; y la madre con la tierna beatitud de sus miradas,
con su esbeltez solemne y gentil, con la aurora en las pupilas y la
bendición y el beso en los labios, era como una azucena sagrada, como
una María llena de gracia, irradiando la luz de un candor inefable. El
niño Jesús, real como un Dios infante, precioso como un querubín
paradisíaco, quería asir aquella paloma blanca, bajo la cúpula inmensa
del cielo azul.
Ricardo descendió, y tomó el camino de su casa.
VI
LA CABEZA
Por la noche, soñando aún en sus oídos la música del Odeón y los
parlamentos de Astol; de vuelta de las calles donde escuchara el ruido
de los coches y la triste melopea de los «tortilleros», aquel soñador se
encontraba en su mesa de trabajo, donde las cuartillas inmaculadas
estaban esperando las silvas y los sonetos de costumbre, a las mujeres
de los ojos ardientes.
¡Qué silvas! ¡Qué sonetos! La cabeza del poeta lírico era una orgía de
colores y de sonidos. Resonaban en las concavidades de aquel cerebro
martilleos de cíclope, himnos al son de tímpanos sonoros, fanfarrias
bárbaras, risas cristalinas, gorjeos de pájaros, batir de alas y
estallar de besos, todo como en ritmos locos y revueltos. Y los colores
agrupados, estaban como pétalos de capullos distintos confundidos en una
bandeja, o como la endiablada mezcla de tintas que llena la paleta de un
pintor...
VII
ACUARELA
Primavera. Ya las azucenas floridas y llenas de miel han abierto sus
cálices pálidos bajo el oro del sol. Ya los gorriones tornasolados, esos
amantes acariciadores, adulan a las rosas frescas, esas opulentas y
purpuradas emperatrices; ya el jazmín, flor sencilla, tachona los
tupidos ramajes como una blanca estrella sobre un cielo verde. Ya las
damas elegantes visten sus trajes claros, dando al olvido las pieles y
los abrigos invernales.
Y mientras el sol se pone, sonrosando las nieves con una claridad suave,
junto a los árboles de la Alameda que lucen sus cumbres
resplandecientes, su esbeltez solemne y sus hojas nuevas, en un polvo de
luz, bulle un enjambre humano, en un ruido de música, cuchicheos vagos
y palabras fugaces.
He aquí el cuadro. En primer término está la negrura de los coches que
esplende y quiebra los últimos reflejos solares; los caballos orgullosos
con el brillo de sus arneses, con sus cuellos estirados e inmóviles de
brutos heráldicos; los cocheros taciturnos, en su quietud de diferentes,
luciendo sobre las largas libreas los botones metálicos flamantes; y en
el fondo de los carruajes, reclinadas como odaliscas, erguidas como
reinas, las mujeres rubias de los ojos soñadores, las que tienen
cabelleras negras y rostros pálidos, las rosadas adolescentes que ríen
con alegría de pájaro primaveral; bellezas lánguidas, hermosuras
audaces, castos lirios albos y tentaciones ardientes.
En esa portezuela está un rostro apareciendo de modo que semeja el de un
querubín; por aquélla ha salido una mano enguantada que se dijera de
niño, y es de morena tal que llama los corazones; más allá se alcanza a
ver un pie de Cenicienta con zapatito obscuro y media lila, y acullá,
gentil con sus gestos de diosa, bella con su color de marfil amapolado,
su cuello real y la corona de su cabellera, está la Venus de Milo, no
manca, sino con dos brazos, gruesos como los músculos de un querubín de
Murillo, y vestida a la última moda de París.
Más allá está el oleaje de los que van y vienen: parejas de enamorados,
hermanos y hermanas, grupos de caballeritos irreprochables: todo en la
confusión, de los rostros, de las miradas, de los colorines, de los
vestidos, de las capotas, resaltando a veces en el fondo negro y
aceitoso de los elegantes sombreros de copa, una cara blanca de mujer,
un sombrero de paja adornado de colorines, de cintas o de plumas, o el
inflado globo rojo, de goma, que pendiente de un hilo lleva un niño
risueño, de medias azules, zapatos charolados y holgado cuello a la
marinera.
