gradas del jardín que imitaban esmaragdina, todos, la mamá, la prima,
los criados, pusieron la boca en forma de O. Venía ella saltando como
un pájaro, con el rostro lleno de vida y de púrpura, el seno hermoso y
henchido, recibiendo las caricias de una crencha castaña, libre y al
desgaire, los brazos desnudos hasta el codo, medio mostrando la malla de
sus casi imperceptibles venas azules, los labios entreabiertos por la
sonrisa, como para emitir una canción.
Todos exclamaron:--¡Aleluya! ¡Gloria! ¡Hosanna al rey de los Esculapios!
¡Fama eterna a los glóbulos de ácido arsenioso y a las duchas
triunfales! Y mientras Berta corrió a su retrete a vestir sus más ricos
brocados, se enviaron presentes al viejo de las antiparras de aros de
carey, de los guantes negros, de la calva ilustre y del cruzado levitón.
Y ahora, oid vosotras, madres de las muchachas anémicas, cómo hay algo
mejor que el arsénico y el hierro para eso de encender la púrpura de las
lindas mejillas virginales. Y sabréis cómo no, no fueron los glóbulos;
no, no fueron las duchas; no, no fué el farmacéutico quien devolvió
salud y vida a Berta, la niña de los ojos de color de aceituna, alegre y
fresca como una rama de durazno en flor, luminosa como un alba, gentil
como la princesa de un cuento azul.
* * * * *
Así que Berta se vió en el carro del hada, la preguntó:--¿Y adónde me
llevas?--Al palacio del Sol.--Y desde luego sintió la niña que sus
manos se tornaban ardientes, y que su corazoncito le saltaba como
henchido de sangre impetuosa.--Oye--siguió el hada:--Yo soy la buena
hada de los sueños de las niñas adolescentes: yo soy la que curo a las
cloróticas, con sólo llevarlas en mi carro de oro al palacio del Sol,
adonde vas tú. Cuida de no beber tanto el néctar de la danza, y de no
desvanecerte en las primeras rápidas alegrías. Ya llegamos. Pronto
volverás a tu morada. Un minuto en el palacio del Sol deja en los
cuerpos y en las almas años de fuego, niña mía.
En verdad, estaba en un lindo palacio encantado, donde parecía sentirse
el sol en el ambiente. ¡Oh, qué luz, qué incendios! sintió Berta que se
le llenaban los pulmones de aire de campo y de mar, y las venas de
fuego; sintió en el cerebro esparcimientos de armonía, y cómo el alma se
le ensanchaba, y cómo se ponía más elástica y tersa su delicada carne de
mujer. Luego oyó sueños reales, y oyó músicas embriagantes. En vastas
galerías deslumbradoras, llenas de claridades y de aromas, de sederías y
de mármoles, vió un torbellino de parejas arrebatadas por las ondas
invisibles y dominantes de un vals. Vió que otras tantas anémicas como
ella, llegaban pálidas y entristecidas, respiraban aquel aire y luego se
arrojaban en brazos de jóvenes vigorosos y esbeltos cuyos bozos de oro y
finos cabellos brillaban a la luz; y danzaban, y danzaban con ellos, en
una ardiente estrechez, oyendo requiebros misteriosos que iban al alma,
respirando de tanto en tanto como hálitos impregnados de vainilla, de
haba de Tonka, de violeta, de canela, hasta que con fiebre, jadeantes,
rendidas, como palomas fatigadas de un largo vuelo, caían sobre cojines
de seda, los senos palpitantes, las gargantas sonrosadas, y así,
soñando, soñando en cosas embriagadoras... ¡Y ella también! cayó al
remolino, al maelstrom atrayente, y bailó, y gritó, pasó entre los
espasmos de un placer agitado; y recordaba entonces que no debía de
embriagarse tanto con el vino de la danza, aunque no cesaba de mirar al
hermoso compañero, con sus grandes ojos de mirada primaveral. Y él la
arrastraba por las vastas galerías, ciñendo su talle y hablándola al
oído en la lengua amorosa y rítmica de los vocablos apacibles, de las
frases irisadas y olorosas, de los períodos cristalinos y orientales.
