I
Al dar la una y media comenzaron a despedirse los contertulios: a las
dos sólo quedaban en el magnífico salón los dueños de la casa, marido y
mujer, ambos jóvenes, hermosos y al parecer felices: él se puso a leer
un periódico de la noche y ella se entretuvo escribiendo con un lápiz de
oro al dorso de una tarjeta las visitas y compras que pensaba hacer al
día siguiente.
Después hablaron un rato de cosas de poca monta, y, por fin, ella,
levantándose de pronto, le dijo mirándole amorosamente:
--Me voy a recoger el pelo. ¿Tardarás?
--Acuéstate. Enseguida voy.
Luego de retirarse la dama, el hombre pasó del salón a su despacho, que
era la habitación contigua, y oprimiendo un resorte oculto entre los
cortinajes, dio luz a las lámparas eléctricas.
Los muros estaban cubiertos de verdaderos tapices góticos, los estantes
llenos de buenos libros, en un testero había un magnífico retrato de
familia a cuyos lados brillaban dos panoplias de armas antiguas, y en
otro lienzo de pared destacaba sobre el fondo multicolor y borroso del
tapiz un santo pintado por Zurbarán. Cuanto allí había era prueba de
exquisito gusto, cultura y riqueza bien empleada. Indudablemente el lujo
de relumbrón, las antiguallas falsificadas y los caprichos absurdos
impuestos por la moda, no tenían entrada en aquella casa.
Sentose el caballero ante la mesa, sacó de un cajón una cartera, y tras
consultar rápidamente varios papeles, apuntó, poco más o menos de este
modo, lo que se proponía hacer al otro día:
«Carta al administrador de Terrones para que perdone la mensualidad a
los colonos perjudicados por la nube del mes pasado, y les dé lo
necesario para la siembra.--Al mayordomo de Valhondo que libre de
quintas al hijo del guarda.--Decir al ministro que no voto a favor de la
desviación del canal, porque no conviene a los intereses de aquellos
pueblos.--Mandar, según costumbre, lo que haga falta en el Monte para
desempeñar las herramientas de trabajo y máquinas de coser cuyas
papeletas venzan este mes.»
Todo lo cual indicaba que aquel rico merecía serlo.
Después guardó la cartera, cerró el cajón, y recostándose en el sillón,
permaneció largo rato ensimismado y como abstraído por sus pensamientos.
Poco a poco fue dibujándose en su rostro un gesto de inexpresable
amargura, luego dobló la cabeza sobre el pecho, y enseguida, enderezando
a Dios el pensamiento, dijo mentalmente de este modo, no con palabras
aprendidas de memoria, sino con aquellas espontáneas y sinceras razones
que, inspiradas en verdadera piedad, no pueden menos de llegar a dónde
van dirigidas:
«¡Un día más... y un día menos! No he hecho mal a nadie, y he procurado
algún bien. Permíteme, Señor, que pueda decir lo mismo mañana. No
faltándome tu favor, estoy seguro de mi voluntad... Me has hecho rico,
es decir, depositario de lo que destinas a los pobres, y al remediar los
males del prójimo imagino cumplir tus mandatos. No me desprendo de nada
mío, sino que doy a cada cual lo que quieres que sea suyo; si más me
dieres, más distribuiría; y si de todo me privases, mi único dolor sería
ver desdichas sin poder remediarlas... Por Tí he comprendido que la
verdadera sabiduría estriba en combatir odios y sofocar rencores:
procuro ser justo; pero no me has hecho feliz. Tú sabes lo que falta a
mi dicha. Te pido un hijo. Quiero tenerlo para que aprenda a ensalzarte
como Te gusta ser ensalzado, que es sometiendo la maldad a la justicia,
acercando la compasión al dolor; y quiero también ser padre, porque no
es bueno que se seque el árbol sin dejar retoño. Mi esposa me ama tanto
como yo a ella, pero nuestro lecho es estéril. ¡Señor! Dame un hijo para
que te ame con dos vidas y te sirva con dos voluntades.»
De pronto sonó a lo lejos una voz femenina que llamaba cariñosamente; el
caballero apagó la luz, y a oscuras, andando a tientas, que es como el
hombre camina hacia la felicidad, salió en busca de su mujer.