enormes troncos se conmovieron, y hubo rosas que se deshojaron y lirios
que se inclinaron lánguidamente como en un dulce desmayo. Porque Orfeo
hacía gemir los leones y llorar los guijarros con la música de su lira
rítmica. Las bacantes más furiosas habían callado y le oían como en un
sueño. Una náyade virgen a quien nunca ni una sola mirada del sátiro
había profanado, se acercó tímida al cantor y le dijo: «Yo te amo».
Filomela había volado a posarse en la lira como la paloma anacreóntica.
No hubo más eco que la voz de Orfeo. Naturaleza sentía el himno. Venus,
que pasaba por las cercanías, preguntó de lejos con su divina voz:
«¿Está aquí acaso Apolo?»
Y en toda aquella inmensidad de maravillosa armonía, el único que no oía
nada era el sátiro sordo.
Cuando el poeta concluyó, dijo a éste:--¿Os place mi canto? Si es así,
me quedaré con vos en la selva.
El sátiro dirigió una mirada a sus dos consejeros. Era preciso que ellos
resolviesen lo que no podía comprender él. Aquella mirada pedía una
opinión.
* * * * *
--Señor--dijo la alondra, esforzándose en producir la voz más fuerte de
su buche--, quédese quien así ha cantado con nosotros. He aquí que su
lira es bella y potente. Te ha ofrecido la grandeza y la luz rara que
hoy has visto en tu selva. Te ha dado su armonía. Señor, yo sé de estas
cosas. Cuando viene el alba desnuda y se despierta el mundo, yo me
remonto a los profundos cielos y vierto desde la altura las perlas
invisibles de mis trinos, y entre las claridades matutinas mi melodía
inunda el aire, y es el regocijo del espacio. Pues yo te digo que Orfeo
ha cantado bien, y es un elegido de los dioses. Su música embriagó el
bosque entero. Las águilas se han acercado a revolar sobre nuestras
cabezas, los arbustos floridos han agitado suavemente sus incensarios
misteriosos, las abejas han dejado sus celdillas para venir a escuchar.
En cuanto a mí, ¡oh señor! si yo estuviese en lugar tuyo le daría mi
guirnalda de pámpanos y mi tirso. Existen dos potencias: la real y la
ideal. Lo que Hércules haría con sus muñecas, Orfeo lo hace con su
inspiración. El dios robusto despedazaría de un puñetazo al mismo Athos.
Orfeo les amansaría con la eficacia de su voz triunfante, a Nemea su
león y a Erimanto su jabalí. De los hombres unos han nacido para forjar
los metales, otros para arrancar del suelo fértil las espigas del
trigal, otros para combatir en las sangrientas guerras, y otros para
enseñar, glorificar y cantar. Si soy tu copero y te doy vino, goza tu
paladar; si te ofrezco un himno, goza tu alma.
* * * * *
Mientras cantaba la alondra, Orfeo le acompañaba con su instrumento, y
un vasto y dominante soplo lírico se escapaba del bosque verde y
fragante. El sátiro sordo comenzaba a impacientarse. ¿Quién era aquel
extraño visitante? ¿Por qué ante él había cesado la danza loca y
voluptuosa? ¿Qué decían sus dos consejeros?
¡Ah! ¡la alondra había cantado, pero el sátiro no oía! Por fin, dirigió
su vista al asno.
¿Faltaba su opinión? Pues bien, ante la selva enorme y sonora, bajo el
azul sagrado, el asno movió la cabeza de un lado a otro, grave, terco,
silencioso, como el sabio que medita.
Entonces, con su pie hendido, hirió el sátiro el suelo, arrugó su frente
con enojo, y sin darse cuenta de nada, exclamó, señalando a Orfeo la
salida de la selva:
--¡No...!
Al vecino Olimpo llegó el eco, y resonó allá, donde los dioses estaban
de broma, un coro de carcajadas formidables que después se llamaron
homéricas.
