II

Muertos sus padres pocos años después, la duquesita, por seguir, la moda

y complacer a su marido vendió la casa de sus mayores y edificó en la

Castellana un hotel a la francesa, dirigido por un arquitecto de París.

Cayó la antigua morada de los Vistillas, destruyose la severa fachada, y

casi juntos rodaron por el suelo los fragmentos del escudo roto y las

tejas de las buhardillas derruidas. Lo que produjeron las rejas y los

sillares de berroqueña apenas bastó para pagar unas cuantas piedras

traídas de Angulema. El nuevo edificio era extranjero, antipático,

barroco, en el mal sentido de la palabra, y en vez de buhardillas

españolas, tenía una gran montera de pizarra.

Claro está que al derribarse la casa antigua fueron echados a la calle

los servidores jubilados, y entre ellos Manuela. En vano intentó ver a

la duquesa. El mayordomo, un burgués en canuto, más aristocrático y

orgulloso que el amo a quien sisaba, no permitió que se acercase a la

señora.

Manuela comenzó entonces a subir esa calle de la amargura que se llama

miseria. Fue peinadora, cosió para las tiendas y el corte, siendo

desgraciada en todo, y por último se puso a lavandera.

Pasó tiempo. La duquesita, esbelta y grácil, como un ángel de los que

pintó Goya en San Antonio, se había convertido en una señorona de

opulentas formas: Manuela, antes guapa, airosa y limpia, estaba fea,

ordinaria, flaca, embastecida por el trabajo y desfigurada por las

privaciones.

Cuentos de mi tiempo · 第 11 / 43 题