AZUL...
[Illustration:
AZUL...
POR
RUBÉN DARÍO
ILUSTRACIONES
DE
ENRIQUE OCHOA
Volumen IV de las obras completas.
Administración: Editorial
MUNDO LATINO
MADRID]
[Illustration: ES PROPIEDAD]
A D. Rubén Darío.
_Madrid, 22 de Octubre de 1888._
I
Todo libro, que desde América llega a mis manos, excita mi interés y
despierta mi curiosidad; pero ninguno hasta hoy la ha despertado tan
viva como el de usted, no bien comencé a leerlo.
Confieso que al principio, a pesar de la amable dedicatoria con que
usted me envía un ejemplar, miré el libro con indiferencia... casi con
desvío. El título _Azul..._ tuvo la culpa.
Víctor Hugo dice: _L’art c’est l’azur_; pero yo no me conformo ni me
resigno con que tal dicho sea muy profundo y hermoso. Para mí, tanto
vale decir que el arte es lo azul, como decir que es lo verde, lo
amarillo o lo rojo. ¿Por qué, en este caso, lo azul (aunque en francés
no sea _bleu_, sino _azur_, que es más poético) ha de ser cifra, símbolo
y superior predicamento que abarque lo ideal, lo etéreo, lo infinito,
la serenidad del cielo sin nubes, la luz difusa, la amplitud vaga y sin
límites, donde nacen, viven, brillan y se mueven los astros? Pero aunque
todo esto y más surja del fondo de nuestro ser y aparezca a los ojos del
espíritu, evocado por la palabra _azul_, ¿qué novedad hay en decir que
el arte es todo esto? Lo mismo es decir que el arte es imitación de la
Naturaleza, como lo definió Aristóteles: la percepción de todo lo
existente y de todo lo posible, y su reaparición o representación por el
hombre en signos, letras, sonidos, colores o líneas. En suma: yo, por
más vueltas que le doy, no veo en eso de que _el arte es lo azul_ sino
una frase enfática y vacía.
Sea, no obstante, el arte _azul_, o del color que se quiera. Como sea
bueno, el color es lo que menos importa. Lo que a mí me dió mala espina
fué la frase de Víctor Hugo, y el que usted hubiese dado por título a su
libro la palabra fundamental de la frase. ¿Si será éste, me dije, uno de
tantos y tantos como por todas partes, y sobre todo en Portugal y en la
América española, han sido inficionados por Víctor Hugo? La manía de
imitarle ha hecho verdaderos estragos, porque la atrevida juventud
exagera sus defectos, y porque eso que se llama _genio_, y que hace que
los defectos se perdonen y tal vez se aplaudan, no se imita cuando no se
tiene. En resolución yo sospeché que era usted un Víctor Huguito y
estuve más de una semana sin leer el libro de usted.
No bien le he leído, he formado muy diferente concepto. Usted es usted
con gran fondo de originalidad y de originalidad muy extraña. Si el
libro, impreso en Valparaíso este año de 1888, no estuviese en muy buen
castellano, lo mismo podría ser de un autor francés, que de un italiano,
que de un turco o de un griego. El libro está impregnado de espíritu
cosmopolita. Hasta el nombre y apellido del autor, verdaderos o
contrahechos y fingidos, hacen que el cosmopolitismo resalte más. Rubén
es judaico, y persa es Darío; de suerte que por los nombres no parece
sino que usted quiere ser o es de todos los países, castas y tribus.
El libro _Azul..._ no es en realidad un libro; es un folleto de 132
páginas; pero tan lleno de cosas y escrito por estilo tan conciso, que
da no poco en qué pensar y tiene bastante que leer. Desde luego se
conoce que el autor es muy joven: que no puede tener más de veinticinco
años, pero que los ha aprovechado maravillosamente. Ha aprendido
muchísimo, y en todo lo que sabe y expresa muestra singular talento
artístico y poético.
Sabe con amor la antigua literatura griega; sabe de todo lo moderno
europeo. Se entrevé, aunque no hace gala de ello, que tiene el concepto
cabal del mundo visible y del espíritu humano, tal como este concepto ha
venido a formarse por el conjunto de observaciones, experiencias,
hipótesis y teorías más recientes. Y se entrevé también que todo esto ha
penetrado en la mente del autor, no diré exclusivamente, pero sí
principalmente, a través de libros franceses. Es más: en los perfiles,
en los refinamientos, en las exquisiteces del pensar y del sentir del
autor hay tanto de francés, que yo forjé una historia a mi antojo para
explicármela. Supuse que el autor, nacido en Nicaragua, había ido a
París a estudiar para médico o para ingeniero, o para otra profesión;
que en París había vivido seis o siete años, con artistas, literatos,
sabios y mujeres alegres de por allá; y que mucho de lo que sabe lo
había aprendido de viva voz, y empíricamente, con el trato y roce de
aquellas personas. Imposible me parecía que de tal manera se hubiese
impregnado el autor del espíritu parisiense novísimo sin haber vivido en
París durante años.
Extraordinaria ha sido mi sorpresa cuando he sabido que usted, según me
aseguran sujetos bien informados, no ha salido de Nicaragua sino para ir
a Chile en donde reside desde hace dos años a lo más. ¿Cómo, sin el
influjo del medio ambiente, ha podido usted asimilarse todos los
elementos del espíritu francés, si bien conservando española la forma
que auna y organiza estos elementos, convirtiéndolos en substancia
propia?
Yo no creo que se ha dado jamás caso parecido con ningún español
peninsular. Todos tenemos un fondo de españolismo que nadie nos arranca
ni a veinticinco tirones. En el famoso abate Marchena, con haber
residido tanto tiempo en Francia, se ve el español; en Cienfuegos es
postizo el sentimentalismo empalagoso a lo Rousseau, y el español está
por bajo. Burgos y Reinoso son afrancesados y no franceses. La cultura
de Francia, buena o mala, no pasa nunca de la superficie. No es más que
un barniz transparente, detrás del cual se descubre la condición
española.
