LA AMENAZA

I

Sonaron las campanadas del medio día y de allí a poco la puerta comenzó

a despedir en oleadas de marea humana la muchedumbre cansada y

silenciosa que componía el personal de los talleres. Nadie hablaba: no

hacía el varón caso de la hembra, ni buscaba la muchacha el halago del

mozo, ni el niño se detenía a jugar. Los fuertes parecían rendidos, los

jóvenes avejentados, los viejos medio muertos. ¡Casta dos veces oprimida

por la ignorancia propia y el egoísmo ajeno!

El gentío se fue desparramando como nube que el viento fracciona y

desvanece: pasó primero en turbas, luego en grupos y después en parejas

que calladamente solían dividirse sin despedida ni saludo, tomando unos

el camino de su casa, entrando otros en ventorrillos y tabernas,

diseminándose y perdiéndose, confundidos todos y sorbidos por la agitada

circulación del arrabal.

Uno de los últimos que salieron fue Gaspar Santigós, alias, _el Grande o

Gasparón_, porque era de tremendas fuerzas, muy alto y muy fornido.

Hacíanle simpático el semblante apacible, la frente despejada, el mirar

franco, y era tan corpulento, que parecía Hércules con blusa.

Echó a andar por la sombra de una tapia, cruzó dos o tres calles,

atravesó una plaza, y metiéndose por pasadizos y solares, para acortar

distancias, vino a desembocar en un paseo de olmos, jigantescos, cuyo

ramaje se entrelazaba formando bóveda de sombra, bajo la cual, le

esperaba, sentada en un tronco derribado, una mujer joven, limpia y

graciosa, que tenía delante una cesta, al lado un perro, y en el regazo

un niño. Corrió el animal hacia su amo, el pequeñuelo alargó las

manitas, y mientras el hombre sacaba de la cesta, y partía la dorada

libreta, la muchacha, sin dejar de mirarle, apartó a un lado la

ensalada, sacó la botella del tinto, la servilleta, las cucharas de

palo, y sobre el hondo plato de loza blanca, con ribete azul, volcó el

puchero de cocido amarillento y humeante.

Cuentos de mi tiempo · 第 6 / 43 题