El piloto descuartizó con su hacha al _babirussa_; cargó con un

costillar, y junto con Cornelio, emprendieron la vuelta hacia donde

habían quedado sus compañeros. Por desgracia, se habían olvidado de

señalar los lugares por donde habían ido pasando, y para colmo de

desventura, las manchas de sangre que a su paso dejara el animal no eran

visibles en aquel caos de vegetales. Anduvieron muchísimo inútilmente.

El bosquecillo de nueces moscadas no parecía.

Detuviéronse muy inquietos.

--Creo que nos hemos perdido--dijo Cornelio.

--Me lo temo--dijo Horn--. No hemos vuelto por el rumbo que trajimos a

la venida.

--En una selva como ésta es muy fácil perderse, Horn. Sin señales que

guíen en la marcha, hay tendencia a andar describiendo círculos más o

menos amplios. Eso es sabido.

--Así es, efectivamente, señor Cornelio; y se ha advertido que se desvía

uno siempre hacia la izquierda.

--Es probable que por efecto de ello nos hayamos alejado, en vez de

acercarnos; ¿no lo crees así, Horn?

--Mucho me lo temo.

--¡Qué desgracia!

--Tenemos nuestras armas.

--¿Y de qué pueden servirnos para sacarnos de este apuro?

--Pueden servirnos para hacer señales con ellas disparando unos cuantos

tiros.

--¡Pues hagámoslo antes de extraviarnos más, Horn!

Descargó Cornelio el fusil al aire; pero la espesura del bosque se comía

el ruido y no lo dejaba propagarse. Pusieron el oído por si sonaba algún

disparo lejano en contestación al suyo, pero nada advirtieron.

--¿Has oído algo, Horn?--preguntó Cornelio.

--Nada oigo--contestó el piloto--. Con esta espesura no hay manera de

oir nada.

--Hagamos unos cuantos disparos más, Horn.

Dispararon varias veces sus fusiles uno tras otro y después a un mismo

tiempo, dirigiendo hacia arriba la puntería; pero sólo consiguieron

asustar a los pájaros.

--El caso es grave--dijo Cornelio.

--Veamos--dijo el piloto--. El bosque de nueces cae al Oeste.

--Sí.

--¿Y dónde estamos? Me parece que al Oeste, si los rayos del sol no me

engañan.

--Pero ¿a qué distancia?

--Eso es lo que no podemos saber; pero me parece que el _babirussa_

huyó hacia el Sur. Caminando, pues, hacia el Norte, nos cruzaremos, más

o menos lejos, con el Capitán.

--¿Y si está buscándonos y se ha dirigido al Oeste?

--En tal caso trataremos de llegar a la orilla del Durga. Sabemos que se

dirige allí, y tendremos que encontrarle.

--No perdamos tiempo, y a ver si nos reunimos con nuestros compañeros

antes de que se haga de noche.

Se pusieron en camino tratando de orientarse por el sol, que declinaba

rápidamente; pero les era casi imposible verlo a causa de la espesura.

Las selvas de la Papuasia son intrincadísimas. Abundan en árboles

gigantescos, cuyas copas se elevan hasta doscientos pies y más sobre el

suelo, ligados entre sí por espesas y revueltas lianas, y debajo de

ellos hay una espesísima vegetación de árboles de mediano y pequeño

tamaño, que detienen absolutamente los rayos del sol y que dejan sumida

en la oscuridad toda la parte baja del bosque cercana a la tierra. Aun a

mediodía se ve poco en lo interior de esas selvas; de noche,

absolutamente nada, haciéndose imposible dar un paso por ellas, a pesar

de faltar por completo la vegetación herbácea por falta de luz y de

aire.

Van-Horn y Cornelio caminaban, pues, casi a la ventura. De vez en cuando

disparaban tiros y se detenían a esperar la respuesta, pero en vano.