Ninguno de los hombres de letras de la Península, que he conocido yo,
con más espíritu cosmopolita, y que más largo tiempo han residido en
Francia y que han hablado mejor el francés y otras lenguas extranjeras,
me ha parecido nunca tan compenetrado del espíritu de Francia como usted
me parece: ni Galiano, ni don Eugenio de Ochoa, ni Miguel de los Santos
Alvarez. En Galiano habla como una mezcla de anglicismo y de filosofismo
francés del siglo pasado; pero todo sobrepuesto y no combinado con el
ser de su espíritu, que era castizo. Ochoa era y siguió siendo siempre
archi y ultraespañol, a pesar de sus entusiasmos por las cosas de
Francia. Y en Alvarez, en cuya mente bullen las ideas de nuestro siglo,
y que ha vivido años en París, está arraigado el ser del hombre de
Castilla, y en su prosa recuerda el lector a Cervantes y a Quevedo, y en
sus versos a Garcilaso y a León, aunque así en versos como en prosa,
emita él siempre ideas más propias de nuestro siglo que de los que
pasaron. Su chiste no es el _esprit_ francés, sino el _humor_ español de
las novelas picarescas y de los autores cómicos de nuestra peculiar
literatura.
Veo, pues, que no hay autor en castellano más francés que usted, y lo
digo para afirmar un hecho sin elogio y sin censura. En todo caso, más
bien lo digo como elogio. Yo no quiero que los autores no tengan
carácter nacional; pero yo no puedo exigir de usted que sea
nicaragüense, porque ni hay ni puede haber aún historia literaria,
escuela y tradiciones literarias en Nicaragua. Ni puedo exigir de usted
que sea literariamente español, pues ya no lo es políticamente, y está
además separado de la madre patria por el Atlántico, y más lejos en la
república donde ha nacido, de la influencia española que en otras
repúblicas hispanoamericanas. Estando así disculpado el galicismo de la
mente, es fuerza dar a usted alabanzas a manos llenas por lo perfecto y
profundo de ese galicismo; porque el lenguaje persiste español, legítimo
y de buena ley, y porque si no tiene usted carácter nacional, posee
carácter individual.
En mi sentir hay en usted una poderosa individualidad de escritor, ya
bien marcada, y que, si Dios da a usted la salud que yo le deseo y larga
vida, ha de desenvolverse y señalarse más con el tiempo en obras que
sean gloria de las letras hispanoamericanas.
Leídas las 132 páginas de _Azul..._ lo primero que se nota es que está
usted saturado de toda la más flamante literatura francesa: Hugo,
Lamartine, Musset, Baudelaire, Leconte de Lisle, Gautier, Bourget,
Sully-Prouhomme, Daudet, Zola, Barbey d’Aurevilly, Catulle Mendes,
Rollinat, Goncourt, Flaubert y todos los demás poetas y novelistas han
sido por usted bien estudiados y mejor comprendidos. Y usted no imita a
ninguno: ni es usted romántico, ni naturalista, ni _neurótico_, ni
decadente, ni simbólico, ni parnasiano. Usted lo ha revuelto todo: lo ha
puesto a cocer en el alambique de su cerebro, y ha sacado de ello una
rara quinta esencia.
Resulta de aquí un autor nicaragüense, que jamás salió de Nicaragua sino
para ir a Chile, y que es autor tan a la moda de París y con tanto
_chic_ y distinción, que se adelanta a la moda y pudiera modificarla e
imponerla.
En el libro hay _Cuentos en prosa_ y seis composiciones en verso. En los
cuentos y en las poesías todo está cincelado, burilado, hecho para que
dure, con primor y esmero, como pudiera haberlo hecho Flaubert, o el
parnasiano más atildado. Y, sin embargo, no se nota el esfuerzo, ni el
trabajo de la lima, ni la fatiga del rebuscar: todo parece espontáneo y
fácil y escrito al correr de la pluma, sin mengua de la concisión, de la
precisión y de la extremada elegancia. Hasta las rarezas extravagantes y
salidas de tono, que a mí me chocan, pero que acaso agraden en general,
están hechas adrede. Todo en el librito está meditado y criticado por el
autor, sin que su crítica previa o simultánea de la creación perjudique
al brío apasionado y a la inspiración del que crea.
Si se me preguntase qué enseña su libro de usted y de qué trata,
respondería yo sin vacilar: no enseña nada, y trata de nada y de todo.
Es obra de artista, obra de pasatiempo, de mera imaginación. ¿Qué enseña
o de qué trata un dije, un camafeo, un esmalte, una pintura o una linda
copa esculpida?
Hay, sin embargo, notable diferencia en toda escultura, pintura, dije y
hasta música, y cualquier objeto de arte cuyo _material_ es la palabra.
El mármol, el bronce y el sonido no diré yo que sutilizando mucho no
puedan significar algo de por sí; pero la palabra, no sólo puede
significar, sino que forzosamente significa ideas, sentimientos,
creencias, doctrinas y todo el pensamiento humano. Nada más factible, a
mi ver (acaso porque soy poco agudo), que una bella estatua, un lindo
dije, un cuadro primoroso, sin transcendencia o sin símbolos; pero ¿cómo
escribir un cuento o unas coplas sin que deje ver el autor lo que niega,
lo que afirma, lo que piensa y lo que siente? El pensamiento en todas
las artes pasa con la forma desde la mente del artista a la substancia o
materia del arte; pero en el arte de la palabra, además del pensamiento
que pose el arte en la forma, la substancia o materia del artista es
pensamiento también y pensamiento de artista. La única materia extraña
al artista es el Diccionario, con las reglas gramaticales que siguen las
voces en su combinación; pero como ni palabras ni combinaciones de
palabras pueden darse sin sentido, de aquí que materia y forma sean en
poesía y en prosa creación del escritor o del poeta: sólo quedan fuera
de él, digámoslo así, los signos hueros, o sea abstrayendo lo
significado.
De esta suerte se explica cómo, con ser su libro de usted de pasatiempo,
y sin propósito de enseñar nada, en él se ven patentes las tendencias y
los pensamientos del autor sobre las cuestiones más trascendentales. Y
justo es que confesemos que los dichos pensamientos no son ni muy
edificantes ni muy consoladores.
La ciencia de experiencia y de observación ha clasificado cuanto hay, y
ha hecho de ello hábil inventario. La crítica histórica, la lingüística
y el estudio de las capas que forman la corteza del globo han
descubierto bastante de los pasados hechos humanos que antes se
ignoraban; de los astros que brillan en la extensión del éter se sabe
muchísimo; el mundo de lo imperceptiblemente pequeño se nos ha revelado
merced al microscopio; hemos averiguado cuántos ojos tiene tal insecto y
cuántas patitas tiene tal otro: sabemos ya de qué elementos se componen
los tejidos orgánicos, la sangre de los animales y el jugo de las
plantas: nos hemos aprovechado de agentes que antes se substraían al
poder humano, como la electricidad; y gracias a la estadística, llevamos
minuciosa cuenta de cuánto se engendra y de cuánto se devora; y si ya no
se sabe, es de esperar que pronto se sepa la cifra exacta de los
panecillos, del vino y de la carne que se come y se bebe la humanidad de
diario.