Orfeo salió triste de la selva del sátiro sordo y casi dispuesto a
ahorcarse del primer laurel que hallase en su camino.
No se ahorcó, pero se casó con Eurídice.
[Illustration]
[Illustration: ¡El poeta ha visto ninfas!]
LA NINFA
(CUENTO PARISIENSE)
En el castillo que últimamente acaba de adquirir Lesbia, esta actriz
caprichosa y endiablada que tanto ha dado que decir al mundo por sus
extravagancias, nos hallábamos a la mesa hasta seis amigos. Presidía
nuestra Aspasia, quien a la sazón se entretenía en chupar, como niña
golosa, un terrón de azúcar húmedo, blanco, entre las yemas sonrosadas.
Era la hora del chartreuse. Se veía en los cristales de la mesa como una
disolución de piedras preciosas, y la luz de los candelabros se
descomponía en las copas medio vacías, donde quedaba algo de la púrpura
del borgoña, del oro hirviente del champaña, de las líquidas esmeraldas
de la menta.
Se hablaba con el entusiasmo de artistas de buena pasta, tras una buena
comida. Eramos todos artistas, quien más, quien menos; y aun había un
sabio obeso que ostentaba en la albura de una pechera inmaculada, el
gran nudo de una corbata monstruosa.
Alguien dijo:--¡Ah, sí, Fremiet!--Y de Fremiet, se pasó a sus animales,
a su cincel maestro, a dos perros de bronce que, cerca de nosotros, uno
buscaba la pista de la pieza, y otro, como mirando al cazador, alzaba el
pescuezo y arbolaba la delgadez de su cola tiesa y erecta. ¿Quién habló
de Mirón? El sabio, que recitó en griego el epigrama de Anacreonte:
«Pastor, lleva a pastar más lejos tu boyada, no sea que creyendo que
respira la vaca de Mirón, las quieras llevar contigo».
Lesbia acabó de chupar su azúcar, y con una carcajada argentina:
--¡Bah! Para mí los sátiros. Yo quisiera dar vida a mis bronces, y si
esto fuese posible, mi amante sería uno de esos velludos semidioses. Os
advierto que más que a los sátiros adoro a los centauros; y que me
dejaría robar por uno de esos monstruos robustos, sólo por oir las
quejas del engañado, que tocaría su flauta lleno de tristeza.
El sabio interrumpió:
--Los sátiros y los faunos, los hipocentauros y las sirenas, han
existido como las salamandras y el ave Fénix.
Todos reímos; pero entre el coro de carcajadas, se oía irresistible,
encantadora, la de Lesbia, cuyo rostro encendido, de mujer hermosa,
estaba como resplandeciente de placer.
--Sí--continuó el sabio:--¿con qué derecho negamos los modernos, hechos
que afirman los antiguos? El perro gigantesco que vió Alejandro, alto
como un hombre, es tan real como la araña Kraken que vive en el fondo de
los mares. San Antonio Abad, de edad de noventa años, fué en busca del
viejo ermitaño Pablo, que vivía en una cueva. Lesbia, no te rías. Iba el
santo por el yermo, apoyado en su báculo, sin saber dónde encontrar a
quien buscaba. A mucho andar, ¿sabéis quién le dió las señas del camino
que debía seguir? Un centauro; «medio hombre y medio caballo»--dice un
autor.--Hablaba como enojado; huyó tan velozmente, que pronto le perdió
de vista el santo; así iba galopando el monstruo, cabellos al aire y
vientre a tierra.
En ese mismo viaje, San Antonio vió un sátiro, «hombrecillo de extraña
figura, estaba junto a un arroyuelo, tenía las narices corvas, frente
áspera y arrugada, y la última parte de su contrahecho cuerpo remataba
con pies de cabra».
--Ni más ni menos--dijo Lesbia.--¡M. de Cocureau, futuro miembro del
instituto!