Al llegar la noche, rendidos de fatiga, hambrientos e inquietos, se

detuvieron al pie de un árbol del pan, de enorme tronco.

--¡Pobre tío!--dijo Cornelio con tristeza--. ¡Qué mal rato estará

pasando!

--Ya lo encontraremos, señor Cornelio. Mañana al amanecer nos pondremos

en marcha y discurriremos el modo de comunicarnos con él.

--¡Qué mala noche pasará, Horn! Quizás crea que hemos caído en manos de

los papúes, y hasta nos tenga por muertos.

--Sabe que estamos armados y que sabemos defendernos. Confiemos en Dios.

El piloto, aunque aquejado por tristes pensamientos, cortó aquella

penosa conversación, encendiendo fuego y poniendo a asar sobre las

brasas algunas chuletas del _babirussa_. Después, a falta de sagú, pues

lo habían dejado en el bosquecillo de nueces para andar más ligeros

cuando emprendieron la carrera tras del _babirussa_, echó mano de

algunas frutas del árbol bajo el cual estaban.

Eran del tamaño de melones medianos, cubiertas de una piel rugosa, y

contenían en su interior una pulpa amarilla y tierna, que se prepara

asándola sobre brasas. Sirve de pan, y tienen sabor parecido al de las

batatas dulces.

La cena fué triste; y aunque los dos hombres estaban hambrientos

comieron poco, porque la inquietud les había quitado el apetito.

Después de apagar el fuego, que pudiera descubrirlos a los salvajes que

quizás hubiera por aquellos contornos, se tendieron en la yerba y

esperaron impacientes la luz del nuevo día para seguir buscando a sus

compañeros.

XXII.--LA VENGANZA DE LOS PAPÚES

Aunque estaban cansadísimos, no pudieron cerrar los ojos en toda la

noche. Sus inquietudes, lejos de calmarse crecían de momento en momento.

Pensaban en el Capitán y en sus compañeros, a quienes suponían

buscándolos en aquella inmensa selva.

Daban vueltas intranquilos sobre sus lechos de hojas, aguzaban los oídos

y contenían la respiración, creyendo siempre oir algún grito o alguna

detonación. De vez en cuando se levantaban, trepaban a algún árbol para

escuchar mejor; pero pasaban las horas una tras otra sin que ningún

rumor viniera a turbar el silencio.

Hacia media noche, vencidos por el sueño y el cansancio, iban ya a

quedarse dormidos, cuando oyeron de pronto gritos lejanos.

Ambos se pusieron en pie con las armas en la mano.

--¿Has oído, Van-Horn?--le preguntó Cornelio con voz reposada.

--Sí, señor Cornelio--contestó, alarmado, el piloto.

--¿Serán nuestros compañeros, mi tío, mi hermano...?

--No lo sé; pero empiezo a tener esperanza.

--Acudamos, Van-Horn, antes de que se alejen.

--¿Con esta oscuridad?

--No importa. Ya trataremos de orientarnos.

Abandonaron el árbol y se pusieron en camino, marchando tan aprisa como

les era posible por entre los troncos y las raíces y a través de los

bejucos. Los gritos seguían oyéndose cada vez más cercanos.

Haciendo desesperados esfuerzos, cayendo y tropezando acá y allá,

siguieron la marcha. Unos mil quinientos pasos llevarían andados, cuando

cesaron de pronto los gritos. Cornelio se preparaba ya a descargar el

fusil para llamar la atención de sus compañeros, cuando Horn lo detuvo

bruscamente, diciéndole:

--¡Allá veo brillar un fuego!

Cornelio miró en la dirección indicada, y, en efecto, a distancia de

setecientos u ochocientos pasos vió brillar una llama al través del

follaje.

--¿Habrán acampado?--preguntó.

--¿Y si no fueran ellos?--dijo Van-Horn--. No cometamos imprudencias,

señor Cornelio, sin estar seguros de que sean nuestros compañeros.