No es menester acudir a sabios profundos: cualquier sabio adocenado y
medianejo de nuestra edad conoce hoy, clasifica y ordena los fenómenos
que hieren los sentidos corporales, auxiliados estos sentidos por
instrumentos poderosos que aumentan su capacidad de percepción. Además
se han descubierto, a fuerza de paciencia y de agudeza y por virtud de
la dialéctica y de las matemáticas, gran número de leyes que dichos
fenómenos siguen.
Natural es que el linaje humano se haya ensoberbecido con tamaños
descubrimientos e invenciones; pero, no sólo en torno y fuera de la
esfera de lo conocido y circunscribiéndola, sino también llenándola en
lo esencial y substancial, queda un infinito inexplorado, una densa e
impenetrable obscuridad, que parece más tenebrosa por la misma
contraposición de la luz con que ha bañado la ciencia la pequeña suma de
cosas que conoce. Antes, ya las religiones con sus dogmas, que aceptaba
la fe, ya la especulación metafísica con la gigante máquina de sus
brillantes sistemas, encubrían esa inmensidad incognoscible, o la
explicaban y la daban a conocer a su modo. Hoy priva el empeño de que no
haya ni metafísica ni religión. El abismo de lo incognoscible queda así
descubierto y abierto, y nos atrae y nos da vértigo, y nos comunica el
impulso, a veces irresistible, de arrojarnos en él.
La situación, no obstante, no es incómoda para la gente sensata de
cierta ilustración y fuste. Prescinden de lo transcendente y de lo
sobrenatural para no calentarse la cabeza ni perder el tiempo en balde.
Esta inclinación les quita no pocas aprensiones y cierto miedo, aunque a
veces les infunde otro miedo y sobresalto fastidiosos. ¿Cómo contener a
la plebe, a los menesterosos, hambrientos e ignorantes, sin ese freno
que ellos han desechado con tanto placer? Fuera de este miedo que
experimentan algunos sensatos, en todo lo demás no ven sino motivo de
satisfacción y parabienes.
Los insensatos, en cambio, no se aquietan con el goce del mundo,
hermoseado por la industria e inventiva humanas, ni con lo que se sabe,
ni con lo que se fabrica, y anhelan averiguar y gozar más.
El conjunto de los seres, el Universo, todo cuanto alcanza a percibir la
vista y el oído, ha sido, como idea, coordinado metódicamente en una
anaquelería o casillero para que se comprenda mejor; pero ni este orden
científico, ni el orden natural, tal como los insensatos le ven, les
satisface. La molicie y el regalo de la vida moderna los han hecho muy
descontentadizos.
Y así ni del mundo tal como es, ni del mundo tal como lo concebimos, se
forman idea muy aventajada. Se ve en todo faltas, y no se dice lo que
dicen que dijo Dios: _Que todo era bueno_. La gente se lanza con más
frecuencia que nunca a decir que todo es malo; y en vez de atribuir la
obra a un artífice inteligentísimo y supremo, la supone obra de un
puritano inconsciente de fabricar cosas que hay _ab eterno_ en los
átomos, los cuales tampoco se sabe a punto fijo lo que sean.
Los dos resultados principales de todo ello en la literatura de última
moda son:
1.º Que se suprima a Dios o que no se le miente sino para insolentarse
con él, ya con reniegos y maldiciones, ya con burlas y sarcasmos.
Y 2.º Que en este infinito tenebroso e incognoscible perciba la
imaginación, así como en el éter, nebulosas o semilleros de astros,
fragmentos y escombros de religiones muertas, con los cuales procura
formar algo como ensayo de nuevas creencias y de renovadas mitologías.
Estos dos rasgos van impresos en su librito de usted: El pesimismo, como
remate de toda descripción de lo que conocemos, y la poderosa y lozana
producción de seres fantásticos, evocados o sacados de las tinieblas de
lo incognoscible, donde vagan las ruinas de las destrozadas creencias y
supersticiones vetustas.
Ahora será bien que yo cite muestras y pruebe que hay en su libro de
usted, con notable elegancia, todo lo que afirmo; pero esto requiere
segunda carta.
II
En la cubierta del libro que me ha enviado usted veo que ha publicado
usted ya, o anuncia la publicación de otros varios, cuyos títulos son:
_Epístolas y poemas_, _Rimas_, _Abrojos_, _Estudios críticos_, _Albumes
y abanicos_, _Mis conocidos_ y _Dos años en Chile_. Anuncia también
dicha cubierta que prepara usted una novela, cuyo título nos da en las
narices del alma (pues si hay ojos del alma o tiene el alma ojos, bien
puede tener narices) con un tufillo a pornografía. La novela se titula:
_La carne_.
Nada de esto, con todo, me sirve hoy para juzgar a usted, pues yo nada
de esto conozco. Tengo que contraerme al libro _Azul_.
En este libro no sé qué debo preferir: si la prosa o los versos. Casi me
inclino a ver mérito igual en ambos modos de expresión del pensamiento
de usted. En la prosa hay más riqueza de ideas; pero es más afrancesada
la forma. En los versos la forma es más castiza. Los versos de usted se
parecen a los versos españoles de otros autores, y no por eso dejan de
ser originales; no recuerdan a ningún poeta español, ni antiguo, ni de
nuestros días.
El sentimiento de la Naturaleza raya en usted en adoración panteística.
Hay en las cuatro composiciones a (_a_ o más bien _en_) las cuatro
estaciones del año, la más gentílica exuberancia de amor sensual, y, en
este amor, algo de religioso.
Cada composición parece un himno sagrado a Eros, himno que, a las veces,
en la mayor explosión de entusiasmo, el pesimismo viene a turbar con la
disonancia, ya de un ay de dolor, ya de una carcajada sarcástica. Aquel
sabor amargo, que brota del centro mismo de todo deleite, y que tan bien
experimentó y expresó el ateo Lucrecio,
_...medio de frute leporum_
_Surgit amari aliquid, quod im ipsis floribus angat_
acude a menudo a interrumpir lo que usted llama
«La música triunfante de mis rimas.»
Pero, como en usted hay de todo, noto en los versos, además del ansia
del deleite y además de la amargura de que habla Lucrecio, la sed de lo
eterno, esa aspiración profunda e insaciable de las edades cristianas,
que el poeta pagano quizá no hubiera comprendido.
Usted pide siempre más al hada, y...
«El hada entonces me llevó hasta el velo
que nos cubre las ansias infinitas,
la inspiración profunda
y el alma de las liras.
