EL NIETO

El general don León Bravo de la Brecha y Pérez Esforzado, décimo cuarto

conde de la Algarada de Lucena, primer marqués de Durobando, noble hasta

la médula de los huesos, senador por derecho propio, modelo de

caballeros, carácter de acero y corazón de oro, feo de rostro y

hermosísimo de alma, era hombre que haciéndose querer inspiraba respeto,

mas en tal grado religioso, autoritario y linajudo, en una palabra, tan

montado a la antigua que parecía la viva encarnación de todos aquellos

ideales que cumplida su misión en la vida, van quedando honrosamente

almacenados en la historia por la inflexible mano del tiempo.

A bueno nadie le ganaba, a severo le aventajaban pocos, y en punto a

reaccionario no había quien le igualase. Fue feliz durante casi toda su

vida, porque la Fortuna le halagó propicia, siendo para él en la

juventud novia cariñosa, en la edad viril mujer amante y luego sumisa

compañera; únicamente en la vejez, cuando creía tenerla más sujeta,

comenzó a mostrársele rebelde, como hembra cansada de ser fiel mucho

tiempo.

El general veía con pena que cuanto amparó con su prestigio y cuanto

defendió con su espada se iba desmoronando. La fe se bastardeaba

convirtiéndose en devoción superficial y mundana; las clases sociales se

fundían derretidas por la fiebre del oro; el principio de autoridad

cedía en vez de resistir; todo lo que él consideró esclarecido y alto

tendía a oscurecerse y caer, todo lo vil y bajo a brillar y subir; lo

poco antes calificado de utopia era casi realidad, los sueños se hacían

tangibles y a las amenazas se respondía con reformas; lo que en su

mocedad se dominaba a tiros, ahora se arreglaba con fórmulas.

Su mayor pena, su disgusto más hondo consistía en ver a su propio hijo

participar de las ideas nuevas y sentarse como diputado en los bancos de

una minoría liberal apoyando las que él llamaba soluciones avanzadas, y

al pobre viejo le parecían herejías contra lo más santo y ataques a lo

más respetable.

Por mucho que cavilase, no se daba cuenta de cómo aquel hijo, educado

por padres escolapios, había salido volteriano hasta votar la tolerancia

religiosa e importarle un bledo que el Papa estuviese cautivo. Cuando le

oía afirmar que era monárquico y enseguida que la idea de Patria no es

consustancial con la monarquía, se le llevaban los demonios, y

finalmente a punto estuvo de desheredarle sabiendo que durante las

elecciones asistió a una reunión de distrito donde solicitó el voto de

lo descamisados.

Mas como todo está compensado en la vida, la amargura ocasionada por

aquellas ideas del hijo tenía contrapeso y hasta recompensa en lo que

prometía el nieto.

Siete años acababa de cumplir Pepito y por sus tendencias dominadoras,

por su carácter resuelto y su geniecillo voluntarioso indicaba que había

de parecerse, no a su padre, sino a su abuelo. El general experimentaba

impulsos de ternura, nunca sentidos, escuchando referir o presenciando y

oyendo rasgos y respuestas del chico, que no pasaban de meras

insolencias infantiles y que a él se le antojaban claros indicios de

ideas sanas, principios severos y voluntad enérgica.

Pepito era indudablemente a sus ojos un caso notabilísimo de atavismo.

Los procedimientos de fuerza le encantaban. En vez de pedir merienda la

cogía del aparador: espíritu de conquista, decía el general. Agradábale

sobre manera ir limpio, bien vestido y majo: gustos aristocráticos,

pensaba el buen señor. Una vez en la calle, viendo reñir a dos

muchachos, y caer debajo al más débil, se arrojó a su defensa: clara

muestra de comprender la misión de su nobleza. Finalmente, un día en una

tienda donde su madre regateaba unos juguetes, Pepito llamó ladrón al

comerciante: horror al mercantilismo imaginó el abuelo.

Para que tan brillantes disposiciones y facultades no se debilitaran ni

maleasen en la viciosa confusión de un colegio ni al contacto de malas

compañías, el general, desconfiando del criterio y carácter de su

propio hijo, resolvió encargarse de la educación del chico: y no

pusieron los reyes de Francia más cuidado en buscar maestro a un Delfín

que puso él para admitir preceptor a su gusto.

