Damián y su mujer Casilda, él de cuarenta y cinco, y ella de algunos
menos, tenían en el barrio fama de ricos, y sobre todo de roñosos. No se
les podía tildar de avaros, pues en vivir bien, a su modo, gastaban con
largueza; pero la palabra prójimo era para ellos letra muerta.
Delataban su holgura la bien rellena cesta que su criada Severiana les
traía de la compra, la costosa ropa que vestían, y algún viaje de
veraneo que, aun hecho en tren botijo, era mirado por los vecinos como
rasgo de insolente lujo. Además, con cualquier pretexto, disponían
comidas extraordinarias o se iban un día entero de campo con coche que
les llevara a los Viveros o El Pardo, y esperase hasta la puesta del
sol, trayéndoles bien repletos de voluminosas tortillas, perdices
estofadas, arroz con muchas cosas, magras de jamón y vino en abundancia.
De estos despilfarros solo protestaba la vecindad con cierta disculpable
envidia: lo malo era que marido y mujer no comían ni se iban de campo
solos, como recién casados o amantes de poco tiempo, sino que siempre
les acompañaban dos hermanos, Luis y Genoveva, de los cuales el primero
cortejaba a Casilda, mientras la segunda bromeaba con Damián: si el tal
cortejo era platónico y las tales bromas inocentes, ellos lo sabrían;
pero un conocido que les vio merendando más allá de la Bombilla, decía
que _aquéllo_ era un escándalo, que cuando les sorprendió, Luis tenía a
Casilda cogida por la cintura, y que Genoveva retozaba con Damián.
En cambio, había en la casa donde vivían, gentes, peor enteradas o menos
maliciosas, para quienes nada pecaminoso manchaba aquellas amistades,
las cuales explicaban diciendo que Luis y Genoveva eran dueños de una
cerería; que Casilda y Damián eran exageradamente devotos, tanto, que
gastaban mucho dinero en alumbrar los altares, y finalmente, que de esta
suerte, unos a fuerza de vender y otros de comprar cirios y velas,
llegaron a ser amigos íntimos. Replicaban los maldicientes que el gasto
no pasaba de ser un medio indirecto de favorecer a los dos hermanos, y
que no en cera insípida, sino en miel dulcísima, estaban fundadas
aquellas relaciones.
Lo que nadie podía negar era la piedad, el fervor, la devoción de
Casilda y Damián. Antes faltaba en la iglesia el campanero que ellos a
oír una de las primeras misas, cuándo no la del alba; confesaban y
comulgaban todas las semanas; de cuando en cuando hacían ofrendas en
metálico para mayor boato del culto; vestían a los santos, y hasta
solían llevarse a su casa ropa de altar y sacristía, devolviéndola
limpia, planchada y rizada primorosamente. Pero fuera de luces para la
iglesia y obsequios a sus amigos, que no les hablasen de sacar dinero
del bolsisillo, como no fuese en provecho y regalo propio; jamás
prestaron un duro, ni dieron un perro chico; no conocían el favor, sino
por pedirlo, ni la limosna, sino por saber que otros la hacían.
Quien hubiera podido retratarles de cuerpo entero era Severiana, la
criada, infeliz mujer obligada a servirles y aguantarles por la más
triste de las causas.
¡Y pobre de ella como Damián y Casilda llegaran a enterarse! De fijo la
despedirían sin compasión ni remordimiento.
¡Buenos eran, tratándose de ciertos pecados!
En la casa donde antes estuvo Severiana fue seducida por el amo, que la
despidió brutalmente huyendo luego de Madrid, en cuanto supo las
consecuencias de su pasajero capricho. La pobre muchacha tuvo una niña,
y en vez de llevarla a la Inclusa, como algunas conocidas le
aconsejaron, se la confió a una parienta que la cuidase, ofreciendo en
cambio matarse a trabajar para pagar las mesadas. Desde entonces, como
lo que Severiana más temía era quedarse desacomodada, no había
impertinencia que no sufriese ni fatiga que no soportara. Era una criada
modelo, sumisa, respetuosa, incansable y callada. Lo hacía todo; primero
los menesteres vulgares de la casa, teniendo las vasijas de la espetera
como si fueran de oro, y los muebles como si fuesen nuevos; luego ayudar
a Casilda en la costura; lavar y planchar lo que traía cada semana de
la iglesia; y por último, para captarse sus simpatías y las de su
marido, se encargó del _niño_.