Y lo rasgó. Y allí todo era aurora.»
Pero aun así, no se satisface el poeta, y pide más al hada.
Tiene usted otra composición, la que lleva por título la palabra griega
_Anagke_, donde el cántico de amor acaba en un infortunio y en una
blasfemia. Suprimiendo la blasfemia final, que es burla contra Dios, voy
a poner aquí el cántico casi completo.
«Y dijo la paloma:
--Yo soy feliz. Bajo el inmenso cielo,
en el árbol en flor, junto a la Poma
llena de miel, junto al retoño suave
y húmedo por las gotas de rocío,
tengo mi hogar. Y vuelo
con mis anhelos de ave,
del amado árbol mío
hasta el bosque lejano,
cuando al himno jocundo
del despertar de Oriente,
sale el alba desnuda y muestra al mundo
el pudor de la luz sobre su frente.
Mi ala es blanca y sedosa;
la luz la dora y baña
y céfiro la peina
son mis pies como pétalos de rosa.
Yo soy la dulce reina
que arrulla a su palomo en la montaña.
En el fondo del bosque pintoresco
está el alerce en que formé mi nido;
y tengo allí bajo el follaje fresco
un polluelo sin par, recién nacido.
Soy la promesa alada,
el juramento vivo;
soy quien lleva el recuerdo de la amada
para el enamorado pensativo;
yo soy la mensajera
de los tristes y ardientes soñadores,
que va a revolotear diciendo amores
junto a una perfumada cabellera.
Soy el lirio del viento.
Bajo el azul del hondo firmamento
muestro de mi tesoro bello y rico
las preseas y galas:
el arrullo en el pico,
la caricia en las alas.
Yo despierto a los pájaros parleros
y entonan sus melódicos cantares;
me poso en los floridos limoneros
y derramo una lluvia de azahares.
Yo soy toda inocente, toda pura.
Yo me esponjo en las alas del deseo.
Y me estremezco en la íntima ternura
de un roce, de un rumor, de un aleteo.
¡Oh inmenso azul! Yo te amo. Porque a Flora
das la lluvia y el sol siempre encendido:
porque siendo el palacio de la aurora,
también eres el techo de mi nido.
¡Oh inmenso azul! Yo adoro
tus celajes risueños,
y esa niebla sutil de polvo de oro
donde van los perfumes y los sueños.
Amo los velos, tenues, vagarosos,
de las flotantes brumas,
donde tiendo a los aires cariñosos
el sedeño abanico de mis plumas.
¡Soy feliz! Porque es mía la floresta
donde el misterio de los aires se halla;
porque el alba es mi fiesta
y el amor mi ejercicio y mi batalla.
Feliz, porque de dulces ansias llena,
calentar mis polluelos es mi orgullo;
porque en las selvas vírgenes resuena
la música celeste de mi arrullo;
porque no hay una rosa que no me ame,
ni pájaro gentil que no me escuche,
ni garrido cantor que no me llame!
--¿Sí?--dijo entonces un gavilán infame,
y con furor se la metió en el buche.»
Suprimo, como dije ya, los versos que siguen y que no pasan de ocho,
donde se habla de la risa que le dió a Satanás de resultas del lance y
de lo pensativo que se quedó el Señor en su trono.
Entre las cuatro composiciones en las estaciones del año, todas bellas y
raras, sobresale la del verano. Es un cuadro simbólico de los dos polos
sobre los que rueda el eje de la vida: el amor y la lucha; el prurito de
destrucción y el de reproducción. La tigre virgen en celo está
magistralmente pintada, y mejor aún acaso el tigre galán y robusto que
llega y la enamora.
«Al caminar se veía
su cuerpo ondear con garbo y bizarría.
Se miraban los músculos hinchados
debajo de la piel. Y se diría
ser aquella alimaña
un rudo gladiador de la montaña.
Los pelos erizados
del labio relamía. Cuando andaba
con su peso chafaba
la yerva verde y muelle,
y el ruido de su aliento semejaba
el resollar de un fuelle.»
Síguense la declaración de amor, el _sí_ en lenguaje de tigres, y los
primeros halagos y caricias. Después... el amor en su plenitud, sin los
poco decentes pormenores en que entran Rollinat y otros en casos
semejantes.
«Después el misterioso
tacto, las impulsivas
fuerzas que arrastran con poder pasmoso,
y ¡oh gran Pan! el idilio monstruoso
bajo las vastas selvas primitivas.»
El príncipe de Gales, que andaba de caza por allí con gran séquito de
monteros y jauría de perros, viene a poner trágico fin al idilio.
El príncipe mata a la tigre de un escopetazo. El tigre se salva, y luego
en su gruta tiene un extraño sueño:
«Que enterraba las garras y los dientes
en vientres sonrosados
y pechos de mujer; y que engullía
por postres delicados
de comidas y cenas,
como tigre goloso entre golosos,
unas cuantas docenas
de niños tiernos, rubios y sabrosos.»
No parece sino que, en sentir del poeta, tendría menos culpa el tigre,
aunque fuese ser responsable, devorando mujeres y niños, que el príncipe
matando tigres. El afecto del poeta se extiende casi por igual sobre
tigres y sobre príncipes, a quienes un determinismo fatal mueve a
matarse _recíprocamente_, como el ratón y el gato de la fábula de
Alvarez.
Los cuentos en prosa son más singulares aún. Parecen escritos en París,
y no en Nicaragua ni en Chile. Todos son brevísimos. Usted hace gala de
laconismo. _La Ninfa_ es quizá el que más me gusta. La cena en la quinta
de la cortesana está bien descrita. El discurso del sabio prepara el
ánimo del lector. Los límites, que tal vez no existan, pero que todos
imaginamos, trazamos y ponemos entre lo natural y sobrenatural, se
esfuman y desaparecen. San Antonio vió en el yermo un hipocentauro y un
sátiro. Alberto Magno habla también de sátiros que hubo en su tiempo.
¿Por qué ha de ser esto falso? ¿Por qué no ha de haber sátiros, faunos y
ninfas? La cortesana anhela ver un sátiro vivo; el poeta, una ninfa. La
aparición de la ninfa desnuda al poeta, en el parque de la quinta, a la
mañana siguiente, en la umbría apartada y silenciosa, entre los blancos
cisnes del estanque, está pintada con tal arte que parece verdad.
La ninfa huye y queda burlado el poeta; pero en el almuerzo, dice luego
la cortesana:
«--El poeta ha visto ninfas.»
«Todos la contemplaron asombrados, y ella me miraba como una gata,
y se reía, se reía como una chicuela a quien se le hiciesen
cosquillas.»