--Es verdad; pero no debemos quedarnos aquí.

--No; y avanzaremos; pero con precaución. ¡Silencio y avante!

La llama seguía brillando y era cada vez más fuerte, esparciendo un vivo

resplandor a través de los árboles de la selva. Cornelio y el piloto,

con los fusiles preparados, se dirigieron hacia aquel sitio, procurando

no hacer ruido. A treinta pasos de aquella hoguera se detuvieron de

común acuerdo, y muy disgustados, pues habían sufrido un desengaño.

Sentados alrededor de ella, doce papúes discutían animadamente. Otro de

ellos atado fuertemente con sólidas lianas, estaba tendido sobre la

yerba, haciendo desesperados esfuerzos por librarse de sus ligaduras.

Los primeros eran fuertes, musculosos, de pechos amplios, facciones

angulosas y duras como las de la raza malaya, pelo abundante y rizado,

dientes agudos y ennegrecidos por el uso del betel[7] y piel cobriza,

pero de tonos sucios.

Iban completamente desnudos y llevaban un hueso atravesado por el

cartílago de la nariz, consistiendo sus armas en arcos, mazas, y lanzas

con la punta de hueso.

El prisionero era de más elevada estatura, rostro ovalado y regular,

abundante cabellera lanosa sujeta con un ancho peine de bambú, y tenía

la piel del hermoso color negro de las buenas razas africanas.

Llevaba los brazos y el cuello adornados de aros y collares de cobre, y

de dientes de animales, y el pecho cubierto con un peto fabricado de un

tejido de fibras vegetales. Rodeábale la cintura una especie de faldeta

de algodón rojo, más larga por delante que por detrás.

--¿Qué casta de gente es ésa?--preguntó Cornelio al oído a Horn.

--Los que están sentados al fuego son Alfuras o Arfakis montañeses del

interior. En cuanto al prisionero, me parece un papú de la costa, en

traje de guerra.

--¿Irán a comérselo?

--Quizás, porque los arfakis son antropófagos y odian mortalmente a los

papúes de la costa.

--¿Y vamos a dejar que se coman a ese desgraciado?

--No, señor Cornelio; y con tanto mayor motivo cuanto que los papúes de

la costa no son malos y tienen frecuente trato con los europeos. Si lo

libertamos nos puede prestar muy buenos servicios y hacer que

encontremos al capitán Stael, conduciéndonos a las orillas del Durga.

--Vamos a enterarnos antes de lo que va a pasar.

Su espera no fué larga, pues poco después llegaba un salvaje desnudo

como los demás arfakis, pero de estatura más alta, adornado de dientes

de cuadrúpedos y conchas de tortuga y dos grandes aros de metal

pendientes de las orejas. En la cabeza llevaba un gran penacho de plumas

de colores.

--Debe de ser un jefe--dijo Horn a Cornelio.

El recién llegado se acercó al prisionero y le interrogó detenidamente.

Después hizo señas a sus compañeros para que se levantaran en seguida,

arrojando al fuego ramas resinosas que llevaban consigo.

Cuando hubieron encendido una inmensa hoguera, se arrojaron sobre el

prisionero y le ataron las manos a la espalda.

--Van a asarlo--dijo Cornelio.

--No lo creo--respondió Van-Horn--. Creo más bien que se trata de una

venganza. Preparémonos a hacer fuego.

Entretanto, los arfakis sujetaban con bejucos a la espalda del

desgraciado un haz de hojas secas. El prisionero lanzaba gritos y se

revolvía furiosamente.

A poco, los arfakis encendieron el haz de hojas secas que le habían

atado a la espalda, y con las lanzas y a mazazos lo arrojaron en la

hoguera.

--¡Ah, canallas!--gritó Cornelio--. ¡Fuego, Van-Horn!

