Así fue concebido Juan.
Su madre le adoró, como si estuviera engendrado mediante sacramento;
pero las gentes del lugar, cuando niño, le miraron con lástima, cuando
adolescente le mofaron y de mozo le escarnecieron. Cada vez que pasaba
por la aldea una cuerda de presos, le decían las chicas:
--Juan, ¿será tu padre alguno de esos?
Primero se ganó la vida recogiendo boñigas para estercolar huertos,
después fue lazarillo de ciego, dio al fuelle en casa del herrero, se
metió a zagal de diligencias... por fin huyó de la comarca.
Su pobre madre no volvió a saber de él en mucho tiempo.
Estuvo como alimentador de horno en una fábrica de vidrio, sufriendo las
bocanadas de las llamas; fue minero, permaneciendo semanas enteras sin
ver la luz del sol: trabajó en los telares, respirando el polvillo que
blanqueaba los tejidos y le cegaba los pulmones; no hubo industria que
no intentara ni oficio en que pudiese medrar.
Si en su lugarejo no encontró amparo, en las ciudades le faltó
protección. Nadie le dio enseñanza, ni le dejó tiempo de adquirirla. Su
instinto le decía «estudia»; la necesidad le respondía «gana». Cualquier
aprendizaje le hubiera mermado el pan y el sueño.
En tanto, la madre pensaba en él, arrancándole su recuerdo las horribles
lágrimas de la incertidumbre, pues no sabía dónde estaba, ni si era vivo
o muerto. Al fin lo averiguó; hizo que le escribieran, y aunque de
tarde en tarde supieron uno de otro: ella le enviaba besos; él le mandó
por un arriero un gran pañuelo de algodón de colores, valor de un día de
jornal.
Juan pasó de labor a labor, de oficio a oficio, practicándolos todos,
sin dominar ninguno, renunciando a unos por penosos e insalubres, a
otros por indignos y embrutecedores, hasta que entró en una compañía de
alumbrado eléctrico, casi como bestia de carga.
Su obligación era llevar artefactos, utensilios y herramientas a sus
compañeros de trabajo.
Una tarde fue con ellos a la prueba de luces en una soberbia casa, donde
a la noche debía verificarse una gran fiesta. ¡Cuánta magnificencia
contemplaron sus ojos! Jamás vio cosa igual.
Cada salón era un prodigio del arte o un camarín de la molicie. Los
mármoles parecían encerrar en su seno transparente hojas de
vegetaciones inverosímiles; los muebles, por sus formas, incitaban a la
voluptuosidad o al reposo; los tapices caían discretamente ante las
puertas; los rasos y los flecos guardaban en la urdimbre de sus tramas
los colores del iris; había canastillas de orquídeas australianas
mezcladas con flores de cristal que despedían rayos luminosos; libros
cubiertos de oro, que atesoraban en sus páginas el oro aún más puro del
pensamiento humano, y todo ello en desorden bellísimo se reflejaba en
espejos que, como poseídos de codicia, multiplicaban hasta lo infinito
las riquezas.
De pronto apareció Luz, la dueña de la casa, ya vestida para la fiesta,
e impaciente por juzgar el efecto de la iluminación.
Juan imaginó que era una diosa. Traía la cabellera salpicada de
brillantes que semejaban estrellas perdidas en una nube de oro, el
cuello ceñido por hilos de perlas menos blancas que su pecho, y todas
las líneas de su cuerpo admirable envueltas en telas primorosas, antes
dispuestas para revelar la forma que para encubrir la desnudez. Tenía la
voz aunque imperiosa, encantadora, y su persona exhalaba un perfume
penetrante y sutil, intenso y turbador, que juntamente producía
fascinación al espíritu y embriaguez a los sentidos.
El hombre inculto e ignorante, incapaz de analizar lo que experimentaba,
pero hombre al fin, sintió la tentación y el ánsia que dá la fruta
puesta al alcance de la boca del niño.
Primero quedó suspenso con el pasmo de la sorpresa, luego se dijo con la
velocidad del pensamiento que cuanto había en aquel maravilloso recinto
y cuanto realzaba la belleza de aquella mujer extraordinaria, había bajo
una u otra forma nacido entre sus manos. Carbón arrancado a las entrañas
de la tierra y convertido en torrentes de claridad; cristales fundidos
por aquel horno que secó su garganta; hierros forjados al fuego en que
se abrasó los dedos; sedas teñidas en aquellas substancias que le
envenenaron los pulmones; todo, ¡todo! había contribuido a formarlo, y
nada, ¡nada! era para él. Entonces Luz se ofreció a su deseo como
creación maravillosa en que él había puesto hueso de sus huesos y sangre
de su sangre, hasta convertirla en el compendio de las dichas humanas.
¿Por qué no había de pertenecerle? ¿Habrían de vivir eternamente juntos
y separados a la vez, como la cortesana y el esclavo? ¿Qué ley cruel lo
disponía? ¿Quién la escribió?
El espectáculo de la riqueza le llenó de asombro; la privación de lo que
otros disfrutaban espoleó a la envidia; la ignorancia cerró a la
abnegación el paso; la conciencia le dijo que su ambición era justa;
miró a Luz con codicia, y en el fondo de su alma surgió el deseo de
gozarla o la resolución de destruirla.
Así se hallaron frente a frente la personificación de todas las
grandezas acumuladas por los tiempos y el representante de una raza que
contribuyó a crearla para delicia de otros.
Juan poseído de una pasión que daba espanto, tendió hacia ella los
brazos. Luz, al principio sonrió despreciativamente, pero al sentir las
manos callosas sobre el pecho, dio voces, lanzó gritos de angustia; y en
su auxilio acudieron tres hombres.