De allí a dos días, mientras Helena y doña Flora fueron a pasar la tarde
en casa de unos parientes, don Gaspar recibía en su despacho a un hombre
que, llamado por él de antemano, acudió puntualmente a la cita. Era uno
de los de al lado, de aquellos que con nombre y calidad extranjera,
adquirieron la fábrica donde al caer la tarde se entonaban cánticos
tristes en una lengua muerta. Tenía el rostro lampiño, la mirada
humilde, la palabra dulzona, el traje entre sacerdotal y profano.
Ofreciole asiento don Gaspar, cerró las puertas como en comedia, y luego
con forzada tranquilidad, pero sin que se le alterase una línea del
semblante, sin asomo de ira, pero con el acento de la más aterradora
resolución, le habló de esta manera:
--Usted conoce a mi hija: en ella cifro toda mi dicha; sólo vivo para
hacerla feliz. Si la perdiese, si se apartase de mi lado, me costaría la
vida... Escúcheme usted bien... Estoy dispuesto a todo. A quien quisiera
robarme mi dinero le recibiría a tiros; figúrese usted lo que haré con
quien intente separarme de mi hija. Podrá llevársela Dios, que es Señor
de todos nosotros; podrá, aunque no es bonita, encontrar un hombre que
aprecie lo que ella vale moralmente, y entonces yo les bendeciré y daré
gracias a Dios; pero lo que es eso de hacerla ver que es fea,
envenenándole la vida para que huya del mundo, arrebatármela como se
roba una alhaja... lo que es eso, yo le juro a usted que no será...
Quiso el desconocido interrumpir a don Gaspar, mas no se lo permitió
él, y siguió de este modo:
--No ha venido usted a hablar, sino a oír, y empápese usted bien de lo
que oiga. Ya sabe usted lo rico que soy; si eso sucediera, todo me lo
gastaría en buscarle a usted para matarle. Ahora, usted que ha hecho el
mal con sus exhortaciones, ponga con sus consejos el remedio,
entendiendo que si en el plazo de dos meses no se le quitan a mi hija de
la cabeza esas fantasmagorías, le mato a usted como a lobo sorprendido
en redil. Las consecuencias no me asustan. Perdida mi hija, lo mismo me
da morir de un modo que de otro. Dos meses de plazo. ¡Usted sólo ha de
hablar con ella! Yo no le diré palabra. Puede usted retirarse.
De nuevo quiso contestar el incógnito personaje, pero don Gaspar salió
de la estancia, dejándole condenado al más rabioso silencio que
imaginarse puede, y plenamente convencido de que era hombre capaz de
realizar cuanto decía.
* * * *
Apenas habían transcurrido dos meses, cuando Helena comenzó a ser lo que
era antes.
Como quien tras una pesadilla recobra el sentido de la realidad, se le
fue borrando del pensamiento la melancolía; tornó a cuidar de su
persona, vigiló el jardín cuyas flores escogía para su cuarto, y por
fin, una noche, después de haber estado tocando un rato el piano, por
distraer a su padre, se arrojó en sus brazos, deshecha en lágrimas,
diciéndole sólo estas palabras:
--¡Perdóname, porque nunca me separaré de ti!
Sin duda, el flexible y tornadizo espíritu de la mujer se plegó a unas
amonestaciones como se había sometido antes a otras.