En el fondo, los palacios elevan al azul la soberbia de sus fachadas, en
las que los álamos erguidos rayan columnas hojosas entre el abejeo
trémulo y desfalleciente de la tarde fugitiva.
VIII
UN RETRATO DE WATEU
Estáis en los misterios de un tocador. Estáis viendo ese brazo de ninfa,
esas manos diminutas que empolvan el haz de rizos rubios de la cabellera
espléndida. La araña de luces opacas derrama la languidez de su
girándula por todo el recinto. Y he aquí que al volverse ese rostro,
soñamos en los buenos tiempos pasados. Una marquesa contemporánea de la
dama de Maintenón, solitaria en su gabinete, da las últimas manos a su
tocado.
Todo está correcto; los cabellos que tienen todo el Oriente en sus
hebeas, empolvados y crespos; el cuello del corpiño, ancho y en forma de
corazón hasta dejar ver el principio del seno firme y pulido; las mangas
abiertas que muestran blancuras incitantes, el tallo ceñido que se
balancea, y el rico faldellín de largos vuelos, y el pie pequeño en el
zapato de tacones rojos.
Mirad las pupilas azules y húmedas, la boca de dibujo maravilloso, con
una sonrisa enigmática de esfinge, quizá un recuerdo del amor galante,
del madrigal recitado junto al tapiz de figuras pastoriles o
mitológicas, o del beso a furto, tras la estatua de algún silvano, en la
penumbra.
Vése la dama de pies a cabeza, entre dos grandes espejos; calcula el
efecto de la mirada, del andar, de la sonrisa, del vello casi impalpable
que agitara el viento de la danza en su nuca fragante y sonrosada. Y
piensa, y suspira; y flota aquel suspiro en ese aire impregnado de aroma
femenino que hay en un tocador de mujer.
Entre tanto, la contempla con sus ojos de mármol una Diana que se alza
irresistible y desnuda sobre su plinto; y le ríe con audacia un sátiro
de bronce que sostiene entre los pámpanos de su cabeza un candelabro; y
en el ansa de un jarrón de Rouen lleno de agua perfumada, le tiende los
brazos y los pechos una sirena con la cola corva y brillante de escamas
argentinas, mientras en el plafón en forma de óvalo, va por el fondo
inmenso y azulado sobre el lomo de un toro robusto y divino, la bella
Europa, entre los delfines áureos y tritones corpulentos, que sobre el
vasto ruido de las ondas hacen vibrar el ronco estrépito de sus
resonantes caracoles.
La hermosa está satisfecha; ya pone perlas en la garganta y calza las
manos en seda; ya rápida se dirige a la puerta donde el carruaje espera
y el tronco piafa. Y hela ahí, vanidosa y gentil, a esa aristocrática
santiaguesa, que se dirige a un baile de fantasía de manera que el gran
Watteau le dedicaría sus pinceles.
IX
NATURALEZA MUERTA
He visto ayer por una ventana un tiesto lleno de lilas y de rosas
pálidas, sobre un trípode. Por fondo tenía uno de esos cortinajes
amarillos y opulentos, que hacen pensar en los mantos de los príncipes
orientales. Las lilas recién cortadas resaltaban con su lindo color
apacible, junto a los pétalos esponjados de las rosas té.
Junto al tiesto, en una copa de laca ornada con ibis de oro incrustados,
incitaban a la gula manzanas frescas, medio coloradas, con la pelusilla
de la fruta nueva y la sabrosa carne hinchada que toca el deseo; pero
doradas y apetitosas, que daban indicios de ser todas jugo y como
esperando el cuchillo de plata que debía rebanar la pulpa almibarada; y
un ramillete de uvas negras, hasta con el polvillo ceniciento de los
racimos acabados de arrancar de la viña.
Acerquéme, vilo de cerca todo. Las lilas y las rosas eran de cera, las
manzanas y las peras de mármol pintado y las uvas de cristal.
