La luz vibrante es himno, y la melodía de la selva halla un eco en mi

corazón. Desde el ruido de la tempestad hasta el canto del pájaro, todo

se confunde y enlaza en la infinita cadencia.

Entre tanto, no diviso sino la muchedumbre que befa, y la celda del

manicomio.

* * * * *

Y el último:--Todos bebemos del agua clara de la fuente de Jonia. Pero

el ideal flota en el azul; y para que los espíritus gocen de la luz

suprema es preciso que asciendan. Yo tengo el verso que es de miel y el

que es de oro, y el que es de hierro candente. Yo soy el ánfora del

celeste perfume: tengo el amor. Paloma, estrella, nido, lirio, vosotros

conocéis mi morada. Para los vuelos inconmensurables tengo alas de

águila que parten a golpes mágicos el huracán. Y para hallar

consonantes, los busco en dos bocas que se juntan; y estalla el beso, y

escribo la estrofa, y entonces, si véis mi alma, conoceréis a mi musa.

Amo las epopeyas, porque de ellas brota el soplo heroico que agita las

banderas que ondean sobre las lanzas y los penachos que tiemblan sobre

los cascos; los cantos líricos, porque hablan de las diosas y de los

amores; y las églogas, porque son olorosas a verbena y a tomillo, y al

santo aliento del buey coronado de rosas. Yo escribiría algo inmortal;

mas me abruma un porvenir de miseria y de hambre.

* * * * *

Entonces la reina Mab, del fondo de su carro hecho de una sola perla,

tomó un velo azul, casi impalpable, como formado de suspiros, o de

miradas de ángeles rubios y pensativos. Y aquel velo era el velo de los

sueños, de los dulces sueños, que hacen ver la vida del color de rosa. Y

con él envolvió a los cuatro hombres flacos, barbudos e impertinentes.

Los cuales cesaron de estar tristes, porque penetró en su pecho la

esperanza, y en su cabeza el sol alegre, con el diablillo de la vanidad,

que consuela en sus profundas decepciones a los pobres artistas.

Y desde entonces, en las boardillas de los brillantes infelices, donde

flota el sueño azul, se piensa en el porvenir como en la aurora, y se

oyen risas que quitan la tristeza, y se bailan extrañas farándulas

alrededor de un blanco Apolo, de un lindo paisaje, de un violín viejo,

de un amarillento manuscrito.

[Illustration]

[Illustration: Aquel día, un harapiento, por las trazas un mendigo, tal

vez un peregrino, quizá un poeta...]

LA CANCIÓN DEL ORO

Aquel día, un harapiento, por las trazas un mendigo, tal vez un

peregrino, quizá un poeta, llegó, bajo la sombra de los altos álamos, a

la gran calle de los palacios, donde hay desafíos de soberbia entre el

ónix y el pórfido, el ágata y el mármol; en donde las altas columnas,

los hermosos frisos, las cópulas doradas, reciben la caricia pálida del

sol moribundo.

Había tras los vidrios de las ventanas, en los vastos edificios de la

riqueza, rostros de mujeres gallardas o de niños encantadores. Tras las

rejas se adivinaban extensos jardines, grandes verdores salpicados de

rosas y ramas que se balanceaban acompasada y blandamente como bajo la

ley de un ritmo. Y allá en los grandes salones, debía de estar el tapiz

purpurado y lleno de oro, la blanca estatua, el bronce chino, el tibor

cubierto de campos azules y de arrozales tupidos, la gran cortina

recogida como una falda, ornada de flores opulentas, donde el ocre

oriental hace vibrar la luz en la seda que resplandece. Luego, las

lunas venecianas, los palisándros y los cedros, los nácares y los

ébanos, y el piano negro y abierto, que ríe mostrando sus teclas como

una linda dentadura; y las arañas cristalinas, donde alzan las velas

profusas la aristocracia de su blanca cera. ¡Oh, y más allá! Más allá el

cuadro valioso, dorado por el tiempo, el retrato que firma Durand o

Bounat, y las preciosas acuarelas en que el tono rosado parece que

emerge de un cielo puro y envuelve en una onda dulce desde el lejano

horizonte hasta la hiedra trémula y humilde. Y más allá...