Tras muchas cavilaciones, previos respetables informes y seguro de sus

buenos antecedentes, recayó la elección en un capellán profundamente

religioso, de intachable moralidad y lo bastante conocedor del mundo

para dirigir los primeros pasos de un niño a quien su linaje y fortuna

tenían reservado puesto seguro y distinguido en el banquete de la vida.

Quiero--le dijo el general--que sea hombre de bien, capaz de grandes

cosas, enemigo de las pequeñas... y aunque no ha de cantar misa, ni hace

falta que se coma los santos, muy religioso. Nada de beaterías: espíritu

religioso, temor de Dios y amor al prójimo. ¡Cristiano de verdad! ¡En

fin, que sea todo un hombre!

El capellán--nadie le llamaba por su nombre en la casa--era lo que se

decía hace cincuenta años un buen maestro: tal vez algo duro; más amigo

de hacerse temer que estimar; antes partidario de enseñar lo que sabía

que de inspirar amor al estudio; con ideas fijas vaciadas en la antigua

turquesa donde se fundió la sociedad de nuestros abuelos; seguro de lo

que tenía por bueno; irreconciliable con lo que juzgaba malo; ilustrado,

pero intransigente; bueno, pero fanático.

Pepito aprendió de sus labios algunas cosas que son verdades eternas;

otras que en su tiempo lo fueron, y muchas que no lo han sido nunca; mas

todas, al parecer, sujetas y enlazadas por maravilloso espíritu de

unidad. Adaptándose a la tierna imaginación propia de la edad del niño,

hízole considerar la ciencia como trabajo humano que pugna por acercarse

a lo divino; el arte como emanación y resplandor de lo bueno; la

historia como inmenso campo al través del cual marchan las razas

guiadas por Dios a su destino; y la vida como valle de amarguras en que

para las más acerbas lágrimas y los más intensos dolores hay consuelo

cuando, poniendo el pensamiento en lo alto, quieren ser caritativo el

poderoso, agradecido el miserable, sensible el fuerte, humilde el débil,

y todos esperanzados en la justicia del Señor.

Poca era la edad del niño, mas tales la inteligencia y la claridad con

que se expresaba el capellán, que el discípulo prometía honrar al

maestro. Varias veces examinó el general a Pepito; en más de una ocasión

le hizo preguntas, al parecer inocentes, en realidad encaminadas a ver

el cauce por donde iban sus inclinaciones; y siempre quedó, aparte

pasión de abuelo, que es padre doble, maravillado del instinto con que

se asimilaba cuanto trascendiese a hombría de bien y sentimiento de

justicia.

--¿Qué aguinaldo quieres, monín?,--le dijo pocos días antes de Navidad.

--Un nacimiento--repuso el chico.

Su abuelo fue con él a Santa Cruz, le dejó escoger cuanto quiso, pagó

contento, quedó el niño gozoso, y dos criados trajeron a casa el peñasco

lugar de la sagrada escena y la banasta llena de figuras de barro que

habían de representarla.

Al día siguiente, gracias a la febril actividad del niño y mediante

algunos consejos del capellán para que pusiese cada personaje en su

sitio, quedó el nacimiento colocado sobre una gran mesa en el cuarto de

estudio. Nunca vieron ojos de muchacho cosa tan bonita. ¡Qué _propio_

estaba!

El peñasco, que tenía más de dos varas en cuadro, figuraba una serie de

cerros hechos con corcho y cartón piedra, dispuestos en caprichosos

declives con las cimas cubiertas de nieve y en la parte baja serpeados

por un arroyuelo de agua verdadera que venía a morir en un estanque con

surtidor, de hoja de lata. En un picacho estaba el depósito y para

ocultarlo veíase agrupado en torno del monte el caserío de cartón que

fingía ser la ciudad de Belén, sobre cuyos minaretes de cartulina

ondeaba la bandera española. Por unos vericuetos en que el vidrio molido

hacía papel de escarcha, venían en sendos camellos sus reales majestades

Gaspar, Melchor y Baltasar, seguidos de abigarrada servidumbre; al borde

del arroyo había un grupo de, lavanderas; en un altillo, junto a la

hoguera de talco en que se freían las migas, los pastores apacentaban

las ovejas de patitas de alambre, mientras los pavos de abermellonada

cabeza y peana verdosa destacaban sobre el musgo aterciopelado y húmedo.