Siguió el sabio:
--Afirma San Jerónimo que en tiempo de Constantino Magno se condujo a
Alejandría un sátiro vivo, siendo conservado su cuerpo cuando murió.
Además, vióle el emperador de Antioquía.
Lesbia había vuelto a llenar su copa de menta, y humedecía su lengua en
el licor verde como lo haría un animal felino.
--Dice Alberto Magno, que en su tiempo cogieron a dos sátiros en los
montes de Sajonia. Eurico Zormano asegura que en tierras de Tartaria
había hombres con sólo un pie, y sólo un brazo en el pecho. Vicencio vió
en su época un monstruo que trajeron al rey de Francia; tenía cabeza de
perro (Lesbia reía). Los muslos, brazos y manos tan sin vello como los
nuestros (Lesbia se agitaba como una chicuela a quien hiciesen
cosquillas); comía carne cocida y bebía vino con todas ganas.
--¡Colombine!--gritó Lesbia. Y llegó Colombine; una falderilla que
parecía un copo de algodón. Tomóla su ama, y entre las explosiones de
risa de todos:--¡Toma, el monstruo que tenía tu cara!
Y le dió un beso en la boca, mientras el animal se estremecía e inflaba
las narices como lleno de voluptuosidad.
--Y Filegón Traliano--concluyó el sabio elegantemente--afirma la
existencia de dos clases de hipocentauros: una de ellas como elefantes.
--Basta de sabiduría--dijo Lesbia. Y acabó de beber menta.
--Yo estaba feliz. No había desplegado mis labios--¡Oh!--exclamé,--¡para
mí las ninfas! Yo desearía contemplar esas desnudeces de los bosques y
de las fuentes, aunque, como Acteón, fuese despedazado por los perros.
¡Pero las ninfas no existen!
Concluyó aquel concierto alegre con una gran fuga de risas, y de
personas.
--¡Y qué!--me dijo Lesbia, quemándome con sus ojos de faunesa y con voz
callada para que sólo yo la oyera--, ¡las ninfas existen, tú las verás!
* * * * *
Era un día primaveral. Yo vagaba por el parque del castillo, con el aire
de un soñador empedernido. Los gorriones chillaban sobre las lilas
nuevas, y atacaban a los escarabajos que se defendían de los picotazos
con sus corazas de esmeralda, con sus petos de oro y acero. En las rosas
el carmín, el bermellón, la onda penetrante de perfumes dulces; más allá
las violetas, en grandes grupos, con su color apacible y su olor a
virgen. Después, los altos árboles, los ramajes tupidos llenos de mil
abejeos, las estatuas en la penumbra, los discóbolos de bronce, los
gladiadores musculosos en sus soberbias posturas gímnicas, las glorietas
perfumadas cubiertas de enredaderas, los pórticos, bellas imitaciones
jónicas, cariátides todas blancas y lascivas, y vigorosos telamones del
orden atlántico, con anchas espaldas y muslos gigantescos. Vagaba por el
laberinto de tales encantos cuando oí un ruido, allá en lo obscuro de la
arboleda, en el estanque donde hay cisenes blancos como cincelados en
alabastro, y otros que tienen la mitad del cuello del color del ébano,
como una pierna alba con media negra.
Llegué más cerca. ¿Soñaba? ¡Oh, nunca! Yo sentí lo que tú, cuando viste
en su gruta por primera vez a Egeria.
Estaba en el centro del estanque, entre la inquietud de los cisnes
espantados, una ninfa, una verdadera ninfa, que hundía su carne de rosa
en el agua cristalina. La cadera a flor de espuma parecía a veces como
dorada por la luz opaca que alcanzaba a llegar por las brechas de las
hojas. ¡Ah! yo ví lirios, rosas, nieve, oro; ví un ideal con vida y
forma y oí entre el burbujeo sonoro de la ninfa herida, como una risa
burlesca y armoniosa que me encendía la sangre.