_El velo de la reina Mab_ es precioso. Empieza así:
«La reina Mab, en su carro hecho de una sola perla tirado por
cuatro coleópteros de petos dorados y alas de pedrería, caminando
sobre un rayo de sol, se coló un día por la ventana de una
boardilla, donde estaban cuatro hombres flacos, barbudos e
impertinentes, lamentándose como unos desdichados.»
Eran un pintor, un escultor, un músico y un poeta. Cada cual hace su
lastimoso discurso, exponiendo aspiraciones y desengaños. Todos terminan
en la desesperación.
«Entonces la reina Mab, del fondo de su carro, hecho de una sola
perla, tomó un velo azul, casi impalpable, como formado de suspiros
o miradas de ángeles rubios y pensativos. Y aquel velo era el velo
de los sueños, de los dulces sueños que hacen ver la vida de color
de rosa. Y con él envolvió a los cuatro hombres flacos, barbudos e
impertinentes. Los cuales cesaron de estar tristes, porque penetró
en ellos la esperanza, y en su cabeza el sol alegre, con el
diablillo de la vanidad, que consuela en sus profundas decepciones
a los pobres artistas.»
Hay en el libro otros varios cuentos, delicados y graciosos, donde se
notan las mismas calidades. Todos estos cuentos parecen escritos en
París.
Voy a terminar hablando de los más transcendentales: _El rubí y la
canción del oro_. El químico Fremy ha descubierto, o se jacta de haber
descubierto, la manera de hacer rubíes. Uno de los gnomos roba uno de
esos rubíes artificiales del medallón que pende del cuello de cierta
cortesana, y le lleva a la extensa y profunda caverna donde los gnomos
se reúnen en conciliábulo. Las fuerzas vivas y creadoras de la
Naturaleza, la infatigable inexhausta fecundidad del alma tierra, están
simbolizadas en aquellos activos y poderosos enanillos que se burlan del
sabio y demuestran la falsedad de su obra. «La piedra es falsa, dicen
todos: obra de hombre, o de sabio, que es peor.»
Luego cuenta el gnomo más viejo la creación del verdadero primer rubí.
Es un hermoso mito, que redunda en alabanza de Amor y de la madre
Tierra, «de cuyo vientre moreno brota la savia de los troncos robustos,
y el oro y el agua diamantina y la casta flor de lis: lo puro, lo
fuerte, lo infalsificable. Y los gnomos tejen una danza frenética y
celebran una orgía sagrada, ensalzando a la mujer, de quien suelen
enamorarse, porque es espíritu de carne: toda amor.»
_La canción del oro_, sería el mejor de los cuentos de usted si fuera
cuento, y sería el más elocuente de todos si no emplease en él demasiado
una _ficelle_, de que se usa y de que se abusa muchísimo en el día.
En la calle de los palacios, donde todo es esplendor y opulencia, donde
se ven llegar a sus moradas, de vuelta de festines y bailes, a las
hermosas mujeres y a los hombres ricos, hay un mendigo extraño,
hambriento, tiritando de frío, mal cubierto de harapos. Este mendigo
tira un mordisco a un pequeño mendrugo de pan bazo: se inspira y canta
la canción del oro.
Todo el sarcasmo, todo el furor, toda la codicia, todo el amor
desdeñado, todos los amargos celos, toda la envidia que el oro engendra
en los corazones de los hambrientos, de los menesterosos y de los
descamisados y perdidos, están expresados en aquel himno en prosa.
Por esto afirmo que sería admirable la canción del oro si se viese menos
la _ficelle_: el método o traza de la composición, que tanto siguen
ahora los prosistas, los poetas y los oradores.
El método es crear algo por superposición o aglutinación, y no por
organismo.
El símil es la base de este método. Sencillo es no mentar nada sin
símil; todo es como algo. Luego se ha visto que salen de esta manera
muchísimos _comos_, y en vez de los _comos_ se han empleado los _eses_ y
las _esas_. Ejemplo: la tierra: esa madre fecunda de todos los
vivientes; el aire, ese manto azul que envuelve el seno de la tierra, y
cuyos flecos son las nubes; el cielo, ese campo sin límites por donde
giran las estrellas, etcétera. De este modo es fácil llenar mucho papel.
A veces los _eses_ y las _esas_ se suprimen, aunque es menos enfático y
menos francés, y sólo se dice el pájaro, flor del aire; la luna, lámpara
nocturna, hostia que se eleva en el templo del espacio, etc.
Y por último, para dar al discurso más animación y movimiento, se ha
discurrido hacer enumeración de todo aquello que se semeja en algo al
objeto de que queremos hablar. Y terminada la enumeración, o cansado el
autor de enumerar, pues no hay otra razón para que termine, dice: eso
soy yo; eso es la poesía; eso es la crítica; eso es la mujer, etc. Puede
también el autor, para prestar mayor variedad y complicación a su obra,
decir lo que no es el objeto que describe antes de decir lo que es. Y
puede decir lo que no es como quien pregunta. Fórmula: ¿Será esto, será
aquello, será lo de más allá? No; no es nada de eso. Luego... la
retahila de cosas que se ocurran. Y por remate: eso es.
Este género de retórica es natural, y todos la empleamos. No se critica
aquí el uso, sino el abuso. En el abuso hay algo parecido al juego
infantil de apurar una letra. «Ha venido un barco cargado de...» Y se va
diciendo (si, v. gr., la letra es b) de baños, de buzos, de bolos, de
berros, de bromas.
Las composiciones escritas según este método retórico tienen la ventaja
de que se pueden acortar y alargar _ad libitum_, y de que se pueden leer
al revés lo mismo que al derecho, sin que a penas varíe el sentido.
En mis peregrinaciones por países extranjeros, y harto lejos de aquí,
conocí yo y traté a una señora muy entendida, cuyo marido era poeta; y
ella había descubierto en los versos de su marido que todos se leían y
hacían sentido empezando por el último verso y acabando por el primero.
Querían decir algunos maldicientes que ella había hecho el
descubrimiento para burlarse de los versos de la cosecha de casa; pero
yo siempre tuve por seguro que ella, cegada por el amor conyugal, ponía
en este sentido indestructible, léanse las composiciones como quiera que
se lean, un primor raro que realzaba el mérito de ellas.
Me ha corroborado en esta opinión un reciente escrito de don Adolfo de
Castro, quien descubre y aplaude en algunos versos de Santa Teresa,
casi como don celeste o gracia divina, esa prenda de que se lean al
revés y al derecho, resultando idéntico sentido.
