Cuarenta y tantos días después de la desgracia, la mujer de _Gasparón_
se presentó en la pagaduría de la fábrica.
Era una habitación pequeña dividida por un tabique de madera y tela
metálica con ventanillos, tras los cuales se veía un señor viejo, bien
vestido, de camisa limpia, que estaba leyendo un periódico, sentado
junto a una caja de caudales. Cerca de él, al alcance de su vista, había
dos hombres que de pie y encorvados escribían en grandes libros puestos
sobre pupitres de pino.
--¿Qué traes tú por aquí?--dijo uno de los escribientes al acercarse la
mujer.
--¿Cómo ha quedado _Gasparón_?--preguntó el otro.
--Pues, ¡cómo ha de quedar! Manco.
--¿Y a qué vienes?
--A cobrar.
Uno de aquellos hombres tomó un cuaderno y comenzó a pasar hojas
murmurando:
--Gaspar... Gaspar...
--Está por Santigós. Nave de taladros, sección segunda--dijo la mujer.
--Es verdad; Gaspar Santigós, aquí está.
--Ese es--añadió ella suspirando.
El escribiente se puso a hacer números en una cuartilla de papel, y sin
alzar la vista preguntó:
--¿Había cobrado la semana anterior?
--Sí, señor.
--Pues son... deben de ser...
Entonces el caballero de la camisa limpia soltó el periódico y sin mirar
a la joven preguntó:
--¿Qué día fue eso?
--El veinte pasado: miércoles, a las dos--contestó ella tristemente.
--Pues poca duda cabe--repuso el caballero--lunes, uno; martes, dos;
miércoles... dos días y medio, que a cuatro cincuenta de jornal... son
once pesetas con veinticinco céntimos.--Y se volvió de espaldas.
Sacó el dependiente una esportilla de la caja, contó el dinero, y sin
más conversación hizo la entrega. Marchose llorando la muchacha, y aún
se oía el ruido de sus pasos cuando el caballero de la camisa limpia
dijo severamente:
--No se le olvide a usted apuntar que _Gasparón_ es _baja_.