III

Un día hubo motín de lavanderas. El Ayuntamiento, a quien el pueblo

llamaba el gran matutero, les exigía un nuevo impuesto, y las pobres no

podían ni querían pagarlo.

La gresca comenzó muy de mañana en los lavaderos del Norte, se corrió

río abajo desde los once caños hasta los puentes de Segovia y Toledo,

arreció en los cobertizos del pontón, engrosó, por ser domingo, con la

gente de los merenderos, y al medio día los grupos de mujeres armadas de

palos, piedras, trancas y estacas subieron por el Paseo de los Ocho

Hilos y la calle de Toledo a desembocar en la Plaza de la Cebada. En

vano luchaban las tituladas autoridades.

--¡Muchachas! ¡Hijas mías!--decía el gobernador--todo se arreglará...

Nombrad una comisión.

Una de aquellas desdichadas se adelantó diciendo:

--Mire _ustéz_ usía..., estamos hartas, y no nos da la gana. Las que

salimos mejor libradas, las de lavadero, pagamos _cá_ sábado treinta

_ríales_ de pila y colada; dos _ríales_ de mozos _pá_ que cuelen con

_cudiao_; por cada carretilla de ropa de la pila al cuelo, y del cuelo a

la pila, una perra grande; en los tendederos otra perra, y en cuantito

que llueve, _pá_ que recojan pronto, otra perra... por subir y bajar

talegos una peseta _cá_ viaje; y ponga usted jabón, palas, jornal de

ayudantas, valor de prendas _perdías_... y las heladas y los calores...

las que _tién_ más suerte les queda diez _u_ doce _ríales_ por semana...

vamos, lo que usted gasta en un puro. ¿Qué _quiuste_ que comamos? ¡Y

ahora pone el alcalde otra contribución! ¡Como no _sus_ demos morcilla!

Un guardia quiso prender a la oradora, pero sus compañeras la

defendieron a palos, mordiscos y arañazos... Salió un sable de la vaina,

y allí fue Troya. Un diluvio de piedras y medios ladrillos cayó sobre

los representantes del poder; y todos quedaron iguales; así los mal

nombrados por el gobierno, como los peor elegidos por el pueblo.

Gobernador, alcaldes, concejales, inspectores y guindillas, tuvieron que

huir vergonzosamente ante las amazonas del Manzanares. Apaleaban a los

agentes, herían a los guardias, silbaban a los clérigos, ordenaban

cierre de tiendas, y recorrían la capital en son de guerra, gritando:

«¡Muera el alcalde! ¡Abajo los ladrones!» En la calle de Atocha

sufrieron una carga de caballería. Seis u ocho quedaron descalabradas a

sablazos y tendidas en medio del arroyo; otras cayeron pateadas por los

caballos; las más se replegaron desordenadamente hacia la plaza de Antón

Martín. Iban furiosas; no eran mujeres, sino fieras.

Hubo momentos en que lo comenzado como asonada de miserables

desgraciadas amenazó trocarse en alzamiento social. Los primeros gritos

fueron: ¡No pagamos! ¡Abajo la peseta! ¡Abajo el alcalde! Luego el

pueblo, con ese instinto que le hace relacionar ideas hasta encontrar el

origen de su daño, comenzó a gritar ¡Abajo los ladrones! y por último la

miseria fermentada, la pobreza escarnecida, la ignorancia fuerte y sin

freno, todo aquel conjunto de injusticias acumuladas se condensó en una

voz terrible: ¡Mueran los ricos!

A este punto llegaba la marea del hambre, cuando en mal hora acertó a

desembocar en la plaza una soberbia carretela ocupada por dos señoras

elegantísimas. Los caballos ingleses, el coche francés, y lo que ellas

llevaban desde las telas de los trajes hasta las horquillas de oro,

desde las medias de seda hasta las primorosas flores de sus

sombrerillos, todo tenía ese aspecto de suntuosidad a la moderna que

cuesta más caro cuanto parece más sencillo.

Entonces, aquel río de furias desgreñadas, aquellas turbas harapientas,

atajaron el paso al coche, y sobre las magníficas faldas de las damas,

pálidas de sorpresa y medio muertas de miedo, comenzó a caer en lluvia

pastosa y sucia el barro arañado de entre los adoquines o cogido en las

socavas de los árboles; y empezaron a silbar por el aire trozos de

cascote, escuchándose los rugidos de las amotinadas, que vociferaban:

¡Mueran los ricos! Dos o tres piedras chocaron contra la caja de la

carretela, quedó herido el lacayo, una moza de fuerzas hercúleas metió

un garrote entre los radios de una rueda y apalancando con alma para

que no se moviera el coche, faciltó que por la trasera de éste treparan

varias chicuelas ansiosas de arrancar de los sombrerillos las primorosas

flores pagadas en París a peso de oro. Y los gritos no cesaban: ¡Vamos a

desnudarlas! ¡Mueran los ricos! El momento fue horrible; aquello parecía

el choque del hambre con la inconsciente insolencia de la hartura.

De repente, una de las amotinadas, que estaba en tercera o cuarta fila,

comenzó a dar codazos y empellones pugnando por abrirse paso.

Debía de ser alguna de las jefas, porque los grupos se espaciaron

dejándola avanzar hasta la caja del coche, mientras ella, gesticulando

enérgicamente, decía con los brazos en alto:

--¡Compañeras, quietas! ¡Chicas, no tiréis! ¡Dejadme hablar... no seáis

bestias!

Viendo a aquella mujer, la más joven de ambas damas, dio un grito de

asombro y de sorpresa, exclamando:

--¡Manuela!

--¡Yo soy _señá_ duquesa!

Y subida en el estribo, agarrándose a la capota, siguió gritando;

--¡Muchachas, por lo que más queráis en el mundo _sus_ pido que no les

hagáis daño! Ellas no _tién_ la culpa. ¿Sabéis quién es ésta, la guapa,

la más joven, la que _paece_ la Virgen de la Paloma? Las que me

conocéis, las de mi lavadero, ¿no _m'habéis_ oído contar que cuando mi

hijo se me moría le dio la teta una señora?... ¡Pues ésta es! ¡_Pa_

hacerla daño me tenéis que matar a mí!

Sonó algún silbido, se oyeron algunas carcajadas de mofa, pero las

turbas abrieron paso, los grupos se aclararon, la lavandera echó pie a

tierra, arreó el cochero y el carruaje pudo arrancar despacio por entre

aquella muchedumbre hostil, momentáneamente amansada. La duquesa miró a

su salvadora con los ojos nublados de lágrimas, y Manuela siguió

mientras pudo al lado del coche, diciendo, trémula de gozo:

--¡Adiós, señora! ¡Qué lejos que estamos ya los pobres y los ricos!

¡Cuánto más valían aquellas buhardillas cuando vivíamos unos cerca de

otros _pa_ conocernos y querernos! Ahora hacen unos _ciminterios_ de

vivos que les _yaman_ barrios pa obreros... y cuando subimos a Madrid...

¡es _pa_ esto!

--¡Te debemos la vida!--dijo una voz aún entrecortada del terror.

--¡Adiós, señora!

Trotaron los caballos, se alejó en salvo el coche, y a su espalda, ya

lejos, arreció el rumor formidable del motín, semejante al ruido de una

presa cuando rota la esclusa se precipita el agua en oleadas de espuma

sucia y turbulenta.

Cuentos de mi tiempo · 第 12 / 43 题