Estaba el deán tomando chocolate y leyendo entre sorbo y sopa un diario
neo católico, cuando entró en su cuarto el ama, diciendo sobresaltada:
--Señor, ahí está Garcerín, y dice que la catedral se viene abajo.
El deán, alma de la diócesis, porque el señor obispo de puro bueno no
servía para nada, agitó con la cucharilla el vaso de agua donde se
estaba deshaciendo el azucarillo, bebióselo tranquilamente, se limpió
los labios con la servilleta, y mientras encendía un cigarro de papel,
más grueso que puro, repuso sin alterarse:
--Lo de siempre... ganas de asustar... algo menos será. Dile que pase.
Garcerín, el monaguillo más listo y endiablado de la santa basílica,
traía el espanto pintado en la cara.
--¿Qué hay, buen mozo?
--Señor, que esta vez va de veras.
--Cuenta, cuenta.
--Pues, ahora mismo estaba yo quitando los cabos de los candeleros del
Carmen, junto al crucero, cuando sonó por arriba, muy arribota, un ruido
como si crujiera una piedra al partirse, y cayeron tres o cuatro pedazos
mayores que manzanas. Yo creí que serían, como otras veces, de la mezcla
que une los sillares, pero miré a lo alto y vi que no: eran de la piedra
blanca de la cornisa, donde hay un adorno que parece una fila de huevos
y otra de hojas... de pronto ¡pum! otro pedazo gordo, como su cabeza de
usted, y dio en la esquina del altar, y partió el mármol... y eché a
correr hacia la sacristía.
--¿Quién estaba allí?
--El señor arcipreste: le señalé dónde había sido, miró, y dijo:
«¡Pronto, a cerrar! ¡que no entre nadie... que no pase nadie por ahí! Es
el pilar del lado de la Epístola. Vaya, este es el acabose.» Yo volví a
mirar, y ¿se acuerda usted de que los pilares son como unas columnas
cuadradas, grandes, muy grandes? Pues por arriba, arriba, se han
_desapartao_ las piedras más gordas, y entre dos de ellas queda un hueco
que cabe un gato... y de allí está cayendo arena y chinas de cal... Dice
el señor arcipreste, que con que pase un carro por fuera se viene abajo
media iglesia.
--Tenéis razón: esta vez va de veras. Vamos allá.
El señor deán, profundamente disgustado, se puso el manteo, cogió la
teja de reluciente felpa, y salió diciendo como si el chico pudiese
comprenderle:
--Entre el ábaco y la cornisa: allí está el mal.
A los pocos momentos entraban en la iglesia. Efectivamente: por uno de
esos fenómenos difíciles de razonar a primera vista y frecuentes en toda
vieja fábrica arquitectónica, el pilar del lado de la Epístola se había
rajado en su tercio superior lo mismo que una caña, sin que el arco que
en él se apoyaba sufriese, al parecer, la más ligera desviación: pero
bastaba ver en lo alto el hueco de que habló el muchacho para comprender
que el hundimiento de la bóveda podía sobrevenir de un momento a otro.
Suspendiose el culto, y aquella misma semana, antes de que comenzaran
los trabajos de apuntalamiento, el telégrafo difundió por el mundo la
noticia de que se había venido abajo la bóveda del crucero.
El gobierno pidió a las Cortes un crédito extraordinario, se nombró una
junta de restauración, y el deán fue el alma de ella, porque en la
diócesis nada se podía hacer sin su consejo.
Era el deán relativamente ilustrado, leía mucho, tenía fama de entender
en cuadros antiguos, y sabía dar a sus sermones cierto tinte artístico
que contrastaba con la austera sequedad de otros oradores sagrados. Por
ejemplo: para hacer el retrato de un asceta, lo pintaba como Zurbarán;
al describir un martirio, se inspiraba en el San Bartolomé, de Ribera;
al hablar de los horrores de la Pasión, traía a cuento los Cristos
demacrados y escuálidos de Morales; y cuando quería dar idea de la
Ascensión de la Virgen, la presentaba en periodos tan brillantes y
poéticos como los fondos luminosos que puso Murillo a sus Concepciones:
con todo lo cual y ser académico correspondiente de la de Bellas Artes,
(porque en cierta ocasión mandó a Madrid el brocal de un pozo árabe
diciendo que era romano) como no había en el cabildo otro que valiera
más, pasaba por sabio, y hasta los periódicos liberales le llamaban
erudito. Claro está que con tales antecedentes fue el alma de la
restauración. Bajo su dominio tuvo el arquitecto que pasar las de Caín,
pero al fin y al cabo se levantó el pilar y se rehizo la bóveda.
Concluida la parte arquitectónica de la obra, tratose de decorar lo que
debía estar decorado, llamáronse pintores y estatuarios, y previa
presentación de bocetos quedaron sustituidos por otros nuevos cuantos
santos y santas perecieron en la pasada catástrofe. Mas no todo salió a
gusto del deán, y como aún faltaban por decorar las cuatro pechinas
formadas por los arcos del crucero, se deshizo de los artistas que hasta
entonces trabajaron en la iglesia, y buscó uno capaz, a juicio suyo, de
concebir y ejecutar maravillas.
