Ardor adolescente,

miradas y caricias;

cómo estaría trémula en mis brazos

la dulce amada mía,

dándome con sus ojos luz sagrada,

con su aroma de flor, savia divina.

En la alcoba la lámpara

derramando sus luces opalinas;

oyéndose tan sólo

suspiros, ecos, risas;

el ruido de los besos;

la música triunfante de mis rimas,

y en la negra y cercana chimenea

el tuero brillador que estalla en chispas.

Dentro, el amor que abrasa;

fuera, la noche fría.

PENSAMIENTOS DE OTOÑO

(_De Armand Silvestre._)

Huye el año a su término

como arroyo que pasa,

llevando del Poniente

luz fugitiva y pálida.

Y así como el del pájaro

que triste tiende el ala,

el vuelo del recuerdo

que al espacio se lanza

languidece en lo inmenso

del azul por do vaga.

Huye el año a su término

como arroyo que pasa.

* * * * *

Un algo de alma aun yerra

por los cálices muertos

de las tardes volúbiles

y los rosales trémulos.

Y de luces lejanas

al hondo firmamento,

en alas del perfume

aun se remonta un sueño.

Un algo de alma aun yerra

por los cálices muertos.

* * * * *

Canción de despedida

fingen las fuentes turbias.

Si te place, amor mío,

volvamos a la ruta

que allá en la primavera

ambos, las manos juntas,

seguimos, embriagados

de amor y de ternura,

por los gratos senderos

do sus ramas columpian

olientes avenidas

que las flores perfuman.

Canción de despedida

fingen las fuentes turbias.

* * * * *

Un cántico de amores

brota mi pecho ardiente

que eterno abril fecundo

de juventud florece.

¡Que mueran, en buena hora

los bellos días! Llegue

otra vez el invierno;

renazca áspero y fuerte.

Del viento entre el quejido,

cual mágico himno alegre,

un cántico de amores

brota mi pecho ardiente.

* * * * *

Un cántico de amores

a tu sacra beldad,

¡mujer, eterno estío,

primavera inmortal!

Hermana del ígneo astro

que por la inmensidad

en toda estación vierte

fecundo sin cesar,

de su luz esplendente

el dorado raudal.

Un cántico de amores

a tu sacra beldad,

¡mujer, eterno estío,

primavera inmortal!

A UN POETA

Nada más triste que un titán que llora,

hombre-montaña encadenado a un lirio,

que gime, fuerte, que pujante, implora:

víctima propia en su fatal martirio.

Hércules loco que a los pies de Onfalia

la clava deja y el luchar rehúsa,

héroe que calza femenil sandalia,

vate que olvida la vibrante musa.

¡Quien desquijaba los robustos leones,

hilando esclavo con la débil rueca;

sin labor, sin empuje, sin acciones:

puños de fierro y áspera muñeca!

No es tal poeta para hollar alfombras

por donde triunfan femeniles danzas:

que vibre rayos para herir las sombras,

que escriba versos que parezcan lanzas.

Relampagueando la soberbia estrofa,

su surco deje de esplendente lumbre,

y el pantano de escándalo y de mofa

que no lo vea el águila en su cumbre.

Bravo soldado con su casco de oro

lance el dardo que quema y que desgarra,

que embista rudo como embiste el toro,

que clave firme, como el león, la garra.

Cante valiente y al cantar trabaje;

que ofrezca robles si se juzga monte;

que su idea, en el mal rompa y desgaje

como en la selva virgen el bisonte.

Que lo que diga la inspirada boca

suene en el pueblo con palabra extraña;

ruido de oleaje al azotar la roca,

voz de caverna y soplo de montaña.

Deje Sansón de Dálila el regazo:

Dálila engaña y corta los cabellos.

No pierda el fuerte el rayo de su brazo

por ser esclavo de unos ojos bellos.

ANAGKE

Y dijo la paloma:

--Yo soy feliz. Bajo el inmenso cielo,

en el árbol en flor, junto a la poma,

llena de miel, junto al retoño suave

y húmedo por las gotas de rocío,

tengo mi hogar. Y vuelo

con mis anhelos de ave,

del amado árbol mío

hasta el bosque lejano,

cuando al himno jocundo

del despertar de Oriente,

sale el alba desnuda, y muestra al mundo

el pudor de la luz sobre su frente.

Mi ala es blanca y sedosa;

la luz la dora y baña

y céfiro la peina.

Son mis pies como pétalos de rosa.

Yo soy la dulce reina

que arrulla a su palomo en la montaña.

En el fondo del bosque pintoresco

está el alerce en que formé mi nido;

y tengo allí, bajo el follaje fresco,

un polluelo sin par, recién nacido.

Soy la promesa alada,

el juramento vivo;

soy quien lleva el recuerdo de la amada

para el enamorado pensativo;

yo soy la mensajera

de los tristes y ardientes soñadores,

que va a revolotear diciendo amores

junto a una perfumada cabellera.