Y entonces ella sintió que su cuerpo y su alma se llenaban de sol, de
efluvios poderosos y de vida. ¡No, no esperéis más!
* * * * *
El hada la volvió al jardín de su palacio, al jardín donde cortaba
flores envuelta en una oleada de perfumes, que subía místicamente a las
ramas trémulas para flotar como el alma errante de los cálices muertos.
* * * * *
¡Madres de las muchachas anémicas! os felicito por la victoria de los
arseniatos e hipofosfitos del señor doctor. Pero en verdad os digo: es
preciso, en provecho de las lindas mejillas virginales, abrir la puerta
de su jaula a vuestras avecitas encantadoras, sobre todo en el tiempo de
primavera, cuando hay ardor en las venas y en las savias, y mil átomos
de sol abejean en los jardines como un enjambre de oro sobre las losas
entreabiertas. Para vuestras cloróticas, el sol en los cuerpos y en las
almas. Sí, al palacio del Sol, de donde vuelven las niñas como Berta, la
de los ojos color de aceituna, frescas como una rama de durazno en flor,
luminosas como un alba, gentiles como la princesa de un cuento azul.
[Illustration]
[Illustration: Hoy en plena primavera, dejo abierta la puerta de la
jaula al pájaro azul...]
EL PÁJARO AZUL
París es teatro divertido y terrible. Entre los concurrentes al Cafe
Plombier, buenos y decididos muchachos--pintores, escultores,
escritores, poetas; sí, ¡todos buscando el viejo laurel verde!--ninguno
más querido que aquel pobre Garcín, triste casi siempre, buen bebedor de
ajenjo, soñador que nunca se emborrachaba y, como bohemio intachable,
bravo improvisador.
En el cuartucho destartalado de nuestras alegres reuniones, guardaba el
yeso de las paredes, entre los esbozos y rasgos de futuros Delacroix,
versos, estrofas enteras escritas en la letra echada y gruesa de nuestro
_pájaro azul_.
El pájaro azul era el pobre Garcín. ¿No sabéis por qué se llamaba así?
Nosotros le bautizamos con ese nombre.
Ello no fué un simple capricho. Aquel excelente muchacho tenía el vino
triste. Cuando le preguntábamos por qué, cuando todos reíamos como
insensatos o como chicuelos, él arrugaba el ceño y miraba fijamente el
cielo raso, y nos respondía sonriendo con cierta amargura:
--Camaradas: habéis de saber que tengo un pájaro azul en el cerebro; por
consiguiente...
* * * * *
Sucedió también que gustaba de ir a las campiñas nuevas, al entrar la
primavera. El aire del bosque hacía bien a sus pulmones, según nos decía
el poeta.
De sus excursiones solía traer ramos de violetas y gruesos cuadernillos
de madrigales, escritos al ruido de las hojas y bajo el ancho cielo sin
nubes. Las violetas eran para Niní, su vecina, una muchacha fresca y
rosada, que tenía los ojos muy azules.
Los versos eran para nosotros. Nosotros los leíamos y los aplaudíamos.
Todos teníamos una alabanza para Garcín. Era un ingenio que debía
brillar. El tiempo vendría. ¡Oh, el pájaro azul volaría muy alto!
¡Bravo! ¡bien! ¡Eh, mozo, más ajenjo!
* * * * *
Principios de Garcín:
De las flores, las lindas campánulas.
Entre las piedras preciosas, el zafiro.
De las inmensidades, el cielo y el amor; es decir, las pupilas de Niní.
Y repetía el poeta: Creo que siempre es preferible la neurosis a la
estupidez.
* * * * *
A veces Garcín estaba más triste que de costumbre.
