I
A una ilustre ciudad española, donde los hombres trabajadores y
valientes nacen de mujeres virtuosas y bellas, llegaron hace años dos
viajeros, cuyos trajes negros ni eran enteramente seglares ni del todo
eclesiásticos. Uno de ellos hablaba, aunque dulcemente, como superior;
otro escuchaba con humildad y respondía con respeto. Eran ambos de
continente severo, rostro lampiño y mirada que apareciera humilde si no
fuese por lo tenaz, reveladora de una voluntad poderosísima. Tenían
mansedumbre en la voz, daban a sus palabras el acento de una afabilidad
melosa y persuasiva, pero a veces sus pupilas parecían incendiarse en el
rápido e involuntario fulgurar de una energía indomable.
Pocas horas después de su llegada celebraron varias entrevistas
misteriosas con gentes adineradas de la población, y a los tres días
firmaron, ante notario y como subditos de potencia extranjera, la
escritura de compra de un caserón antiguo convertido en fábrica por un
industrial que, arruinado durante la guerra civil, tuvo que malvender su
hacienda. De esta suerte la paz vino a ser provechosa, quizá, para los
mismos que atizaron la lucha.
Transcurridos unos cuantos meses, el edificio tomó de nuevo el aspecto
que acaso debió de tener años atrás. Los talleres y naves de la fábrica
se convirtieron en habitaciones estrechas, como celdas, y al rumor
alegre del trabajo, padre de la vida, sucedió en el recinto el más
medroso silencio, sólo interrumpido a horas fijas por cantos misteriosos
y graves, entonados en una lengua muerta. Los hombres que en aquella
casa vivían fueron al principio muy pocos: luego, llegando sigilosa y
calladamente por las noches, vinieron de tierras extrañas muchos más,
tantos, que sus cánticos antes débiles como compuestos por escaso número
de voces, resonaron vigorosos y potentes, repercutiendo en las
concavidades de los montes cercanos, cual si quisieran despertar los
ecos del cañoneo de antaño.
La población, contaminada de aquella vecindad, se hizo levítica,
adquiriendo en poco tiempo un aspecto triste y sombrío. Las campanas,
que aun repicando alegres despiertan ideas de muerte, vencieron al
fecundo rumor de los tornos, los telares, los martinetes y los yunques.