Así, familiarmente, ni más ni menos que si fuese pariente suyo, llamaban
marido y mujer a un niño Jesús que tenían en el gabinete, colocado sobre
una antigua mesa de hierros y patas torneadas, con un monumental florero
de trapo a cada lado, y una lamparilla delante. Era de tamaño natural,
huérfano en absoluto de valor artístico, pero les parecía notabilísimo,
y sobre todo, _muy propio_: el marido aseguraba que era talla de Alonso
Cano; la mujer se lo atribuía a Juan Sebastián El Cano, y ambos creían
recordar que un inglés pretendió comprárselo a peso de oro a la tía de
quien lo heredaron.
Representaba cuatro o cinco años, estaba en pie, sin más traje que una
camisilla muy almidonada, tenía tras la cabeza un sol de metal blanco,
la mano derecha extendida con el índice y el dedo de corazón muy
tiesos, como bendiciendo a las gentes, y en la izquierda sostenía un
globo azul salpicado de estrellas: el pelo rubio, muy ensortijado, los
ojos intensamente azules, sin vida ni expresión, semejaban enormes
cuentas de vidrio, las pestañas recias y mal puestas, como cerdas, la
boca una mancha abermellonada, y las carnes tan sonrosadas, tirando a
rojizas, que parecían de muñeco para estudio anatómico; toda la figura,
en fin, exenta de la divina gracia y dulce poesía que debiera tener.
Severiana, que recordaba haber visto en su lugarejo uno por el estilo,
le cuidaba y atendía cual si fuera de carne y hueso: su espíritu
inculto, pero delicado, establecía una relación misteriosa entre aquel
Jesús y su niña. Eran poco más o menos de igual altura: él, a pesar de
las malas pinturas, y ella, a pesar del descuido y desaliño que la
afeaban, sonreían con dulzura inefable: el Hijo de Dios calumniado por
un artista ramplón y la criatura abandonada por un padre infame,
despertaban en el entendimiento de la pobre criada sensaciones análogas
y dulcísimas: cuando abrazaba a la niña se le venía Jesús ante los ojos,
y al rezar a los pies de la escultura su imaginación volaba hacia el
fruto de sus entrañas, creyendo ver purificada por mediación de la
sagrada imagen la falta cometida.
La verdadera creyente, la devota sincera de aquella casa era Severiana:
sus amos pagaban el aceite, pero ella encendía la lamparilla, cuidando
de que ardiera constantemente, levantándose a veces durante la noche
para orar de rodillas, mientras cerrando los ojos creía ver el miserable
cuartucho donde dormía su hija.
* * * *
* * * *
* * * *
Al acercarse Nochebuena, Casilda y Damián dispusieron en obsequio de
Luis y Genoveva, una cena opípara.
Sopa de almendra, besugo, pavo, ensalada de lombarda cocida, infinidad
de golosinas, para el centro de la mesa un castillete de guirlache, y
para que fuese todo bien regado, Valdepeñas y Champaña de a doce reales
botella. La cocina parecía un puesto de la Plaza Mayor y el comedor una
tienda de ultramarinos. ¡Cómo se iban a poner el cuerpo! ¡Y qué tristeza
tan honda sentía la pobre Severiana! Haría la cena, la serviría,
fregaría... y luego tendría que acostarse sin dar un beso a su hija.