Dos disparos resonaron a un tiempo. Cayeron dos de aquellos hombres, y

los otros, espantados de aquel ruido, que no habían oído hasta entonces,

y de la muerte súbita de sus compañeros, dieron a huir a todo correr

lanzando gritos de terror.

Cornelio atravesó de un salto la línea de fuego, arrancó de las espaldas

del espantado prisionero, las hojas encendidas, y con sus robustos

brazos le sacó de allí colocándole al pie de un árbol.

--No temas--le dijo desatándole las manos.

--No nos detengamos aquí, señor Cornelio--dijo Horn--. Los salvajes

pueden tener otros compañeros acampados por estos contornos y volver en

mayor número.

--¿Y quieres abandonar a este pobre diablo?

--Si no está reñido con su pellejo, vendrá con nosotros.

--Gracias--dijo el papú en perfecto holandés.

--¡Calla!--exclamó Cornelio, admirado--. ¡Conoce nuestra lengua!

--No me admira--dijo Horn--. Nuestros compatriotas vienen mucho por

estas islas.

--¿Quieres seguirnos?--preguntó Cornelio al papú.

Este no respondió, pero le miró como diciéndole: explicaos.

--No puede saber muchas palabras--dijo Horn--. Mejor comprenderá el

malayo, idioma que se habla en la costa occidental de la isla.

Repitió la pregunta en dicha lengua, y al punto obtuvo respuesta.

--Soy vuestro esclavo: os seguiré donde queráis.

--Nosotros no tenemos esclavos--respondió Van-Horn--: serás nuestro

amigo. Síguenos.

Partieron a la carrera precedidos por el papú, el cual les abría camino

apartando con cuidado las ramas y los bejucos que podían molestar a sus

salvadores.

Aunque ya no se oían los gritos de los arfakis, siguieron corriendo

durante una hora, internándose cada vez más en la tenebrosa selva.

Detuviéronse a descansar en medio de un matorral de plantas trepadoras.

--¿Crees que nos seguirán tus enemigos?--preguntó Horn al papú.

--Están amedrentados por las armas de fuego--contestó el interpelado.

--¿Y qué has hecho? ¿De dónde vienes? ¿Quién eres?

--Soy un papú del Durga, hijo del jefe Uri-Utanate.

--¡Del río Durga!--exclamó el piloto--. ¡Ah, qué suerte! ¿Está muy lejos

tu aldea?

--A dos días de marcha.

--Y ¿por qué te has alejado de ella?

--Porque quería matar a Orango-Arfaki, jefe de los montañeses, enemigo

de mi padre y de mi tribu.

--Y ha sido él quien ha estado a punto de matarte a ti.

--¿Qué le estás diciendo?--preguntó Cornelio.

--Os lo explicaré. Debéis saber que cuando dos tribus están en guerra,

los más valientes juran matar a los jefes enemigos, y procuran hacérselo

saber. Los jefes, advertidos, hacen cuanto pueden por apoderarse de esos

juramentados, y los hacen perecer quemados entre espinos resinosos. Es

una antigua costumbre de estos pueblos.

--Y este papú es hijo de un jefe, por lo que he podido entender.

--Sí, señor Cornelio; y su tribu está en la orilla del Durga.

--Pues entonces nos guiará hasta allí.

--Sí; pero antes trataremos de encontrar a nuestro tío y a nuestro

hermano. Los salvajes saben guiarse por los bosques, y seguir una

huella, por leve que sea.

--Informa de todo a este hombre.

Van-Horn no se hizo repetir la indicación, y contó al papú las

peripecias de su extravío en el bosque.

--Me habéis salvado la vida, y soy vuestro esclavo--respondió el

indígena--. Buscaremos a vuestros compañeros, y luego os conduciré a

todos ante mi padre, que os entregará una gran piragua para que volváis

a vuestro país. Nosotros no amamos a los europeos, de los cuales tenemos

grandes motivos de queja; pero mi padre y mi tribu acogerán bien a mis

salvadores. Marchemos, que va a ser de día.