* * * * *

_(Muere la tarde._

_Llega a las puertas del palacio un carruaje flamante y charolado. Baja

una pareja y entra con tal soberbia en la mansión, que el mendigo

piensa, decididamente, el aguilucho y su hembra van al nido. El tronco,

ruidoso y azogado, a un golpe de látigo, arrastra el carruaje haciendo

relampaguear las piedras. Noche.)_

* * * * *

Entonces en aquel cerebro de loco, que ocultaba un sombrero raído, brotó

como un germen de una idea que pasó al pecho, y fué opresión, y llegó a

la boca hecho himno que le encendía la lengua y hacía entrechocar los

dientes. Fué la visión de todos los mendigos, de todos los suicidas, de

todos los borrachos, del harapo y de la llaga, de todos los que

viven--¡Dios mío!--en perpetua noche, tanteando la sombra, cayendo al

abismo, por no tener un mendrugo para llenar el estómago. Y después la

turba feliz, el lecho blando, la trufa y el áureo vino que hierve, el

raso y muaré que con su roce ríen; el novio rubio y la novia morena

cubierta de pedrería y blonda; y el gran reloj que la suerte tiene para

medir la vida de los felices opulentos, que, en vez de granos de arena,

deja caer escudos de oro.

* * * * *

Aquella especie de poeta sonrió; pero su faz tenía aire dantesco. Sacó

de su bolsillo un pan moreno, comió y dió al viento su himno. Nada más

cruel que aquel canto tras el mordisco.

* * * * *

¡Cantemos el oro!

Cantemos el oro, rey del mundo, que lleva dicha y luz por donde va, como

los fragmentos de un sol despedazado.

Cantemos el oro, que nace del vientre fecundo de la madre tierra;

inmenso tesoro, leche rubia de esa ubre gigantesca.

Cantemos el oro, río caudaloso, fuente de la vida, que hace jóvenes y

bellos a los que se bañan en sus corrientes maravillosas, y envejece a

aquellos que no gozan de sus raudales.

Cantemos el oro, porque de él se hacen las tiaras de los pontífices, las

coronas de los reyes y los cetros imperiales; y porque se derrama por

los mantos como un fuego sólido, e inunda las capas de los arzobispos, y

refulge en los altares y sostiene al Dios eterno en las custodias

radiantes.

Cantemos el oro, porque podemos ser unos perdidos, y él nos pone

mamparas para cubrir las locuras abyectas de la taberna y las vergüenzas

de las alcobas adúlteras.

Cantemos el oro, porque al saltar del cuño lleva en su disco el perfil

soberbio de los césares; y va a repletar las cajas de sus vastos

templos, los bancos, y mueve las máquinas, y da la vida, y hace engordar

los tocinos privilegiados.

Cantemos el oro, porque él da los palacios y los carruajes, los vestidos

a la moda, y los frescos senos de las mujeres garridas; y las

genuflexiones de espinazos aduladores y las muecas de los labios

eternamente sonrientes.

Cantemos el oro, padre del pan.

Cantemos el oro, porque es en las orejas de las lindas damas, sostenedor

del rocío del diamante, al extremo de tan sonrosado y bello caracol;

porque en los pechos siente el latido de los corazones, y en las manos a

veces es símbolo de amor y de santa promesa.

Cantemos el oro, porque tapa las bocas que nos insultan; detiene las

manos que nos amenazan, y pone vendas a los pillos que nos sirven.

Cantemos el oro, porque su voz es música encantada; porque es heroico y

luce en las corazas de los héroes homéricos, y en las sandalias de las

diosas y en los coturnos trágicos y en las manzanas del Jardín de las

Hespérides.

