II

Así fue concebido Juan.

Su madre le adoró, como si estuviera engendrado mediante sacramento;

pero las gentes del lugar, cuando niño, le miraron con lástima, cuando

adolescente le mofaron y de mozo le escarnecieron. Cada vez que pasaba

por la aldea una cuerda de presos, le decían las chicas:

--Juan, ¿será tu padre alguno de esos?

Primero se ganó la vida recogiendo boñigas para estercolar huertos,

después fue lazarillo de ciego, dio al fuelle en casa del herrero, se

metió a zagal de diligencias... por fin huyó de la comarca.

Su pobre madre no volvió a saber de él en mucho tiempo.

Estuvo como alimentador de horno en una fábrica de vidrio, sufriendo las

bocanadas de las llamas; fue minero, permaneciendo semanas enteras sin

ver la luz del sol: trabajó en los telares, respirando el polvillo que

blanqueaba los tejidos y le cegaba los pulmones; no hubo industria que

no intentara ni oficio en que pudiese medrar.

Si en su lugarejo no encontró amparo, en las ciudades le faltó

protección. Nadie le dio enseñanza, ni le dejó tiempo de adquirirla. Su

instinto le decía «estudia»; la necesidad le respondía «gana». Cualquier

aprendizaje le hubiera mermado el pan y el sueño.

En tanto, la madre pensaba en él, arrancándole su recuerdo las horribles

lágrimas de la incertidumbre, pues no sabía dónde estaba, ni si era vivo

o muerto. Al fin lo averiguó; hizo que le escribieran, y aunque de

tarde en tarde supieron uno de otro: ella le enviaba besos; él le mandó

por un arriero un gran pañuelo de algodón de colores, valor de un día de

jornal.

Juan pasó de labor a labor, de oficio a oficio, practicándolos todos,

sin dominar ninguno, renunciando a unos por penosos e insalubres, a

otros por indignos y embrutecedores, hasta que entró en una compañía de

alumbrado eléctrico, casi como bestia de carga.

Su obligación era llevar artefactos, utensilios y herramientas a sus

compañeros de trabajo.

Una tarde fue con ellos a la prueba de luces en una soberbia casa, donde

a la noche debía verificarse una gran fiesta. ¡Cuánta magnificencia

contemplaron sus ojos! Jamás vio cosa igual.

Cada salón era un prodigio del arte o un camarín de la molicie. Los

mármoles parecían encerrar en su seno transparente hojas de

vegetaciones inverosímiles; los muebles, por sus formas, incitaban a la

voluptuosidad o al reposo; los tapices caían discretamente ante las

puertas; los rasos y los flecos guardaban en la urdimbre de sus tramas

los colores del iris; había canastillas de orquídeas australianas

mezcladas con flores de cristal que despedían rayos luminosos; libros

cubiertos de oro, que atesoraban en sus páginas el oro aún más puro del

pensamiento humano, y todo ello en desorden bellísimo se reflejaba en

espejos que, como poseídos de codicia, multiplicaban hasta lo infinito

las riquezas.

De pronto apareció Luz, la dueña de la casa, ya vestida para la fiesta,

e impaciente por juzgar el efecto de la iluminación.

Juan imaginó que era una diosa. Traía la cabellera salpicada de

brillantes que semejaban estrellas perdidas en una nube de oro, el

cuello ceñido por hilos de perlas menos blancas que su pecho, y todas

las líneas de su cuerpo admirable envueltas en telas primorosas, antes

dispuestas para revelar la forma que para encubrir la desnudez. Tenía la

voz aunque imperiosa, encantadora, y su persona exhalaba un perfume

penetrante y sutil, intenso y turbador, que juntamente producía

fascinación al espíritu y embriaguez a los sentidos.

El hombre inculto e ignorante, incapaz de analizar lo que experimentaba,

pero hombre al fin, sintió la tentación y el ánsia que dá la fruta

puesta al alcance de la boca del niño.

Primero quedó suspenso con el pasmo de la sorpresa, luego se dijo con la

velocidad del pensamiento que cuanto había en aquel maravilloso recinto

y cuanto realzaba la belleza de aquella mujer extraordinaria, había bajo

una u otra forma nacido entre sus manos. Carbón arrancado a las entrañas

de la tierra y convertido en torrentes de claridad; cristales fundidos

por aquel horno que secó su garganta; hierros forjados al fuego en que

se abrasó los dedos; sedas teñidas en aquellas substancias que le

envenenaron los pulmones; todo, ¡todo! había contribuido a formarlo, y

nada, ¡nada! era para él. Entonces Luz se ofreció a su deseo como

creación maravillosa en que él había puesto hueso de sus huesos y sangre

de su sangre, hasta convertirla en el compendio de las dichas humanas.

¿Por qué no había de pertenecerle? ¿Habrían de vivir eternamente juntos

y separados a la vez, como la cortesana y el esclavo? ¿Qué ley cruel lo

disponía? ¿Quién la escribió?

El espectáculo de la riqueza le llenó de asombro; la privación de lo que

otros disfrutaban espoleó a la envidia; la ignorancia cerró a la

abnegación el paso; la conciencia le dijo que su ambición era justa;

miró a Luz con codicia, y en el fondo de su alma surgió el deseo de

gozarla o la resolución de destruirla.

Así se hallaron frente a frente la personificación de todas las

grandezas acumuladas por los tiempos y el representante de una raza que

contribuyó a crearla para delicia de otros.

Juan poseído de una pasión que daba espanto, tendió hacia ella los

brazos. Luz, al principio sonrió despreciativamente, pero al sentir las

manos callosas sobre el pecho, dio voces, lanzó gritos de angustia; y en

su auxilio acudieron tres hombres.

Cuentos de mi tiempo · 第 20 / 43 题