De pronto huyó la visión, surgió la ninfa del estanque, semejante a
Citerea en su onda, y recogiendo sus cabellos, que goteaban brillantes,
corrió por los rosales, tras las lilas y violetas, más allá de los
tupidos arbolares, hasta perderse ¡ay!, por un recodo; y quedé yo, poeta
lírico, fauno burlado, viendo a las grandes aves alabastrinas como
mofándose de mí, tendiéndome sus largos cuellos en cuyo extremo brillaba
bruñida el ágata de sus picos.
* * * * *
Después almorzábamos juntos aquellos amigos de la noche pasada; entre
todos, triunfante, con su pechera y su gran corbata obscura, el sabio
obeso, futuro miembro del Instituto.
Y de repente, mientras todos charlaban de la última obra de Fremiet en
el salón, exclamó Lesbia con su alegre voz parisiense:
--¡Té! como dice Tartarín: ¡el poeta ha visto ninfas...!--La
contemplaron todos asombrados, y ella me miraba, me miraba como una
gata, y se reía, como una chiquilla a quien se le hiciesen cosquillas.
[Illustration]
[Illustration: entre el siglo de la lancha y el gran bulto quedó con los
riñones rotos, el espinazo desencajado...]
EL FARDO
Allá lejos, en la línea como trazada con un lápiz azul, que separa las
aguas y los cielos, se iba hundiendo el sol, con sus polvos de oro y sus
torbellinos de chispas purpuradas, como un gran disco de hierro cadente.
Ya el muelle fiscal iba quedando en quietud; los guardas pasaban de un
punto a otro, las gorras metidas hasta las cejas, dando aquí y allá sus
vistazos. Inmóvil el enorme brazo de los pescantes, los jornaleros se
encaminaban a las casas. El agua murmuraba debajo del muelle, y el
húmedo viento salado, que sopla de mar afuera a la hora en que la noche
sube, mantenía las lanchas cercanas en un continuo cabeceo.
* * * * *
Todos los lancheros se habían ido ya; solamente el viejo tío Lucas, que
por la mañana se estropeara un pie al subir una barrica a un carretón,
y que, aunque cojín cojeando había trabajado todo el día, estaba sentado
en una piedra, y, con la pipa en la boca, veía triste el mar.
--¡Eh, tío Lucas! ¿se descansa?
--Sí, pues, patroncito.
Y empezó la charla, esa charla agradable y suelta que me place entablar
con los bravos hombres toscos que viven la vida del trabajo
fortificante, la que da la buena salud y la fuerza del músculo, y se
nutre con el grano del poroto y la sangre hirviente de la viña.
Yo veía con cariño a aquel rudo viejo, y le oía con interés sus
relaciones, así, todas cortadas, todas como de hombre basto, pero de
pecho ingenuo. ¡Ah, conque fué militar! ¡Conque de mozo fué soldado de
Bulnes! ¡Conque todavía tuvo resistencias para ir con su rifle hasta
Miraflores! Y es casado, y tuvo un hijo, y...
Y aquí el tío Lucas:
--Sí, patrón, ¡hace dos años que se me murió!
Aquellos ojos, chicos y relumbrantes bajo las cejas grises y peludas, se
humedecieron entonces.
--¿Que cómo se murió? En el oficio, por darnos de comer a todos, a mi
mujer, a los chiquitos y a mí, patrón, que entonces me hallaba enfermo.
Y todo me lo refirió, al comenzar aquella noche, mientras las olas se
cubrían de brumas y la ciudad encendía sus luces; él, en la piedra que
le servía de asiento, después de apagar su negra pipa y de colocársela
en la oreja, y de estirar y cruzar sus piernas flacas y musculosas,
cubiertas por los sucios pantalones arremangados hasta el tobillo.
* * * * *
El muchacho era muy honrado y muy de trabajo. Se quiso ponerlo a la
escuela desde grandecito; ¡pero los miserables no deben aprender a leer
cuando se llora de hambre en el cuartucho!
El tío Lucas era casado, tenía muchos hijos.