Cantemos el oro, porque de él son las cuerdas de las grandes liras, la

cabellera de las más tiernas amadas, los granos de la espiga y el peplo

que al levantarse viste la olímpica aurora.

Cantemos el oro, premio y gloria del trabajador y pasto del bandido.

Cantemos el oro, que cruza por el carnaval del mundo, disfrazado de

papel, de plata, de cobre y hasta de plomo.

Cantemos el oro, amarillo como la muerte.

Cantemos el oro, calificado de vil por los hambrientos; hermano del

carbón, oro negro que incuba el diamante; rey de la mina, donde el

hombre lucha y la roca se desgarra; poderoso en el poniente, donde se

tiñe en sangre; carne de ídolo, tela de que Fidias hace el traje de

Minerva.

Cantemos el oro, en el arnés del caballo, en el carro de guerra, en el

puño de la espada, en el lauro que ciñe cabezas luminosas, en la copa

del festín dionisíaco, en el alfiler que hiere el seno de la esclava, en

el rayo del astro y en el champaña que burbujea como una disolución de

topacios hirvientes.

Cantemos el oro, porque nos hace gentiles, educados y pulcros.

Cantemos el oro, porque es la piedra de toque de toda amistad.

Cantemos el oro, purificado por el fuego, como el hombre por el

sufrimiento; mordido por la lima como el hombre por la envidia; golpeado

por el martillo, como el hombre por la necesidad; realzado por el

estuche de seda como el hombre por el palacio de mármol.

Cantemos el oro, esclavo, despreciado por Jerónimo, arrojado por

Antonio, vilipendiado por Macario, humillado por Hilarión, maldecido por

Pablo el Ermitaño, quien tenía por alcázar una cueva bronca, y por

amigos las estrellas de la noche, los pájaros del alba y las fieras

hirsutas y salvajes del yermo.

Cantemos el oro, dios becerro, tuétano de roca misterioso y callado en

su entraña, y bullicioso cuando brota a pleno sol y a toda vida, sonante

como un coro de tímpanos; feto de astros, residuo de luz, encarnación de

éter.

Cantemos el oro, hecho sol, enamorado de la noche, cuya camisa de

crespón riega de estrellas brillantes, después del último beso como con

una gran muchedumbre de libras esterlinas.

¡Eh, miserables beodos, pobres de solemnidad, prostitutas, mendigos,

vagos, rateros, bandidos, pordioseros peregrinos, y vosotros los

desterrados, y vosotros los holgazanes, y sobre todo, vosotros, oh

poetas!

¡Unámonos a los felices, a los poderosos, a los banqueros, a los

semidioses de la tierra!

¡Cantemos el oro!

* * * * *

Y el eco se llevó aquel himno, mezcla de gemido, ditirambo y carcajada;

y como ya la noche obscura y fría había entrado, el eco resonaba en las

tinieblas.

Pasó una vieja y pidió limosna.

Y aquella especie de harapiento, por las trazas un mendigo, tal vez un

peregrino, quizá un poeta, le dió su último mendrugo de pan petrificado,

y se marchó por la terrible sombra, rezongando entre dientes.

[Illustration]

[Illustration:... queriendo huir por el agujero abierto por mi maza de

granito, desnuda y bella, destrozó su cuerpo blanco y suave como de

azahar y mármol y rosa...]

EL RUBÍ

¡Ah! ¡Con que es cierto! ¡Con que ese sabio parisiense ha logrado sacar

del fondo de sus retortas, de sus matraces, la púrpura cristalina de que

están incrustados los muros de mi palacio! Y al decir esto el pequeño

gnomo iba y venía, de un lugar a otro, a cortos saltos, por la honda

cueva que les servía de morada; y hacía temblar su larga barba y el

cascabel de su gorro azul y puntiagudo.