La verdad del caso, considerado y ponderado todo con imparcial
circunspección, es que tal modo retórico es ridículo cuando se toma por
muletilla, o sirve de pauta para escribir; pero si es espontáneo, está
muy bien: es el lenguaje propio de la pasión.
Figurémonos a una madre, joven, linda y apasionada, con un niño rubito y
gordito y sonrosado, de dos años, que está en sus brazos. Mientras ella
le brinca y él le sonríe, ella le dirá natural y sencillamente
interminable lista de nombres, de objetos, algunos de ellos
disparatados. Le llamará ángel, diablillo, mono, gatito, chuchumeco,
corazón, alma, vida, hechizo, regalo, rey, príncipe y mil cosas más. Y
todo estará bien, y nos parecerá encantador, sea el que sea el orden en
que se ponga. Pues lo mismo puede ser toda composición, en prosa o en
verso, por el estilo con tal que no sea buscado ni frecuente este modo
de componer.
El modelo más egregio del género, el ejemplar arquetipo, es la letanía.
La virgen es puerta del cielo, estrella de la mañana, torre de David,
arca de la alianza, casa de oro, y mil cosas más en el orden que se nos
antoje decirlas.
_La canción del oro_ es así: es una letanía, sólo que es infernal en vez
de ser célica. Es por el gusto de la letanía que Baudelaire compuso al
demonio; pero, conviniendo ya en que _La canción del oro_ es letanía, y
letanía infernal, yo me complazco en sostener que es de las más
poéticas, ricas y enérgicas que he leído. Aquello es un diluvio de
imágenes, un desfilar tumultuoso de cuanto hay, para que encomie el oro
y predique sus excelencias.
Citar algo es destruir el efecto que está en la abundancia de cosas que
en desorden se citan y acuden a cantar el oro, «misterioso y callado en
las entrañas de la tierra, y bullicioso cuando brota a pleno sol y a
toda vida; sonante como coro de tímpanos, feto de astros, residuo de
luz, encarnación de éter; hecho de sol, se enamora de la noche, y, al
darle el último beso, riega su túnica con estrellas como con gran
muchedumbre de libras esterlinas. Despreciado por Jerónimo, arrojado por
Antonio, vilipendiado por Macario, humillado por Hilarión, es carne de
ídolo, dios becerro, tela de que Fidias hace el traje de Minerva. De él
son las cuerdas de la lira, las cabelleras de las más tiernas amadas,
los granos de la espiga, y el peplo que al levantarse viste la olímpica
aurora.»
Me había propuesto no citar nada, y he citado algo, aunque poco. La
composición es una letanía inorgánica, y, sin embargo, ni la ironía, ni
el amor y el odio, ni el deseo y el desprecio simultáneos que el oro
inspira al poeta en la inopia (achaque crónico y epidémico de los
poetas), resaltan bien sino de la plenitud de cosas que dice del oro, y
que se suprimen aquí por amor a la brevedad.
En resolución, su librito de usted, titulado _Azul..._ nos revela en
usted a un prosista y a un poeta de talento.
Con el _galicismo mental_ de usted no he sido sólo indulgente, sino que
le he aplaudido por lo perfecto. Con todo, yo aplaudiría muchísimo más,
si con esa ilustración francesa que en usted hay, se combinasen la
inglesa, la alemana, la italiana, y ¿por qué no la española también? Al
cabo el árbol de nuestra ciencia no ha envejecido tanto que aun no pueda
prestar jugo, ni sus ramas son tan cortas ni están tan secas que no
puedan retoñar como mugrones del otro lado del Atlántico. De todos
modos, con la superior riqueza y con la mayor variedad de elementos,
saldría de su cerebro de usted algo menos exclusivo y con más altos,
puros y serenos ideales: algo más _azul_ que el azul de su libro de
usted; algo que tirase menos a lo _verde_ y a lo _negro_. Y por cima de
todo, se mostrarían más claras y más marcadas la originalidad de usted y
su individualidad de escritor.
JUAN VALERA
(_De la Real Academia Española_).
[Illustration: y se quedó muerto, pensando en que nacería el sol del día
venidero, y con él el ideal...]
EL REY BURGUÉS
(CANTO ALEGRE)
¡Amigo! el cielo está opaco, el aire frío, el día triste. Un cuento
alegre.., así como para distraer las hermosas y grises melancolías, helo
aquí:
* * * * *
Había en una ciudad inmensa y brillante un rey muy poderoso, que tenía
trajes caprichosos y ricos, esclavas desnudas, blancas y negras,
caballos de largas crines, armas flamantísimas, galgos rápidos y
monteros con cuernos de bronce, que llenaban el viento con sus
fanfarrias. ¿Era un rey poeta? No, amigo mío: era el Rey Burgués.
* * * * *
Era muy aficionado a las artes el soberano, y favorecía con gran
largueza a sus músicos, a sus hacedores de ditirambos, pintores,
escultores, boticarios, barberos y maestros de esgrima.
Cuando iba a la floresta, junto al corzo o jabalí herido y sangriento,
hacía improvisar a sus profesores de retórica canciones alusivas; los
criados llenaban las copas de vino de oro que hierve, y las mujeres
batían palmas con movimientos rítmicos y gallardos. Era un rey sol, en
su Babilonia llena de músicas, de carcajadas y de ruido de festín.
Cuando se hastiaba de la ciudad bullente, iba de caza atronando el
bosque con sus tropeles; y hacía salir de sus nidos a las aves
asustadas, y el vocerío repercutía en lo más escondido de las cavernas.
Los perros de patas elásticas iban rompiendo la maleza en la carrera, y
los cazadores, inclinados sobre el pescuezo de los caballos, hacían
ondear los mantos purpúreos y llevaban las caras encendidas y las
cabelleras al viento.
* * * * *
El rey tenía un palacio soberbio donde había acumulado riquezas y
objetos de arte maravillosos. Llegaba a él por entre grupos de lilas y
extensos estanques, siendo saludado por los cisnes de cuellos blancos,
antes que por los lacayos estirados. Buen gusto. Subía por una escalera
llena de columnas de alabastro y de esmaragdina, que tenía a los lados
leones de mármol, como los de los troncos salomónicos. Refinamiento. A
más de los cisnes, tenía una vasta pajarera, como amante de la armonía,
del arrullo, del trino; y cerca de ella iba a ensanchar su espíritu,
leyendo novelas de M. Ohnet, o bellos libros sobre cuestiones
gramaticales, o críticas hermosillescas. Eso sí: defensor acérrimo de la
corrección académica en letras, y del modo lamido en artes; alma sublime
amante de la lija y de la ortografía.
