Varía la decoración y son otras las personas.
En un miserable sotabanco habita un matrimonio pobre. El marido fue
empleado y quedó cesante sin auxilio, amparo ni valimiento; la mujer,
que era menestrala, enfermó durante el primer embarazo y fue despedida
del taller: rápidamente pasaron de la escasez a la pobreza y de la
pobreza a la miseria; pero como eran jóvenes y se querían mucho, nada
contuvo su pasión. En seis años de matrimonio tuvieron otros tantos
hijos.
* * * *
La noche era horrible: los vidrios rajados o mal juntos dejaban paso al
frío por roturas y resquicios: no había rescoldo en el fogón, ni cisco
en el brasero, ni provisiones en la alacena, ni casi ropas en las camas,
porque el carbonero ya no fiaba, ni el tendero se compadecía, ni el
prestamista devolvía las mantas sin que le pagasen lo estipulado; y los
pequeñuelos lloraban y los mayorcitos pedían pan, mientras los padres se
miraban silenciosa y desesperadamente, ya pronto el hombre a toda maldad
y dispuesta la mujer a todo sacrificio.
Más tarde, cuando el marido se fue a acostar, renegando de Dios y
maldiciendo de los hombres, ella dio un beso a cada niño, y enseguida,
postrándose de rodillas ante una grosera estampa de Cristo pegada en la
pared, comenzó a orar entre dientes.
Rezó primero el Padre Nuestro, luego el Credo después muchas Salves y
Ave Marías, cuanto aprendió de niña sin saber lo que significaba, y por
último, buscando en las reconditeces de su alma acentos propios,
inspirados en la magnitud de su desventura; dijo alzando los ojos y
clavándolos en la estampa: «¡Señor! ¡Piedad, misericordia! ¡Que no se
mueran estos niños! ¡Pan, nada más que pan!»--Y dejando caer la cabeza
sobre el asiento de una silla que tenía delante, permaneció en oración
largo rato, hasta que el marido la llamó desde el jergón que les servía
de cama, diciendo:
--Ven, hija, ven y trae cualquier cosa para arroparnos, que aquí no se
puede parar de frío.