Su mujer llevaba la maldición del vientre de los pobres: la fecundidad.
Había, pues, mucha boca abierta que pedía pan, mucho chico sucio que se
revolcaba en la basura, mucho cuerpo magro que temblaba de frío; era
preciso ir a llevar qué comer, a buscar harapos, y para eso, quedar sin
alientos y trabajar como un buey.
Cuando el hijo creció ayudó al padre. Un vecino, el herrero, quiso
enseñarle su industria; pero como entonces era tan débil, casi un
armazón de huesos, y en el fuelle tenía que echar el bofe, se puso
enfermo y volvió al conventillo. ¡Ah, estuvo muy enfermo! Pero no murió.
¡No murió! Y eso que vivían en uno de esos hacinamientos humanos, entre
cuatro paredes destartaladas, viejas, feas, en la callejuela inmunda de
las mujeres perdidas, hedionda a todas horas, alumbrada de noche por
escasos faroles, y donde resuenan en perpetua llamada a las zambras de
echacorvería, las arpas y los acordeones, y el ruido de los marineros
que llegan al burdel, desesperados con la castidad de las largas
travesías, a emborracharse como cubas y a gritar y patalear como
condenados. ¡Sí! entre la podredumbre, al estrépito de las fiestas
tunantescas, el chico vivió, y pronto estuvo sano y en pie.
Luego llegaron sus quince años.
* * * * *
El tío Lucas había logrado, tras mil privaciones, comprar una canoa. Se
hizo pescador.
Al venir el alba, iba con su mocetón al agua, llevando los enseres de la
pesca. El uno remaba, el otro ponía en los anzuelos la carnada. Volvían
a la costa con buena esperanza de vender lo hallado, entre la brisa fría
y las opacidades de la neblina, cantando en baja voz algún «triste» y
enhiesto el remo triunfante que chorreaba espuma.
Si había buena venta, otra salida por la tarde.
Una de invierno había temporal. Padre e hijo, en la pequeña embarcación,
sufrían en el mar la locura de la ola y del viento. Difícil era llegar a
tierra. Pesca y todo se fué al agua, y se pensó en librar el pellejo.
Luchaban como desesperados por ganar la playa. Cerca de ella estaban;
pero una racha maldita les empujó contra una roca, y la canoa se hizo
astillas. Ellos salieron sólo magullados, ¡gracias a Dios! como decía
el tío Lucas al narrarlo. Después, ya son ambos lancheros.
Sí, lancheros; sobre las grandes embarcaciones chatas y negras;
colgándose de la cadena que rechina pendiente como una sierpe de hierro
del macizo pescante que semeja una horca; remando de pie y a compás;
yendo con la lancha del muelle al vapor y del vapor al muelle; gritando,
¡biiooeep! cuando se empujan los pesados bultos para engancharlos en la
uña potente que los levanta balanceándolos como un péndulo, ¡sí!
lancheros; el viejo y el muchacho, el padre y el hijo; ambos a
horcajadas sobre un cajón, ambos forcejeando, ambos ganando su jornal,
para ellos y para sus queridas sanguijuelas del conventillo.
Íbanse todos los días al trabajo, vestidos de viejo, fajadas las
cinturas con sendas bandas coloradas, y haciendo sonar a una sus zapatos
groseros y pesados que se quitaban al comenzar la tarea, tirándolos a un
rincón de la lancha.
Empezaba el trajín, el cargar y descargar. El padre era
cuidadoso:--¡Muchacho, que te rompes la cabeza! ¡Que te coge la mano el
chicote! ¡Que vas a perder una canilla!--Y enseñaba, adiestraba, dirigía
al hijo, con su modo, con sus bruscas palabras de obrero viejo y de
padre encariñado.
* * * * *
Hasta que un día el tío Lucas no pudo moverse de la cama, porque el
reumatismo le hinchaba las coyunturas y le taladraba los huesos.
¡Oh! Y había que comprar medicinas y alimentos; eso sí.
