Desde que la mano levantaba el pegado cortinón de alfombra, reforzado
con tiras de cuero, quedaban los ojos deslumbrados. La iglesia estaba
hecha un ascua de oro. Las capillas laterales despedían resplandores
amarillentos que, como grandes bocanadas de claridad, se confundían en
el centro de la nave: de los arcos pendía multitud de arañas con flecos,
colgajos y prismas de cristal tallado, en cuyas facetas irisadas se
multiplicaba hasta lo infinito el tembleteo de las luces: y, al fondo,
el retablo del altar mayor semejaba un monumento de oro adivinado tras
la pirámide de llamas formada por cirios y velas, cuyos pábilos
chisporroteaban, esmaltando de puntos rojos las espirales del incienso
que flotaba en la atmósfera calurosa y pesada.
Casi no se distinguían imágenes, confesionarios, puertas, pinturas, ni
tapices; los bultos y las líneas, perdidos la forma y el contorno,
estaban ofuscados por un fulgor que, a pesar de su intensidad, recordaba
la palidez enfermiza y triste de la cera. Las lámparas de aceite,
repartidas a distancias y alturas desiguales, brillaban con claridad
verdosa; y sobre la alta cornisa, de donde arrancaba la bóveda, había
una línea de ventanas cegadas con cortinas en que los rayos del sol se
detenían, iluminando los bordes de la tela y resbalando luego,
amortiguados y débiles, por las molduras polvorientas.
A los lados, en las entradas de las capillas, estaban los hombres, en
pie la mayor parte, algunos arrodillados, todos cansados, formando
grupos donde resaltaban los cráneos relucientes, las cabezas canas y los
rostros encendidos del calor.
Las mujeres llenaban todo el centro de la nave: había tantas que estaban
apiñadas, molestas, dejando oír continuamente el chocar de las sillas,
el crujido de las sedas y el aleteo de los abanicos. No iban vestidas de
trapillo, como salen a las primeras misas, sino lujosamente ataviadas,
cual si para ir a la casa de Dios les hubiesen servido la vanidad y la
tentación de doncellas consejeras. Su gracia y su hermosura, realzadas
por la gravedad de los semblantes; la coquetería de sus movimientos al
volver las hojas de los libros llenos de cifras y blasones; el modo de
liarse a la muñeca los rosarios que parecían joyas; el inclinar la
cabeza sobre el pecho anheloso, mirándose de reojo los pliegues de la
falda; alguna tosecilla rebelde, rastro de los escotes del invierno, y
alguna sonrisa cautelosa dirigida hacia las laterales de la nave, todo
delataba una devoción superficial, elegante, frívola y mezquina; piedad
exenta de grandeza, manchada de reminiscencias mundanales.
Sus espíritus parecían vagamente abismados en la contemplación no
lograda de algo que incompletamente deseaban, mostrando quietud sin
recogimiento y misticismo sin poesía.
Sus cuerpos eran figuras de cuadros modernísimos. Tenían en los trajes
dibujos primorosos; combinaciones de colores extraños perfectamente
armonizados; cintas de tornasoles inverosímiles; flores tan bien
contrahechas, que parecían recién cogidas entre rocío húmedo, y plumas
tan leves como los filamentos vaporosos del incienso que flotaba en el
aire.
La esbeltez de los talles, la exuberancia de los bustos, todos sus
encantos y atractivos, estaban realzados, favorecidos, expuestos, y como
ofreciéndose con la premeditación de un arte seductor y diabólico.
Las ropas les cubrían el cuerpo, pero ciñéndolo, plegándose
amorosamente, ondulando hasta modelar la forma como lienzos húmedos;
dejando las bellezas a un tiempo tapadas y desnudas, vestidas y
deshonestas, convirtiéndose el paño que oculta en gasa que revela y la
gracia que atrae en sensualidad que enerva. Sus caras, alteradas por el
disimulo y la coquetería, eran rostros de esfinge, espejos de almas
insondables. Aquellas mujeres, nacidas en las cumbres sociales, y
mimadas por la fortuna, eran la obra perfecta de la Naturaleza,
embellecida por las fuerzas de la civilización. Lo que sobre sí llevaban
era la cifra y compendio del trabajo humano: todas las ciencias, todas
las industrias convergían a buscar maravillas o realizar prodigios para
ellas. Allí estaban todos los tipos de la belleza femenina, todas las
variedades de la hermosura, y de entre las largas filas, de cabezas se
desprendían emanaciones turbadoras: olor a lilas blancas que hace
traidora la pureza, clavel rojo que huele a clavo, heno fresco que trae
a los sentidos laxitud de amores campestres, y aromas intensos del
Extremo Oriente, quintaesenciados por las artes viciosas de la Vieja
Europa. La dulzura de las miradas, el ligero palpitar de los labios
estremecidos por el rezo, no eran bastante a disipar la fascinación que
con su hermosura despertaban.
Cuando se movían arreglando los reclinatorios y las sillas, el sagrado
recinto parecía estremecerse como santo mordida por la tentación, y el
crujir de las sedas imitaba rumor de viento entre hojarasca caída y
seca.