Andaba por los bulevares; veía pasar indiferente los lujosos carruajes,
los elegantes, las hermosas mujeres. Frente al escaparate de un joyero
sonreía; pero cuando pasaba cerca de un almacén de libros, se llegaba a
las vidrieras, husmeaba y, al ver las lujosas ediciones, se declaraba
decididamente envidioso, arrugaba la frente; para desahogarse, volvía el
rostro hacia el cielo y suspiraba. Corría al café en busca de nosotros,
conmovido, exaltado, pedía su vaso de ajenjo, y nos decía:
--Sí, dentro de la jaula de mi cerebro, está preso un pájaro azul que
quiere su libertad...
* * * * *
Hubo algunos que llegaron a creer en un descalabro de razón.
Un alienista a quien se le dió noticia de lo que pasaba, calificó el
caso como una monomanía especial. Sus estudios patológicos no dejaban
lugar a duda.
Decididamente, el desgraciado Garcín estaba loco.
Un día recibió de su padre, un viejo provinciano de Normandía,
comerciante en trapos, una carta que decía lo siguiente, poco más o
menos:
«Sé tus locuras en París. Mientras permanezcas de ese modo, no tendrás
de mí un solo _sou_. Ven a llevar los libros de mi almacén, y cuando
hayas quemado, gandul, tus manuscritos de tonterías, tendrás mi dinero.»
Esta carta se leyó en el Café Plombier.
--¿Y te irás?
--¿No te irás?
--¿Aceptas?
--¿Desdeñas?
¡Bravo Garcín! Rompió la carta, y soltando el trapo a la ventana,
improvisó unas cuantas estrofas, que acababan, si mal no recuerdo:
¡Sí, seré siempre un gandul,
lo cual aplaudo y celebro,
mientras sea mi cerebro
jaula del pájaro azul!
* * * * *
Desde entonces Garcín cambió de carácter. Se volvió charlador, se dió un
baño de alegría, compró levita nueva y comenzó un poema en tercetos,
titulado: _El pájaro azul_.
Cada noche se leía en nuestra tertulia algo nuevo de la obra. Aquello
era excelente, sublime, disparatado.
Allí había un cielo muy hermoso, una campiña muy fresca, países brotados
como por la magia del pincel de Corot, rostros de niños asomados entre
flores, los ojos de Niní húmedos y grandes; y por añadidura, el buen
Dios que envía volando, volando, sobre todo aquello un pájaro azul que
sin saber cómo ni cuándo, anida dentro del cerebro del poeta, en donde
queda aprisionado. Cuando el pájaro quiere volar y abre las alas y se da
contra las paredes del cráneo, se alzan los ojos al cielo, se arruga la
frente y se bebe ajenjo con poca agua, fumando además, por remate, un
cigarrillo de papel.
He aquí el poema.
* * * * *
Una noche llegó Garcín riendo mucho, y, sin embargo, muy triste.
La bella vecina había sido conducida al cementerio.
--¡Una noticia! ¡una noticia! Canto último de mi poema. Niní ha muerto.
Viene la primavera y Niní se va. Ahorro de violetas para la campiña.
Ahora falta el epílogo del poema. Los editores no se dignan siquiera
leer mis versos. Vosotros muy pronto tendréis que dispersaros. Ley del
tiempo. El epílogo se debe titular así: _De cómo el pájaro azul alza el
vuelo al cielo azul_.
* * * * *
¡Plena primavera! ¡Los árboles florecidos, las nubes rosadas en el alba
y pálidas por la tarde; el aire suave que mueve las hojas y hace aletear
las cintas de los sombreros de paja con especial ruido! Garcín no ha ido
al campo.
Hele aquí, viene con traje nuevo, a nuestro amado Café Plombier, pálido
con una sonrisa triste.
--¡Amigos míos, un abrazo! Abrazadme todos, así, fuerte; decidme adiós,
con todo el corazón, con toda el alma... El pájaro azul vuela...
Y el pobre Garcín lloró, nos estrechó, nos apretó las manos con todas
sus fuerzas y se fué.