Poco después de anochecer comenzó a cavilar... las cosas se le caían de
las manos... no estaba su voluntad en lo que hacía... De pronto se
dibujó en sus labios una sonrisa y los ojos le brillaron entre alegre y
maliciosamente.... Los amos habían ido al teatro con sus convidados,
para hacer tiempo... Aún tardarían bastante. Además, luego se irían a la
misa del Gallo, y al volver se acostarían enseguida...
Cogió un mantón y el picaporte, echó escaleras abajo, se metió en un
tranvía y antes de una hora volvió trayendo en brazos a la niña
dormidita y con una pelota entre las manos: la acostó en su cama y la
durmió con un cantar. No quería más que tenerla a su lado las últimas
horas de la noche, darle algo del postre que sobrase y dormir con ella.
¡Aquélla sí que sería Nochebuena! La pobrecita no lloraba nunca y era
difícil que la descubriese. Además, no habían de ir a registrarle el
cuarto. Ya sabía ella lo que pasaba cuando disponían semejantes
francachelas: primero, cuarteto de comentarios sobre si tal o cual
hermano tenía o no manos puercas en la administración de la cofradía; y
luego, cuando iba decayendo la charla, formación y aislamiento de dúos:
Casilda y el cerero se quedaban en el gabinete, discutiendo la
elocuencia de un predicador, mientras Damián y la cerera se iban al
cuarto de la plancha. Lo peor sería que rompiese a llorar la niña...
Pero en último caso... ¿qué podía suceder? ¿Qué se supiera todo? Pues no
le faltarían casas...
Cuando sus amos volvieron, la oyeron cantar desde la escalera:
_¿Quién sería la madre
que parió a Judas?
¡Qué hijos tan indinos
paren algunas!_
* * * *
Estuvieron un rato bromeando en el gabinete, mientras se hacían los
últimos preparativos, y luego pasaron al comedor, que era la pieza
inmediata, sin más separación que una puerta.
Casilda cenó junto a Luis, y Damián al lado de Genoveva.
El buen humor, empujado por el vino, comenzaba a hacer de las suyas: las
dos mujeres, menos acostumbradas a la bebida, decían mil atrevidos
disparates; Damián y Luis hablaban como en el café, contando cuentos
verdes; por último, Casilda, algo alegrilla y deseosa de desplegar lujo,
encendió todas las bujías de dos candelabros que adornaban la chimenea.
Celebrose la ocurrencia con grandes risas, Damián quiso apagar una vela
de un taponazo de Champaña, falló el tiro, y armose descomunal gritería;
eran cuatro personas y alborotaban como doce.
Severiana casi no les oía, porque la cocina estaba lejos; pero la
pequeñuela, a quien despertaron los gritos y la novedad del no
acostumbrado lecho, se tiró de la cama, atravesó a gatas un pasillo,
entró en el gabinete donde estaba el Niño Jesús, débilmente alumbrado
por la lamparilla, contemplole un instante como si fuese un muñeco, y
luego, atraída por la claridad a que dejaban paso las rendijas y
junturas, empujó suavemente la puerta del comedor, y destacando sobre el
fondo oscuro del gabinete, apareció iluminada por el intenso resplandor
de las luces que alumbraban la cena.
Era rubia, de ojos azules, ensortijado el pelo; estaba en camisita y
traía en la mano la pelota.
Luis, Genoveva y Damián, cayeron de bruces sobre la mesa... Casilda,
loca de espanto, se tiró al suelo de rodillas, cubriéndose el rostro con
las manos y gritando:
--¡Perdón, Señor!
La niña retrocedió asustada, tiró al huir la lamparilla derramando el
aceite, y se metió en la cama muertecita de miedo.
A la mañana, casi de madrugada, Severiana salió de casa con su hija sin
que nadie la viese; y era muy entrado el día, cuando Casilda mostrando
a Damián la mancha que el aceite dejó en la alfombra, le decía nerviosa
de terror:
--¡Mira... no cabe duda!
* * * *
Apenas se les pasó el miedo, regalaron la escultura a unos amigos que
tenían oratorio; hubo función con órgano, gastose mucha cera y quedaron
tranquilos.