--Hijo, al trabajo, a buscar plata; hoy es sábado.
Y se fué el hijo, solo, casi corriendo, sin desayunarse, a la faena
diaria.
Era un bello día de luz clara, de sol de oro. En el muelle rodaban los
carros sobre sus rieles, crujían las poleas, chocaban las cadenas. Era
la gran confusión del trabajo que da vértigo, el son del hierro,
traqueteos por doquiera, y el viento pasando por el bosque de árboles y
jarcias de los navíos en grupo.
Debajo de uno de los pescantes del muelle estaba el hijo del tío Lucas
con otros lancheros, descargando a toda prisa. Había que vaciar la
lancha repleta de fardos. De tiempo en tiempo bajaba la larga cadena que
remata en un garfio, sonando como una matraca al correr con la roldana;
los mozos amarraban los bultos con una cuerda doblada en dos, los
enganchaban en el garfio, y entonces éstos subían a la manera de un pez
en un anzuelo, o del plomo de una sonda, ya quietos, ya agitándose de un
lado a otro, como un badajo, en el vacío.
La carga estaba amontonada. La ola movía pausadamente de cuando en
cuando la embarcación colmada de fardos. Estos formaban una a modo de
pirámide en el centro. Había uno muy pesado, muy pesado. Era el más
grande de todos, ancho, gordo y oloroso a brea. Venía en el fondo de la
lancha. Un hombre de pie sobre él, era pequeña figura para el grueso
zócalo.
Era algo como todos los prosaísmos de la importación, envueltos en lona
y fajados con correas de hierro. Sobre sus costados, en medio de líneas
y de triángulos negros, había letras que miraban como ojos.--Letras en
«diamante»--decía el tío Lucas. Sus cintas de hierro estaban apretadas
con clavos cabezudos y ásperos; y en las entrañas tendría el monstruo,
cuando menos, linones y percales.
* * * * *
Sólo él faltaba.
--¡Se va el bruto!--dijo uno de los lancheros.
--El Barrigón--agregó otro.
El hijo del tío Lucas, que estaba ansioso de acabar pronto, se alistaba
para ir a cobrar y desayunarse, anudándose un pañuelo de cuadros al
pescuezo.
Bajó la cadena danzando en el aire. Se amarró un gran lazo en el fardo,
se probó si estaba bien seguro, y se gritó: ¡Iza! mientras la cadena
tiraba de la masa chirriando y levantándola en vilo.
Los lancheros, de pie, miraban subir el enorme peso, y se preparaban
para ir a tierra, cuando se vió una cosa horrible. El fardo, el grueso
fardo, se zafó del lazo, como de un collar holgado saca un perro la
cabeza; y cayó sobre el hijo del tío Lucas, que entre el filo de la
lancha y el gran bulto quedó con los riñones rotos, el espinazo
desencajado y echando sangre negra por la boca.
Aquel día no hubo pan ni medicinas en casa del tío Lucas, sino el
muchacho destrozado, al que se abrazaba llorando el reumático, entre la
gritería de la mujer y de los chicos, cuando llevaban el cadáver al
cementerio.
* * * * *
Me despedí del viejo lanchero, y a pasos elásticos dejé el muelle,
tomando el camino de la casa y haciendo filosofía con toda la cachaza de
un poeta, en tanto que una brisa glacial, que venía de mar afuera,
pellizcaba tenazmente las narices y las orejas.
[Illustration]
[Illustration: Los cuatro hombres se quejaban. Al uno le había tocado en
suerte una cantera, al otro el iris, al otro el ritmo, al otro el cielo
azul.]
EL VELO DE LA REINA MAB
La reina Mab, en su carro hecho de una sola perla, tirado por cuatro
coleópteros de petos dorados y alas de pedrería, caminando sobre un rayo
de sol, se coló por la ventana de una boardilla donde estaban cuatro
hombres flacos, barbudos e impertinentes, lamentándose como unos
desdichados.