* * * * *
¡Japonerías! ¡Chinerías! por lujo y nada más.
Bien podía darse el placer de un salón digno del gusto de un Goncourt y
de los millones de un Creso: quimeras de bronce con las fauces abiertas
y las colas enroscadas, en grupos fantásticos y maravillosos; lacas de
Kioto con incrustaciones de hojas y ramas de una flora monstruosa, y
animales de una fauna desconocida; mariposas de raros abanicos junto a
las paredes, peces y gallos de colores; máscaras de gestos infernales y
con ojos como si fuesen vivos; partesanas de hojas antiquísimas y
empuñaduras con dragones devorando flores de loto; y en conchas de
huevo, túnicas de seda amarilla, como tejidas con hilos de araña,
sembrada de garzas rojas y de verdes matas de arroz; y tibores,
porcelanas de muchos siglos, de aquellas en que hay guerreros tártaros
con una piel que les cubre hasta los riñones, y que llevan arcos
estirados y manojos de flechas.
Por lo demás, había el salón griego, lleno de mármoles: diosas, musas,
ninfas y sátiros; el salón de los tiempos galantes, con cuadros del gran
Watteau y de Chardin; dos, tres, cuatro, ¡cuántos salones!
Y Mecenas se paseaba por todos, con la cara inundada de cierta majestad,
el vientre feliz y la corona en la cabeza, como un rey de naipe.
* * * * *
Un día le llevaron una rara especie de hombre ante su trono, donde se
hallaba rodeado de cortesanos, de retóricos y de maestros de equitación
y de baile.
--¿Qué es eso?--preguntó.
--Señor, es un poeta.
El rey tenía cisnes en el estanque, canarios, gorriones, senzontes en la
pajarera: un poeta era algo nuevo y extraño.
--Dejadle aquí.
Y el poeta:
--Señor, no he comido.
Y el rey:
--Habla y comerás.
Comenzó:
* * * * *
Señor, ha tiempo que yo canto el verbo del porvenir. He tendido mis alas
al huracán, he nacido en el tiempo de la aurora: busco la raza escogida
que debe esperar, con el himno en la boca y la lira en la mano, la
salida del gran sol. He abandonado la inspiración de la ciudad malsana,
la alcoba llena de perfumes, la musa de carne que llena el alma de
pequeñez y el rostro de polvos de arroz. He roto el arpa adulona de las
cuerdas débiles, contra las copas de Bohemia y las jarras donde espumea
el vino que embriaga sin dar fortaleza; he arrojado el manto que me
hacía parecer histrión, o mujer, y he vestido de modo salvaje y
espléndido: mi harapo es de púrpura. He ido a la selva donde he quedado
vigoroso y ahito de leche fecunda y licor de nueva vida; y en la ribera
del mar áspero, sacudiendo la cabeza bajo la fuerte y negra tempestad,
como un ángel soberbio, o como un semidiós olímpico, he ensayado el
yambo dando al olvido el madrigal.
He acariciado a la gran Naturaleza, y he buscado el calor del ideal, el
verso que está en el astro en el fondo del cielo, y el que está en la
perla en lo profundo del Océano. ¡He querido ser pujante! Porque viene
el tiempo de las grandes revoluciones, con un Mesías todo luz, todo
agitación y potencia, y es preciso recibir su espíritu con el poema que
sea arco triunfal, de estrofas de acero, de estrofas de oro, de estrofas
de amor.
¡Señor, el arte no está en los fríos envoltorios de mármol, ni en los
cuadros lamidos, ni en el excelente señor Ohnet! ¡Señor! el arte no
viste pantalones, ni habla en burgués, ni pone los puntos en todas las
íes. Él es augusto, tiene mantos de oro, o de llamas, o anda desnudo, y
amasa la greda con fiebre, y pinta con luz, y es opulento, y da golpes
de ala como las águilas o _zarpazos_ como los leones. Señor, entre un
Apolo y un ganso, preferid el Apolo, aunque el uno sea de tierra cocida
y el otro de marfil.
¡Oh, la poesía!
¡Y bien! Los ritmos se prostituyen, se cantan los lunares de las mujeres
y se fabrican jarabes poéticos. Además, señor, el zapatero critica mis
endecasilabos, y el señor profesor de farmacia pone puntos y comas a mi
inspiración. Señor, ¡y vos lo autorizáis todo esto...! El ideal, el
ideal...
El rey interrumpió:
--Ya habéis oído. ¿Qué hacer?
Y un filósofo al uso:
--Si lo permitís, señor, puede ganarse la comida con una caja de música;
podemos colocarle en el jardín, cerca de los cisnes, para cuando os
paseéis.
--Sí--dijo el rey; y dirigiéndose al poeta:--Daréis vueltas a un
manubrio: Cerraréis la boca. Haréis sonar una caja de música que toca
valses, cuadrillas y galopas, como no prefiráis moriros de hambre.
Pieza de música por pedazo de pan. Nada de jerigonzas, ni de ideales.
Id.
Y desde aquel día pudo verse a la orilla del estanque de los cisnes, al
poeta hambriento que daba vueltas al manubrio; tiririrín, tiririrín...
¡avergonzado a las miradas del gran sol! ¿Pasaba el rey por las
cercanías? ¡Tiririrín, tiririrín...! ¿Había que llenar el estómago?
¡Tiririrín! Todo entre las burlas de los pájaros libres que llegaban a
beber rocío en las lilas floridas; entre el zumbido de las abejas que le
picaban el rostro y le llenaban los ojos de lágrimas... ¡lágrimas
amargas que rodaban por sus mejillas y que caían a la tierra negra!
Y llegó el invierno, y el pobre sintió frío en el cuerpo y en el alma. Y
su cerebro estaba como petrificado, y los grandes himnos estaban en el
olvido, y el poeta de la montaña coronada de águilas, no era sino un
pobre diablo que daba vueltas al manubrio: tiririrín.
Y cuando cayó la nieve se olvidaron de él el rey y sus vasallos; a los
pájaros se les abrigó, y a él se le dejó el aire glacial que le mordía
las carnes y le azotaba el rostro.
