A la parte de Oriente, por cima de las arboledas del Retiro, comienza a
despuntar el día, desvaneciéndose y borrándose el lucero del alba en una
faja de luz pálida y blanquecina, que se dilata y extiende poco a poco
en el espacio.
Los faroles están apagados, los serenos se han ido, las buñoleras no han
llegado, las tahonas están cerradas, las tabernas no se han abierto, y
un norte glacial barre las aceras, arremolinando en los cruces de las
calles las hojas secas, el polvo y los papeles. Se oyen de cuando en
cuando los pasos rápidos de alguien que ha trasnochado por necesidad o
por vicio; suenan a lo lejos las campanas de maitines en la torrecilla
de un convento, y tras las vallas de un solar convertido en corral,
lanza un gallo su canto bravío y vigoroso, como si estuviera en el
campo.
De entre las sombras que van desvaneciéndose surgen las líneas y la mole
de una casa magnífica, casi un palacio, con jardín a la iglesia, ancho
portalón y verja de remates dorados. Dos balcones del piso principal
están interiormente iluminados por un resplandor medio amarillento,
medio rojizo, formado por las llamas de la chimenea y la luz de una gran
lámpara con enorme pantalla de seda color de oro. Desde la calle no se
ven más que los huecos bañados en claridad misteriosa, los cristales de
una sola pieza y los visillos de muselina, en cuyos centros campean
cifras artísticas de letras entrelazadas.
La habitación es suntuosa. Hay en ella muebles soberbios, telas
rarísimas, cuadros con firmas de maestros, retratos admirables, plantas
exóticas criadas en la atmósfera tibia del invernadero, jarrones,
japoneses decorados con cigüeñas de plata que vuelan en paisajes
fantásticos, alfombras en que los pies se hunden y arañas de vidrios
multicolores, donde centellean en temblor irisado los reflejos, de la
chimenea. La riqueza y el buen gusto parecen haber reunido allí todos
los primores del lujo moderno.
Sentado junto a un veladorcito, donde aún se ven el servicio de té, todo
de plata, dos barajas francesas y un sortijero lleno de horquillas y
pulseras, hay un hombre joven, de arrogante figura, que está haciendo
números con un lápiz en una cuartilla de papel.
* * * *
* * * *
Por la esquina que forman dos calles, desemboca un mocetón descalzo,
cubierto de harapos asquerosos. Lleva a la espalda un saco, y en la mano
un palo, que tiene en la punta un largo clavo retorcido, con el cual, de
cuando en cuando revuelve los montoncillos de basura que hay formados
ante las puertas junto a los bordes de la acera. Otras veces se pone de
rodillas, escarba con las manos y va metiendo en el talego restos,
desperdicios y sobras de mil cosas distintas. Al creciente claror del
día su figura comienza a dibujarse. Es joven, robusto, ágil, pero
repugnante por lo sucio y lo feo. Tiene las prendas con que se cubre,
destrozadas y llenas de remiendos, la gorra reluciente de mugre, las
manos guarnecidas por escamas de roña, los ojos legañosos y el bigote
quemado de apurar colillas; todo él es seboso y hediondo. Sus compañeros
le llaman Pachín el _Guarro_.
Al llegar frente a la casa lujosa, se sienta en la acera y poco a poco
va sacando algo de lo que ha recogido aquella noche, para separar lo
que haya de vender de lo que quiera guardar.
De pronto se oyen a lo lejos pasos de alguien que viene corriendo,
arrastrando en chancleta los zapatos, y por la esquina inmediata aparece
una chica de veinte años, feísima. Es cabezorra, llana de cogote y algo
bizca; tiene el pecho voluminoso y caído, como pasiega harta de criar,
el rostro rojizo, el cuello negruzco, y el trozo de carne, que pudiera
ser nariz, desformado y torcido, como si guardase recuerdo de un
tremendo puñetazo. Lleva puesta falda de percal que fue azul, por entre
cuyos jirones, jamás cosidos, deja ver un refajo amarillo en sus buenos
tiempos, toquilla de estambre rosa convertida en pañuelo de talle, y a
la cabeza otro pañuelo de seda verde, bajo el cual desbordan en mechones
compactos y casposos los rizos negros, vírgenes del peine. En la mano
derecha lleva también un saco y en la izquierda una cesta que tiene en
vez de asa un trozo de soga retorcida: allí trae una jícara sin asa, un
borlón de darse polvos de arroz, un ojo de vidrio caído de un animalucho
disecado, una rueda de butaca y la tapa de una caja de dulces adornada
con un ramito de azahar artificial.
Aquella mujer es la _Mona_. Pachín el _Guarro_ casi parece junto a ella
un señorito.