--¿Y cómo harás para encontrar a nuestros compañeros?--preguntó Horn.

--Sé dónde está el bosquecillo de nueces moscadas. He cazado allí

palomas y aves del paraíso, hace una semana.

--Pero tienes las espaldas llagadas por las quemaduras.

--No importa; no me molestan mucho.

--Vamos, pues--, dijo el piloto.

El sol apuntaba ya, dorando las copas de los árboles gigantes y

despertando a las aves, que comenzaban a cantar volando de rama en rama.

El papú, Cornelio y Van-Horn no se detenían a admirar a aquellas aves,

entre las cuales las había de los más raros y preciosos plumajes, y

apretaban el paso para llegar cuanto antes al bosquecillo de moscadas,

esperando encontrar allí al Capitán, Hans y el chino.

Varias veces habían tenido que detenerse para pasar a través de los

bejucos, que les impedían avanzar, estorbándoles el paso. Para mayor

desgracia, hacia las diez de la mañana llegaban a las márgenes de una

verdadera selva de plantas trepadoras, tan espesas, tan enredadas las

unas con las otras, que no se podía cruzar por ella, sino con muchísimo

trabajo.

--¿Qué plantas son éstas?--preguntó Cornelio a Van-Horn.

--Plantas de pimienta--respondió el piloto--. Ya quisiera yo llenar con

ellas la bodega de un buque de cien toneladas.

--Una verdadera fortuna.

--Lo habéis dicho, señor Cornelio; pero inútil para nosotros, y que

ahora nos van a dar muchísimo que hacer.

XXIII.--LOS PRISIONEROS

El piloto no se había equivocado. Aquella selva estaba tan llena de

obstáculos, que no hubieran podido vencerlos ni aun arrastrándose como

serpientes, y que iban a obligarles a dar inmensos rodeos.

Hay muchísimas variedades de la planta de la pimienta--el _piper

nigrum_, el _piper lungun_, el _magro piper_ y otras--y crecen en la

India, en Ceilán, en las Guayanas y en muchas de las Antillas; pero la

Malasia es su verdadera patria.

Son plantas silvestres parecidas a la vid, pero requieren cuidadosas

atenciones si se quieren obtener grandes productos de ellas. De sus

flores, que no tienen cálices y que se agrupan en largas guirnaldas

blancas, salen las habas, que primero son verdes, después rojas y por

último amarillas. Coséchanse antes de que maduren del todo y se secan al

sol o a fuego lento, adquiriendo color negruzco y aspecto rugoso.

Hablamos de la pimienta negra, que es la mejor; la blanca, que es menos

ardiente y aromática, se obtiene dejándola madurar hasta cierto punto,

macerándola por uno o dos días en agua de cal para que pierda la

cascarilla externa, y secándola después como la pimienta negra.

Es raro que este mísero grano haya sido bastante para poner en

comunicación, desde los tiempos más remotos, a los habitantes de Europa

con los de la India. Ya en el tiempo de los romanos era un artículo

importantísimo, que se expedía en grandes remesas desde la India y

llegaba a Europa a través del Océano Indico y el mar Rojo. Pagábasela a

tan altos precios, que se hizo proverbial su carestía. Para ponderar el

alto valor de una cosa se decía que era cara como la pimienta.

El papú, Cornelio y Van-Horn, tropezando y cayendo, y mareados por el

olor acre de la pimienta, iban abriéndose camino a hachazos, avanzando

poco a poco y descansando a cada instante para limpiarse el sudor que

les inundaba, pues el calor era insoportable en lo interior de la selva.

Poco después de mediodía llegaron los viajeros a lugares más

transitables, aunque siempre dentro del bosque.

--¡Ya era tiempo!--exclamó Cornelio entre uno y otro estornudo--. ¡Por

poco me ahogo ahí dentro!