Todos dijimos: Garcín, el hijo pródigo, busca a su padre, el viejo
normando.--Musas, adiós; adiós. Gracias. ¡Nuestro poeta se decidió a
medir trapos! ¡Eh! ¡Una copa por Garcín!
Pálidos, asustados, entristecidos, al día siguiente todos los
parroquianos del Café Plombier, que metíamos tanta bulla en aquel
cuartucho destartalado, nos hallábamos en la habitación de Garcín. Él
estaba en su lecho, sobre las sábanas ensangrentadas, con el cráneo roto
de un balazo. Sobre la almohada había fragmentos de masa cerebral...
¡Horrible!
Cuando, repuestos de la impresión, pudimos llorar ante el cadáver de
nuestro amigo, encontramos que tenía consigo el famoso poema. En la
última página había escritas estas palabras:
_Hoy, en plena primavera, dejo abierta la puerta de la jaula al pájaro
azul._
* * * * *
¡Ay, Garcín, cuántos llevan en el cerebro tu misma enfermedad!
[Illustration]
[Illustration:--¿...?
Y estábamos solos, a la luz de una luna argentina, dulce, ¡una bella
luna de aquellas del país de Nicaragua!]
PALOMAS BLANCAS Y GARZAS MORENAS
Mi prima Inés era rubia como una alemana. Fuimos criados juntos, desde
muy niños, en casa de la buena abuelita que nos amaba mucho y nos hacía
vernos como hermanos, vigilándonos cuidadosamente, viendo que no
riñésemos. ¡Adorable, la viejecita, con sus trajes a grandes flores, y
sus cabellos crespos y recogidos, como una vieja marquesa de Bouchez!
* * * * *
Inés era un poco mayor que yo. No obstante, yo aprendí a leer antes que
ella; y comprendía--lo recuerdo muy bien--lo que ella recitaba de
memoria, maquinalmente, en una pastorela, donde bailaba y cantaba
delante del niño Jesús, la hermosa María y el señor San José; todo con
el gozo de las sencillas personas mayores de la familia, que reían con
risa de miel, alabando el talento de la actrizuela.
Inés crecía. Yo también; pero no tanto como ella. Yo debía entrar a un
colegio, en internado terrible y triste, a dedicarme a los áridos
estudios del bachillerato, a comer los platos clásicos de los
estudiantes, a no ver el mundo--¡mi mundo de mozo!--y mi casa, mi
abuela; mi prima, mi gato,--un excelente romano que se restregaba
cariñosamente en mis piernas y me llenaba los trajes negros de pelos
blancos.
Partí.
Allá en el colegio mi adolescencia se despertó por completo. Mi voz tomó
timbres aflautados y roncos; llegué al período ridículo del niño que
pasa a joven. Entonces, por un fenómeno especial, en vez de preocuparme
de mi profesor de matemáticas, que no logró nunca hacer que yo
comprendiese el binomio de Newton, pensé--todavía vaga y
misteriosamente--en mi prima Inés.
Luego tuve revelaciones profundas. Supe muchas cosas. Entre ellas, que
los besos eran un placer exquisito.
Tiempo.
Leí _Pablo y Virginia_. Llegó un fin de año escolar y salí en
vacaciones, rápido como una saeta, camino de mi casa. ¡Libertad!
* * * * *
--Mi prima--¡pero Dios santo, en tan poco tiempo!--se había hecho una
mujer completa. Yo delante de ella me hallaba como avergonzado, un
tanto serio. Cuando me dirigía la palabra, me ponía a sonreirle con una
sonrisa simple.
Ya tenía quince años y medio Inés. La cabellera dorada y luminosa al
sol, era un tesoro. Blanca y levemente amapolada, su cara era una
creación murillesca, si se veía de frente. A veces, contemplando su
perfil, pensaba en una soberbia medalla siracusana, en un rostro de
princesa. El traje, corto antes, había descendido. El seno, firme y
esponjado, era un ensueño oculto y supremo; la voz clara y vibrante, las
pupilas azules, inefables la boca llena de fragancia de vida y de color
de púrpura. ¡Sana y virginal primavera!