X
AL CARBÓN
Vibraba el órgano con sus voces trémulas, vibraba acompañando la
antífona, llenando la nave con su armonía gloriosa. Los cirios ardían
goteando sus lágrimas de cera entre la nube de incienso que inundaba los
ámbitos del templo con su aroma sagrado; y allá en el altar, el
sacerdote, todo resplandeciente de oro, alzaba la custodia cubierta de
pedrería, bendiciendo a la muchedumbre arrodillada.
De pronto, volví la vista cerca de mí, al lado de un ángulo de sombra.
Había una mujer que oraba. Vestida de negro, envuelta en un manto, su
rostro se destacaba severo, sublime, teniendo por fondo la vaga
obscuridad de un confesonario. Era una bella faz de ángel, con la
plegaria en los ojos y en los labios. Había en su frente una palidez de
flor de lis, y en la negrura de su manto resaltaban juntas, pequeñas,
las manos blancas y adorables. Las luces se iban extinguiendo, y a cada
momento aumentaba lo obscuro del fondo, y entonces por un ofuscamiento
me parecía ver aquella faz iluminarse con una luz blanca misteriosa,
como la que debe de haber en la región de los coros prosternados y de
los querubines ardientes; luz alba, polvo de nieve, claridad celeste,
onda santa que baña los ramos de lirio de bienaventurados.
Y aquel pálido rostro de virgen, envuelta ella en el manto y en la
noche, en aquel rincón de sombra, habría sido un tema admirable para un
estudio al carbón.
XI
PAISAJE
Hay allá, en las orillas de la laguna de la Quinta, un sauce melancólico
que moja de continuo su cabellera verde en el agua que refleja el cielo
y los ramajes, como si tuviese en su fondo un país encantado.
Al viejo sauce llegan aparejados los pájaros y los amantes. Allí es
donde escuché una tarde--cuando del sol quedaba apenas en el cielo un
tinte violeta que se esfumaba por ondas, y sobre el gran Andes nevado
un decreciente color de rosa que era como tímida caricia de la luz
enamorada--, un rumor de besos cerca del tronco agobiado y un aleteo en
la cumbre.
Estaban los dos, la amada y el amado, en un banco rústico, bajo el toldo
del sauce. Al frente se extendía la laguna tranquila, con su puente
enarcado y los árboles temblorosos de la ribera; y más allá se alzaba
entre el verdor de las hojas, la fachada del palacio de la Exposición,
con sus cóndores de bronce en actitud de volar.
La dama era hermosa; él un gentil muchacho, que le acariciaba con los
dedos y los labios los cabellos negros y las manos gráciles de ninfa.
Y sobre las dos almas ardientes y sobre los dos cuerpos juntos,
cuchicheaban en lengua rítmica y alada las dos aves. Y arriba el cielo
con su inmensidad y con su fiesta de nubes, plumas de oro, alas de
fuego, vellones de púrpura, fondos azules flordelisados de ópalo,
derramaba la magnificencia de su pompa, la soberbia de su grandeza
augusta.
Bajo las aguas se agitaban, como en un remolino de sangre viva, los
peces veloces de aletas doradas.
Al resplandor crepuscular, todo el paisaje se veía como envuelto en una
polvareda de sol tamizado, y eran el alma del cuadro aquellos dos
amantes: él moreno, gallardo, vigoroso, con una barba fina y sedosa, de
esas que gustan de tocar las mujeres; ella rubia--¡un verso de
Gœth!--vestida con un traje gris, lustroso, y en el pecho una rosa
fresca, como su boca roja que pedía el beso.
XII
EL IDEAL
Y luego, una torre de marfil, una flor mística, una estrella a quien
enamorar... Pasó, la ví como quien viera un alba, huyente, rápida,
implacable.
Era una estatua antigua como un alma que se asomaba a los ojos, ojos
angelicales, todos ternura, todos cielo azul, todos enigma.