El pintor en quien se fijó era hombre de extraordinario mérito.
Llamábase Molina y en él estaban reunidas y ponderadas de tal suerte y
en tan justa medida la ilustración, las facultades reflexivas y las
condiciones de pintor, que sabía estudiar, convertir el estudio en
inspiración, madurar el pensamiento, y luego darle forma, haciendo que
en su pintura hubiese idea y que ésta no quedara empequeñecida por mal
interpretada. En una palabra, un gran artista que discurría como Miguel
Ángel y ejecutaba como Velázquez. Lo que no tenía, por ser español, era
dinero; mas a consecuencia de haber enviado obras a exposiciones
extranjeras y haber retratado a una embajadora hermosísima, era su
nombre conocido en toda Europa. Deseoso de acrecentar su fama, y también
de hacer fortuna, estaba precisamente a punto de expatriarse, como
tantos otros, cuando le buscó el deán encargándole los bocetos para las
cuatro pechinas; trabajo que aceptó gozoso, primero por dejar en su
patria muestra de lo que valía; y, segundo, porque necesitaba arbitrar
recursos para el viaje.
Diose luego a pensar en cómo realizaría su trabajo. La cosa no tenía
nada de fácil. Vistas desde el pavimento de la nave las pechinas, eran
cuatro superficies triangulares y cóncavas que parecían tener desde la
base al vértice tres metros o poco más, pero miradas de cerca, en lo
alto del andamiaje, eran disparatadas de grandes. Además, en aquel
sitio, a tal elevación y en espacios triangulares, no era racional hacer
composiciones o grupos que desde abajo resultasen empequeñecidos, por
las robustas líneas de la cornisa y el tremendo vano de la cúpula. Ello
fue que después de estudiar mucho y pensar más, Molina resolvió pintar
cuatro figuras colosales, sobre todo grandiosas, que simbolizaran
aspiraciones, ideas y sentimientos armónicos con la naturaleza e índole
del monumento.
Comenzó a hacer apuntes, bocetos, manchas de color, y ya iba dando vida
real a los pensamientos soñados en el delirio creador, cuando el deán
cayó enfermo, sin llegar a ver nada de lo que el artista había hecho.
Entonces Molina, para trabajar a gusto, decidió no recibir a nadie hasta
tener las cuatro figuras acabadas: nadie había de verlas mientras no las
viese el señor deán.
La dolencia de éste fue larga; en, tanto que duró no permitieron los
médicos, por ahorrarle cavilaciones, que se le hablase de la
restauración del templo, y aunque así no fuera, nada hubiera podido
saber de lo que hacía Molina, porque el artista con nadie hablaba de su
obra ni toleraba visitas.
En cuanto el deán se puso bueno, su primera salida fue para ir al
estudio. El pintor tenía terminado su trabajo y cubiertas las cuatro
grandes figuras con otros tantos trozos de percal; a fin de que no les
cayese polvo que ensuciara y velase la pintura fresca.
Quitó Molina el primer pedazo de percal al entrar el deán, y en la cara
que éste puso comprendió lo mucho que le gustaba la figura. Dejole largo
rato que la contemplase a su sabor, y luego, de un tirón, descorrió la
segunda tela. La figura que ocultaba era infinitamente superior a la
primera, y el deán se deshizo en elogios y alabanzas. Pero esto no fue
nada comparado con lo que experimentó y dijo al descubrir el artista el
tercer lienzo. Aquello sí que era concebir y colocar bien una figura,
dibujar, sentir la forma, ser colorista y dominar todos los secretos de
la paleta. La pintura de Molina venía a ser una fusión admirable de lo
mejor de todas las escuelas. La figura parecía dibujada por Alberto
Durero, tenía el color del Veronés, la elegancia de Boticelli, era tan
decorativa como si la hubiese dispuesto Tiépolo, y tan real como si en
ella hubiese puesto mano Diego Velázquez. El deán creyó volverse loco de
contento.
«¡Qué artista, qué prodigio!--pensaba.--¡Y qué ojo he tenido yo, porque
sin mí nada de esto tendría la catedral!»
--Amigo mío, mejor que ésta no puede ser la otra--dijo luego en voz
alta.
Descubrió Molina la cuarta figura, y allí fue Troya. Al principio no se
dio cuenta el señor deán de lo que tenía delante, pero cuando llegó a
entenderlo, montó en cólera y se puso hecho una fiera, prorrumpiendo en
éstas y parecidas frases:
--¡Usted está loco! ¿Cómo pongo eso en la iglesia? ¿Cómo se le ha
ocurrido a usted semejante desatino? ¡Se necesita descaro! ¡Usted no
sabe lo que se pesca!
Molina contestó en el mismo tono, y abriendo la puerta del estudio,
mandó salir al deán; éste creyó desconocida y burlada su autoridad, el
pintor consideró ajado su decoro de artista, y tales cosas se dijeron,
uno bajando la escalera, y otro desde arriba, que nunca más pudo haber
entre ellos paz ni avenencia.
