II

Lindante con el antiguo caserón de aspecto conventual había un gran

jardín, y en su centro, una casa ceñida por macizos de verdura y

sombreada por álamos y olmos seculares. Casa y jardín decían con mudas

voces que en ellos habitaba mujer, y mujer joven. Ya los alféizares de

las ventanas mostraban un canastillo de labor lleno de hilos y estambres

multicolores; ya en la mesa de mármol puesta en el centro de un cenador

de enredaderas se veía una sombrilla de seda clara; ya en las sillas de

hierro quedaban por olvido los manojos de flores recién cortadas; ya a

ciertas horas solían escucharse, amortiguados por cortinajes y

persianas, el tecleo de un piano bien tocado y el timbre fresco y

penetrante de una voz juvenil, que así sabía expresar la soñadora

melancolía de los grandes maestros alemanes como romper en los alegres

ritmos de la tierra andaluza.

El dueño de aquella casa era don Gaspar Villarroel, caballero viudo,

riquísimo propietario de haciendas en casi todas las regiones de España,

accionista del Banco, tenedor de sumas enormes en dollars

norteamericanos, en cuatros de la Deuda francesa y en treses de la de

Inglaterra: y aquellas sombrillas olvidadas, las labores que por las

ventanas se veían y los cantares llenos de poesía eran de Helena, su

hija única, de veinte años, que andando el tiempo había de ser muchas

veces millonaria.

A ella vivía enteramente consagrado don Gaspar: sólo para guardarla y

protegerla quería que Dios le prolongase los días. No era hermosa ni

siquiera bonita, y habiendo de ser extraordinariamente rica, quedaba su

porvenir a merced del primer hombre que movido de ruin codicia se

fingiese prendado de ella. Harto sabía su padre que no pasaría de

codicia y fingimiento lo que su hija inspirase, pues no tenía más

encantos que el pelo abundoso y negro, la voz dulce y el mirar

inteligente. El cuerpo no era esbelto, ni el andar airoso, ni las

facciones delicadas.

Luego de conocerla y ahondar en su alma con el trato, se hacía querer,

pero le faltaban esas gracias corporales que hechizan los sentidos y

dominan la voluntad. Don Gaspar lo sabía y por ello la amaba doblemente:

como hija y como hija fea que ha de ser resarcida en cariño paternal, de

aquel otro afecto menos puro, que no habían de profesarle los hombres.

Sólo pensaba en ella, en mimarla, en conservar sus bienes para que los

disfrutase, en dirigir su entendimiento y vigilar su corazón, para que

si, lo que era dudoso, llegase a casarse, tuviera más probabilidades su

ventura. Parecíale que aquella falta de encantos y aquel extraordinario

patrimonio podrían ser, a no evitarlo cuidadosamente, dos elementos de

infortunio: pero aún no había tenido su prudencia graves riesgos que

preveer, ni su cariñosa entereza pasión mal inspirada a que oponerse.

Hasta entonces, unas veces los viajes, otras la soledad y el

apartamiento del mundo, la premeditada alternativa de las distracciones

y del hogar, habían mantenido a Helena en esa desesperanza tranquila y

resignada con que piensan en la felicidad por el amor los que desconfían

de ella. Comprendía que no era hermosa y que era demasiado rica.

Don Gaspar concedía a su hija la libertad razonable para que no la

desease tan completa que le fuese dañosa: con él asistía Helena a las

diversiones que le agradaban y a las visitas con que se conserva la

amistad; a misa y tiendas iba con su prima doña Flora, solterona, pobre,

de ellos cariñosamente amparada e incapaz de tolerar la más leve

imprudencia: primero por severidad de principios y luego por miedo a ser

arrojada de una casa donde nada le faltaba.

De esta suerte vivían hija y padre, don Gaspar con el pensamiento puesto

en ella, y Helena dejando volar su imaginación entre resignada y

soñadora, cuando durante un otoño comenzó la muchacha a sufrir tal

cambio en su manera de ser, que no pudo quedar oculto a quien vivía

continuamente observándola para ahuyentarle penas y procurarle venturas.