Al verla acercarse, dice él:
--¿Qué traes, paloma?
--_Na_: lana sucia, una jícara, tres latas chicas y dos peras pochas.
--Guárdalas _pa_ madre. ¿Y papel?
--Como un par de kilos.
--¿Y tabaco?
--Eso sí, toma.
Y la _Mona_ sacó de la cesta el fondo de una escupidera de cristal rota,
con lo menos diez colillas de puro..
--¡Son habanas; éstas se lavan y _pa_ mí: _u_ sin lavarlas!--dijo
sonriendo Pachín.
--Entonces _pa tí, pa_ mezclar. ¿Y tú, que has _pescao_?
--Mira.
El _Guarro_ vació entonces todo el contenido del talego, y sobre las
losas de la acera quedaron desparramados cien objetos imposibles de
definir. Allí había de todo, reducido a nada; piezas de hierro con
empleo desconocido, botones sin asa, escarpias sin punta, hebillas sin
pincho, una regadera abollada, media petaca, un muelle de reloj, puchos
recortes de trapo, dos carretes sin hilo y una zapatilla grande, vieja,
de raso azul bordada de oro y con tacón Luis xv.
--¿Y la otra?--preguntó ella.
--No ha _pareció_; pero ¡mira!
El _Guarro_ sacó de la chaqueta con aire de triunfo, media cucharilla de
plata.
--¿Qué valdrá eso?
--Seis _u_ siete _ríales_.
--Pues al café.
Recogieron el fruto de su trabajo, dividiéronse en los sacos el peso, y
atravesando barrios enteros, después de matar el gusano en una taberna,
fueron a salir por rondas y afueras más allá del Cristo de las Injurias.
El término de su viaje fue una esplanada de estercoleros, rodeada de
desmontes, donde se alzaban varias barracas hechas de tablas, puertas de
restos de derribos, mostradores viejos, esteras, persianas, grandes
trozos de hule, muestras de tiendas y toldos de carro, todo ello
recubierto, guarnecido y como blindado con latas de petróleo deshechas y
claveteadas, que la lluvia y el óxido habían jaspeado de manchas
rojizas, semejantes a una erupción de sangre seca.
Entre las barracas corría un arroyo de aguas sucias que se desbordaban
al chocar con un perro muerto e hinchado, y en distintos sitios se veían
grandes montones de trapo, ferretería de desecho, rejas desbaratadas,
llantas de carros, pilas de ventanas sin vidrios y huesos de animales.
La más asquerosa de aquellas viviendas era la del _Guarro_ y la _Mona_.
Para entrar tuvieron que agacharse. En lo interior había muchas
estampitas de cajas de fósforos pegadas con pan mascado a un biombo que
hacía de pared, un hornillo de barro puesto sobre una banqueta de piano
que conservaba restos de damasco amarillo, y un cofre sin tapa lleno de
suelas de calzado que despedía un hedor insufrible.
Había también un descomunal montón de recortes de paño, alfombras
viejas, orillos de lana y pieles de conejos. Aquella era la cama de
matrimonio y en ella se tumbó el _Guarro_, echando las piernas a lo alto
como quien se regodea con el descanso bien ganado.
La _Mona_ se le quedó mirando embelesada, llenos los ojos de pasión
como una bestia enamorada.
Cuánto más le miraba, entre brutalmente apasionada y sinceramente
pudorosa, más fea se ponía; pero a él debiole parecer hermosa y
codiciable como a Salomón la Reina de Saba, porque con voz melosa le
dijo:
--¡Paloma!
La _Mona_ quiso tenderse a sus pies sobre el montón de trapos para
velarle el sueño destripando colillas y haciéndole pitillos, pero él
volvió a llamarla como un animal a su hembra.
--¡Paloma mía!
* * * *
* * * *
En la chimenea de la casa lujosa sólo quedaban cenizas; la llama de la
lámpara palideció ofuscada por la luz del día, que comenzó a juguetear
con las cosas, arrancando reflejos al oro de los marcos, a los cristales
de los espejos, a los nácares de los mueblecillos maqueados y a los
flecos de seda.
El caballero joven que había pasado la noche haciendo números, sumas y
restas, dejó caer la cabeza sobre el pecho, agobiado de cansancio y de
pena. Luego, levantándose, fue hacia la cama donde dormía la mujer
hermosa. Ella, al oírle acercarse, despertó tendiéndole los brazos. Su
admirable cuerpo se modeló como una estatua viva bajo la colcha de seda,
mientras él conservando en la mano el lápiz y el papel, dijo con
profunda amargura, sin sentirse atraído por el cariño y la belleza:
--Estamos perdidos: ¡hay que quitar el coche!