Sintió que la besaba con mis miradas y me castigó con la majestad de su
belleza, y me vió como una reina y como una paloma. Pero pasó
arrebatadora, triunfante, como una visión que deslumbra. Y yo, el pobre
pintor de la Naturaleza y de Psyquis, hacedor de ritmos y de castillos
aéreos, ví el vestido luminoso de la hada, la estrella de su diadema, y
pensé en la promesa ansiada del amor hermoso. Mas de aquel rayo supremo
y fatal, sólo quedó en el fondo de mi cerebro un rostro de mujer, un
sueño azul.
[Illustration: En un extremo del taller, formó un gabinete minúsculo,
con biombos cubiertos de arrozales y de grullas.]
LA MUERTE DE LA EMPERATRIZ DE LA CHINA
Delicada y fina como una joya humana, vivía aquella muchachita de carne
rosada, en la pequeña casa que tenía un saloncito con los tapices de
color azul desfalleciente. Era su estuche.
¿Quién era el dueño de aquel delicioso pájaro alegre, de ojos negros y
boca roja? ¿Para quién cantaba su canción divina, cuando la señorita
Primavera mostraba en el triunfo del sol su bello rostro riente, y abría
las flores del campo, y alborotaba la nidada? Suzette se llamaba la
avecita que había puesto en jaula de seda, peluches y encajes, un
soñador artista cazador, que la había cazado una mañana de Mayo en que
había mucha luz en el aire y muchas rosas abiertas.
Recaredo--¡capricho paternal! ¡él no tenía la culpa de llamarse
Recaredo!--se había casado hacía año y medio.--¿Me amas?--Te amo. ¿Y
tú?--Con toda el alma.
Hermoso el día dorado, después de lo del cura. Habían ido luego al campo
nuevo; a gozar libres del gozo del amor. Murmuraban allá en sus
ventanas de hojas verdes, las campanillas y las violetas silvestres que
olían cerca del riachuelo, cuando pasaban los dos amantes, el brazo de
él en la cintura de ella, el brazo de ella en la cintura de él, los
rojos labios en flor dejando escapar los besos. Después, fué la vuelta a
la gran ciudad, al nido lleno de perfume, de juventud y de calor
dichoso.
¿Dije ya que Recaredo era escultor? Pues, si no lo he dicho, sabedlo.
* * * * *
Era escultor. En la pequeña casa tenía su taller, con profusión de
mármoles, yesos, bronces y terracotas. A veces, los que pasaban oían a
través de las rejas y persianas una voz que cantaba y un martilleo
vibrante y metálico. Suzette, Recaredo; la boca que emergía el cántico,
y el golpe del cincel.
Luego el incesante idilio nupcial. En puntillas, llegar donde él
trabajaba, e inundándole de cabellos la nuca, besarle rápidamente.
Quieto, quietecito, llegar donde ella duerme en su _chaise-longue_, los
piececitos calzados y con medias negras, uno sobre otro, el libro
abierto sobre el regazo, medio dormida; y allí el beso es en los labios,
beso que sorbe el aliento y hace que se abran los ojos, inefablemente
luminosos. Y a todo esto, las carcajadas del mirlo, un mirlo enjaulado
que cuando Suzette toca de Chopin, se pone triste y no canta. ¡Las
carcajadas del mirlo! No era poca cosa.--¿Me quieres?--¿No lo
sabes?--¿Me amas?--¡Te adoro! Ya estaba el animalucho echando toda la
risa del pico. Se le sacaba de la jaula, revolaba por el saloncito
azulado, se detenía en la cabeza de un Apolo de yeso, o en la frámea de
un viejo germano de bronce obscuro. Tiiiiiirit... rrrrrrtch fiii...
¡Vaya que a veces era mal criado e insolente en su algarabía! Pero era
lindo sobre la mano de Suzette que le mimaba, le apretaba el pico entre
sus dientes hasta hacerlo desesperar, y le decía a veces con una voz
severa que temblaba de terneza: ¡Señor Mirlo, es usted un picarón!
Cuando los dos amados estaban juntos, se arreglaban uno a otro el
cabello. «Canta», decía él. Y ella cantaba lentamente; y aunque no eran
sino pobres muchachos enamorados, se veían hermosos, gloriosos y reales;
él la miraba como a una Elsa y ella le miraba como a un Lohengrin.