Y una noche en que caía de lo alto la lluvia blanca de plumillas
cristalizadas, en el palacio había festín, y la luz de las arañas reía
alegre sobre los mármoles, sobre el oro y sobre las túnicas de los
mandarines de las viejas porcelanas. Y se aplaudían hasta la locura los
brindis del señor profesor de retórica, cuajados de dáctilos, de
anapestos y de pirriquios, mientras en las copas cristalinas hervía el
champaña con su burbujeo luminoso y fugaz. ¡Noche de invierno, noche de
fiesta! Y el infeliz, cubierto de nieve, cerca del estanque, daba
vueltas al manubrio para calentarse, tembloroso y aterido, insultado por
el cierzo, bajo la blancura implacable y helada, en la noche sombría,
haciendo resonar entre los árboles sin hojas la música loca de las
galopas y cuadrillas; y se quedó muerto, pensando en que nacería el sol
del día venidero, y con él el ideal... y en que el arte no vestiría
pantalones sino manto de llamas o de oro... Hasta que al día siguiente
lo hallaron el rey y sus cortesanos, al pobre diablo de poeta, como
gorrión que mata el hielo, con una sonrisa amarga en los labios, y
todavía con la mano en el manubrio.
* * * * *
¡Oh, mi amigo! el cielo está opaco, el aire frío, el día triste. Flotan
brumosas y grises melancolías...
Pero ¡cuánto calienta el alma una frase, un apretón de manos a tiempo!
Hasta la vista.
[Illustration: Cantó los senos de nieve tibia y las copas de oro
labrado, y el buche del pájaro y la gloria del sol.]
EL SÁTIRO SORDO
(CUENTO GRIEGO)
Habitaba cerca del Olimpo un sátiro, y era el viejo rey de su selva. Los
dioses le habían dicho: «Goza, el bosque es tuyo; sé un feliz bribón,
persigue ninfas y suena tu flauta». El sátiro se divertía.
* * * * *
Un día que el padre Apolo estaba tañendo la divina lira, el sátiro salió
de sus dominios y fué osado a subir el sacro monte y sorprender al dios
crinado. Éste le castigó tornándole sordo como una roca. En balde de las
espesuras de la selva llena de pájaros, se derramaban los trinos y
emergían los arrullos. El sátiro no oía nada. Filomela llegaba a
cantarle sobre su cabeza enmarañada y coronada de pámpanos, canciones
que hacían detenerse los arroyos, y enrojecerse las rosas pálidas. Él
permanecía impasible, o lanzaba sus carcajadas salvajes y saltaba
lascivo y alegre cuando percibía por el ramaje lleno de brechas alguna
cadera blanca y rotunda que acariciaba el sol con su luz rubia. Todos
los animales le rodeaban como a un amo a quien se obedece.
A su vista, para distraerle, danzaban coros de bacantes encendidas en su
fiebre loca, y acompañaban la armonía, cerca de él, faunos adolescentes,
como hermosos efebos, que le acariciaban reverentemente con su sonrisa;
y aunque no escuchaba ninguna voz, ni el ruido de los clótalos, gozaba
de distintas maneras. Así pasaba la vida este rey barbudo, que tenía
patas de cabra.
* * * * *
Era sátiro caprichoso.
Tenía dos consejeros áulicos: una alondra y un asno. La primera perdió
su prestigio cuando el sátiro se volvió sordo. Antes, si cansado de su
lascivia soplaba su flauta dulcemente, la alondra le acompañaba.
Después en su gran bosque, donde no oía ni la voz del olímpico trueno,
el paciente animal de las largas orejas le servía para cabalgar, en
tanto que la alondra, en los apogeos del alba, se le iba de las manos,
cantando camino de los cielos.
La selva era enorme. De ella tocaba a la alondra la cumbre; al asno, el
pasto. La alondra era saludada por los primeros rayos de la aurora;
bebía rocío en los retoños; despertaba al roble diciéndole: «Viejo
roble, despiértate». Se deleitaba con un beso del sol: era amada por el
lucero de la mañana. Y el hondo azul, tan grande, sabía que ella, tan
chica, existía bajo su inmensidad. El asno (aunque entonces no había
conversado con Kant) era experto en filosofía, según el decir común. El
sátiro, que le veía ramonear en la pastura, moviendo las orejas con aire
grave, tenía alta idea de tal pensador. En aquellos días el asno no
tenía como hoy tan larga fama. Moviendo sus mandíbulas, no se habría
imaginado que escribiesen en su loa Daniel Heinsins, en latín; Passerat,
Buffón y el gran Hugo, en francés; Posada y Valderrama, en español.
Él, pacienzudo, si le picaban las moscas, las espantaba con el rabo,
daba coces de cuando en cuando y lanzaba bajo la bóveda del bosque el
acorde extraño de su garganta. Y era mimado allí. Al dormir su siesta
sobre la tierra negra y amable, le daban su olor las hierbas y las
flores. Y los grandes árboles inclinaban sus follajes para hacerle
sombra.
Por aquellos días, Orfeo, poeta, espantado de la miseria de los hombres,
pensó huir a los bosques, donde los troncos y las piedras le
comprenderían y escucharían con éxtasis, y donde él podría temblar de
armonía y fuego de amor y de vida al sonar de su instrumento.
Cuando Orfeo tañía su lira había sonrisa en el rostro apolíneo. Demeter
sentía gozo. Las palmeras derramaban su polen, las semillas reventaban,
los leones movían blandamente su crin. Una vez voló un clavel de su
tallo hecho mariposa roja, y una estrella descendió fascinada y se tornó
flor de lis.
¿Qué selva mejor que la del sátiro, a quien él encantaría, donde sería
tenido como un semidios; selva toda alegría, y danza y belleza y
lujuria; donde ninfas y bacantes eran siempre acariciadas y siempre
vírgenes; donde había uvas y rosas y ruido de sistros, y donde el rey
caprípede bailaba delante de sus faunos beodo y haciendo gestos como
Sileno?
* * * * *
Fué con su corona de laurel, su lira, su frente de poeta orgulloso,
erguido y radiante.
Llegó hasta donde estaba el sátiro velludo y montaraz, y para pedirle
hospitalidad, cantó. Cantó del gran Jove, de Eros y de Afrodita, de los
centauros gallardos y de las bacantes ardientes: cantó la copa de
Dionisio, y el tirso que hiere el aire alegre, y a Pan, Emperador de las
montañas, Soberano de los bosques, dios-sátiro que también sabía cantar.
Cantó de las intimidades del aire y de la tierra, gran madre. Así
explicó la melodía de un arpa eolia, el susurro de una arboleda, el
ruido ronco de un caracol y las notas armónicas que brotan de una
siringa. Cantó del verso, que baja del cielo y place a los dioses, del
que acompaña el bárbitos en la oda y el tiempo en el peán. Cantó los
senos de nieve tibia y las copas del oro labrado, y el buche del pájaro
y la gloria del sol.