Pasó mucho tiempo, sin que ellos mismos pudieran precisar el número de
años transcurridos: porque las esperanzas y fatigas les hicieron perder
la cuenta, hasta que una mañana, cuando menos lo esperaban, al dar
vuelta a un recodo, se encontraron casi simultáneamente en la esplanada
que rodeaba el alcázar dónde vivía la dama de sus pensamientos.
Lepe llegó el primero, y al parecer de buen humor, pero con los labios
plegados por una sonrisa de incredulidad que daba pena; Infolio era un
anciano achacoso, gastado e impotente para gozar lo que soñaba; Tizona
traía melladas las armas, el cuerpo cosido a cicatrices, y alguna herida
fresca todavía.
Saludáronse ceremoniosos, sin mostrarse simpatía ni sentir rencor:
ninguno preguntó a los otros la historia de su viaje, y como Dios o el
diablo les dieron a entender, procuraron entrar en el recinto
misterioso.
Tizona, viendo cerradas las verjas, a riesgo de matarse, escaló una
ventana: Infolio, dijo tan admirables cosas propias y ajenas,
colocándose ante la puerta, que sus hojas, dejándole paso, se abrieron
solas, y entonces Lepe se coló dentro astutamente.
A los pocos momentos estaban en la antecámara del ídolo. Sólo les
separaba de él una cortina sutil e impenetrable, que cayendo desde la
techumbre hasta el suelo, semejaba el velo de un lugar sagrado.
Ninguno se atrevió a descorrerla, y absortos de estupor, febriles de
impaciencia, esperaron, fija la vista en los amplios pliegues que ponían
estorbo a sus deseos.
De pronto, se abrieron los paños como rasgados de alto a bajo, y dejaron
ver un instante el ámbito de la estancia que ocultaban. El santuario de
Fortuna era una alcoba. Hacia el fondo sonó el estallido desigual de un
beso doble, y enseguida, salió tranquilamente un hombrecillo
insignificante, feúcho, pequeñuelo y vulgar, que con aire de triunfo
venía estirándose los puños y acariciándose la barba. Entonces los que
esperaban se avalanzaron hacia él entre humillados y rabiosos gritando y
preguntándole a grandes voces:
--¡Profanación!
--¿Quién eres?
--¿Por dónde has subido?
Mientras el feliz mortal, mirándoles sin comprender su indignación,
respondía con la mayor frescura:
--Soy Perico Mediano, y he subido por la escalera de servicio.