En efecto, un amigo del centenario Chevreul--cuasi Althotas--el químico

Fremy, acababa de descubrir la manera de hacer rubíes y zafiros.

Agitado, conmovido, el gnomo--que era sabidor y de genio harto

vivaz--seguía monologando.

--¡Ah, sabios de la Edad Media! ¡Ah, Alberto el Grande, Averroes,

Raimundo Lulio! ¡Vosotros no pudisteis ver brillar el gran sol de la

piedra filosofal, y he aquí que sin estudiar las fórmulas aristotélicas,

sin saber cábala y nigromancia, llega un hombre del siglo décimonono a

formar a la luz del día lo que nosotros fabricamos en nuestros

subterráneos! ¡Pues el conjuro! fusión por veinte días, de una mezcla de

sílice y de aluminado de plomo; coloración con bicromata de potasa o con

óxido de cobalto. Palabras en verdad que parecen lengua diabólica.

Risa.

Luego se detuvo.

* * * * *

El cuerpo del delito estaba allí, en el centro de la gruta, sobre una

gran roca de oro; un pequeño rubí, redondo, un tanto reluciente, como un

grano de granada al sol.

El gnomo tocó un cuerno, el que llevaba a su cintura, y el eco resonó

por las vastas concavidades. Al rato, un bullicio, un tropel, una

algazara. Todos los gnomos habían llegado.

Era la cueva ancha, y había en ella una claridad extraña y blanca. Era

la claridad de los carbunclos que en el techo de piedra centelleaban,

incrustados, hundidos, apiñados, en focos múltiples; una dulce luz lo

ilumina todo.

A aquellos resplandores podía verse la maravillosa mansión en todo su

esplendor. En los muros, sobre pedazos de plata y oro, entre venas de

lapizlázuli, formaban caprichosos dibujos, como los arabescos de una

mezquita, gran muchedumbre de piedras preciosas. Los diamantes blancos y

limpios como gotas de agua, emergían los iris de sus cristalizaciones;

cerca de calcedonias colgantes en estalactitas, las esmeraldas esparcían

sus resplandores verdes, y los zafiros, en amontonamientos raros, en

ramilletes que pendían del cuarzo, semejaban grandes flores azules y

temblorosas.

Los topacios dorados, las amatistas, circundaban en franjas el recinto;

y en el pavimento, cuajado de ópalos, sobre la pulida crisofásia y el

ágata, brotaba de trecho en trecho un hilo de agua que caía con una

dulzura musical, a gotas armónicas, como las de una flauta metálica

soplada muy levemente.

¡Puck se había entrometido en el asunto, el pícaro Puck! Él había

llevado el cuerpo del delito, el rubí falsificado, el que estaba ahí,

sobre la roca de oro como una profanación entre el centelleo de todo

aquel encanto.

Cuando los gnomos estuvieron juntos, unos con sus martillos y cortas

hachas en las manos, otros de gala, con caperuzas flamantes y

encarnadas, llenas de pedrería, todos furiosos, Puck dijo así:

--Me habéis pedido que os trajese una muestra de la nueva falsificación

humana, y he satisfecho esos deseos.

Los gnomos, sentados a la turca, se tiraban de los bigotes; daban las

gracias a Puck con una pausada inclinación de cabeza, y los más cercanos

a él examinaban con gesto de asombro las lindas alas, semejantes a los

de un hipsipilo.

Continuó:

--¡Oh, Tierra! ¡Oh, Mujer! Desde el tiempo en que veía a Titania no he

sido sino un esclavo de la una, un adorador casi místico de la otra.

Y luego, como si hablase en el placer de un sueño:

--¡Esos rubíes! En la gran ciudad de París, volando invisible, los vi

por todas partes. Brillaban en los collares de las cortesanas, en las

condecoraciones exóticas de los rastacueros, en los anillos de los

príncipes italianos y en los brazaletes de las primadonas.