La abuelita me recibió con los brazos abiertos. Inés se negó a
abrazarme, me tendió la mano. Después no me atreví a invitarla a los
juegos de antes. Me sentía tímido. ¡Y qué! ella debía sentir algo de lo
que yo.
¡Yo amaba a mi prima!
Inés, los domingos iba con la abuela a misa, muy de mañana.
Mi dormitorio estaba vecino al de ella. Cuando cantaban los campanarios
su sonora llamada matinal, ya estaba yo despierto.
Oía, oreja atenta, el ruido de las ropas. Por la puerta entreabierta
veía salir la pareja que hablaba en voz alta. Cerca de mí pasaba el
frufú de las polleras antiguas de mi abuela y del traje de Inés,
coqueto, ajustado, para mí siempre revelador.
¡Oh, Eros!
* * * * *
--Inés...
--¿...?
Y estábamos solos, a la luz de una luna argentina, dulce, ¡una bella
luna de aquellas del país de Nicaragua!
La dije todo lo que sentía, suplicante, balbuciente, echando las
palabras, ya rápidas, ya contenidas, febril y temeroso. Sí, se lo dije
todo; las agitaciones sordas y extrañas que en mí experimentaba cerca de
ella, el amor, el ansia, los tristes insomnios del deseo, mis ideas
fijas en ella allá en mis meditaciones del colegio; y repetía como una
oración sagrada la gran palabra: amor. ¡Oh, ella debía recibir gozosa mi
adoración! Creceríamos más. Seríamos marido y mujer...
Esperé.
La pálida claridad celeste nos iluminaba. El ambiente nos llevaba
perfumes tibios que a mí se me imaginaban propicios para los fogosos
amores. ¡Cabellos aúreos, ojos paradisíacos, labios encendidos y
entreabiertos!
De repente, y con un mohín:
--¡Ve! la tontería...
Y corrió como una gata alegre adonde se hallaba la buena abuela, rezando
a las calladas sus rosarios y responsos.
Con risa descocada de educanda maliciosa, con aire de locuela:
--¡Eh, abuelita, ya me dijo...!
¡Ellas, pues, sabían que yo «debía decir...»!
Con su reir interrumpía el rezo de la anciana que se quedó pensativa
acariciando las cuentas de su camándula. ¡Y yo que todo lo veía a la
husma, de lejos, lloraba, sí, lloraba lágrimas amargas, las primeras de
mis desengaños de hombres!
* * * * *
Los cambios fisiológicos que en mi se sucedían y las agitaciones de mi
espíritu, me conmovían hondamente. ¡Dios mío! Soñador, un pequeño poeta
como me creía, al comenzarme el bozo, sentía llenos de ilusiones la
cabeza, de versos los labios, y mi alma y mi cuerpo de púber tenían sed
de amor. ¿Cuándo llegaría el momento soberano en que alumbraría una
celeste mirada el fondo de mi ser, y aquel en que se rasgaría el velo
del enigma atrayente?
Un día, a pleno sol, Inés estaba en el jardín regando trigo, entre los
arbustos y las flores, a las que llamaba sus amigas: unas palomas albas,
arrulladoras, con sus buches níveos y amorosamente musicales. Llevaba
un traje--siempre que con ella he soñado la he visto con el mismo--gris,
azulado, de anchas mangas, que dejaban ver casi por entero los satinados
brazos alabastrinos; los cabellos los tenía recogidos y húmedos, y el
vello alborotado de su nuca blanca y rosa, era para mí como luz crespa.
Las aves andaban a su alrededor, e imprimían en el suelo obscuro la
estrella carminada de sus patas.
