Poco tiempo después una explosión formidable destruyó la soberbia
morada. Lienzos en que el genio imitó la Naturaleza, mármoles en que
palpitó la vida, páginas preñadas de ciencia y poesía, prodigios del
arte y maravillas de la industria... todo fue destruido, y sobre un
montón de escombros humeantes quedó Luz aún viva, pero desgarradas las
carnes, bañada en su propia sangre, espantosa, mutilada y deforme.
Juan confesó el delito con altanería y se dispuso a purgarlo con valor.
¿Qué le importaba morir? Su crimen fue salvaje, porque lo aconsejaron el
deseo frustrado y la razón escarnecida, pero su causa era justa. El
delincuente se consagró mártir. Otros tan desdichados como él vendrían
detrás. Luz habría de sentarles a su mesa en el banquete de la vida y
darles la parte de amor que les correspondiese, o resignarse a perecer.
No se repliega el viento a los senos misteriosos donde nace, ni el agua
retrocede a las fuentes en que brota; pero el espíritu está sujeto al
atavismo como el cuerpo a la herencia. Juan era hijo del camino.
Fue condenado a muerte, y llegada la hora tremenda, entró con pie firme
y ánimo sereno en la capilla; lugar en que, dudosa de sí misma, busca la
justicia humana complicidad en la divina.
Allí le esperaban los tres personajes que ampararon a Luz. Uno
representaba la ley: otro mandaba la fuerza armada; el tercero le
ayudaría a bien morir.
Faltaban pocos minutos para subir las gradas del patíbulo, cuando, por
especial permiso de quien podía concederlo, entró en la estancia un
hombre con un papel en la mano. Tomolo el sacerdote y pasando por el
escrito los ojos, dejó enseguida caer los brazos a lo largo del cuerpo.
--¿Es el indulto?--preguntó Juan, sin miedo ni esperanza.
--No es una carta de tu madre. Te infundirá valor. Toma y lee.
Juan la estrujó contra sus labios en silencio, lloró sobre ella, y
devolviéndosela al ministro de Dios, repuso amargamente:
--¡No me han enseñado! ¡No sé!
* * * *