El primero, que parecía consumido por el estudio, la riqueza y los
vicios, dijo a Juan casi medrosamente, acompañando la frase con ademanes
oratorios:
--Su amor no se alcanza por fuerza... Puedes llegar a lograrlo, pero no
así. ¿Cómo ha de amarte si tus caricias son zarpazos? Adquiere
instrucción y cultura. Eres libre... Ejercita los derechos que te
permiten igualarte a los que somos preferidos.
El segundo, que vestía ropa negra y talar, le dijo endulzando el
desengaño con acento meloso:
--El amor de esa mujer no es para tí. Conténtate con su caridad. Los
favoritos de ahora son los dichosos de aquí bajo... Tú serás de los
bienaventurados allá arriba. ¡Hay otra vida! ¡Cree, sufre y espera!
El tercero de aquellos hombres, que ceñía espada y llevaba en el traje
bordados de oro, le dijo ásperamente:
--Si das un paso más hacia ella te mataré con este arma que tú mismo has
forjado.
Juan salió profiriendo amenazas: y Luz quedó al oírle extremecida de
pavor, como la ciudad de las rameras ante la voz de los Profetas.