Lindante con el antiguo caserón de aspecto conventual había un gran
jardín, y en su centro, una casa ceñida por macizos de verdura y
sombreada por álamos y olmos seculares. Casa y jardín decían con mudas
voces que en ellos habitaba mujer, y mujer joven. Ya los alféizares de
las ventanas mostraban un canastillo de labor lleno de hilos y estambres
multicolores; ya en la mesa de mármol puesta en el centro de un cenador
de enredaderas se veía una sombrilla de seda clara; ya en las sillas de
hierro quedaban por olvido los manojos de flores recién cortadas; ya a
ciertas horas solían escucharse, amortiguados por cortinajes y
persianas, el tecleo de un piano bien tocado y el timbre fresco y
penetrante de una voz juvenil, que así sabía expresar la soñadora
melancolía de los grandes maestros alemanes como romper en los alegres
ritmos de la tierra andaluza.
El dueño de aquella casa era don Gaspar Villarroel, caballero viudo,
riquísimo propietario de haciendas en casi todas las regiones de España,
accionista del Banco, tenedor de sumas enormes en dollars
norteamericanos, en cuatros de la Deuda francesa y en treses de la de
Inglaterra: y aquellas sombrillas olvidadas, las labores que por las
ventanas se veían y los cantares llenos de poesía eran de Helena, su
hija única, de veinte años, que andando el tiempo había de ser muchas
veces millonaria.
A ella vivía enteramente consagrado don Gaspar: sólo para guardarla y
protegerla quería que Dios le prolongase los días. No era hermosa ni
siquiera bonita, y habiendo de ser extraordinariamente rica, quedaba su
porvenir a merced del primer hombre que movido de ruin codicia se
fingiese prendado de ella. Harto sabía su padre que no pasaría de
codicia y fingimiento lo que su hija inspirase, pues no tenía más
encantos que el pelo abundoso y negro, la voz dulce y el mirar
inteligente. El cuerpo no era esbelto, ni el andar airoso, ni las
facciones delicadas.
Luego de conocerla y ahondar en su alma con el trato, se hacía querer,
pero le faltaban esas gracias corporales que hechizan los sentidos y
dominan la voluntad. Don Gaspar lo sabía y por ello la amaba doblemente:
como hija y como hija fea que ha de ser resarcida en cariño paternal, de
aquel otro afecto menos puro, que no habían de profesarle los hombres.
Sólo pensaba en ella, en mimarla, en conservar sus bienes para que los
disfrutase, en dirigir su entendimiento y vigilar su corazón, para que
si, lo que era dudoso, llegase a casarse, tuviera más probabilidades su
ventura. Parecíale que aquella falta de encantos y aquel extraordinario
patrimonio podrían ser, a no evitarlo cuidadosamente, dos elementos de
infortunio: pero aún no había tenido su prudencia graves riesgos que
preveer, ni su cariñosa entereza pasión mal inspirada a que oponerse.
Hasta entonces, unas veces los viajes, otras la soledad y el
apartamiento del mundo, la premeditada alternativa de las distracciones
y del hogar, habían mantenido a Helena en esa desesperanza tranquila y
resignada con que piensan en la felicidad por el amor los que desconfían
de ella. Comprendía que no era hermosa y que era demasiado rica.
Don Gaspar concedía a su hija la libertad razonable para que no la
desease tan completa que le fuese dañosa: con él asistía Helena a las
diversiones que le agradaban y a las visitas con que se conserva la
amistad; a misa y tiendas iba con su prima doña Flora, solterona, pobre,
de ellos cariñosamente amparada e incapaz de tolerar la más leve
imprudencia: primero por severidad de principios y luego por miedo a ser
arrojada de una casa donde nada le faltaba.
De esta suerte vivían hija y padre, don Gaspar con el pensamiento puesto
en ella, y Helena dejando volar su imaginación entre resignada y
soñadora, cuando durante un otoño comenzó la muchacha a sufrir tal
cambio en su manera de ser, que no pudo quedar oculto a quien vivía
continuamente observándola para ahuyentarle penas y procurarle venturas.