Hacía calor. Yo estaba oculto tras los ramajes de unos jazmineros. La
devoraba con los ojos. ¡Por fin se acercó por mi escondite, la prima
gentil! Me vió trémulo, enrojecida la faz, en mis ojos una llama viva y
rara y acariciante, y se puso a reir cruelmente, terriblemente. ¡Y bien!
¡Oh, aquello no era posible! me lancé con rapidez frente a ella. Audaz,
formidable debía de estar, cuando ella retrocedió como asustada un paso.
--¡Te amo!
Entonces tornó a reir. Una paloma voló a uno de sus brazos. Ella la mimó
dándole granos de trigo entre las perlas de su boca fresca y sensual. Me
acerqué más. Mi rostro estaba junto al suyo. Los cándidos animales nos
rodeaban. Me turbaba el cerebro una onda invisible y fuerte de aroma
femenil. ¡Se me antojaba Inés una paloma hermosa y humana, blanca y
sublime; y al propio tiempo llena de fuego, de ardor, un tesoro de
dichas! No dije más. La tomé la cabeza y la dí un beso en una mejilla,
un beso rápido, quemante de pasión furiosa. Ella, un tanto enojada,
salió en fuga. Las palomas se asustaron y alzaron el vuelo formando un
opaco ruido de alas sobre los arbustos temblorosos. Yo, abrumado, quedé
inmóvil.
* * * * *
Al poco tiempo partía a otra ciudad. La paloma blanca y rubia no había
¡ay! mostrado a mis ojos el soñado paraíso del misterioso deleite.
* * * * *
¡Musa ardiente y sacra para mi alma, el día había de llegar! Elena, la
graciosa, la alegre, ella fué el nuevo amor. ¡Bendita sea aquella boca,
que murmuró por primera vez cerca de mí las inefables palabras!
Era allá, en una ciudad que está a la orilla de un lago de mi tierra, un
lago encantador, lleno de islas floridas, con pájaros de colores.
Los dos solos estábamos cogidos de las manos, sentados en el viejo
muelle, debajo del cual el agua glauca y obscura chapoteaba
musicalmente. Había un crepúsculo acariciador, de aquellos que son la
delicia de los enamorados tropicales. En el cielo opalino se veía una
diafanidad apacible que disminuía hasta cambiarse en tonos de violeta
obscuro, por la parte del oriente, y aumentaba convirtiéndose en oro
sonrosado en el horizonte profundo, donde vibraban oblicuos, rojos y
desfallecientes los últimos rayos solares. Arrastrada por el deseo, me
miraba la adorada mía y nuestros ojos se decían cosas ardorosas y
extrañas. En el fondo de nuestras almas cantaban un unísono embriagador
como dos invisibles y divinas filomelas.
Yo, extasiado, veía a la mujer tierna y ardiente; con su cabellera
castaña que acariciaba con mis manos, su rostro color de canela y rosa,
su boca cleopatrina, su cuerpo gallardo y virginal; y oía su voz queda,
muy queda, que me decía frases cariñosas, tan bajo, como que sólo eran
para mí, temerosa quizá de que se las llevase el viento vespertino. Fija
en mí, me inundaban de felicidad sus ojos de Minerva, ojos verdes, ojos
que deben siempre gustar a los poetas. Luego erraban nuestras miradas
por el lago, todavía lleno de vaga claridad. Cerca de la orilla se
detuvo un gran grupo de garzas. Garzas blancas, garzas morenas, de esas
que cuando el día calienta, llegan a las riberas a espantar a los
cocodrilos, que con las anchas mandíbulas abiertas beben sol sobre las
rocas negras. ¡Bellas garzas! Algunas ocultaban los largos cuellos en la
onda, o abajo el ala, y semejaban grandes manchas de flores vivas y
sonrosadas, móviles y apacibles. A veces una, sobre una pata, se alisaba
con el pico las plumas, o permanecía inmóvil, escultural y
hieráticamente, o varias daban un corto vuelo, formando en el fondo de
la ribera llena de verde, o en el cielo, caprichosos dibujos, como las
bandadas de grullas de un parasol chino.