Y con pícara sonrisa siempre:

--Yo me colé hasta cierto gabinete rosado muy en boga... Había una

hermosa mujer dormida. Del cuello le arranqué un medallón y del medallón

el rubí. Ahí lo tenéis.

Todos soltaron la carcajada. ¡Qué cascabeleo!

--¡Eh, amigo Puck!

¡Y dieron su opinión después, acerca de aquella piedra falsa, obra de

hombre, o de sabio, que es peor!

--¡Vidrio!

--¡Maleficio!

--¡Ponzoña y cábala!

--¡Química!

--¡Pretender imitar un fragmento del iris!

--¡El tesoro rubicundo de lo hondo del globo!

--¡Hecho de rayos del poniente solidificados!

El gnomo más viejo, andando con sus piernas torcidas, su gran barba

nevada, su aspecto de patriarca, su cara llena de arrugas:

--¡Señores!--dijo,--¡no sabéislo que habláis!

Todos escucharon.

--Yo, yo que soy el más viejo de vosotros, puesto que apenas sirvo ya

para martillar las facetas de los diamantes; yo, que he visto formarse

estos hondos alcázares que he cincelado los huesos de la tierra, que he

amasado el oro, que he dado un día un puñetazo a un muro de piedra, y

caí a un lago donde violé a una ninfa; yo, el viejo, os referiré cómo se

hizo el rubí.

Oid.

* * * * *

Puck sonreía curioso. Todos los gnomos rodearon al anciano cuyas canas

palidecían a los resplandores de la pedrería, y cuyas manos extendían su

movible sombra en los muros, cubiertos de piedras preciosas, como un

lienzo lleno de miel donde se arrojasen granos de arroz.

--Un día, nosotros, los escuadrones que tenemos a nuestro cargo las

minas de diamantes, tuvimos una huelga que conmovió toda la tierra, y

salimos en fuga por los cráteres de los volcanes.

El mundo estaba alegre, todo era vigor y juventud; y las rosas, y las

hojas verdes y frescas, y los pájaros en cuyos buches entra el grano y

brota el gorjeo, y el campo todo, saludaban al sol y a la primavera

fragante.

Estaba el monte armónico y florido; lleno de trinos y de abejas; era una

grande y santa nupcia la que quebraba la luz, y en el árbol la savia

ardía profundamente, y en el animal todo era estremecimiento o balido de

cántico, y en el gnomo había risa y placer.

Yo había salido por un cráter apagado. Ante mis ojos había un campo

extenso. De un salto me puse sobre un gran árbol, una encina vieja.

Luego bajé al tronco, y me hallé cerca de un arroyo, un río pequeño y

claro donde las aguas charlaban diciéndose bromas cristalinas. Yo tenía

sed. Quise beber ahí... Ahora, oid mejor.

Brazos, espaldas, senos desnudos, azucenas, rosas, panecillos de marfil

coronados de cerezas; ecos de risas áureas festivas; y allá entre las

espumas, entre las linfas rotas, bajo las verdes ramas...

--¿Ninfas?

--No, mujeres.

* * * * *

--Yo sabía cuál era mi gruta. Con dar un golpe en el suelo, abría la

arena negra y llegaba a mi dominio. ¡Vosotros, pobrecillos, gnomos

jóvenes, tenéis mucho que aprender!

Bajo los retoños de unos helechos nuevos me escurrí sobre unas piedras

deslavadas por la corriente espumosa y parlante; y a ella, a la hermosa,

a la mujer, la así de la cintura, con este brazo antes tan musculoso;

gritó, golpeé el suelo, descendimos. Arriba quedó el asombro, abajo el

gnomo soberbio y vencedor.

Un día yo martillaba un trozo de diamante inmenso, que brillaba como un

astro y que al golpe de mi maza se hacía pedazos.