--¡Yo estoy humeando!--decía el piloto--. ¡Si no estoy cocido, me falta

poco! Descansaremos un rato antes de emprender de nuevo el camino.

Disponíanse a seguir este consejo, cuando vieron al papú esconderse de

un salto en la yerba.

--¿Qué ocurre?... ¿Llegan los arfakis?--preguntó Cornelio, mirando en

derredor suyo.

--No veo a nadie--contestó el viejo.

Pero en seguida se agachó bruscamente, haciendo señas a Cornelio de que

le imitara, e indicándole, al mismo tiempo, que dirigiese la vista hacia

lo alto de un árbol.

Cornelio miró en la dirección que Horn le indicaba, y no pudo reprimir

un grito de sorpresa.

Quince o veinte aves se habían posado en una gruesa rama, y se peinaban

al sol su plumaje ¡pero qué plumaje! Las tintas más espléndidas, los

reflejos más brillantes y variados, todos los colores del prisma se

confundían en aquellas plumas.

Eran algo mayores que pichones, casi del tamaño de gallinas, con la

cabeza de un amarillo dorado en la parte inferior y verde oro en la

superior; el dorso era castaño con reflejos también dorados, la cola

rizada, de tonos multicolores, lo mismo que las alas, de debajo de las

cuales les salían como una especie de borlas de fino plumón amarillo

pálido con reflejos plateados.

Alumbrados por los rayos del sol, que producían en aquellas soberbias

tintas reflejos brillantísimos, no parecían aves, sino ramilletes de

flores salpicados de pedrería.

--¡Qué soberbios volátiles!--exclamó Cornelio--. Nada he visto en mi

vida más hermoso, ni creo que lo haya en toda la redondez de la Tierra.

--Es verdad, señor--dijo Van-Horn--. No hay aves que superen a éstas en

hermosura. Con razón se las llama aves del paraíso.

--¡Ah! ¿Estas son las famosas aves del paraíso?

--Sí, señor Cornelio.

--Siendo tan hermosas, no deben ser desagradables al paladar.

--Son deliciosas, y de carne perfumada, pues se alimentan de nueces

moscadas y de flores de pimienta. Nuestro amigo el papú parece que

codicia sus plumas. Miradle cómo acecha a esas aves.

--¿Y para qué quiere las plumas?

--Ya os lo diré. Ahora lo oportuno es hacer fuego, antes de que huyan.

Apuntando con gran cuidado hicieron fuego simultáneamente.

Dos aves, heridas de muerte, cayeron al suelo, mientras las otras,

espantadas por la detonación, huían como un grupo de flores.

Cornelio se apresuró a recoger la presa, examinándola con curiosa

atención, mientras Van-Horn, que pensaba más en la carne que en las

plumas, encendía una alegre hoguera.

El papú, que parecía contentísimo del resultado de aquel doble disparo,

se puso a desplumar delicadamente una de las aves, amontonando con gran

cuidado las hermosas plumas.

--¿Y qué hará con ellas?--preguntó Cornelio--. ¿Adornarse quizá la

cabellera?

--No, señor Cornelio. Imitará con esas plumas dos aves del paraíso, que

venderá luego a los chinos, a los malayos o a nuestros compatriotas.

--¿Que imitará dos aves?

--Esa es la palabra, señor Cornelio--contestó Horn, riéndose.

--No te comprendo.

--Me explicaré mejor. Las aves del paraíso son muy solicitadas, lo mismo

por los chinos, que las quieren para adornar sus estancias, que por los

europeos, que las venden a los grandes museos o a los negociantes en

plumas de lujo.

Los chinos, y sobre todo los malayos, vienen a adquirirlas a Nueva

Guinea o a las islas Arrú, pues no se crían en otros sitios, y las pagan

muy bien. Tentados por la codicia, los papúes persiguen encarnizadamente

a esas aves.