Por aquel tiempo, las hadas habían repartido sus dones a los mortales. A
unos habían dado las varitas misteriosas que llenan de oro las pesadas
cajas del comercio; a otros unas espigas maravillosas que al
desgranarlas colmaban las trojes de riqueza; a otros unos cristales que
hacían ver en el riñón de la madre tierra, oro y piedras preciosas; a
quiénes, cabelleras espesas y músculos de Goliat, y mazas enormes para
machacar el hierro encendido; y a quiénes, talones fuertes y piernas
ágiles para montar en las rápidas caballerías que se beben el viento y
que tienden las crines en la carrera.
Los cuatro hombres se quejaban. Al uno le había tocado en suerte una
cantera, al otro el iris, al otro el ritmo, al otro el cielo azul.
* * * * *
La reina Mab oyó sus palabras: Decía el primero:--¡Y bien! ¡Heme aquí en
la gran lucha de mis sueños de mármol! Yo he arrancado el bloque y tengo
el cincel. Todos tenéis, unos el oro, otros la armonía, otros la luz; yo
pienso en la blanca y divina Venus, que muestra su desnudez bajo el
plafón color del cielo. Yo quiero dar a la masa la línea y la hermosura
plástica; y que circule por las venas de la estatua una sangre incolora
como la de los dioses. Yo tengo el espíritu de Grecia en el cerebro, y
amo los desnudos en que la ninfa huye y el fauno tiende los brazos. ¡Oh,
Fidias! Tú eres para mí soberbio y augusto como un semidiós, en el
recinto de la eterna belleza, rey ante un ejército de hermosuras que a
tus ojos arrojan el magnífico Kiton, mostrando la esplendidez de la
forma en sus cuerpos de rosa y de nieve.
Tú golpeas, hieres y domas al mármol, y suena el golpe armónico como en
verso, y te adula la cigarra, amante del sol, oculta entre los pámpanos
de la viña virgen. Para ti son los Apolos rubios y luminosos, las
Minervas severas y soberanas. Tú, como un mago, conviertes la roca en
simulacro y el colmillo del elefante en copa del festín. Y al ver tu
grandeza siento el martirio de mi pequeñez. Porque pasaron los tiempos
gloriosos. Porque tiemblo ante las miradas de hoy. Porque contemplo el
ideal inmenso y las fuerzas exhaustas. Porque a medida que cincelo el
bloque me ataraza el desaliento.
* * * * *
Y decía el otro:--Lo que es hoy romperé mis pinceles. ¿Para qué quiero
el iris y esta gran paleta de campo florido, si a la postre mi cuadro no
será admitido en el salón? ¿Qué abordaré? He recorrido todas las
escuelas, todas las inspiraciones artísticas. He pintado el torso de
Diana y el rostro de la Madona. He pedido a las campiñas sus colores,
sus matices; he adulado a la luz como a una amada, y la he abrazado como
a una querida. He sido adorador del desnudo, con sus magnificencias, con
los tonos de sus carnaciones y con sus fugaces medias tintas. He trazado
en mis lienzos los nimbos de los santos y las alas de los querubines.
¡Ah, pero siempre el terrible desencanto! ¡el porvenir! ¡Vender una
Cleopatra en dos pesetas para poder almorzar!
Y yo, ¡que podría en el estremecimiento de mi inspiración, trazar el
gran cuadro que tengo aquí adentro!
* * * * *
Y decía el otro:--Perdida mi alma en la gran ilusión de mis sinfonías,
temo todas las decepciones. Yo escucho todas las armonías, desde la lira
de Terpandro hasta las fantasías orquestales de Wagner. Mis ideales
brillan en medio de mis audacias de inspirado. Yo tengo la percepción
del filósofo que oyó la música de los astros. Todos los ruidos pueden
aprisionarse, todos los ecos son susceptibles de combinaciones. Todo
cabe en la línea de mis escalas cromáticas.