Nunca fue demasiado aficionada a las galas, pero de pronto se descuidó

por completo en el vestir; le gustaban las flores y dejó de adornar con

ellas su cuarto; deliraba por la música y pasó semanas enteras sin abrir

el piano. Su habitual seriedad se convirtió en aspereza de carácter, el

desabrimiento se hizo luego tiesura, y en poco tiempo experimentó una

transformación, tanto más fácil de apreciar, cuanto más inesperada y

rápida.

Primero sintió el alma invadida de tristeza, después se hizo disimulada;

y por último cayó en profunda melancolía como espíritu débil a quien

brutalmente se arrancan de cuajo ilusiones y esperanzas.

«¿Estará enamorada?» imaginaba la prima doña Flora.

«¿Tendrá pasión de ánimo?» decía la doncella.

«Esta chica está mala», pensaba su padre.

Nadie comprendía la causa de aquel cambio.

Ya hablaba don Gaspar de llevársela a París en busca de doctores, cuando

una mañana doña Flora entró en su despacho, sin ser llamada, diciéndole

de buenas a primeras:

--Ya sé lo que tiene tu hija. Ármate de valor... Quiere meterse monja. Y

yo creo que la idea no ha nacido de ella: es cosa de los de ahí al lado.

Don Gaspar, mudo de asombro y de terror, se limitó a decir:

--¡Habla... todo lo que sepas, todo lo que sospeches, no me ocultes

nada!

--Pues se reduce a muy poco, pero muy claro. Hace dos meses, una mañana

que llovía muchísimo y tú te habías llevado el coche, nos metimos ahí al

lado por no ir hasta la catedral. Luego ha vuelto conmigo... como está

tan cerca, cuando hace mal tiempo es más cómodo. Después la he visto

hablar varias veces con uno de ellos por la verja del jardín: ella

dentro, él desde fuera, al pasar, casi sin detenerse.

--¿Y qué trazas tiene?

--Es hombre de buena edad, y ¡con una mirada más inteligente! Para mí,

él es quien le ha metido esas ideas en la cabeza. Jamás había Helena

hablado hasta ahora de semejante cosa. ¡Si se moría por el teatro y se

entusiasmaba con libros y novelas! Además, me ha dicho la doncella, que

algunas mañanas ha salido con ella, al primer toque, antes de que yo me

levantara, pero que como no hacían más que ir ahí al lado, no creyó que

debía decirlo. Nada, que se han apoderado de ella como hicieron con la

hija del banquero francés, con Teresita, con Sofía, con la viuda de

Parque...

--¡Todas ricas!--murmuró don Gaspar.

--Ella no se atreve a hablar sinceramente, pero está desconocida: se ha

hecho seca y arisca; de cuando en cuando suelta unas frases... que

revelan un egoísmo... «Las mujeres feas y muy ricas--dice--no pueden ser

felices en el mundo; a cada paso un desengaño. No se pierden como las

bonitas, pero les hacen creer en el amor, y luego... nada. Ya ves, yo

por ejemplo--añadía--¿qué puedo esperar? Una ilusión, engañarme a

sabiendas, y luego frialdad, esquivez, cada uno por su lado; él, quien

sea, rico, poderoso con lo mío, buscará en otras los encantos que yo no

tengo.»--Dice que para las que no son hermosas como ella, solo hay un

esposo bueno, el que no engaña; ¡y lo dice con una unción, con un

fervor! Otras veces habla de la casa y de nosotros con un despego que da

frío.

--Pues ¿qué ha dicho?

--Ayer mismo me dijo: «Si yo faltara pronto me olvidaríais, hasta papá:

el cariño no es tan mentira como el amor, pero también es un sentimiento

terrenal.»

Flora siguió hablando largo rato, don Gaspar la escuchó sin poder

disimular la pena que se le asomó a los ojos, y luego murmuró

tristemente:

--¡Veremos!

Cuentos de mi tiempo · 第 16 / 43 题