Para no destrozarlas o echar a perder su plumaje con las flechas, las

cazan con cerbatana, lanzándoles cañitas sutilísimas que llevan una

bolita de creta en la punta. También les lanzan, por medio del arco,

unas flechitas formadas de nervios de hojas.

Otra manera que emplean para cazarlas consiste en apostarse al acecho

al píe de los árboles donde descubren que duermen y en sorprenderlas en

su sueño agarrándolas con la mano.

--¡Buen procedimiento!--exclamó Cornelio.

--Con semejante guerra de exterminio las aves del paraíso comienzan a

escasear, y los papúes recurren al engaño.

Como esos pájaros cambian de plumaje una y aún dos veces al año, los

indígenas recogen con gran cuidado esas plumas, y, las arman, con gran

habilidad, en los cuerpos de cualquiera otra ave parecida a la del

paraíso. Y hacen tan admirablemente esas imitaciones que se hace muy

difícil notar el engaño, y os aseguro que en muchos museos de zoología

figuran palomas disfrazadas con el nombre de aves del paraíso.

--¿Y los malayos lo saben?

--No ignoran que los papúes falsifican esos volátiles; pero no los

pueden distinguir de los verdaderos.

--Entonces nuestro amigo, el papú, con esas plumas imitará dos aves.

--Y hasta cuatro, señor Cornelio, y obtendrá a cambio de ellas buenas

botellas de licor o armas.

En tanto que los dos europeos charlaban, el hijo del _koranos_[8]

Uri-Utanate había empaquetado las plumas en una hoja y había puesto a

asar las dos aves.

Media hora después, los tres la emprendían con el asado, que lanzaba un

exquisito olor a nuez moscada; y acabada la comida, se ponían en marcha,

pues estaban impacientes por llegar al bosquecillo y reunirse a sus

compañeros.

La selva no era tan espesa como antes, aunque abundaban las plantas

trepadoras conocidas por los malayos con el nombre de _giunta wan_

(_urcola elastica_) perteneciente al género de las apocíneas, que

producen una especie de goma que se utiliza también como alimento.

Tampoco escaseaban los _rotangs_ (calamus), lianas o bejucos delgados,

pero que alcanzan la inverosímil longitud de ochocientos y hasta mil

pies. Había, no obstante, en la selva muchos claros que permitían a los

náufragos marchar cómodamente.

El papú, verdadero hombre de los bosques, los guiaba sin vacilar un

momento, yendo siempre por un camino más o menos recto, pero que

infaliblemente debía conducirlos al bosquecillo de nueces moscadas. De

vez en cuando miraba al sol para guiarse, y en seguida redoblaba el paso

separando las ramas o cortando los bejucos que podían molestar a sus

salvadores.

Hacia las tres de la tarde dirigió una larga mirada en torno suyo, y

dijo mirando a Van-Horn:

--El bosquecillo está allí, detrás de aquel teck.

--¡Ya están bien cerca, señor Cornelio, y oirán un disparo!--gritó el

piloto.

--¡Ah!--exclamó Cornelio--. ¡Al fin voy a volver a ver a mi tío y a

Hans!

Levantó el fusil y lo descargó al aire; pero no le respondió ninguna

detonación. El piloto y el joven se miraron con gran ansiedad.

--Nada--dijo el viejo, poniéndose pálido.

--¿Habrán partido?

--No lo sé; pero mis inquietudes redoblan.

--¿Estarán, tal vez, dormidos?

--¿A estas horas? No son más que las tres, señor Cornelio.

--Habrán salido en nuestra busca.

--Es posible; y aun creo que encontraremos alguna señal. Corramos.

Precedidos por el papú se dirigieron a la carrera hacia el bosquecillo,

adonde llegaron bien pronto, pues el indígena, que comprendió que algo

grave debía de haber sucedido, los guió sin vacilar.

Los pescadores de "Trépang" · 第 11 / 12 段