La catedral se quedó con las pechinas en blanco, y Molina vendió los
lienzos a un inglés.
Pasado algún tiempo, el deán cogió una pulmonía en el coro, y el pintor
se volvió tísico, muriendo ambos con diferencia de unas cuantas horas.
* * * *
Sus almas fueron volando por las alturas infinitas, más allá del
firmamento estrellado, donde no alcanza la mirada humana, y atravesaron
los espacios eternamente misteriosos, que han poblado de hipótesis y
mitos los filósofos gentiles, los teólogos cristianos y los poetas de
todas las edades.
En menos tiempo del que para contarlo hace falta, traspusieron el cielo
pétreo, de que habla Anaxágoras, el de aire vitrificado por el fuego que
ideó Empédocles, las bóvedas cóncavas que imaginó Platón, y los tres
cielos, luminoso, sideral y cristalino, de que habla Santo Tomás.
Por fin llegaron al Empíreo, donde según Alfonso el Sabio, habitan los
santos, los ángeles, los tronos y las dominaciones, todos ocupados en la
perdurable alabanza del Señor.
La puerta de la mansión de los justos era de oro, tenía luceros en vez
de clavos, y junto a ella, sentado en una nubecilla, estaba San Pedro
jugueteando con las llaves, aburrido, porque se le pasaban horas y horas
sin tener que abrir a nadie.
Preocupados solo de su salvación, el deán y Molina no se habían mirado
en el camino, pero al detenerse cerca del Santo se contemplaron
mutuamente exclamando de mala manera al mismo tiempo:
--¿Usted por aquí?
Encontrarse y comenzar a reñir, todo fue uno. Prodigáronse frases
depresivas, injurias, improperios, todo género de insultos, con tal
rabia, que San Pedro no pudo menos de decirles:
--¡Pero hijos míos... ¿no habéis sabido despojaros de las miserias
humanas y pretendéis entrar ahí? Para traspasar esa puerta es preciso
estar limpio de odio y de rencor, de todo sentimiento perverso y torpe.
Y deseando servirles de amigable componedor, añadió:
--Veamos si puedo conseguir que hagáis las paces. Contádmelo todo.
--Yo--habló el deán--encargué a este hombre, que era pintor, cuatro
figuras, y él en desprecio de lo más santo y sagrado... pintó lo que le
dio la gana. Las tres primeras eran soberbias, ¡pero la cuarta!...
--Señor--interrumpió Molina--efectivamente admití el encargo; los huecos
que había que decorar eran cuatro. Lo primero que se me ocurrió fue
pintar los cuatro evangelistas, pero ya los había hecho otro en distinto
lugar del edificio. Luego pensé cuatro alegorías de la Prudencia, la
Justicia, la Fortaleza y la Templanza... También estaban hechas. Me
acordé de profetas, de patriarcas, de reyes santos: unos eran más de
cuatro, otros menos, otros ya se habían pintado o esculpido. Entonces
pinté primero la Fe...
--¿Cómo?--preguntó San Pedro.
--Hermosa, vendada, las vestiduras blancas, en una mano las tablas de la
ley, en otra la palma del martirio, y toda ella iluminada por el sol,
padre de la vida.
--No estaría mal.
--Luego pinté la Esperanza.
--¿De qué modo?
--En pie sobre la proa de una nave, apoyada en el áncora y fijos los
ojos en el cielo. Luego pinté la Caridad.
--¿Cómo la representaste?
--Joven, más fuerte y más hermosa que ninguna, y dando de mamar a un
niño de tipo muy distinto al suyo para indicar que no era su hijo, y que
no le daba el pecho como madre, sino por ser Virtud.
--En verdad te digo que estuviste acertado.
--Que diga ahora--les interrumpió el deán--cual fue la cuarta figura que
hizo.
El artista alzó la frente como quien no se avergüenza y declaró así:
--Pinté el Trabajo: mozo, vigoroso, inteligente, fornido, con el yunque
sobre un montón de libros para expresar que el estudio es la base de la
fuerza, y coloqué a sus pies, esperando sus obras, la Paz y la Limosna.
Entonces ese hombre--añadió señalando a su adversario--se enfureció
conmigo.
--Como que esa no es virtud--gritó el eclesiástico--ni siquiera es esa
porque es ese.
--Porque es virtud macho--dijo el Santo al deán--tú no puedes
comprenderlo. Y vamos a ver, vamos a ver, ¿para dónde eran las pinturas?
--Para la catedral--contestó Molina.
--¿Y allí querías colocar el Trabajo?
--Sí, señor.
Al oír esto San Pedro, volviéndoles la espalda, echó tranquilamente el
cerrojo a la puerta del cielo y luego encarándose con el artista y el
clérigo les dijo:
--Vaya, vaya, ¡largo, fuera de aquí los dos! Tú, deán, al purgatorio una
temporadita por mal genio; y tú, pintor, tonto de capirote, al limbo,
como si fueras niño sin uso de razón. ¡El Trabajo en la catedral! ¡Qué
oportuno! Sabrás pintar, pero no sabes poner las cosas en su sitio.