En los altos cielos, espacios eternamente misteriosos y negados por
siempre al pensamiento humano, allí donde solo llegan los desvaríos de
la imaginación y los arrobos de la fe, resonaban dos voces de acento
sobrenatural y prodigioso. La una era majestuosa, imponente y dulce
sobre toda ponderación; la otra era voz humana, dignificada y
ennoblecida por la santidad.
--¡Pedro!--dijo la primera.
--Señor--repuso con humildad la segunda.
--¿Hay algo?
--Lo de siempre. Peticiones de la ambición, exigencias de la codicia,
vanidades del amor propio, arrogancias de la soberbia, desafueros de la
maldad, sollozos de dolor y bostezos de hambre.
--A esos hay que atender primero.
--Señor, es que son muchos los que piden y pocos los que agradecen.
--No importa. Coge a manos llenas los bienes y déjalos caer sobre los
limpios de corazón.
* * * *
Pasado algún tiempo, el matrimonio rico heredó una considerable fortuna
que acreció la suya. Fue aquello como golpe de agua que, dejando acaso
estéril la llanura, engrosa el caudal de otra corriente: y en el hogar
del matrimonio pobre nació el séptimo hijo.
Los afortunados no agradecieron lo que les sobraba, y los infelices casi
maldijeron lo que no habían pedido.
* * * *
Entonces resonaron de nuevo en las alturas las voces misteriosas:
--¡Pedro!
--¡Señor!
--Mis órdenes se cumplen mal--dijo la voz de imponente e inefable
dulzura--a pesar de mis bondades suben de la Tierra lamentos de dolor
que mueven a piedad.
--Los del planetilla revoltoso no hacen más que pedir. Nadie quiere
penar; todos creen merecer. Ninguno acepta su misión fatal e ineludible,
ni se resigna a cumplirla. Imaginan que la vida debe ser la felicidad,
cuando es sólo ocasión de conseguirla.
--Es que yo no soy el Destino ciego, sino la Providencia bondadosa.
¡Felices! ¿Por qué no han de serlo? En verdad te digo que el hombre no
comprenderá nunca la majestad del dolor. De hoy más, a quien pida con fe
para obrar con caridad, désele todo. Hay que reorganizar este
negociado.