De entre un macizo de follaje salía una pareja de guardia civil, cuyos

tricornios enfundados de blanco casi llegaban al campanario de una

torre, y en la fachada de un ventorrillo de cartón se leía la palabra

_vino_. El portal de Belén era grandiosa fábrica greco-romana de corcho

con sus columnas estriadas: dentro estaba el pesebre guarnecido de

verdadera paja y sobre ella el Niño Jesús enteramente desnudo y boca

arriba, a sus lados el buey y la mula esculpidos con rigidez hierática,

y delante, colocados en adoración, San José con traje amarillo, y la

Virgen con manto más brillante y rojo que un pimiento, ambas cabezas

coronadas por descomunales resplandores en que se habían derrochado

panes de oro.

Pastores con pellicos de algodón en rama bailaban ante la Sagrada

Familia, en tanto que otros rendían al suelo la carga de sus ofrendas, y

del centro del frontón pendía la estrella de rabo, casi de tamaño

natural, tan cuajada de ángulos y facetas que era maravilla de los ojos.

Luego, por todas partes ciñéndolo y adornándolo todo, ramas de palmera,

de espino, de abeto, de tomillo, de tuya, de romero, grandes trozos de

musgo y un sinnúmero de velitas y candelas amarillas, rojas, blancas y

verdes, de cuyas llamas se desprendía un humo tenue y vaporoso, que

envolvía el conjunto en una neblina misteriosa y poética...

Cuando el general vio el nacimiento, faltó poco para que cogiese un

rabel: si no lo hizo fue porque no quedara mal parado el principio de

autoridad.

A la tarde siguiente, Pepito salió de paseo con su madre. Cuando volvían

oyó llorar en el patio a uno de los chicos del portero y preguntó la

causa.

--Envidia, nada más que envidia... señora--dijo dirigiéndose a su ama el

criado adulador:--mis chicos han visto subir el nacimiento y se han

emberrenchinado en que les compre muñecos.

La dama, sin hacer caso, subió lentamente la escalera y Pepito la siguió

en silencio, con la cabecita baja y las manitas a la espalda, sintiendo

cosas que no podía comprender, como un filósofo chiquitín.

De pronto, al llegar al recibimiento, echó a correr hacia su cuarto, y

pocos momentos después bajó al portal por la escalera de servicio,

llevando una cesta cuyo contenido ocultaba cuidadosamente.

A la noche, terminada la comida, el general quiso ver de nuevo el

nacimiento por gozar con la alegría del niño.

La decepción fue horrible. El nacimiento estaba encendido; pero a pesar

de las luces, triste y despoblado. Parecía que los muñecos de barro

habían huido al sentirle llegar: faltaban más de la mitad. Los reyes

magos reducidos a dos; de la pareja de civiles, un número; la mula del

pesebre, ausente; los borregos, pastores y zagalas, en cuadro; el

caserío de Belén, medio derribado para arrancar algunas fincas, y ¡oh

cosa inverosímil! San José permanecía junto a su divino hijo, mas la

Virgen había desaparecido.

--¡¡Pepito!! ¿Qué ha pasado aquí?--gritó enojado el abuelo.

El niño se presentó cabizbajo, pero sin miedo; no muy contento, pero

sereno.

--¿Qué es esto? ¿Has roto ya todo lo que falta? ¿Es ese el aprecio que

has hecho?...

--No he roto nada--repuso Pepito.--Los chicos de abajo lloraban mucho

porque no tenían nacimiento... y les he dado la mitad. ¿No me están

diciendo a todas horas y en todas las lecciones que todos somos hijos de

Dios, y que Dios da a los ricos para que den a los pobres? Pues ya está

hecho... aunque no me compres más.

El general cogió a su nieto, alzándolo hasta sí, le dio no un beso sino

un abrazo, como si fuese un hombre, y salió del cuarto juntamente

enternecido y pesaroso.

--¿Qué tiene usted?--le preguntó su hijo al verle entrar en el despacho

con los ojos llorosos.

--Tengo... tengo que tú me has salido liberal y, a pesar de los

pesares... tu chico me ha salido socialista.

Cuentos de mi tiempo · 第 31 / 43 题