Nunca fue demasiado aficionada a las galas, pero de pronto se descuidó
por completo en el vestir; le gustaban las flores y dejó de adornar con
ellas su cuarto; deliraba por la música y pasó semanas enteras sin abrir
el piano. Su habitual seriedad se convirtió en aspereza de carácter, el
desabrimiento se hizo luego tiesura, y en poco tiempo experimentó una
transformación, tanto más fácil de apreciar, cuanto más inesperada y
rápida.
Primero sintió el alma invadida de tristeza, después se hizo disimulada;
y por último cayó en profunda melancolía como espíritu débil a quien
brutalmente se arrancan de cuajo ilusiones y esperanzas.
«¿Estará enamorada?» imaginaba la prima doña Flora.
«¿Tendrá pasión de ánimo?» decía la doncella.
«Esta chica está mala», pensaba su padre.
Nadie comprendía la causa de aquel cambio.
Ya hablaba don Gaspar de llevársela a París en busca de doctores, cuando
una mañana doña Flora entró en su despacho, sin ser llamada, diciéndole
de buenas a primeras:
--Ya sé lo que tiene tu hija. Ármate de valor... Quiere meterse monja. Y
yo creo que la idea no ha nacido de ella: es cosa de los de ahí al lado.
Don Gaspar, mudo de asombro y de terror, se limitó a decir:
--¡Habla... todo lo que sepas, todo lo que sospeches, no me ocultes
nada!
--Pues se reduce a muy poco, pero muy claro. Hace dos meses, una mañana
que llovía muchísimo y tú te habías llevado el coche, nos metimos ahí al
lado por no ir hasta la catedral. Luego ha vuelto conmigo... como está
tan cerca, cuando hace mal tiempo es más cómodo. Después la he visto
hablar varias veces con uno de ellos por la verja del jardín: ella
dentro, él desde fuera, al pasar, casi sin detenerse.
--¿Y qué trazas tiene?
--Es hombre de buena edad, y ¡con una mirada más inteligente! Para mí,
él es quien le ha metido esas ideas en la cabeza. Jamás había Helena
hablado hasta ahora de semejante cosa. ¡Si se moría por el teatro y se
entusiasmaba con libros y novelas! Además, me ha dicho la doncella, que
algunas mañanas ha salido con ella, al primer toque, antes de que yo me
levantara, pero que como no hacían más que ir ahí al lado, no creyó que
debía decirlo. Nada, que se han apoderado de ella como hicieron con la
hija del banquero francés, con Teresita, con Sofía, con la viuda de
Parque...
--¡Todas ricas!--murmuró don Gaspar.
--Ella no se atreve a hablar sinceramente, pero está desconocida: se ha
hecho seca y arisca; de cuando en cuando suelta unas frases... que
revelan un egoísmo... «Las mujeres feas y muy ricas--dice--no pueden ser
felices en el mundo; a cada paso un desengaño. No se pierden como las
bonitas, pero les hacen creer en el amor, y luego... nada. Ya ves, yo
por ejemplo--añadía--¿qué puedo esperar? Una ilusión, engañarme a
sabiendas, y luego frialdad, esquivez, cada uno por su lado; él, quien
sea, rico, poderoso con lo mío, buscará en otras los encantos que yo no
tengo.»--Dice que para las que no son hermosas como ella, solo hay un
esposo bueno, el que no engaña; ¡y lo dice con una unción, con un
fervor! Otras veces habla de la casa y de nosotros con un despego que da
frío.
--Pues ¿qué ha dicho?
--Ayer mismo me dijo: «Si yo faltara pronto me olvidaríais, hasta papá:
el cariño no es tan mentira como el amor, pero también es un sentimiento
terrenal.»
Flora siguió hablando largo rato, don Gaspar la escuchó sin poder
disimular la pena que se le asomó a los ojos, y luego murmuró
tristemente:
--¡Veremos!