¿Supieron el fracaso del propagandista sus superiores jerárquicos? ¿Le
consideraron inútil para desengañar del mundo a herederas de millones?
Un día se notó su falta a la hora de la comida, los demás hablaron de él
como miembro que se amputa, y luego le rezaron por muerto.
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Transcurrieron algunos años, y aquel hombre, vuelto al seno de la
humanidad, sintió renacer aspiraciones e ideas que en mal hora consideró
por la educación sofocadas y por el fanatismo comprimidas.
En otra región del mundo, en otras tierras, con otro nombre, fénix de sí
propio, resucitó en espíritu, amó, fue amado y tuvo un hijo. Aquel hijo
creció, haciéndose mozo fuerte y hermoso como el Hérmes de los mitos
paganos. Una mujer indigna, engañosa y astuta, tal vez la ramera de que
habla la Escritura, quiso apartarle de su padre, mas éste desplegó tal
energía y se defendió tan resueltamente que logró romper aquellos lazos.
Pasó mucho tiempo--esa divinidad que a toda conciencia hace un día
justiciera de sí misma.--Hijo y padre caminaban al caer la tarde por una
deleitosa campiña que el sol poniente envolvía en una atmósfera de polvo
luminoso. El viejo se apoyaba en el brazo del mancebo, fingiendo
fatigarse para oprimírselo cariñosamente, mientras la luz de los cielos,
la pureza del aire y el penetrante aroma que se alzaba de los terruños
soleados parecían envolverles en la bendición suprema del verdadero
Dios. El hijo, adelantándose unos pasos, cortó de una mata algunas
flores para el sepulcro de su madre, que era muerta: y entonces el
viejo, experimentando lo que antes jamás pudo comprender, sintió la
duplicación del espíritu por la paternidad, y vuelto el pensamiento a lo
pasado, dijo acordándose de don Gaspar:
«¡Hizo bien!»