El pavimiento de mi taller se asemejaba a los restos de un sol hecho

trizas. La mujer amada descansaba a un lado, rosa de carne entre

maceteros de zafir, emperatriz del oro, en un lecho de cristal de roca,

toda desnuda y espléndida como una diosa.

Pero en el fondo de mis dominios, mi reina, mi querida, mi belleza, me

engañaba. Cuando el hombre ama de veras, su pasión lo penetra todo y es

capaz de traspasar la tierra.

Ella amaba a un hombre, y desde su prisión le enviaba sus suspiros.

Estos pasaban los poros de la corteza terrestre y llegaban a él; y él,

amándola también, besaba las rosas de cierto jardín; y ella, la

enamorada, tenía--yo lo notaba--convulsiones súbitas en que estiraba sus

labios rosados y frescos como pétalos de centifolia. ¿Cómo ambos así se

sentían? Con ser quien soy, no lo sé.

* * * * *

Había acabado yo mi trabajo: un gran montón de diamantes hechos en un

día; la tierra abría sus grietas de granito como los labios con sed,

esperando el brillante despedazamiento del rico cristal. Al fin de la

faena, cansado, dí un martillazo que rompió una roca y me dormí.

Desperté al rato al oir algo como un gemido.

De su lecho, de su mansión más luminosa y rica que las de todas las

reinas de Oriente, había volado fugitiva, desesperada, la amada mía, la

mujer robada. ¡Ay! y queriendo huir por el agujero abierto por mi maza

de granito, desnuda y bella, destrozó su cuerpo blanco y suave como de

azahar y mármol y rosa, en los filos de los diamantes rotos. Heridos sus

costados, chorreaba la sangre; los quejidos eran conmovedores hasta las

lágrimas. ¡Oh, dolor!

Yo desperté, la tomé en mis brazos, la dí mis besos más ardientes; mas

la sangre corría inundando el recinto, y la gran masa diamantina se

teñía de grana. Me pareció que sentía, al darla un beso, un perfume

salido de aquella boca encendida: el alma; el cuerpo quedó inerte.

Cuando el gran patriarca nuestro, el centenario semidiós de las

entrañas terrestres, pasó por allí, encontró aquella muchedumbre de

diamantes rojos.

* * * * *

Pausa.

--¿Habéis comprendido?

Los gnomos, muy graves, se levantaron.

Examinaron más de cerca la piedra falsa, hechura del sabio.

--¡Mirad, no tiene facetas!

--Brilla pálidamente.

--¡Impostura!

--¡Es redonda como la coraza de un escarabajo!

Y en ronda, uno por aquí, otro por allá, fueron a arrancar de los muros

pedazos de arabesco, rubíes grandes como una naranja, rojos y

chispeantes como un diamante hecho sangre; y decían:

--He aquí lo nuestro, ¡oh, madre tierra!

Aquello era una orgía de brillo y de color.

Y lanzaban al aire las gigantescas piedras luminosas y reían.

De pronto, con toda la dignidad de un gnomo:

--¡Y bien! el desprecio.

Se comprendieron todos. Tomaron el rubí falso, lo despedazaron y

arrojaron los fragmentos--con desdén terrible--a un hoyo que abajo daba

a antiquísima selva carbonizada.

Después, sobre sus rubíes, sobre sus ópalos, entre aquellas paredes

resplandecientes empezaron a bailar asidos de las manos una farándula

loco y sonora.

Y celebraron con risas, el verse grandes en la sombra.

* * * * *

Ya Puck volaba afuera, en el abejeo del alba recién nacida, camino de

una pradera en flor. Y murmuraba--siempre con su sonrisa

sonrosada:--Tierra... Mujer...

Porque tú ¡oh, madre Tierra! eres grande, fecunda, de seno inextinguible

y sacro; y de tu vientre moreno brota la savia de los troncos robustos,

y el oro y el agua diamantina, y la casta flor de lis. ¡Lo puro, lo

fuerte, lo infalsificable! ¡Y tú, mujer, eres espíritu y carne, toda

amor!