Soy el lirio del viento.

Bajo el azul del hondo firmamento

muestro de mi tesoro bello y rico

las preseas y galas:

el arrullo en el pico,

la acaricia en las alas.

Yo despierto a los pájaros parleros

y entonan sus melódicos cantares:

me poso en los floridos limoneros

y derramo una lluvia de azahares.

Yo soy toda inocente, toda pura.

Yo me esponjo en las ansias del deseo,

y me estremezco en la íntima ternura

de un roce, de un rumor, de un aleteo.

¡Oh, inmenso azul! Yo te amo. Porque a Flora

das la lluvia y el sol siempre encendido:

porque, siendo el palacio de la aurora,

también eres el techo de mi nido.

¡Oh, inmenso azul! Yo adoro

tus celajes risueños,

y esa niebla sutil de polvos de oro

donde van los perfumes y los sueños.

Amo los velos tenues, vagarosos,

de las flotantes brumas,

donde tiendo a los aires cariñosos

el sedeño abanico de mis plumas.

¡Soy feliz! porque es mía la floresta,

donde el misterio de los nidos se halla;

porque el alba es mi fiesta

y el amor mi ejercicio y mi batalla.

Feliz, porque de dulces ansias llena

calentar mis polluelos es mi orgullo,

porque en las selvas vírgenes resuena

la música celeste de mi arrullo,

porque no hay una rosa que no me ame,

ni pájaro gentil que no me escuche,

ni garrido cantor que no me llame.

--¿Sí?--dijo entonces un gavilán infame,

y con furor se la metió en el buche.

Entonces el buen Dios, allá en su trono,

(mientras Satán, por distraer su encono

aplaudía a aquel pájaro zahareño)

se puso a meditar. Arrugó el ceño,

y pensó, al recordar sus vastos planes,

y recorrer sus puntos y sus comas,

que cuando creó palomas

no debía haber creado gavilanes.

[Illustration]

como una rosa roja que fuera flor de lis;

abre los ojos; mírame, con su mirar risueño,

y en tanto cae la nieve del cielo de París.

SONETOS

CAUPOLICÁN

A Enrique Hernández Miyares.

Es algo formidable que vió la vieja raza:

robusto tronco de árbol al hombro de un campeón

salvaje y aguerrido, cuya fornida maza

blandiera el brazo de Hércules, o el brazo de Sansón.

Por casco sus cabellos, su pecho por coraza,

pudiera tal guerrero, de Arauco en la región,

lancero de los bosques, Nenrod que todo caza,

desjarretar un toro, o estrangular un león.

Anduvo, anduvo, anduvo. Le vió la luz del día,

le vió la tarde pálida, le vió la noche fría,

y siempre el tronco de árbol a cuestas del titán.

«¡El Toqui, el Toqui!» clama la conmovida casta.

Anduvo, anduvo, anduvo. La Aurora dijo: «Basta»,

e irguióse la alta frente del gran Caupolicán.

VENUS

En la tranquila noche, mis nostalgias amargas sufría.

En busca de quietud bajé al fresco y callado jardín.

En el obscuro cielo Venus bella temblando lucía,

como incrustado en ébano un dorado y divino jazmín.

A mi alma enamorada, una reina oriental parecía,

que esperaba a su amante, bajo el techo de su camarín,

o que, llevada en hombros, la profunda extensión recorría,

triunfante y luminosa, recostada sobre un palanquín.

«¡Oh, reina rubia!--díjele,--mi alma quiere dejar su crisálida

y volar hacia ti, y tus labios de fuego besar;

y flotar en el nimbo que derrama en tu frente luz pálida,

y en siderales éxtasis no dejarte un momento de amar.»

El aire de la noche refrescaba la atmósfera cálida.

Venus, desde el abismo, me miraba con triste mirar.

DE INVIERNO

En invernales horas, mirad a Carolina.

Medio apelotonada, descansa en el sillón,

envuelta con su abrigo de marta cibelina

y no lejos del fuego que brilla en el salón.

El fino angora blanco, junto a ella se reclina,

rozando con su hocico la falda de Alençón,

no lejos de las jarras de porcelana china

que medio oculta un biombo de seda del Japón.

Con sus sutiles filtros la invade un dulce sueño;

entro, sin hacer ruido; dejo mi abrigo gris;

voy a besar su rostro, rosado y halagüeño

como una rosa roja que fuera flor de lis;

abre los ojos; mírame, con su mirar risueño

y en tanto cae la nieve del cielo de París.

[Illustration]

Su ave es la venusina, la tímida paloma.

Vencido hubiera en Grecia, vencido hubiera en Roma,

en todos los combates del arte o del amor.

MEDALLONES

I

LECONTE DE LISLE

De las eternas musas el reino soberano

recorres, bajo un soplo de vasta inspiración,

como un rajah soberbio que en su elefante indiano

por sus dominios pasa de rudo viento al son.

