Cuando sonaron a lo lejos las campanadas _de vuelta_, echó el último
trago, lió un pitillo, dio un beso al niño, arrojó al perro un mendrugo,
y oprimiendo rápidamente el talle a la joven, como un avaro que palpa su
tesoro, tomó el camino de la fábrica.
Traspuso la puerta, cruzó un patio lleno de pilas de lingotes de hierro,
y entró en una nave larga y anchurosa, iluminada por ventanales tras
cuyos vidrios empañados se adivinaban muros ennegrecidos, montones de
carbón, chisporroteo de fraguas, y altas chimeneas que en nubes muy
densas lanzaban a borbotones el humo pesado y polvoriento de la hulla.
En lo alto y a lo largo de la nave corría en complicadas líneas un
número incalculable de aceros relucientes, de hierros bruñidos,
palancas, vástagos y ruedas unidas por correas, que subían, bajaban, se
retorcían cruzándose, y giraban vertiginosamente, como miembros locos de
un mecanismo vivo en que nada pudiera detenerse sin que el conjunto se
paralizara. El piso entarimado temblaba con la trepidación del vapor,
cuyos resoplidos se escuchaban cercanos; y de otros talleres, debilitado
por el vocerío y la distancia, venía rumor de herrajes golpeados y
zumbido de máquinas mezclado a cantos de mujeres.
Al término de aquella nave veíase otra igual y salvando un patio que las
separaba, había entre ambas un puentecillo estrecho de madera, junto al
cual giraba sobre su eje la enorme rueda de un colosal volante.
Cuando iba _Gasparón_ por la mitad del puentecillo, vio que de la
segunda nave llegaba un aprendiz corriendo, con tal ímpetu, y tan
lanzado a la carrera, que ya no podía detenerse. Sin tiempo para
retroceder, y adivinando que no cabrían los dos en el angosto pasadizo,
_Gasparón_ encogiendo el cuerpo se hizo a un lado: llegó el muchacho
como un rayo, se desvió mal, sufrió el encontronazo y cayó de bruces,
quedando casi fuera del tablón estrecho que formaba el piso suspendido
sobre el vacío del patio, y sin lugar a donde asirse. _Gasparón_, más
cuidadoso del peligro ajeno que del propio, le tendió una mano; y el
chico, cegado por el miedo, se agarró a ella con tal fuerza y tal ánsia
que hizo vacilar al obrero. Este al perder el equilibrio,
instintivamente, para recobrarlo haciendo contrapeso, echó hacia atrás
el otro brazo puesto en alto, mas con tan mala suerte, que
alcanzándoselo un radio del volante le partió el hueso por más arriba de
la mano.
El muchacho dijo luego que, a pesar del terror, oyó un crugido como
cuando se parte una astilla de un hachazo. Pero aún tuvo aquel hombre
fuerza y serenidad para retroceder algunos pasos: arrastró al chico, y
al dejarlo en salvo sobre el piso de la nave, cayó rendido a la
violencia del dolor.
Recogiéronle sus compañeros, y por no tener enfermería la fábrica, le
llevaron sentado en una silla al hospital cercano, donde aquella misma
tarde hubo que desarticularle el codo.
La convalecencia fue larga: en ella se gastaron primero los ahorros;
luego el préstamo tomado sobre la ropa dominguera, la capa de él y el
mantón de ella; después algún socorro de camaradas y vecinos, y por
último, un donativo de la _Caja de resistencia en huelgas_. En nuevo
trabajo no había que pensar; porque el brazo perdido era el derecho.