[Illustration]

[Illustration: Berta empezó a entristecerse en tanto que sus ojos

llameantes se rodeaban de ojeras melancólicas.]

EL PALACIO DEL SOL

A vosotras, madres de las muchachas anémicas, va esta historia, la

historia de Berta, la niña de los ojos color de aceituna, fresca como

una rama de durazno en flor, luminosa como un alba, gentil como la

princesa de un cuento azul.

Ya veréis, sanas y respetables señoras, que hay algo mejor que el

arsénico y el hierro para encender la púrpura de las lindas mejillas

virginales; y que es preciso abrir la puerta de su jaula a vuestras

avecitas encantadoras, sobre todo, cuando llega el tiempo de la

primavera y hay ardor en las venas y en las savias, y mil átomos de sol

abejean en los jardines, como un enjambre de oro sobre las rosas

entreabiertas.

Cumplidos sus quince años, Berta empezó a entristecerse en tanto que sus

ojos llameantes se rodeaban de ojeras melancólicas.--Berta, te he

comprado dos muñecas...--No las quiero, mamá...--He hecho traer los

_Nocturnos_...--Me duelen los dedos, mamá...--Entonces...--Estoy

triste, mamá...--Pues que se llame al doctor.

Y llegaron las antiparras de arcos de carey, los guantes negros, la

calva ilustre y el cruzado levitón.

Ello era natural... El desarrollo... la edad... Síntomas claros, falta

de apetito, algo como una opresión en el pecho, tristeza, punzadas a

veces en las sienes, palpitación... Ya sabéis; dad a vuestra niña

glóbulos de ácido arsenioso, luego duchas. El tratamiento... Y empezó a

curar su melancolía, con glóbulos y duchas, al comenzar la primavera,

Berta, la niña de los ojos color de aceituna, que llegó a estar fresca

como una rama de durazno en flor, luminosa como un alba, gentil como la

princesa de un cuento azul.

* * * * *

A pesar de todo, las ojeras persistieron, la tristeza continuó, y Berta,

pálida como un precioso marfil, llegó un día a las puertas de la muerte.

Todos lloraban por ella en el palacio, y la sana y sentimental mamá hubo

de pensar en las palmas blancas del ataúd de las doncellas. Hasta que

una mañana la lánguida anémica bajó al jardín, sola, y siempre con su

vaga atonía melancólica, a la hora en que el alba ríe. Suspirando erraba

sin rumbo, aquí, allá; y las flores estaban tristes de verla. Se apoyó

en el zócalo de un fauno soberbio y bizarro, que húmedos de rocío sus

cabellos de mármol, bañaba en luz su torso espléndido y desnudo. Vió un

lirio que erguía al azul la pureza de su cáliz blanco, y estiró la mano

para cogerlo. No bien había...--Sí, un cuento de hadas, señoras mías,

pero ya veréis sus aplicaciones en una querida realidad;--no bien había

tocado el cáliz de la flor, cuando de él surgió de súbito un hada, en su

carro áureo y diminuto, vestida de hilos brillantísimos e impalpables,

con su aderezo de rocío, su diadema de perlas y su varita de plata.

¿Creéis que Berta se amedrantó? Nada de eso. Batió palmas alegre, se

reanimó como por encanto, y dijo al hada:--¿Tú eres la que me quieres

tanto en sueños?--Sube--respondió el hada. Y como si Berta se hubiese

empequeñecido, de tal modo cupo en la concha del carro de oro, que

hubiera estado holgada sobre el ala corva de un cisne a flor de agua. Y

las flores, el fauno orgulloso, la luz del día, vieron cómo en el carro

del hada iba por el viento, plácida y sonriendo al sol, Berta, la niña

de los ojos de color de aceituna, fresca como un alba, gentil como la

princesa de un cuento azul.

* * * * *

Azul... Obras Completas Vol. IV · 第 3 / 7 段