Tú tienes en tu canto como ecos de Océano;

se ve en tu poesía la selva y el león;

salvaje luz irradia la lira que en tu mano

derrama su sonora, robusta vibración.

Tú del fakir conoces secretos y avatares;

a tu alma dió el Oriente misterios seculares,

visiones legendarias y espíritu oriental.

Tu verso está nutrido con sabia de la tierra;

fulgor de Ramayanas tu viva estrofa encierra,

y cantas en la lengua del bosque colosal.

II

CATULLE MENDES

Puede ajustarse al pecho coraza férrea y dura;

puede regir la lanza, la rienda del corcel;

sus músculos de atleta soportan la armadura...

pero él busca en las bocas rosadas, leche y miel.

Artista, hijo de Capua, que adora la hermosura,

la carne femenina prefiere su pincel;

y en el recinto oculto de tibia alcoba obscura,

agrega mirto y rosas a su triunfal laurel.

Canta de los oarystis el delicioso instante,

los besos y el delirio de la mujer amante;

y en sus palabras tiene perfume, alma, color.

Su ave es la venusina, la tímida paloma.

Vencido hubiera en Grecia, vencido hubiera en Roma,

en todos los combates del arte o del amor.

III

WALT WHITMAN

En su país de hierro vive el gran viejo,

bello como un patriarca, sereno y santo.

Tiene en la arruga olímpica de su entrecejo,

algo que impera y vence con noble encanto.

Su alma del infinito parece espejo;

son sus cansados hombros dignos del manto;

y con arpa labrada de un roble añejo,

como un profeta nuevo canta su canto.

Sacerdote, que alienta soplo divino,

anuncia en el futuro tiempo mejor.

Dice al águila: «¡Vuela!» «¡Boga!» al marino,

y «¡Trabaja!» al robusto trabajador.

¡Así va ese poeta por su camino

con su soberbio rostro de emperador!

IV

J. J. PALMA

Ya de un corintio templo cincela una metopa,

ya de un morisco alcázar el capitel sutil,

ya como Benvenuto, del oro de una copa

forma un joyel artístico, prodigio del buril.

Pinta las dulces Gracias, o la desnuda Europa,

en el pulido borde de un vaso de marfil,

o a Diana; diosa virgen de desceñida ropa,

con aire cinegético, o en grupo pastoril.

La musa que al poeta sus cánticos inspira

no lleva la vibrante trompeta de metal,

ni es la bacante loca que canta y que delira,

es el amor fogoso, y en el placer triunfal:

ella al cantor ofrece la septicorde lira,

o, rítmica y sonora, la flauta de cristal.

V

SALVADOR DÍAZ MIRON

Tu cuarteto es cuadriga de águilas bravas

que aman las tempestades, los Océanos;

las pesadas tizonas, las férreas clavas,

son las armas forjadas para tus manos.

Tu idea tiene cráteres y vierte lavas;

del Arte recorriendo montes y llanos,

van tus rudas estrofas jamás esclavas,

como un tropel de búfalos americanos.

Lo que suena en tu lira lejos resuena,

como cuando habla el bóreas, o cuando truena.

¡Hijo del Nuevo Mundo! la humanidad

oiga, sobre la frente de las naciones,

la hímnica pompa lírica de tus canciones

que saludan triunfantes la Libertad.

INDICE

Págs.

A don Rubén Darío 5

El Rey Burgués 35

El sátiro sordo 45

La ninfa 55

El fardo 65

El velo de la reina Mab 75

La canción del oro 83

El rubí 93

El palacio del Sol 105

El pájaro azul 115

Palomas blancas y garzas morenas 125

EN CHILE

En busca de cuadros 137

Acuarela 139

Paisaje 141

Agua fuerte 142

La Virgen de la Paloma 143

La cabeza 144

Acuarela 145

Un retrato de Watteu 147

Naturaleza muerta 149

Al carbón 150

Paisaje 151

El ideal 152

La muerte de la emperatriz de la China 157

A una estrella 171

EL AÑO LÍRICO

Primaveral 177

Estival 182

Autumnal 189

Invernal 193

Pensamiento de Otoño 199

A un poeta 203

Anagke 205

SONETOS

Caupolicán 209

Venus 210

De invierno 211

MEDALLONES

Leconte de Lisle 215

Catulle Mendes 216

Walt Whitman 217

J. J. Palma 218

Salvador Díaz Mirón 219

[Illustration:

ACABÓSE

DE IMPRIMIR

ESTE LIBRO EN

MADRID, EN EL ESTABLECIMIENTO

TIPOGRÁFICO

DE JOSÉ YAGÜES

SANZ, EL DÍA XX

DE OCTUBRE

DEL AÑO

MCMXVII]

Azul... Obras Completas Vol. IV · 第 7 / 7 段