Era el tiempo en que para trasladar a los presos y penados de cárcel a
cárcel, de penal a penal, se les llevaba todavía a pie por los caminos,
entre destacamentos de gente armada.
* * * *
Tras el día de calor insufrible, vino la noche sin brisa, cálida y
sofocante.
No corría un pelo de aire, ni se alzaba del suelo un átomo de polvo. La
carretera abierta en la dilatada extensión de la llanura, se destacaba
interrumpiendo el gris terroso de los campos, como una cinta blanca y
ancha tendida sobre los surcos en rastrojo.
Por su centro iba _la cuerda_, la reata humana, doblemente rendida a la
pesadumbre de la fatiga y del delito.
Quién llevaba morral, quién alforjas, quién manta, los más, nada;
veíanse muchos descalzos, despeados; pocos fumaban, no reía ninguno. A
los lados marchaba la tropa obligada a meterse por la estrecha hondura
de las cunetas, o a subirse en los montones de guija y pedernal recién
partido, mientras el brillo de las armas, iluminadas por la luna,
limitaba la movible masa de aquella triste muchedumbre. Los grillos y
las cigarras cantaban libremente; voces humanas se oían pocas, y esas
eran blasfemias; tal vez envidia de los animalillos, desahogo propio de
gente forzada del rey que iba a las galeras.
En la Venta de la Mora se hizo alto: _la cuerda_ se recogió a un lado
del camino, en un repecho: los soldados desataron los cabos de bramante,
y luego, apartándose y formando extenso círculo en torno de los presos,
colocaron centinelas. De allí a poco salieron de la venta quince o
veinte mujeres harapientas, sucias, miserables, y esquivando a los de
uniforme corrieron hacia los del grupo central, aunándose con ellos en
parejas que desaparecían tras un tronco, tras un peñasco, en un
repliegue del terreno, donde pudieran ocultarse.
Era la visita del amor a la desgracia; amor momentáneo, vicioso,
repugnante, y venal; pero amor. Y era también costumbre sancionada por
los años, tolerancia perpetuada por la tradición, abuso que tomó origen
en el capricho de un rey absoluto, ganoso de repoblar su reino.
Antes de romper el alba, la columna se ponía en marcha. Después, los
padres anónimos morían en presidio, y los hijos de aquellas esposas de
una noche se llamaban _los hijos del camino_.