III

De allí a dos días, mientras Helena y doña Flora fueron a pasar la tarde

en casa de unos parientes, don Gaspar recibía en su despacho a un hombre

que, llamado por él de antemano, acudió puntualmente a la cita. Era uno

de los de al lado, de aquellos que con nombre y calidad extranjera,

adquirieron la fábrica donde al caer la tarde se entonaban cánticos

tristes en una lengua muerta. Tenía el rostro lampiño, la mirada

humilde, la palabra dulzona, el traje entre sacerdotal y profano.

Ofreciole asiento don Gaspar, cerró las puertas como en comedia, y luego

con forzada tranquilidad, pero sin que se le alterase una línea del

semblante, sin asomo de ira, pero con el acento de la más aterradora

resolución, le habló de esta manera:

--Usted conoce a mi hija: en ella cifro toda mi dicha; sólo vivo para

hacerla feliz. Si la perdiese, si se apartase de mi lado, me costaría la

vida... Escúcheme usted bien... Estoy dispuesto a todo. A quien quisiera

robarme mi dinero le recibiría a tiros; figúrese usted lo que haré con

quien intente separarme de mi hija. Podrá llevársela Dios, que es Señor

de todos nosotros; podrá, aunque no es bonita, encontrar un hombre que

aprecie lo que ella vale moralmente, y entonces yo les bendeciré y daré

gracias a Dios; pero lo que es eso de hacerla ver que es fea,

envenenándole la vida para que huya del mundo, arrebatármela como se

roba una alhaja... lo que es eso, yo le juro a usted que no será...

Quiso el desconocido interrumpir a don Gaspar, mas no se lo permitió

él, y siguió de este modo:

--No ha venido usted a hablar, sino a oír, y empápese usted bien de lo

que oiga. Ya sabe usted lo rico que soy; si eso sucediera, todo me lo

gastaría en buscarle a usted para matarle. Ahora, usted que ha hecho el

mal con sus exhortaciones, ponga con sus consejos el remedio,

entendiendo que si en el plazo de dos meses no se le quitan a mi hija de

la cabeza esas fantasmagorías, le mato a usted como a lobo sorprendido

en redil. Las consecuencias no me asustan. Perdida mi hija, lo mismo me

da morir de un modo que de otro. Dos meses de plazo. ¡Usted sólo ha de

hablar con ella! Yo no le diré palabra. Puede usted retirarse.

De nuevo quiso contestar el incógnito personaje, pero don Gaspar salió

de la estancia, dejándole condenado al más rabioso silencio que

imaginarse puede, y plenamente convencido de que era hombre capaz de

realizar cuanto decía.

* * * *

Apenas habían transcurrido dos meses, cuando Helena comenzó a ser lo que

era antes.

Como quien tras una pesadilla recobra el sentido de la realidad, se le

fue borrando del pensamiento la melancolía; tornó a cuidar de su

persona, vigiló el jardín cuyas flores escogía para su cuarto, y por

fin, una noche, después de haber estado tocando un rato el piano, por

distraer a su padre, se arrojó en sus brazos, deshecha en lágrimas,

diciéndole sólo estas palabras:

--¡Perdóname, porque nunca me separaré de ti!

Sin duda, el flexible y tornadizo espíritu de la mujer se plegó a unas

amonestaciones como se había sometido antes a otras.

Cuentos de mi tiempo · 第 17 / 43 题