Me imaginaba junto a mi amada, que de aquel país de la altura, me
traerían las garzas muchos versos desconocidos y soñadores. Las garzas
blancas las encontraba más puras y más voluptuosas, con la pureza de la
paloma y la voluptuosidad del cisne; garridas, con sus cuellos reales,
parecidos a los de las damas inglesas que junto a los pajecillos rizados
se ven en aquel cuadro en que Shakespeare recita en la corte de Londres.
Sus alas, delicadas y albas, hacen pensar en desfallecientes sueños
nupciales; todas--bien dice un poeta--como cinceladas en jaspe.
¡Ah, pero las otras tenían algo de más encantador para mí! Mi Elena se
me antojaba como semejante a ellas, con su color de canela y de rosa,
gallarda y gentil.
Ya el sol desaperecía arrastrando toda su púrpura opulenta de rey
oriental. Yo había halagado a la amada tiernamente con mis juramentos y
frases melifluas y cálidas, y juntos seguíamos en un lánguido dúo de
pasión inmensa. Habíamos sido hasta ahí dos amantes soñadores,
consagrados místicamente uno a otro.
De pronto, y como atraídos por una fuerza secreta, en un momento
inexplicable, nos besamos la boca, todos trémulos, con un beso para mí
sacratísimo y supremo: el primer beso recibido de labios de mujer. ¡Oh,
Salomón, bíblico y real poeta, tú lo dijiste como nadie: _¡Mel et lac
sub lingua tua!_
* * * * *
¡Ah, mi adorable, mi bella, mi querida garza morena! Tú tienes en los
recuerdos que en mi alma forman lo más alto y sublime, una luz inmortal.
Porque tú me revelaste el secreto de las delicias divinas en el inefable
primer instante de amor.
[Illustration]
[Illustration: EN CHILE]
I
EN BUSCA DE CUADROS
Sin pinceles, sin paleta, sin papel, sin lápiz, Ricardo, poeta lírico
incorregible, huyendo de las agitaciones y turbulencias, de las máquinas
y de los fardos, del ruido monótono de los tranvías y el chocar de los
caballos con su repiqueteo de caracoles sobre las piedras; del tropel de
los comerciantes; del grito de los vendedores de diarios; del incesante
bullicio e inacabable hervor de este puerto; en busca de impresiones y
de cuadros, subió al cerro Alegre, que, gallardo como una gran roca
florecida, luce sus flancos verdes, sus montículos coronados de casas
risueñas escalonadas en la altura, rodeadas de jardines, con ondeantes
cortinas de enredaderas, jaulas de pájaros, jarros de flores, rejas
vistosas y niños rubios de caras angélicas.
Abajo estaban las techumbres del Valparaíso que hace transacciones, que
anda a pie como una ráfaga, que puebla los almacenes e invade los
bancos, que viste por la mañana terno crema o plomizo, a cuadros, con
sombreros de paño, y por la noche bulle en la calle del Cabo con
lustroso sombrero de copa, abrigo al brazo y guantes amarillos, viendo a
la luz que brota de las vidrieras los lindos rostros de las mujeres que
pasan.
Mas allá, el mar, acerado, brumoso, los barcos en grupo, el horizonte
azul y lejano. Arriba, entre opacidades, el sol. Donde estaba el soñador
empedernido, casi casi en lo más alto del cerro, apenas si se sentían
los estremecimientos de abajo. Erraba él a lo largo del camino de
Cintura, e iba pensando en idilios, con toda la augusta desfachatez de
un poeta que fuera millonario.
Había allí aire fresco para sus pulmones, casas sobre cumbres, como
nidos al viento, donde bien podía darse el gusto de colocar parejas
enamoradas, y tenía además el inmenso espacio azul, del cual--él lo
sabía perfectamente--los que hacen los salmos y los himnos pueden
disponer como les venga en antojo.