Las luces brillaban intensamente; la atmósfera cargada, casi opaca, iba
tomando junto a las llamas cambiantes opalinos. El formidable trompeteo
del órgano, a veces dominado por las notas altas del canto, se
desparramaba por el aire en oleadas de armonía, y cuando cesaban se oía
monótono y constante el sonido casi cristalino, pertinaz y agudo, de una
moneda de oro golpeada contra una bandeja de plata. Entre el fulgor
amarillento de las luces y el sonido de aquella moneda, el templo
parecía dominado por algo terrenal y profano, mientras arriba, en lo
alto de la cornisa, a cada instante penetraba con más dificultad la luz
del sol.
* * * *
En el crucero de la nave había un ventanal gótico guarnecido de vidrios
de colores, industria moderna que reproducía con fidelidad pasmosa una
composición antigua, donde estaba pintada, como en un transparente
mágico, el sublime episodio de que hablan los Evangelios cuando refieren
cómo Jesús echó a los mercaderes del templo.
Era el fondo un edificio soberbio hecho con mármoles y jaspes, e
invadido por muchedumbre de gentes abigarradas vestidas lujosamente a
usanza hebrea. Los cambistas y negociantes estaban sentados ante las
mesillas cargadas de dinero; otros vendían copas de metales preciosos;
por el suelo había cestas de panes, jaulas de palomas, y en el centro
resaltaba la figura de Jesús divina e imponente, vestido con túnica tan
blanca como la luz misma, echando de allí a los que profanaban la casa
del Señor. Y en el friso del ventanal se leían estas palabras del
evangelio de San Mateo, escritas con caracteres góticos:
_Y les dice: Escrito está. Mi casa, casa de oración será llamada; mas
vosotros cueva de ladrones la habéis hecho._
* * * *
* * * *
Al caer la tarde el sol poniente abarcó con sus rayos la ventana de
colores iluminando de lleno la figura blanca con sus rayos
horizontales; y entonces, como si milagrosamente la vivificaran los
besos de aquella luz celeste, se fue desprendiendo de los vidrios, tomó
cuerpo en el aire semejante a una forma diáfana, impalpable, flotó en el
atmósfera, y lentamente fue bajando, bajando, a modo de aparición
soñada, hasta tocar con sus sagrados pies el pavimento de la iglesia,
por donde en luces amarillentas, lujos culpables y reflejos metálicos,
parecía también desparramado el oro caído de las mesillas de los
mercaderes.
Vagó un momento por entre sedas vistosas, flores contrahechas y perfumes
lascivos, vio pendientes de los muros del templo los cepillos que pedían
dinero, leyó en los corazones el ánsia de riquezas, y ante la impureza
de las concupiscencias humanas, su alma se anegó en la tristeza infinita
que experimenta el sacrificio estéril y olvidado... mientras en todo el
ámbito del templo repercutía el sonido de la moneda de oro golpeada
contra la bandeja de plata.
Entonces se inclinó hacia el suelo, cogió de un rincón un manojo de
cuerdas olvidadas, y esgrimiéndolo a manera de látigo, castigó con
justicia y sin piedad.
Nadie le veía, nadie sentía dolor, y sin embargo las cuerdas
acardenalaban las carnes, rompían las galas y mostraban desnudos los
cuerpos pecadores. Llenose el aire de deseos torpes, de citas culpables,
de hedor de riqueza mal ganada, de gemidos de tristes faltos de
consuelo, de llanto de pobres olvidados. Viento de pavor heló los
corazones. Allí fue el rechinar de dientes y el crujir de huesos de que
habla la Escritura.
Hubo un momento de terror indecible, como debió de haberlo en el templo
de Jerusalén, y toda aquella profusión de lujo y de poder quedó
destruida y condenada, fantásticamente, en silencio, sin voces, sin
gritos, sin dolor físico, sin que lo advirtieran los sentidos. No fue la
destrucción en la realidad tangible de las cosas, sino en la íntima
realidad de las conciencias.
* * * *
Siguió el órgano lanzando su formidable trompeteo, el incienso ocultando
los altares, y continuó la monedita de oro golpeando la bandeja de
plata.
Hecho aquel justo estrago, la figura blanca desprendida del vidrio
perdió su forma corporal al trasponer la puerta, y trocada en resplandor
luminoso, se hizo ingrávida, se alzó de tierra y se borró en el aire.
Aquella noche, en el templo solitario todo estaba en orden, pero en el
ventanal gótico faltaba la figura blanca, y por el hueco de contorno
humano que formaban los plomos sin vidrios, se veía en el cielo el
parpadear misterioso de los astros.
En el pensamiento y la memoria de las gentes quedó clara y viva la
impresión del milagro. ¿Fue antojo de imaginaciones turbadas? ¿Fue
realidad?
Alguien dijo que le había visto en la calle socorrer a un pobre, mirar
con piedad a una mujer perdida, y acariciar a un niño... Pero nadie
sabía quién era. Todos le han olvidado.