Porque el Amor, ¡oh jóvenes llenos de sangre y de sueños!, pone un azul
de cristal ante los ojos, y da las infinitas alegrías.
¡Cómo se amaban! Él la contemplaba sobre las estrellas de Dios; su amor
recorría toda la escala de la pasión, y era ya contenido, ya tempestuoso
en su querer, a veces casi místico. En ocasiones dijérase aquel artista
un teósofo que veía en la amada mujer algo supremo y extra-humano, como
la Ayesha de Rider Hagard; la aspiraba como una flor, le sonreía como a
un astro y se sentía soberbiamente vencedor al estrechar contra su pecho
aquella adorable cabeza, que cuando estaba pensativa y quieta, era
comparable al perfil hierático de la medalla de una emperatriz
bizantina.
* * * * *
Recaredo amaba su arte. Tenía la pasión de la forma; hacía brotar del
mármol gallardas diosas desnudas de ojos blancos, serenos y sin pupilas;
su taller estaba poblado de un pueblo de estatuas silenciosas, animales
de metal, gárgolas terroríficas, grifos de largas colas vegetales,
creaciones góticas quizá inspiradas por el ocultismo. ¡Y sobre todo, la
gran afición! japonerías y chinerías. Recaredo era en esto un original.
No sé qué habría dado por hablar chino o japonés. Conocía los mejores
álbumes; había leído buenos exotistas, adoraba a Loti y a Judith
Gautier, y hacía sacrificios por adquirir trabajos legítimos, de
Yokoama, de Nagasaki, de Kioto o de Nankin o Pekín: los cuchillos, las
pipas, las máscaras feas y misteriosas como las caras de los sueños
hípnicos, los mandarinitos enanos con panzas de cucurbitáceos y ojos
circunflejos, los monstruos de grandes bocas de batracios, abiertas y
dentadas y diminutos soldados de Tartaria, con faces foscas.
--¡Oh--le decía Suzette:--aborrezco tu casa de brujo, ese terrible
taller, arca extraña que te roba a mis caricias! Él sonreía, dejaba su
lugar de labor, su templo de raras chucherías y corría al pequeño salón
azul, a ver y mimar su gracioso dije vivo, y oir cantar y reir al loco
mirlo jovial.
Aquella mañana, cuando entró, vió que estaba su dulce Suzette,
soñolienta y tendida, cerca de un tazón de rosas que sostenía un
trípode. ¿Era la Bella del bosque durmiente? Medio dormida, el delicado
cuerpo modelado bajo una bata blanca, la cabellera castaña apelotonada
sobre uno de los hombros, toda ella exhalando un suave olor femenino,
era como una deliciosa figura de los amables cuentos que empiezan: «Este
era un rey...»
La despertó:
--¡Suzette; mi bella!
Traía la cara alegre; le brillaban los ojos negros bajo su fez rojo de
labor; llevaba una carta en la mano.
--Carta de Robert, Suzette. ¡El bribonazo está en China! «Hong Kong, 18
de Enero...»
Suzette, un tanto amodorrada, se había sentado y le había quitado el
papel. ¡Conque aquel andariego había llegado tan lejos! «Hong Kon», 18
de Enero...» Era gracioso. ¡Un excelente muchacho el tal Robert, con la
manía de viajar! Llegaría al fin del mundo. ¡Robert, un grande amigo! Se
veían como de la familia. Había partido hacía dos años para San
Francisco de California. ¡Habríase visto loco igual!
Comenzó a leer.
* * * * *
«Hong Kong, 18 de Enero de 1888.
«Mi buen Recaredo:
«Vine y vi. No he vencido aún.
«En San Francisco supe vuestro matrimonio y me alegré. Di un salto
y caí en la China. He venido como agente de una casa californiana,
importadora de sedas, lacas, marfiles y demás chinerías. Junto con
esta carta debes recibir un regalo mío que, dada tu afición por las
cosas de este país amarillo, te llegará de perlas. Ponme a los pies
de Suzette, y conserva el obsequio en memoria de tu